Los poemas de Teognis de Mégara



Presentamos, en versión del poeta y traductor español Juan Manuel Rodríguez Tobal, una serie de poemas y fragmentos de un lírico griego casi desconocido, Teognis de Mégara. Escribe Rodrígez Tobal: “Teognis es en realidad —nos dicen— el corpus teognídeo, una colección de 1400 versos más o menos, escrita entre los siglos VI y V antes de Cristo por un Teognis de Mégara”.

 

 

 

 

Selección y traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal

 

 

DE CORPUS Y FIGURAS

 

            Y está también Teognis. Esto es lo primero que se me ocurre decir cuando reparo en la suerte que ha traído hasta hoy a aquellos otros líricos primeros que alumbraron con sus palabras fundadoras el espacio de doscientos años que va de Homero y lo homérico al clasicismo griego. Poetas belicosos, poetas intimistas, poetas del amor, poetas deslengua­dos, poetas luminosos, poe­tas musicales, poetas moder­nísi­mos, poetas tristes…, y todos con presencia y con figura, y con una voz hecha de puntos suspensivos y de muchas hilachas de belleza y algunas (pocas) telas, hermosas igualmente.

            Y está también Teognis, de dudosa p­r­e­s­e­n­cia, casi ya sin figura, convertido en un corpus por obra de la ciencia filológica y sus quizá sagaces cirujanos.

            Teognis es en realidad —nos dicen— el corpus teognídeo, una colección de 1400 versos más o menos, escrita entre los siglos VI y V antes de Cristo por un Teognis de Mégara (¿de Grecia? ¿de Sicilia?) y otros muchos «Teógnides» que alteran, que corrigen, que dicen, y responden, y desdicen durante años a ese tal megarense que se empeñó en dejar sobre sus versos un ingrato marchamo de autoría. Y si ser corpus en vez de ser figura es ya en sí una desgracia, no es menor ser palabra condenada al rango de palabra misionera. Es Teognis de Mégara —nos vuelvan a advertir— portador de un patrimonio espiritual para todos los hombres que se perderá si no se trasplanta a las generaciones más jóvenes; por eso este poeta de inseguros contornos se vierte en el joven Cirno, receptáculo de su amor y también de sus confesiones que son un testamento: el de una sociedad agonizante que entiende que ha perdido su razón de ser en este mundo.

            Así son las cosas; cuando uno adquiere la categoría de corpus, no hay más asunto ya que importe que los problemas de estructura y la naturaleza nubilosa de la obra; y si este corpus es además un corpus misionero, terminamos por dar a esa impresencia la forma de un Teognis aristócrata, antiguo, defensor de un mimetismo cobarde y protector, voz última de una ética pasada, en un momento en el que todo en Grecia es nuevo y el sol sale radiante de promesas.

            ¿Y dónde queda la poesía? Es cierto que muchos de los poemas de la colección se levantan desde sentencias cargadas de un alto valor moral, quizás hasta de clase, pero nunca se habla de la belleza con que estas sentencias fueron formuladas. Y esto ya es hablar de poesía. Que Teognis sea una persona o una cooperativa es cosa que sólo debe importar a los botánicos de la literatura. Y ése no es oficio que nos interese. Un traductor es antes que nada, o acaso sólo exclusivamente, un lector —privile­giado— del texto que trata de animar en una lengua distinta a la que fue escrito. Si este texto es además poesía, el traductor ha de tener en consideración una radical circunstancia: el pensamiento poético, que es música en su origen, y su escritura ha sido siempre y es (hablo de la poesía verdadera) una extensión de la interioridad de la vida. Una vida hecha de palabras que son contenido y continente a un tiempo.

            Por su natural condición, la buena poesía ha resistido siempre la impotencia lectora de tanto taxonomista de los cómos y qués de los decires. Sea lo que sea Teognis, sean suyos o no todos los poemas aquí traducidos, vida son, y como vida se dan ahora al lector, como un punto de partida (toda traduc­ción debe ser punto de partida, no de llegada) para su particu­lar, única y gozosa aventura de hacerse a eso que vive en la palabra.

 

 

            Juan Manuel Rodríguez Tobal

 

 

 

 

 

19-26

 

Tengan un sello, Cirno, mis versos que son arte

y son lección, y nunca se oculten si robados;

nadie trocará así por malo lo que es bueno,

y dirá todo el mundo: «Son versos de Teognis

de Mégara, por todas las naciones nombrado».

Mas no agrado —ya ves— a todos mis vecinos.

No es raro, Polipaides: tampoco Zeus contenta

a todos cuando llueve ni cuando se contiene.

 

 

 

73-74

 

No hagas una tus cosas con todos tus amigos:

un corazón leal, entre muchos, muy pocos.

 

 

 

 

79-82

 

Muy pocos camaradas hallarás, Polipaides,

que en momentos difíciles te resulten seguros,

almas siempre cercanas con el corazón presto

a estar entre tus males igual que entre tus bienes.

 

 

 

 

87-92

 

No me ames de palabra y tengas luego

el pensamiento y alma en otra parte,

si me quieres y ser fiel va contigo.

Con alma limpia quiéreme o dejándome

sé mi enemigo y lúchame a las claras.

Que el que dos almas tiene en una lengua

es, Cirno, camarada peligroso:

de enemigo mejor, sí, que de amigo.

 

 

 

 

105-112

 

Para el que a vil ayuda qué gratitud tan vana:

como sembrar las aguas ceniza de la mar.

No segarás, si siembras la mar, muchas espigas,

ni, haciendo bien al malo, tendrás a cambio bien.

Alma insaciable, el malo, si una vez te equivocas,

pierde el querer que hubiera por cuanto hiciste atrás.

Cuánto aprovecha en cambio al bueno el bien que le haces,

cómo guarda memoria por siempre y gratitud.

 

 

 

 

113-114

 

No hagas de un hombre malo querido camarada,

evítalo mejor lo mismo que un mal puerto.

 

 

 

 

117-118

 

No hay nada más difícil de ver que un hombre falso

y nada, Cirno, debe llamarte a más cautela.

 

 

 

 

145-148

 

Prefiere vivir íntegro aun con poco dinero

a ser rico con bienes que lleguen de injusticia.

En la justicia, al cabo, la virtud se halla toda

y el hombre que sea justo es, Cirno, un hombre bueno.

 

 

 

 

149-150

 

Riquezas las da el cielo hasta al hombre malvado;

la parte de virtud llega, Cirno, a muy pocos.

 

 

 

 

159-160

 

Nunca, Cirno, pronuncies palabra altiva: nadie

sabe bien lo que el día traerá al hombre o la noche.

 

 

 

 

213-218

 

Cambia tus modos, corazón, tomando

el color que convenga a cada amigo,

haciéndote al sentir de cada cual.

Ten el estar del pulpo ensortijado

que es uno con la piedra en la que para.

Acomódate ahora a unas maneras,

pero luce una piel distinta luego.

Más puede el diestro que el intransigente.

 

 

 

 

333-334

 

No te hagas, Cirno, amigo con alguna esperanza

de un hombre desterrado:

ya no es el mismo cuando vuelve a casa.

 

 

 

 

 

467-496

 

No retengas a nadie, si no está en él quedarse,

ni lleves a la puerta a quien marchar no quiere,

ni al dormido despiertes, Simónides, si el sueño

prendió dulce en alguno bien cargado de vino,

ni mandes a dormir por fuerza al desvelado;

pues toda cosa impuesta viene a ser enojosa.

Llenen, llenen las copas de los que beber quieran,

que no todas las noches uno está de regalo.

Yo, que del dulce vino mi medida ya tengo,

traeré yéndome a casa al sueño espantamales.

Llegaré como más gusta haberlo bebido

pues que ni sobrio estoy ni estoy de más borracho.

El que alcanza su cuánto de bebida y lo pasa

no es señor de su lengua ni de su voluntad:

le cuelgan las palabras —para un sobrio indecentes—

y nada le avergüenza en su tal melopea;

él, que sensato antes, es ya un necio. Por eso

—ya lo sabes— procura no excederte en el vino:

o levántate antes de emborracharte (mira

que no te obligue el vientre a trabajos forzados)

o, si te estás, no bebas. Que ese «venga otra» tonto

es la sola razón de tu borrachería:

una por la amistad, otra para abrir juego,

y otra aún por los dioses, y otra más que aún hay manos…

No sabes decir no, mas sabe que el que gana

es quien, bebiendo mucho, no dice tonterías.

Charlad tranquilamente con un buen jarro al lado

procurando no abrir disputa entre vosotros,

hablando en alto a todos y al tiempo a cada uno:

así es como un banquete no está de gracia falto.

 

 

 

 

 

 

1038a-1038b

 

Ya lo sabía antes; ahora lo sé mejor:

de un miserable gratitud ninguna.

 

 

 

 

1241-1242

 

Encontrarás placer en el amor ya ido,

mas no serás tú dueño del que a tu lado pasa.

 

 

 

 

 

1335-1336

 

Dichoso aquel que estando enamorado

se forma en el gimnasio, vuelve a casa,

y duerme todo el día con un muchacho hermoso.

 

 

 

 

 

1369-1372

 

El amor por un joven es hermoso

tenerlo y es hermoso abandonarlo,

y es más fácil hallarlo que cumplirlo.

Mil males vienen de él, también mil bienes:

aquí su encanto, sí, precisamente.

 

 

 

 

1375-1376

 

Dichoso el que ama a un chico y del mar nada sabe

ni le importa la noche que cae sobre sus aguas.