Poesía mexicana: Marco Antonio Campos



Poesía mexicana: Marco Antonio Campos

Presentamos dos textos del poeta, ensayista y narrador Marco Antonio Campos (Ciudad de Méxio, 1949). Ha publicado varios libros entre los que destacan: Hojas de los años (1981), Árboles (1995), Viernes en Jerusalén (2005), Dime dónde, en qué país (2010), ¿Dónde quedó lo que yo anduve? (2013). Ha obtenido diversos premios entre los que sobresalen el Premio Casa de América 2005, el Premio del Tren Antonio Machado 2008, el XXXI Premio Internacional de Poesía Ciudad Melilla 2009 y el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2010.

 

 

 

 

 

Nocturno de Mazatlán

 

Dices: “Vamos”. El cielo en llamas lo apaga el viento. Lo veo irse sobre las altas palmeras. El pájaro que despide el atardecer es una muchacha blanca, de cabello negro y de cuerpo oscilante, que apenas parece tocar la arena y se la lleva una oleada de miradas. Bajo el oro de las estrellas la bahía parece un anillo quebrado por el lado de  atrás.
Al caminar a la orilla de la playa cada sombra de tu sombra la borra otra sombra más antigua. Te detienes y miras a lo alto. Oyes el amarillo de la estrella en el cielo oscuro de la noche. Oyes. Los rumores de las olas te hablan de los mares del sur que no navegaste ni navegarás.
¿Estuviste aquí el otoño del ’86 como te dice Juan José? Sólo recuerdas, entre el baile desequilibrado y la ventana quemada del alcohol, los rostros  de dos muchachas, una más hermosa que otra, una tan alondra y otra, y una estrofa de canción que te repercutía en las sienes: “Cuando el hombre/ toma sus licores/ es que sus amores/ lo van a olvidar”.
Haces la cuenta de los años y te sorprende que debas pensar que te hallas más cerca de la ceniza de la rosa que de la rosa joven que segó el francés para que no se arrepintiera al llegar a vieja. Pero debes ir adelante que para días difíciles el tiempo te ha sobrado y aún te queda y te quedará más. Por voluntad o sin ella has caminado desde muy joven de montaña a montaña sobre un cable eléctrico no queriendo bajar la vista para no distinguir la profundidad del abismo.

   No lejos, detrás de la niebla azul, ves de manera borrosa las isletas de Pájaros, de Lobos y Venados e imaginas que las gaviotas se quedaron a dormir allí. Oyendo el titilar de oro de las estrellas te dices que es la misma emoción la belleza de un verso, que una noche azul en el mar, que la pasmosa solución de una ecuación matemática.

   Te preguntas de nuevo: ¿pero cuántos y qué pájaros parten de manera cotidiana desde las rocas de la Hermana Norte y de la Hermana Sur? Mientras sales de la playa y oyes a lo largo del Paseo el murmullo del aire sobre los conos y las hojas ásperas de las palmeras, piensas en islas que ya no podrás ver y en ciudades de las que sólo te quedará decir: “Me hubiera gustado conocerlas”.

    Te encaminas hacia el centro. Pasas a un lado de catedral. Caminas dos calles, y en plaza Machado recoges las máscaras desechas del carnaval reciente, y resuenan en los muros las líneas de una canción que te recuerda la fugaz hermosura de las mujeres: “Se murió la flor de mayo,/ se secó la flor de abril”. Largamente permaneces en una mesa del café Altazor. Lees el periódico que te ofrece el dueño. Pero qué clase de mundo inmundo –me dices- recibimos como herencia y mañana heredaremos. El mundo, estoy seguro, será de los más pero no de los mejores.

   Las muchachas ligeras y de largas piernas se sientan en las bancas, se van, nos van dejando la respiración del deseo que se vuelve un suspiro inútil. La plaza se vacía. Vacías el fuego del tequila en la garganta hecha fuego. Se vacía la vida. Se vació.

    Y de una manera casi imperceptible los dedos de la aurora empiezan a alargarse en las arcadas de la plaza y en las ventanas del teatro.

 

 

 

 

 

Inscripción en el ataúd

 

“Yo nací en febrero a la mitad del siglo y uno menos, y Dios me dibujó la cruz para vivírsela y las hadas me donaron cándidamente el sol negro de la melancolía. No fui un Propercio, un Góngora, un Vallejo ¿y para qué escribir si uno no es un grande? Me conmoví hasta las lágrimas con historias de amor y de amistad y supe del amor y la amistad lo suficiente para dudar de ellos. No busqué la felicidad porque no creí merecerla ni me importó su triste importancia.

 Escucha esto: la vida es y significa todo aun para los que no saben vivirla. Huye, busca el cielo profundo y el mar meridional, las muchachas delgadas y espléndidas, el camino del sueño y lo imposible, y vive esta vida como si fuera la única porque es la única. Y que la tierra me sea para siempre leve.

 

 

 

 

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