Narrativa joven de México: Hulisses de la Rosa



Presentamos un texto de Hulisses de la Rosa (D.F., 1989). Estudiante de Letras Hispánicas en la UAM, plantel Iztapalapa. Ha sido dos veces seleccionado para acudir a los cursos de verano que realiza la Fundación para las letras mexicanas en colaboración con la Universidad Veracruzana, en Xalapa (2011, 2012). Ha publicado en las revistas Anders Behring Breivik, La Cigarra y en el suplemento Voz zero incluído en “La tribuna de Querétaro”.

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El juego de Sumeria

 

Al pie de una columna, entre las ruinas del templo de Afrodita, permanece sepultada una tabla de arcilla. En ella se describen, con escritura cuneiforme, las reglas de un juego antiguo: probablemente el antepasado de todas las competencias. La tabla, proveniente de Sumeria, pasó de mano en mano, se intercambió por mercancía e incluso fue robada en varias ocasiones hasta que, al correr de los siglos, llegó a Atenas donde se le asignó el sitio que actualmente ocupa. El mundo antiguo encontró en ella la explicación fundamental de varios fenómenos que ya entonces eran considerados inherentes a la humanidad.

            El juego descrito en la tabla fue muy popular en su momento. Su práctica se extendía por toda la región de Sumeria, llegando incluso a los territorios más lejanos. La dinámica era por demás sencilla: se formaban dos equipos. Cada integrante era provisto con un bastón de madera. Los dos grupos eran llevados a una planicie poco antes del alba. La primera luz del día era la señal para que juego diera inicio. La idea era tan simple como lo es ahora, en todo caso, un poco más inocente: había que sacar de combate al contrario. Los hombres derrotados abandonaban el terreno y esperaban a que el enfrentamiento concluyera. El primer equipo en rendir completamente al adversario era declarado ganador. No había un premio ni un castigo más allá del regocijo o la desdicha.

            Con el paso del tiempo se fueron delimitando las acciones permitidas durante el juego: era sabido que el modo de llevarlo a cabo variaba de un lugar a otro. Se escribió entonces un reglamento en tablas de arcilla y fue repartido entre las distintas ciudades que practicaban aquel simulacro de lucha masiva. En aquel momento, debido a la escasa población y a la distancia entre los pueblos, la posibilidad de un enfrentamiento real que implicara a más de diez hombres era remota e innecesaria, de ahí que la gente encontrara atractiva la competencia. Con la introducción del reglamento quedaron acotadas todas las variantes del juego a una sola.

            Se estableció que para poder llevar a cabo la competencia era necesario un número igual de participantes en cada bando. Estaba prohibido armar a los equipos con algo más que bastones de madera y nadie tenía permitido rendirse sin haber recibido al menos un golpe. El punto más importante de todos estipulaba que, bajo ninguna circunstancia, estaba permitido tomar la vida de algún participante. El castigo por desacatar aquella norma consistía en la humillación y ejecución pública.

            Si bien es innegable que gran parte del deleite que el público encontraba en el juego estaba fundado en el derroche de fuerza y en la exaltación de la violencia, el espíritu meramente lúdico de las competencias permaneció intacto durante mucho tiempo. Fue hasta que el interés del gobernante de la región de Kutha intervino, que el juego dio el giro irreversible que lo convirtió en lo que es ahora.

           Apostar era parte fundamental de los encuentros, las reglas lo permitían e incluso alentaban a hacerlo con el fin de acrecentar el ánimo competitivo. Poco antes de la realización del encuentro entre Kutha y Kid-Nun, dos ciudades vecinas en constante disputa por una sección del Tigris, los gobernantes de cada región acordaron que el vencedor de la contienda tendría derecho sobre esa parte del río. Los participantes de Kutha recibieron la orden de aplastar al contrario sin aceptar su rendición. El resultado fue la muerte de los cuarenta hombres de Kid-Nun y la ejecución del equipo de Kutha. Sin saberlo, aquel día el juego se disolvió detrás del egoísmo y se convirtió en la primera maniobra militar. Los enfrentamientos quedaron prohibidos en toda la región, sin embargo, la idea de ocupar una multitud de hombres armados para arrebatar o defender algo floreció más allá de los esfuerzos por mantenerla vedada. Así fue como, hacia el siglo XXV a. C, estalló la primera guerra conocida por el hombre.

            Por miedo a que la nueva práctica llegara a otros lugares, se ordenó la destrucción de las tablas que contenían la explicación del juego. Sobrevivió solamente la que ahora está sepultada en Atenas. La idea de que las tablas pudieran diseminar la semilla de la guerra entre los pueblos no era exagerada. Lo que probablemente nadie contempló fue que la guerra se enseñaba sola, se heredaba; se improvisaba sobre la marcha. El juego de Sumeria fue relegado al olvido mientras que las ideas de “ejercito” y “batalla” se perfeccionaron a medida que fueron aprendidas por cada pueblo.

            No es de sorprender que tras su llegada a Grecia, y una vez rebasada la barrera del leguaje, la tabla fuera vista con buenos ojos. La posible explicación del nacimiento de la guerra fue considerada una pieza de conocimiento elevado. Se discutieron varios sitios que podrían resguardar la tabla. Al final se decidió que esconderla en un templo sería lo mejor. Las razones que los llevaron a elegir el de Afrodita parecen extrañas en primera instancia, sin embargo, al analizar la última sección del documento de arcilla se vuelven perfectamente comprensibles.

            El último punto del reglamento es un apartado sobre los métodos de rendición aceptados durante el juego. Fue escrito pensando en una señal inconfundible capaz de advertir al oponente que la lucha debía detenerse. Se probó con toda suerte de ademanes y gestos. La mayoría eran fácilmente confundidos, lo que derivaba en desafortunados golpes propinados cuando alguien bajaba la guardia. Se intentó establecer una palabra capaz de marcar el fin de la contienda, pero era difícil escuchar con claridad entre el estruendo de la batalla. Tras analizar las circunstancias durante las cuales la mayoría de los competidores se rendían —usualmente sometidos en el suelo o sujetos por el rival— se ideó una maniobra que no presentara las dificultades de las anteriores. Consistía en imprimir los labios sobre el cuerpo del contrincante como señal de sumisión. El procedimiento fue efectivo en la mayoría de los casos aunque fue necesario hacerle algunos ajustes, pues en más de una ocasión se presentaron casos de presuntas sumisiones que terminaron convirtiéndose en mordidas. Fue necesario reducir el área de contacto que los labios podían tocar para designar derrotado al contendiente. La rendición se hacía valida sólo al poner los labios en cualquier parte del rostro o, en caso de ser imposible, en las manos del adversario. Se excluyó el uso de los dientes para todo fin durante los encuentros por ser considerado un acto de vileza.

            Una vez finalizado el enfrentamiento, se llevaba a cabo una ceremonia durante la cual el equipo derrotado imprimía sus labios sobre la boca de los vencedores en señal de humildad. Aquel gesto trascendió en poco tiempo el campo de juego. Era común ver a los mandatarios expresando su respeto unos a otros de esta manera. Incluso entre el pueblo se adoptó aquel acto. Su constante práctica llevo a que el gesto discurriera de la mera solemnidad al convencionalismo; pronto se convirtió en una demostración cotidiana de afecto.

            Tras la abolición del juego, quedó prohibido todo lo que hiciera referencia al mismo, incluida aquella práctica. Al igual que sucedió con la guerra, ningún mandato fue capaz de contener la expansión del ademán que tanta popularidad había adquirido. La gente lo practicaba en la clandestinidad, en los rincones oscuros de las calles o detrás de las cortinas cerradas. Con el tiempo se percataron de que resultaba un gran complemento durante el acto sexual.

            Es difícil decir con certeza en qué momento o de qué forma aquella práctica prohibida recibió un nombre y se convirtió en lo que ahora conocemos. Lo cierto es que alcanzó a las civilizaciones más importantes de la antigüedad y, como sucedió en el caso de la guerra, fue perfeccionándose y derivó a su vez en nuevas prácticas a las que también fue necesario nombrar.

            Llegó a suceder, durante el florecimiento de la guerra, que ante el ataque de un enemigo, los hombres que no sabían nada sobre ejércitos ni estrategias, intentaran detener la lucha recurriendo a aquel antiguo método: era común durante los ataques ver a los pobladores indefensos poner su boca sobre los labios invasores antes de recibir el golpe de gracia.

            Con los siglos, y al tomar sendas tan distintas, se olvidó completamente la relación entre el beso y la guerra: quizá el error más grande cometido por la humanidad. Actualmente cuesta trabajo imaginar su origen común. El diagrama que explica la fundación de ambos —respuesta al insomnio de innumerables individuos que buscan una manera efectiva para acabar con el sufrimiento del mundo— descansa recóndito, a la espera de ser hallado o destruido por el tiempo, como una simple verdad que de tan evidente pasa desapercibida; como una certeza absoluta que al permanecer vedada al entendimiento moderno no es otra cosa que mera falsedad.

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Datos vitales

Hulisses de la Rosa (D.F., 1989). Estudiante de Letras Hispánicas en la UAM, plantel Iztapalapa. Ha participado en: Encuentro Nacional de Escritores (Tonalá, Jalisco; 2011). X CONEL (Mérida, 2012). FILEY (Mérida, 2012). Encuentro Nacional de Escritores “Al sur de la Palabra” (San Cristóbal de las Casas, 2013). Dos veces seleccionado para acudir a los cursos de verano que realiza la Fundación para las letras mexicanas en colaboración con la Universidad Veracruzana, en Xalapa (2011, 2012). Ha publicado en las revistas Anders Behring Breivik, La Cigarra y en el suplemento Voz zero incluído en “La tribuna de Querétaro”.