Pastilla del olvido, un cuento de Humberto Mosqueda Ulloa



Pastilla del olvido, un cuento de Humberto Mosqueda Ulloa

Presentamos un cuento del joven narrador sudcaliforniano Humberto Mosqueda Ulloa (Ciudad Constitución, 1990). Mosqueda Ulloa recibió mención honorífica en el XII Premio Universitario de Cuento 2014. Fue becario del encuentro los Signos en Rotación del Festival Interfaz Issste, Noroeste, en 2015.

 

 

 

 

 

 

PASTILLA DEL OLVIDO

 

 

A song to say goodbye,

A song to say goodbye ,

A song to say…

Placebo

Cuando llegaba la noche, Carlos recordaba todos esos sentimientos que trataba de ahogar durante el día. Su trabajo y las clases en la universidad eran el anestésico perfecto para olvidar la soledad que sentía desde que tronó con Damián, un chavo que conoció en un lugar de ligue, con quien tuvo un noviazgo algo intenso a pesar de haber durado sólo cuatro meses.

¿Me prometes que me vas a querer por siempre? era la pregunta que Damián le hacía a Carlos todas las noches cuando se encontraban abrazados, listos para dormir.

Sí; fue la respuesta de Carlos cada vez que Damián le hacía esa pregunta.

Carlos ya se había hecho a la idea de que por el momento quería estar solo. Tenía tantos problemas que resolver en su vida. Pero a veces, en una de esas noches en las que Carlos recordaba lo que trataba de olvidar durante el día, entraba a Internet buscando remplazar esa sensación con el placer que podía darle otra persona.

Entonces, empezó a frecuentar un sitio en Internet donde se conectaban otros chicos buscando satisfacer sus deseos sexuales. Carlos no era la excepción a la regla, pero él buscaba satisfacer algo más que su deseo sexual. Buscaba reprimir lo que sentía. Como si el sexo fuera una pastilla del olvido. Una pastilla cuyo efecto sólo dura unas horas.

A los cinco minutos de ingresar al chat, recibe un saludo.

«Hola» le escribió un usuario con la leyenda -4:20- en su perfil.

La plática fluyo bien por lo que Carlos decide preguntar su nombre.

«Me llamo Jerry, Jerry Volton» le contesta su compañero de chat.

Al leer ese nombre, Carlos no sabía si revelar su identidad o simplemente salir de esa sala de chat dejando botado a Jerry. El destino actúa de maneras muy misteriosas. Años atrás, mucho antes de que Damián entrara en la vida de Carlos, conoció a Jerry. Un chavo que era el mejor amigo de una amiga de Gabriela, su roommate, y además, tiempo después se había convertido en el novio y posteriormente ex novio de uno de sus amigos.

Después de pensarlo un poco, acordaron verse en casa de Carlos para fumar un churro de mota y platicar, pero esa plática después se convirtió en otra cosa que se repitió más de una vez.

Cuando Carlos le pedía a Jerry que lo visitara, era distinto a cuando invitaba a otros chicos. Sí, distinto porque a pesar de que siempre terminaban haciendo lo mismo: coger como animales después de fumar un churro con mota que Jerry destronchaba sobre su cama, mientras hablaba una serie de incoherencias. Carlos siempre ha sido muy especial para tratar a chicos como Jerry, pero con él era diferente. Jerry lo hacía olvidar todo pero además, cubría ese hueco emocional que tenía.

Jerry lo hacía reír e inclusive Carlos le daba respuesta a sus incoherencias y le seguía el rollo. Carlos no sabía si Jerry platicaba esas cosas por simpático o si era porque ya se había quedado arriba. En encuentros anteriores, ya le había confesado que había estado en rehabilitación, así que marihuana no era lo único que este chavo se ha metido.

La muerte blanca yo la conozco por experiencia, es cuando te pegas un pasón, una sobredosis se podría decir, pero depende de la droga. Por ejemplo, es mucho más difícil que te metas una sobredosis de marihuana a que te metas una sobredosis de coca o de cristal; era una de las pláticas random de Jerry, mientras Carlos estaba sentado arriba de él, los dos completamente desnudos.

Cuando Carlos y Jerry compartían esa cama individual, vivían en una burbuja. Una burbuja que los protegía, pero no de los peligros del mundo exterior, sino de ellos mismos. Cuando se adentraban en ella, nada, absolutamente nada podía dañarlos. Completa vulnerabilidad por parte de ambos era el requisito para estar en ella, como si a la entrada hubiera un letrero con la leyenda Nudity. Compartían ese pequeño espacio en la desnudez física y la que no lo es.

Carlos ya conocía cada detalle del cuerpo de Jerry. Cada tatuaje, cada lunar, la forma de su vello púbico e incluso la pequeña marca de nacimiento que tenía detrás de la oreja izquierda que le gustaba morder. Ya sabía dónde se ubicaban sus zonas erógenas y tomaba ventaja de ello cada vez que podía.

Jerry me tocaba con mucha delicadeza, pero al mismo tiempo con la pasión y frenesí de un adicto al sexo en cautiverio. Mi cuerpo se convertía en un chelo esperando sentir el tacto del maestro. Cuando pasaba la yema de sus dedos morenos por mis oblicuos, lograba estremecerme completamente y un gemido escapaba desde lo hondo de mi centro.

La punta de su lengua humedecía mi cuello, una mezcla de cosquillas y placer. Intentaba moverme pero Jerry me tenía completamente sometido tomándome por las muñecas sin poder hacer movimiento alguno. Entonces, era cuando bajaba a mi ombligo y metía su mano en mi entrepierna para estimular el punto del placer masculino. Después se llenaba la boca con mi virilidad, como buscando algo en ella que pudiera alimentarlo.

Después, liberaba mis muñecas y se acostaba boca abajo, levantaba la pelvis y sus nalgas gritaban que las hiciera mías. Jerry se dejaba penetrar con toda mi virilidad, de golpe, y se movía como si despidiera una descarga eléctrica. Los gemidos que salían de su boca eran música para mis oídos. Era como escuchar las cuatro estaciones de Vivaldi, no sólo por el tiempo que durábamos cogiendo, sino porque conforme se la metía, aceleraba el ritmo cada vez más y más hasta que mis gemidos hacían coro a los suyos y terminaba explotando dentro de él, al natural, tal cual Dios lo ordenó.

Después de que mis ojos regresaban a su lugar y mi verga volvía a su tamaño original, sólo me tiraba a lado de él sin la obligación de tener que abrazarlo o preguntarle ¿estás bien?, ¿te viniste? O decirle un te quiero. Tal cual como tenía que hacerlo con Damián para que no se sintiera usado después de cogérmelo. Compartíamos nuevamente el churro de mota que dejamos sin terminar mientras escuchábamos a Lorde.

Dentro de la burbuja, la nuestra, esa que habíamos creado como escudo a todas nuestras carencias emocionales, sólo éramos él y yo. Él cubría las mías y yo las suyas, pero fuera de ella éramos dos extraños. Jerry me gustaba más de noche que de día, debo confesar que si lo llegara a ver en la calle no podría reconocerlo fácilmente. Los dos estábamos completamente solos.

En uno de los encuentros nocturnos, Jerry llegó con una bolsa de libros y un disco de Bob Marley. Jerry había visto el toca discos que Carlos tenía guardado en el closet y ahora tenía el pretexto perfecto para desempolvarlo. Carlos sacó el toca discos de su caja y le conectó las bocinas de su computadora. Jerry pone el vinil de Marley y mientras suenan los primeros acordes de Is This Love? Se tira a la cama con los brazos extendidos hacia arriba y empieza a disfrutar de la música cerrando los ojos.

Mientras Jerry está acostado, Carlos toma lugar a lado de él y se recarga en su brazo, Jerry empieza a hablar las mismas tonterías sin sentido que mencionaba todas las noches. A veces, hablaba sobre astros, le había comentado a Carlos que le gustaba la astrología y algunas cosas esotéricas, otras veces hablaban sobre lo putas que eran los dos al estar cogiendo sin conocerse realmente.

¿Te conté la vez que vi cómo se derretían las paredes? Me dio mucho miedo porque me encontraba en un tercer nivel y luego el piso donde estaba parado empezaba a encogerse y quedaba como un oso polar en un tempano de hielo; le contó Jerry a Carlos, ese era el último trip que había tenido.

Te envidio mucho ¿sabes? Nunca me he metido cristal o un ácido pero se supone que los sueños son parecidos a tustrips, ¿no? Los míos siempre han sido muy lineales, se supone que dentro de los sueños la realidad se distorsiona, y en los míos rara vez puedo discernir entre si es un sueño o es mi rutina diaria. Jamás he soñado con elefantes rosas o con animales que hablan;  le decía Carlos a Jerry tratando de explicarle sus sueños.

¿Quieres intentar? Le dice Jerry a Carlos. Aquí tengo un ácido, no lo podemos echar entre los dos. Pero ¿no voy a terminar valiendo madre o quedándome arriba? Le pregunta Carlos a Jerry. ¡Ay no mames! No te va a pasar nada de eso, además lo harás conmigo, es mejor que lo hagas a lado de alguien que ya se sabe el camino del viaje; le dijo Jerry a Carlos para convencerlo. Jerry saca de su bolsa un papelito casi del tamaño de un confeti que tenía impreso en él la cara del gato de Alice In Wonderlad.

Jerry corta el pequeño confeti en dos partes y le da una mitad a Carlos. Mira, te lo pones en la punta de la lengua pero no te lo pases, es como la ostia, esperas a que se deshaga en tu boca; son las instrucciones que Jerry le da a Carlos para comenzar el viaje. Ya, es todo. Sólo toca esperar a que haga efecto. Get Up Stand Up de Bob Marley, me invitaba a comenzar el viaje. Ya por fin pude entender porque le dicen ácido al LSD, sabe de la chingada, peor que darle un trago al limpia pisos.

De repente sentía que mi cuerpo pesaba un chingo, tanto que empezó a hacer un hoyo en mi cama, yo cada vez pesaba más y me hundía en él hasta que mi cama se rompió y empecé a caer en un agujero de gusano tal Alicia en la madriguera del conejo. El tiempo se estiraba durante la caída, un instante eterno, hasta que mis sentidos no podían distinguir si seguía en movimiento o si ya estaba en piso firme. El único sentido en el que podía confiar era en mi vista porque sabía que no veía nada. Sabía que no estaba ciego, ese color negro que distinguía era simplemente porque me encontraba en la nada, en el vacío. No veía nada porque no había nada que ver.

Confirmo que mi vista funciona al distinguir que algo se movía y la oscuridad cambió a escenarios conocidos. Eran dos personas de la mano que caminaban entre mis recuerdos. Algo me decía que corriera tras de ellos, mientras trataba de alcanzaros me vi en mi fiesta de graduación de la preparatoria, vi mi primer rompimiento amoroso, vi todas las veces que le dije no a algún chico, las veces que evitaba las llamadas a casa de mis papás. Vi esas veces que puse algún pretexto tonto para no pasar las fiestas de navidad en familia, vi las noches en que me tocaba estar solo en esa cama que se había partido, lamentándome por no haber dicho que sí a muchas cosas.

Logro alcanzar a los dos individuos cuando llegan al último recuerdo que tengo, el de la puerta de mi habitación antes de meterme el ácido. Supe que ese era el último porque los escenarios ya no cambiaban, ellos ya no caminaban. Era el momento de saber quiénes eran los que andaban por los rincones de mi memoria. Hasta que reconocí la ropa que vestía uno de ellos. Era el mismo cambio que Damián llevaba el día que nos conocimos. Lo recuerdo perfectamente porque usaba una camisa color amarillo que lo hacía resaltar entre las demás personas, pero no saber quién estaba a lado de él, tomándolo de la mano, me provocaba una sensación extraña en la boca del estómago. Todo eso por el miedo de que Damián ya no se acordara de mí, que ya hubiera encontrado a mi remplazo.

Me acerco a ellos, toco el hombro de Damián, pero los dos voltean a verme. Me llevé una sorpresa, me di cuenta de que estaba en el éxtasis de mi viaje al ver de frente a las dos personas, dos individuos cuyos rostros no tenían cara. No ojos, no boca, no nariz, nada. Era un blur bien hecho, como criaturas amorfas que bien podrían haber salido de alguno de lostrips de Jerry.

Tener esos rostros amorfos frente a mí fue como una caída al vacío infinito. De repente lo supe, siempre estuve solo  y darme cuenta de eso fue como un golpe en seco contra el concreto, un golpe en seco que se sintió tan real.

Jerry no se había metido la otra mitad del ácido, quería ser testigo por fuera del viaje de Carlos, cuidarlo y ver que no cometiera alguna metida de pata como brincar por la ventana o golpearse contra los muebles. Estar ahí para ayudarlo a volver en caso de que se mal viajara pero no ocurrió nada de eso, de hecho no pasó nada.

Jerry empezó a preocuparse cuando notó que Carlos no había movido ni un solo músculo en veinte minutos, estaba ahí completamente inmóvil en la cama. Empieza a sacudirlo y gritar su nombre para hacer que vuelva del viaje, pero se dio cuenta de que Carlos ya no respiraba, ya no había mucho que hacer, por lo que decide irse dejando el cuerpo de Carlos en esa burbuja que compartieron durante varias noches. Aunque Jerry hubiera podido hacer algo, jamás lo hubiera hecho, ya que llamar a una ambulancia o a la policía involucraba responder a muchas preguntas y él terminaría de vuelta en rehabilitación o en el peor de los casos, en la cárcel.