Poesía salvadoreña: William Alfaro



Presentamos la poesía de William Alfaro (San Salvador, 1973). Poeta y periodista. Fundador del grupo multidisciplinario Movimiento de Artistas Independientes de El Salvador. Autor de los libros de poesía: Proclive y Amargura. Ha participado en los más importantes festivales poéticos de Centroamérica y las lecturas de sus poemas lo han llevado a México y Estados Unidos.

foto: Omar Carbonero

 

 

 

 

El marido de la peluquera

“Lo que fue tan hermoso que no caiga al olvido,
te estaré recordando por siempre
Mathilde que tú no te has ido”.

De una canción de Pedro Guerra.

 

Cuando lleguen las últimas palabras
y el silencio sea tan preciso
como la lluvia de todas las despedidas y los reencuentros,
él tomará sus pechos para hacerlos suyos,
líneas de sus manos,
comisuras sobre senos.

Le hablará de aromas,
de bailes infantiles y grandes promesas de amor.

La mirará a los ojos todos los días de su vida,
la recordará siempre
porque jamás se fue,
porque nunca se ha ido.

La abrazará fuerte,
hasta perder el aliento,
hasta que nosotros
al son de esa vieja canción

no podamos respirar,
y adentro,
muy adentro nuestro,
muy adentro de nuestros miedos,
nos salvemos bailando
en los pasillos de las peluquerías.

 

En ningún lugar del mundo

 

Yo te pensaba distinta,
y cuando digo distinta, me refiero a que llevarías unas alas blancas,
atrás, en la espalda.

Te pensaba como un ángel o una ángela,
o como una flor, como esos lirios que tanto me fascinan,
pero no eras así como sos.

Eras distinta, te faltaban los brazos y las piernas, los labios y los ojos.
Tus palabras eran mudas.

Eras tan diferente,
y te esperé tanto tiempo que me dediqué a robar pequeñas piezas,
parecidas a la que eras, pero no encontraba.

Y así fui armando a quien no soñé,
un artilugio de seres revueltos en mis pecados,
espectros que me perseguían con almanaques hechos polvo,
máscaras siniestras que buscaban mis costados.

Yo te pensaba distinta y te construí distinta,
con guijarros de oscuras mariposas,
te bañé con mi angustia,
te besé y envenené a la que serías,

A quien esperaba.

Mas en esta hora que vienes a reclamarte tal cual sos,
y veo en los bocetos que la silueta es la misma,
me doy cuenta que estabas adentro de mí,
adentro de mis venas,
las que te esperaban como ríos subterráneos,
como fuentes interminables.
Eres tan distinta a quien imaginaba…

Y qué bueno,
qué bueno encontrarte diferente,
tan cerca y tan distante,
aquí,
en ningún lugar del mundo.

 

La locomotora de los sueños

El réquiem comienza a sonar a las cuatro de la mañana,
mientras,
las bestias leen estremecidas en la recámara.
Aquí todos duermen,
hasta los pájaros

todo es silencio,
a veces,

sólo a veces

se escucha una leve tos de Maya en el cuarto contiguo.

Boccanera lo dice todo esta noche,
afectuosamente se despide de Teillier,
mientras la locomotora atraviesa un sueño
y otro anidado en el insomnio.

Yo tengo los nudillos torturados e insomnes
y un presentimiento capaz
de despertar a San Salvador por entero.

 

 

El rostro del antípoda

A Marcela y Maya, mi rostro duplicado.

Marcela pensaba que las palabras se formaban de pequeñas estrellas,
astros azules perdidos en las noches de los niños.
Maya creía que los colores fueron creados por una aurora
que se fue congelando en un rincón del planeta.

Yo pensaba diferente a ellas.

Afirmé que las palabras eran flechas-serpientes lanzadas por la muerte,
desesperadas mariposas que huyen de los sueños,
Supe, desde un inicio, que los colores no serían más que el negro, el rojo y el amarillo.
La noche que nací lo supe, oscura lengua del destino, sangre derramada en sus ojos, en una pálida flor del olvido.

Ellas saben más que yo, como por ejemplo, hacerme creer que estoy equivocado.

 

Poética imperfecta

 

comenzó al borde de la cama
en la ciudad equivocada
tenía unas rosas marchitas
en un florero de cartón
por las noches tejía
con sus venas un abrigo para el verano
coleccionaba quebrantahuesos
y palabras prohibidas por Dios

un día palpó bajo su falda
le agradó el olor de la tinta fresca
y se quedó a dormir

cuando despertó
«la muerte era la vida entera»
habían libros rotos
y papeles dispersos
puertas y ventanas abiertas

ella estaba desnuda
como la primera vez
como cuando tuvo sueño
y mordió su carne
y bebió su sangre
como cuando fue un crepúsculo
golpeando la puerta de su vientre.

 

Reseña

 

Yo nací en una ciudad llena de sombras, cadáveres y gente alegre, eternamente alegre.

Apenas abrí los ojos, me sorprendió una guerra.

Observé a mis hermanos devorando los huesos de mis hermanos.

A los hijos atacando a su padre y su madre, a la tierra tragando polvo y lodo.

Adelante me atraparon tres terremotos, un huracán, y enormes tormentas que vomitaron de sus entrañas a mis hermanos asesinados.

Luego, un hombre me llamó con un libro, un libro abierto con las páginas corroídas que escapaban como murciélagos, buscaban la clandestinidad y el olvido, pero nadie las olvidó, nadie.

Ahora, un volcán despierta sobre mi estómago, somos sombra nuevamente, tímida y callada sombra que espera una luz que ilumine nuestra tiniebla.

Yo vivo en la ciudad que nací, cuento los sismos y la lluvia con los cabellos de mis hijos.

Ellos nacieron en una ciudad llena de sombras, cadáveres y gente alegre, eternamente alegre.

 

El elegido II

Ya ves, nos vencieron

ahora baja de esa cruz

y sígueme

 

 

 

 

Metáfora sexual

 

Y sueñas a mi lado, duermes.
La sábana dibuja tu esencia desnuda,

senos cubiertos por el aire,

carne revelada por la luz.

 

Mis ojos cruzan los senderos del lienzo,

las fronteras de tu piel.
Tu cuerpo es una tierra habitada por mi cuerpo,

un presagio de las manos,

una voz nocturna, eco constante.

 

Viajo por los resquicios de la noche.
La boca entreabierta de los fulgores

susurra una inmemorial letanía de amor.

Traduce en gemidos el lenguaje de los cuerpos.

 

Tú y yo, apenas un sueño,

la prolongación de los tiempos.

 

Carne reencontrando carne,

“je vais et je viens”.

 

Tú me buscas,

me encuentras,

volvemos.

 

Sueñas a mi lado,

 

y yo,

 

sueño con un sueño.

 

Si Dios fuera un hombre

Si Dios nunca muere, Luis,

los entresijos de mi abuela deben continuar floridos.

 

Ella, cara en tierra, hablaba de él.

 

Con el dedo lleno de anillos arrugados,

dibujaba en las cenizas

su rostro invisible.

 

Yo la recuerdo a ella,

y también a él,

y los pasados noviembres

y los cercanos,

los que trato

pero no puedo olvidar.

 

Es probable que aún esté perdido

entre los resucitados,

y el divino,

atrapado

en el laberinto,

juega con arroz y canela.

 

Yo he tratado de ver a Dios en alguna película

y a mi abuela entre las hojas viejas,

manchadas de sepia,

o en las aves ocultas,

que llegan con el tiempo.

 

Luis,

si Dios fuera un hombre,

lo mataría mil veces,

lo haría tragar el veneno de su inmortalidad

y lo haría polvo, como nosotros.

 

En fin, Luis, yo sigo hablando de Dios,

aunque no lo conozco.

 

Sangre

 

Quien alguna vez habló del tiempo

debió recordar que el amor y el silencio

también están hechos de sangre,

y la sangre no se puede pagar con caramelos y estrellas

ni oro ni espejos de doble rostro.

Porque la sangre no tiene precio

y porque la sangre sólo se puede pagar con sangre y con olvido,

seco olvido y destierro, hueco torbellino de sangre, sangre lloviznando sangre,

sangre lamiendo sangre, conjugando sangre en blancos portales de mármol,

en sellos postales marrones, en sangre devorando adjetivos,

metáforas de sangre, poemas de sangre, mareas de sangre, motores de sangre.

Porque la sangre también es un verbo y un perro

y una canción que suena y sabe a sangre,

a rojas oleadas de sangre,

a diluvios e inmensas olas de sangre, a mares, a amargura.

Porque somos sangre que nos reclama el agua y la tierra y el viento

y todo lo que se cree pagar con el desprecio.

Sangre, solamente sangre, seca sangre, agua exiliada y torturada por el polvo.

Sangre exigida por la tierra.

 

Amargura I

 

Lo que nace de estas aguas son calvarios,

fermentos humanos,

edades,

rumores.

Quién camina sobre las aguas

es carne expuesta al odio de Dios,

al filo de la demencia divina

Estas aguas son el llanto perpetuo de los insalvables,

la tercera trompeta del desprecio,

de la rabia.

 

De sus fuentes emanan perlas de sangre

Yo lo sé.

las he visto tatuadas en los ojos del caído,

en las águilas del rebelde,

en los labios plomizos del condenado,

en el rostro entintado del Omnipotente.

 

Su veneno estriba en la venganza de Dios,

en la inútil guerra del patriarca,

en la desidia del poderoso,

en el orgullo del conspirador.

 

Yo lo sé.

Lo he sentido en las venas.

He llorado mi propia amargura sobre el polvo de mis muertos.

Su implacable justicia espera por nosotros, los subyugados,

los herederos de su apostasía,

los humillados.

 

¿Cuándo tendrá fin tu venganza?

El tiempo en el que apagues el hambre por tus hijos.

 

Vomita,

que sea tu sangre la que corra por estos ríos venenosos.

Yo gritaré sus nombres,

atestiguaré que vivieron en las riberas de tus tribulaciones,

que fueron hechos a la medida de tu imagen,

hombres y mujeres,

huesos cosidos con carnes,

y destinos,

y la marca de tu fatalidad.

 

Yo lo sé,

antes de nacer vi esa estrella

en los ojos iracundos del asesino.

 

 

 

Piscucha

 

Encontré una piscucha

herida sobre mi casa

 

la liberé

pero había perdido a su niño.

 

Fado

 

Chuva, canta Mariza… saudade.

“Hay días que marcan el alma”, asegura.

Yo sé que hay almas que marcan los días.

 

Silencio

 

No repitas más.
Mi sangre no puede hervir en tu sangre,
y menos cuajar fantasmas.

Tú caminas tomada de mi mano,
sombra,
viento,
tinta congelada en los blancos abismos de las metáforas.

No soporto este ruido de papeles vacíos,
estas horas que arrastran gatos en celo,
sillas y almohadones vestidos con nuestras prendas,
un lecho cubierto de cuerpos inasibles.

No repitas más.
Guarda en tu boca todo el silencio del universo.

Llegada

Cualquiera diría que todo estaba escrito,
pero no era así,
faltaba la primera luz del aire:
tu nombre pronunciado por el tiempo.

Yo te esperaba, amor, ahogado en las alucinaciones,
en habitaciones de paso inundadas de alcohol,
tatuajes en el corazón de recuerdos por descubrir,

Estaba oscuro y podrido, muerto,
a la espera de resucitar,
y volver a morir lentamente.

Tantos rostros desconocidos,
tantas sombras y fantasmas,
hasta que llegaste, con una sonrisa
atada a tus misterios.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Datos vitales

 

 

William Alfaro (San Salvador, 1973). Poeta y periodista. Integró el desaparecido Taller Literario El Cuervo, miembro de la Fundación Cultural Alkimia y del Proyecto Poético Multimedia El Verbo en la Ventana. Además de crear Los Miércoles de Poesía, de la Peña Cultural Los Tacos de Paco, ha sido jurado de distintos certámenes poéticos e impartió talleres literarios a niños, jóvenes y personas con discapacidades auditivas y visuales. En 2012, junto a un grupo multidisciplinario de artistas fundó el Movimiento de Artistas Independientes de El Salvador (MAI). Autor de los libros de poemas Proclive, Amargura, y de varios poemarios inéditos y de las plaquettes Déjà vu  y Ciudad Amenazada, parte de su poesía ha sido musicalizada y publicada en antologías de varios países de Latinoamérica y Europa. Ha participado en los más importantes festivales poéticos de Centroamérica y las lecturas de sus poemas lo han llevado a México y Estados Unidos. Coordinó, con el poeta Jorge Haguilar, el taller de poesía Vorágine, del departamento de Idiomas de la Universidad de El Salvador.