Sobre la poesía de César Dávila Andrade



Jorge Luis Bustamante reseña El dolor mas antiguo, la antología del poeta ecuatoriano César Dávila Andrade publicada por Visor Libros y preparado por Xavier Oquendo Troncoso. Dávila Andrade es uno de los grandes referentes de la poesía ecuatoriana del siglo XX. Presentamos, asimismo, una brevísima selección de sus poemas.

 

 

 

 

El dolor más antiguo de la tierra

César Dávila Andrade

Edición de Xavier Oquendo

Colección Visor de poesía

Madrid, 2015

 

Cesar Dávila Andrade y la metáfora de dolor

 

 

 

No hay angustia mayor que la de luchar envuelto

en la tela que rodea

la pequeña casa del poeta durante la tormenta.

César Dávila Andrade

 

 

Hablar de la poesía de César Dávila Andrade es adentrarse en un continuo proceso metafórico y metonímico de la imagen subjetiva del dolor. Resulta una suerte de mapamundi lleno de nostalgia que ha sido víctima de la constancia del olvido.

Olvido que no solo es remitido por la poesía daviliana sino también olvido de los lectores, que esta maravillosa antología publicada bajo el sello Visor de poesía y editada por Xavier Oquendo, pretenden salvarla del naufragio.

Al finalizar esta antología me remito a los versos del poeta Xavier Oquendo Al fin y al cabo, el mundo / es un dolor inmenso que siempre inicia. / Y ni se diga, la poesía. Dolor que inicia en cada poema del gran Dávila y se hace más que carne dormida, más que deseo negado, más que espacio olvidado. El poeta sabe que el dolor y la angustia no deben ser negados y se arma de valor en cada verso para dar lenguaje a estos conceptos.

La poesía daviliana llega como un vacío necesario, como una incertidumbre y un gran dolor. Porque el autor sabía que la vida es un dolor inmenso

Leyendo a Cesar Dávila recuerdo la angustia primera, aquella que después de tantos años no ha tenido rincón donde olvidarse. Angustia que no miente y que pasa desapercibida en los claros y oscuros de la luna. A la que reniegan los felices infelices y que construyen altares los tristes. Esa que siempre está.

 

Ahora que las manos las llevo heridas

y que mis ojos beben luz serena.

Ahora que mi amor no llora un cuerpo.

Ahora os vuelvo a amar. ¡Oscuros duendes

del femenino cielo de la tierra!

 

Cesar Dávila Andrade es un poeta de la angustia que supo seguir la dialéctica de la poesía, que hizo de ella un árbol perenne, aquel poeta que fue llorando, agrupando el dolor al costado de cada palabra. Recordando a Hernandez los versos de Dávila son un manotazo duro, un empujón contra el vacío, donde la extensión más grande es la herida que no ha encontrado cicatriz en ningún difunto. Poesía sin consuelo, en donde la muerte no ha alzado sus alas.

En los versos de Dávila levanta su mano la muerte, con dientes de invierno que mira la tierra hasta conseguir darle nueva forma en el poema. Aquella palabra que no engaña, que arrulla, por lo que es.

Geografía de la angustia, del dolor y de nuevas conquistas es esta antología, donde se tiene que hablar de muchas cosas y el poeta sabe que esas cosas son esenciales desde su simpleza.

La angustia, al igual que el dolor, es un eterno aprendizaje. Desde la angustia viene el asombro del poeta, el camino de significantes que ronda en cada página de su obra como gotas de lluvia que mojan un mismo sitio: el mar. Aquella angustia que no engaña y se da al mundo como principio de un dolor inmenso.

La certeza de la misma está en lo imaginario, en el viaje del objeto deseado hacia el encuentro con la representación subjetiva, hacia la frustración de lo invisible detrás del ojo, la certeza de la angustia se encuentra detrás de la espera, del dolor, de la poesía daviliana, que crece como un río en las arterias y se adhiere como frio hasta el último hueso, todo este viaje para atrapar al cuerpo en un discurso poético del cual solo los valientes se han atrevido a hablar.

Dávila es uno de los poetas a los que le debemos mucho, compartimos una gran deuda con su obra y con el olvido de la misma. Esperemos que la palabra de este poeta no muera ante el exilio de la memoria, que siempre nos acompañe: como cántaro necesario, como río eterno, como complicidad después de la nostalgia. Que nos llegué siempre como nueva palabra para salvarnos del olvido. Que así sea.

 

 

 

 

 

CONSTITUCIÓN DEL AGUA

 

Ven, mínima presencia sucesiva,

amoldamiento puro y asexuado.

Ya en la verde capucha de las ranas

o en deslizamiento azul de peces,

con zapatillas de húmeda bacteria.

 

Dulzura digital en claro tacto,

huyendo un paladar inverosímil;

en lámina sensible sin sustancia,

desunida y unión desvanecida.

 

Circulación sagrada de la nube,

abertura preciosa en piel de muslo.

En blanco moho subes la escultura,

derramamiento de cristal desnudo.

 

Gaseosa lentitud de serafines,

alzas tu verde copa fugitiva.

Blanco caballo en soledad de espuma.

Lente que busca el fondo de los muros.

 

¡Oh! secreto contacto de la lengua

herida por tu pálido alimento.

Sandalia de sulfato cristalino

sobre el metal en óxido dormida

con tu débil sortija penetrante.

 

Mayo 18 de 1945

 

 

 

 

 

 

CARTA DE LA TERNURA DISTANTE

 

Estoy solo. La niñez vuelve a veces

con sus blancos cuadernos de ternura.

Oigo entonces el ruido del molino

y siento el peso de los días caer desde la torre de la iglesia

con un sonido de aves de ceniza.

Pienso qué harás ahora frente al camino blanco

por el que cierto día pasó mi soledad.

¿En dónde estás? ¿Qué haces?

¿Bajas aún al pueblo los domingos?

¿Y a la feria de rosas de castilla?

 

Recuerdo: tenían tus pupilas color de té y de arenilla

y bullían en el fondo de tus ojos

esos mínimos puntos luminosos

con que escriben los músicos

las más azules y hondas melodías.

 

Cómo recuerdo tu cabello, hecho con las panojas del estío

y con la leve arborescencia fina

de la miel del topacio,

y de la crencha ardiente de la espiga.

 

Tenías creo ya sobre los senos

dorados terroncitos

y algo como el azul de la azucena…

Tenías creo ya sobre las sienes

la sagrada blancura de la nieve

y una hebra distante y tan delgada que moría en el cielo.

 

¿Tienes aún ese hoyo de nardo en la sonrisa?

¿Y ese nudo de rosas que te rodeaba los tobillos?

 

¿Por qué tu andar me ha parecido siempre

el temblor de un jilguero entre los mimbres?

¿Recuerdas esos barcos de papel cargados de semillas

que, a veces, pusimos en el río?

 

Llevaban como en éxtasis más duIces lilas.

Todas han muerto en soledad y en frío.

 

¿Y el pan que abrimos juntos con los dientes?

Salió de él como un ángel su perfume.

Aquí hay pan abundante, pero no tiene aroma

y la ternura esconde como un niño las manos.

¡Qué extraño es todo lo que me rodea!

Volveré algún día.

El maestro de capilla de la aldea

tocará para los dos aquella música

que tiende sobre un río siete puentes de rosas.

 

Y por ahora basta. Volveré algún día.

Afuera son las nueve de la noche.

Se esconden poco a poco mis palabras

 

 

 

 

 

CARTA A LA MADRE

 

A estas horas ya habrás cenado

ese pan tan delgado, que al mirarlo,

produce una sonrisa y una lágrima.

 

Y pensar que yo nunca sentí tu hambre,

que te robé un árbol azul y dos arbustos blancos

y que por eso hoy tienes marchitas ya las venas,

y descalza la blanca altura de los senos,

y que un ángel oscuro con un nombre extranjero

tal si fuera una puerta, a tu esternón golpea…

 

No madrugues a misa ni cojas el sereno.

Yo sé muy bien que amas con el dolor de Cristo.

Mil noches de costura te han llagado los ojos

y la malva morena de tus sagradas manos

tiembla ya con el viento que gira en la ventana.

 

No sufras porque el sábado amanezca con lluvia

ni porque el río baje con un ramo de lirios.

No sufras porque ha muerto esa gallina blanca

con la que hablara en sueños, una noche, mi hermana.

 

Ya recibí tu carta. ¡Escrita con romero y pestañas azules!

Me cuentas que se ha muerto mi prima María Augusta.

Ahora que estoy lejos, te diré: Yo la amaba.

Mi timidez de entonces me quebró las palabras.

Baja mañana a verla con un ramo de nardos,

y recítale alguna oración impalpable.

Dile que ya no bebo y que he pasado el año.

Ahora que estoy lejos te diré: ¡Cuánto la amo!

 

Dime sinceramente qué piensas de este hijo.

Te salió tan extraño.

Renunció todo aquello que los otros ansiaban,

y se hundió en sí, tanto, que quizás no es el mismo…

 

Seguramente piensas: “Estará enamorado”.

Y habrás adivinado. Encontré una muchacha

con una voz blanquísima y los filos dorados,

el pelo hecho de espigas y sortijas de malta.

 

Y ahora, yo quisiera decirte que te amo,

pero de una manera que tú no sospechaste.

Verás. Ahora te amo en todas las mujeres,

te amo en todas las madres, te amo en todas las lágrimas.

 

Tú dirás:  “Esas cosas que tiene…”

No sé qué me ha pasado, tal vez esté enfermo.

Tal vez los libros raros…

Es que el amor de antes se me ha vuelto tan claro

que siento que ya nada es para mí extraño…

 

1946

 

 

 

 

TAREA POÉTICA

 

Dura como la vida la tarea poética,

y la vida desesperadamente

inclinada, para poder oír

en el gran cántaro vegetativo

una partícula de mármol, por lo menos,

cantando sola como si brillara

y pinchándose en el cielo más oscuro.

 

Atravesábamos calles repletas de sal

hasta los aleros, y la barba

se nos caía como si sólo hubiera estado

escrita a lápiz.

Pero la Poesía, como una bellota aún cálida,

respiraba dentro de la caja de un arpa.

 

Sin embargo, en ciertos días de miseria,

un arco de violín era capaz de matar una cabra

sobre el reborde mismo de un planeta o una torre.

Todo era cruel,

y la Poesía, el dolor más antiguo,

el que buscaba dioses en las piedras.

Otro fue

aquel terrible sol vasomotor

por entre las costillas de San Sebastián.

Nadie podrá mirarte como entonces

sin recibir

un flechazo en los ojos.

 

 

 

 

 

PROFESIÓN DE FE

 

No hay angustia mayor que la de luchar envuelto

en la tela que rodea

la pequeña casa del poeta durante la tormenta.

Además,

están ahí las moscas,

veloces en su ociosidad,

buscando la sabor adulterina

y dale y dale vueltas

frente a las aberturas del rostro más entregado

a su verdadera cualidad.

El forcejeo con la tela obstructiva

se repliega en las cuevas comunicantes del corazón

o dentro de la glándula de veneno del entrecejo

cuyos tabiques son

verticales al Fuego

y horizontales al Éter.

Y la Poesía, el dolor más antiguo de la Tierra,

bebe en los huecos del costado de San Sebastián

el sol vasomotor

abierto por las flechas.

Pero la voluntad del poema

embiste

aquí

y

allá

 

la Tela

y elige, a oscuras aún, los objetos sonoros,

las riñas de alas,

los abalorios que pululan en la boca del cántaro.

Pero la tela se encoje y ninguna práctica

es capaz de renovar

la agonía creadora del delfín.

El pez sólo puede salvarse en el relámpago.