Poesía hondureña: Dennis Ávila



Presentamos en Círculo de Poesía una muestra de Dennis Ávila (Tegucigalpa, 1981). Poeta y narrador. Ha publicado los libros de poesía La calada (2000), Algunos conceptos para entender la ternura (2005), Quizás de los jamases (2008), Geometría elemental (2014) y La infancia es una película de culto (2016). Ha obtenido los certámenes literarios Poesía Hablada (2001), Juegos Florales San Marcos de Ocotepeque (2005) y el Premio Cuento Breve de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán (2005); en el año 2006 recibió la Mención Honorífica en el Premio de Narrativa Hibueras, por la novela Trópico de andamios. Ha participado en eventos literarios en Centroamérica, Puerto Rico, Cuba y España. Su poesía se encuentra seleccionada en las siguientes antologías: CD Versofónica (20 poetas, 20 frecuencias), Papel de oficio (Cuadernillos de poesía País Poesible y Chamote (Antología de poetas latinoamericanos). Su poesía ha sido traducida al portugués, inglés e italiano. Desde el año 2007 radica en Costa Rica, en donde dirige el proyecto artístico El Lobo Estepario-Teatro Mágico; asimismo se desempeña como Director Adjunto del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica.

 

 

 

 

 

Efecto giroscópico

 

En distintos momentos de mi vida

he contemplado

la fugaz existencia de un trompo:

remolino de madera,

fusión de aire y manos.

 
Fríos como pinzas

crean el viento en miniatura,

la energía del sosiego

y los moldes para la utopía

del movimiento perpetuo.

 

Aunque giren en el suelo

o en la mano,

nadie que creció cerca de un trompo

podrá evadir los códigos ocultos

en su dialecto de espiral.

 
Su baile es centrífugo:

seres inanimados

que viven por sí mismos.
 

Para ellos la eternidad es equilibrio,

el tiempo se llama profecía

y danzar significa espectadores.

 

En distintos momentos de mi vida

he visto morir a un trompo:

debilitarse hasta caer,

volver a empezar.
  

 

 

 

El viejo Tony

 

En la antigüedad

los barberos suavizaban el filo de sus navajas:

por un lado el cuero, por el otro las sombras;

así era el viejo Tony.

 
Capataz de la paciencia, olvidaba barrer

y al menor descuido dibujábamos figuras

en la hojarasca de cabellos que cubría el piso.

 

Esto lo enfurecía, pero después

reanudaba el colibrí de metal

que vivía en su mano.

 

Para todos había un lugar

en su silla emblemática:

a los adultos los acostaba

para hacerles la barba,

cubiertos con la frazada

que deben usar los reyes para dormir;

a los niños nos ponía una tablita

para alcanzar la estatura de los hombres,

y si llorábamos

nos untaba espuma de afeitar.

 

Cuenta la leyenda que renunció a morir.

 

Postrado en la cama de sus últimos días

se negó a vender su silla

a unos coleccionistas.

 

Hoy, el fantasma de Tony,

la protege en el museo de su patio

como si fuera un Cadillac.

 

  

 

 

Los niños del Dr. Hell

 

Trazábamos una circunferencia.

 

En el centro, como la marca de un compás,

hacíamos el agujero

donde metíamos las canicas

que el vencedor se llevaba a casa.

 

Los grandes odiaban

que un niño más pequeño ganara;

me echaban tierra en los ojos

y atacaban como cuervos.

 

De aquella nube de polvo

surgía la respiración de mi hermano,

el gordo más ágil del barrio.

 

Todavía tengo en mi corazón

su voz de niño diciendo malas palabras.

 

Amaba su heroísmo:

esa necesidad de salvar mi honor

y el de la familia.

 

Mis piernas dejaban de temblar

y me lanzaban a la pelea

para justificar mi sangre en la nariz.

 

Pero de los dos, él era Mazinger Z.

 

Solo mi hermano pudo derrotar

a los monstruos mejor armados

de nuestra niñez.

 

 

 

 

LOS REMOS

 

Mi madre rema en esta foto.

 

Su felicidad la persigue

y no le permite romper

la hermosa sonrisa que lleva por rostro.

 

Intacta, sacude sus heridas

como alguien que borra tras de sí

todos los naufragios.

 

Lo hace sin pretensiones,

con las agallas de un barco de papel.

 

Muestra sus velas

a pesar de las várices del tiempo

y los árboles en llamas

que frenaron sus pájaros.

 

La veo sonreír:

no parece la mujer que perdió un oído,

la tripulante de hospitales

que derrotó al vértigo

para domar lo humano.

 

Mi madre se sumerge en ella misma.

 

Su alegría me ha impactado:

es una niña,

y en el acto

parece dirigir

los columpios del mar.

 

 

 

 

 

 La memoria por dentro

 

Las personas con Alzheimer:

¿recuerdan los besos verdaderos,

las guerras infinitas,

el cúmulo de atropellos y venganzas

tras la vía láctea de sus vidas?

 

Esas manos que parecen buscar un mapa,

¿en qué rostro están pensando?

 

Para ellos un mausoleo

no es un álbum de lápidas

sino almanaques vacíos,

paralelos

al limbo de cosas por volver.

 

Su memoria es un columpio:

una canción

puede enviarlos a la infancia

o traerlos de vuelta

con la mirada sucia de futuro.

 

Una mirada que se dilata en el aire,

como si allí naciera

la epopeya  de los recuerdos

y no la urna donde habita

un sufragio de caminos disecados.

 

Uno piensa que no debe haber

nada más triste

que el olvido del Alzheimer.

 

Pero hay quienes cargan

hasta el final de sus días

una amarga niñez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El otro

 

El Borges de Cambridge

encuentra

al Borges de Ginebra.

 

Ambos son cometas

que comparten la mirada

frente a un río.

 

Uno es viejo y cuenta la historia

como si fuera real;

el otro es joven y responde

como si fuera un sueño.

 

El Borges de Cambridge

argumenta cosas

que el muchacho cuestiona;

al final le confiesa

que un día quedará ciego

gradualmente

como un lento atardecer de verano.

 

El joven se despide

sin tocar el rostro

que él tendrá

en cincuenta años.

 

Solo él sabe

que volverá a Cambridge

cada mañana de su vida,

para exigir al río

que devuelva sus ojos

en la tinta que corre,

eterna,

sobre el agua.

 

 

 

 

El niño entre las olas

 

El mar apareció

cuando acabó la carretera:

una playa escondida

llamada Punta Ratón.

 

Arena negra,

viento asfixiado de sal.

 

Rompíamos las olas

como orugas necias

con las manos llagadas por el agua.

 

Nos gustaba aquel lugar

que parecía el fin del mundo:

las tardes eran largas

y el sol se perdía

en nuestra ropa abandonada.

 

Con el tiempo conocimos otros mares

más azules,

más ajenos,

pero este era de bronce

y daba todo por ahogarnos.

 

Se llama Océano Pacífico

ese mar

que comenzó en el sur.

 

Su recuerdo

insiste

en cegar nuestros ojos.

 

 

 

 

Los pies en la tierra

 

Intento imaginar

los primeros zapatos de mi padre.

 

¿Tuvieron el color que surge

en la corteza de los árboles

cuando va a amanecer?

 

¿Sus cordones fueron implacables,

como aquellos que amarraron

la leña de las haciendas vecinas,

que él y sus hermanos

ansiaron en los días lluviosos?

 

La suela, ¿lo suficientemente gruesa

para aplastar espinas?

 

El tacón, ¿inamovible,

capaz de entender un nuevo equilibrio?

 

Delgado, sin duda, el camino de sus hilos

en esta dimensión desconocida

por unos pies descalzos.

 

¿Los tomó de alguna estantería

o salieron del corazón de un zapatero

directo a sus pies?

 

¿Temió gastarlos, a las cinco de la mañana,

para arrear las vacas

de los señores feudales de su infancia?

 

¿Los llevó a la escuela en su jornada mixta

o al vender melcochas

antes y después de cada clase?

 

¿Alcanzó los labios

de alguna muchacha que pudo visitar,

por fin, con los pies limpios?

 

Siempre me conmovió

la historia no contada

de los zapatos de mi padre.