Poesía joven de México: Karen Salazar



Presentamos una muestra poética de Karen Salazar (Zacatecas, 1993). Egresada de la Licenciatura en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas . Ha publicado en suplementos y revistas culturales. Ha pertenecido a talleres literarios, entre ellos el del poeta Javier Acosta. Fue becaria del Festival Interfaz-ISSSTE, Chihuahua 2016.

 

 

 

 

 

 

Al filo de una puerta en invierno

 

Tengo un pedazo de cielo, todo mío

cambia cada noche, es constante

hoy Orión y Pléyades, movimiento

mañana de luna cuarto menguante.

 

Lugares sin espacio donde me miran las estrellas

muertas centenares de años atrás

ya fenecidas cuando Hécate sacerdotisa

ahora mi diosa nocturna  renacida

en un cúmulo de años, yo, diosa de las diosas futuras.

 

Borrasca, frío:

¿Dónde está el techo de los niños

que andan como palomas

en busca de maíz en las principales plazas?

¿Dónde las caricias de los perros con hambre,

más hambre de cariño que de alimento?

 

Arrecia el viento del desierto

en mi lecho el calor de mil cabellos blancos

pienso en el padre que habita en los olimpos

tiene un pedazo de cielo

quizá mira por dentro un féretro.

 

Miguel Ángel de mis noches diurnas

hombre en La Sixtina que toca al padre

que deja de ser Dios, inexistente

toco la deidad con el meñique: gélido, frío infinito.

 

Llueven rosas, no hay agua

para quienes han llenado de lágrimas sus vidas

rosas y leche emanando entre nopales

leche que busca águilas que funden naciones.

 

Cada minuto un paisaje nuevo

humo sosegado aguardando una boca

¿cuál, sino la mía: consumo de tabaco?

consciente ser ceniza del rey Cronos.

 

Tengo un pedazo de cielo

trueque postrero de tierra

siembro flores y tunas

¿cosecharé? lápidas y cruces.

 

 

 

 

I.

 

Soy el ave que me ve por la ventana

cualquiera de los seis, dos huevos

no soy sus alas, su vuelo, su canto

sólo errante que emigra para volver a casa.

 

No soy el río que marcha hacia la máter

sí la salinidad que besa el agua, movimiento

¿acaso mañana metamorfosis de ballena

encallada entre cabezas de pescado?

Soy la opacidad de mi reflejo

otro cuando miro mis pies que se mueven disonantes

los padres que emblandecen el pan con lágrimas para la familia

las rodillas encharcadas por la fe ante una iglesia.

 

Otro cuando canto, yo, cenzontle de la abuela

y me riego aunque nenúfar

que camina sobre el mar en forma de sirena

cuando me toco el pubis con la frialdad del espejo envanecido.

 

II.

 

Dentro del mar mi madre

mar caliente a fuerza de persistencia, el sol

yo afuera asiéndome al ombligo

líquido amniótico mi primer llanto.

 

Soy joven,  tengo 96 años

aún duermo en la cama de mi madre

que me abraza, que me abrasa.

Al inicio el mar, mi madre

al ocaso yo en la madre que ya es tierra

el calor del pañuelo:  el calor de la mortaja.

 

 

MIS RECUERDOS SON UNA RUINA


Piedras que se desvanecen en el tiempo
al transcurrir las mil huellas
por el sendero de las sacerdotisas.

Las ruinas que han visto el vuelo de los halcones
y los ríos cubiertos de cuerpos fragmentados.
Los cuadernos con las medidas de los edificios nuevos.
La lista de las drogas diarias para el Zeus de la familia.

Me levanto con la nariz hinchada de polen,
las botas boleadas de barro y plomo,
la pesadez como cortinas de una bodega
cerrando mis ojos.

Mis recuerdos son una ruina
que persiste
que se postra en la presencia del adiós 
al final
sólo se fija en el diálogo interno de una niña.

Me levanto.
Apenas comienzo a destensar los músculos
me acuesto otra vez.
Mi cuerpo es el sacrificio perpetuo de la ruina.

 

 

Plegaria de la escafandra

 

Que no se me permita observar pasar mi vida

sin acariciar las suavidades y las asperezas,

sólo el cristal de un ferrocarril que está vacío.

Quiero ser con mis manos 

respirar a través del paso de mis pies 

medir el tiempo con el sonido del caballo que galopa

con el undívago movimiento de las olas.

No se me castigue:

existir en un cuerpo muerto

entre telarañas y musgo.

Anhelo prender mis propias veladoras.