Poesía Italiana del XIX: Guido Gozzano



Presentamos  la poesía del autor italiano Guido Gozzano (Turín, Italia, 1883-1916), uno de los más destacados autores de la llamada poesía crepuscular que se desarrollo en Italia a finales del siglo XIX. Gozzano se dedicó también a la narrativa, en donde evoca la hermosa ciudad de Turín de su tiempo. Entre sus obras encontramos: La via del rifugio, El camino del refugio (1907), I colloqui, Conversaciones (1911).  La nota introductoria y la traducción están a cargo  de Victoria Montemayor.

 

 

 

 

 

Guido Gozzano

 

(Turín, Italia, 1883-1916)

 

Traducción y nota de de Victoria Montemayor

Guido Gustavo Gozzano es un poeta italiano que nace en Turín el 19 de diciembre de 1883 y muere muy joven el 9 de agosto de 1916 a causa de tuberculosis. La poesía de Gozzano posee tintes crepusculares como los que se pueden apreciar en los poemas Un remordimiento e Invernal. La poesía crepuscular se puede identificar por el uso de temas como: la somnolienta y monótona vida de provincia, la melancolía, el cansancio de vivir, el sentimiento de desilusión que lleva hacia una introspección, una voluntad de sufrimiento y autocompasión; saberse frágil. Para Robert Dombroski: “the crepuscolari desired to flee the alienating effects of industrialization and the cultural marketplace by taking refuge in a monotonous world of commomplace realities, among simple, unattractive things which inspire an equally simple, unheroic and delyricised verse, often indistinguishable from ordinary speech.” (Robert Dombroski, “The rise and fall of fascism”, en The Cambridge history of italian literature). Entre los poetas crepusculares encontramos a Gozzano, Sergio Corazzini (1886-1907) y Marino Moretti (1885-1979).
Para Dombroski la poesía de Gozzano se centra en la imposibilidad de ser un genuino poeta, es como percibir la vida sin sueños, en donde las esperanzas y las emociones se elevan sin significado alguno. Por su parte, Edoardo Sanguinetti declara que Gozzano logra cantar la vida pequeño-burguesa, e identifica un tono irónico en sus versos. Salvatore Guglielmino apunta que en Gozzano existe un punto de equilibrio entre evocación y sonrisa, afecto e ironía. Algunos aspectos relevantes a considerar en la vida de Gozzano son: la relación amorosa con la poeta Amalia Guglielminetti, la aparición de la tuberculosis y su viaje a la India en 1912 buscando algún remedio a su enfermedad. Gozzano se dedicó también a la narrativa, en donde evoca la hermosa ciudad de Turín de su tiempo. Entre sus obras encontramos: La via del rifugio, El camino del refugio (1907), I colloqui, Conversaciones (1911).
En Un remordimiento, Gozzano celebra el Palazzo Madama que se eleva en Piazza Castello en Turín como “la casa de los siglos”, y escribe: “nosotros los torineses estamos también habituados a considerar el Palazzo Madama como un lugar placentero de encuentro solitario, bien defendido de la lluvia, del sol, de la curiosidad. Bajo la estructura vasta, se puede pasear desde el arco medieval al pórtico del siglo XVIII, se puede esperar a una señora ─madre, hermana, amiga, amante─ y después de media hora de retraso que toda mujer se cree serenamente con derecho de predominar sobre la paciencia masculina, es menos grave que en cualquier otro lugar.” (Sanguinetti 1993)
Invernal se publicó por primera vez en 1910, la escena sobre el lago, al parecer evoca el lago del Valentino en Turín. En este poema también podemos notar ciertos tonos dantescos como “el loco vuelo”, o bien, el paisaje invernal y tétrico que bien podría recordarnos el infierno dantesco; pero dejo al lector forjar su propia interpretación.

 

 

De La via del rifugio, El camino del refugio (1907)

 

Un rimorso, Un remordimiento

I

¡Oh! El tétrico Palazzo Madama

la tarde…la multitud se oscurece…

vuelvo a ver la pobre ánima,

la pobre ánima que me ama:

la tan semejante a una

pequeña actriz famosa.

 

Recuerdo. Sobre el labio contraído

la voz apenas se escuchó:

«¡Oh Guido! ¿Qué mal

te he hecho para tratarme así?»

 

II

Esperando que estuviera desierto

atravesamos el portal, pero bajo

los arcos se encontraban parejas

de amantes…huimos fuera:

cae la hermosa empuñadura

adorno de dobles violetas.

 

Oh agradable perfume disperso

de violetas y petit-gris…

«Pero Guido, ¿qué mal

te he hecho para tratarme así?»

 

III

Que el tiempo que vence no venza

La voz que me remuerde,

¡Oh rubia pobre esencia!

 

En el ojo azul violeta,

en el pequeño cuerpo de recuerdos

la pequeña actriz famosa…

 

Alzó la veletta. Se escuchó

(¡oh miserable también en el acto!)

Y aún: «¿Qué mal te he hecho

¡Oh Guido! para tratarme así?»

 

IV

Cruzamos los rieles

la Piazza Castello, en el rostro

azotados por el frío más vivo.

 

Pasaban jóvenes alegres…

Asumía una sonrisa maliciosa:

y sin embargo, malo no soy,

 

malo no soy, y

me llora en el corazón destrozado

la voz: «¿Qué mal te he hecho

Oh Guido para tratarme así?»

 

II

Invernal

 

<<…cri…i…i…i…ick>>…

la grieta

el hielo adornó, crujiente y viva.

«¡A la orilla!» cada uno ganó la orilla

desertando la cubierta mal segura.

«¡ A la orilla! ¡A la orilla!…» un soplo de miedo

dispersó la brigada fugitiva.

 

«¡Quédate!» Ella aferró mi brazo entrelazado,

sus dedos cruzó, viva unión

entre mis dedos. «¡Quédate, si me amas!»

Y en el espejo falso y desierto

solos quedamos, en largo vuelo inmenso,

ebrios de inmensidad, sordos a los reclamos.

 

Hecho etéreo así como un espectro,

sin pasado, sin recuerdo,

me abandoné con ella, en el loco acuerdo,

de largas ruedas diseñando el vitral.

Del borde el hielo hizo cricck, más tétrico…

Del borde el hielo hizo cricck, más sordo…

 

Me estremecí como quien escucha

el estridente y sarcástico chillido de la Muerte,

y me incliné, con las pupilas absortas,

y traslucir vi nuestros rostros

ya tendidos lívidos sepultos…

Del borde el hielo hizo cricck, más fuerte…

 

¡Oh! Cómo cómo, sujetaron aquellos dedos,

¡sentí nostalgia del mundo y de mi dulce vida!

¡Oh voz imperiosa del instinto!

¡Oh voluntad infinita de vivir!

Mis dedos liberé de aquellos,

y gané la orilla, jadeante, vencido…

 

Ella sola quedó, sorda a su nombre,

rodando largamente en su reino solitario.

Al final, le plació, tornar al suelo;

y riendo arribó, suelta la cabellera,

hermosa, audaz, palpitante como

la garza que emprende el vuelo.

 

Tan pronto recuperé el aliento, regresé

a la alegre multitud femenina,

me buscó, me alcanzó entre las filas

de amigos de risa cortés:

«¡Mi señor querido, gracias!» Y me extendió

la mano, fugaz, sibilante: –¡Vil!

 

 

 

Referencias bibliográficas:

Brand, Peter, The Cambridge History of Italian Literature, Cambridge University, United

Kingdom, 2007.

Guglielmino Salvatore, Guida al Novecento, Principato editore, Milano, 1976.

Sanguineti Edoardo, Poesia italiana del Novecento, Einaudi, Torino, 1993.