En el marco del dossier, Modelo para armar: 62 voces de la poesía argentina actual, con selección e introducción de Marisa Martínez Pérsico, presentamos al poeta Cristian Aliaga (Buenos Aires, 1962). Escritor, editor y periodista. Oriundo de Tres Cuervos (Buenos Aires), reside en la Patagonia. Ha publicado libros como: La sombra de todo (2007), La causa clínica / The clinical cause (2011), La suciedad del color blanco (2013) o La pasión extranjera / The foreign passion (2016). En disco compacto editó Un ring para dios, con Avelino Naves, Andrés Cursaro, Osvaldo Bayer, Arturo Carrera, Palo Pandolfo e Ingrid Pelicori. Enseñó en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco y en Leeds University (UK).

 

 

 

 

 

 

Los deseos irreprimibles

 

Cuando la mano ya inició
el movimiento
uno tiene la conciencia fugaz
del mal que está por cometer.
La ropa caerá,
el vino será derramado,
el corazón sangrará para siempre.

Pero uno no puede detener el movimiento.

 

 

 

 

 

Aguaceros

 

Escribir lluvia de una manera tal que nadie dude de las gotas que caen sobre su corazón. Lluvia, como un trazo japonés o el gesto ínfimo de quien sabe amar o suicidarse sin maltratar su estética. Esta mujer quiere sentir el agua que no cae, no caerá jamás, sobre el desierto de Atacama. Sentada bajo un toldo de bolsas blancas, ella interrumpe la ruta interminable que atraviesa este largo desierto. Habla de la lluvia que ha de llegar, rodeada de quesos amarillos y un cabrito que ha matado por la mañana. El sol quiebra cualquier cabeza salvo la suya. Tiene un repertorio de lloviznas, de tenues gotas sobre las paredes de nylon, de invisibles cortinas de agua, de temporales arrachados de otra época, de vapores que se elevan desde la tierra seca. Esta mujer no miente, ni sueña: lleva aguaceros en la cabeza.

(Salar de Atacama, Chile).

 

 

 

 

 

Inserto la moneda y sale sangre

 

Inserto la moneda y sale sangre.
Aprieto las teclas y sale sangre.
Abro los grifos y sale sangre.
Cierro los ojos y sale sangre.
Leo los clásicos y sale sangre.
No es la enfermedad: es algo universal
para exhibir bajo el sol del mundo.
Su color es indistinto entre los naturales de todos los continentes,
y su aparición a borbotones o de a gotas
da cuenta de la simetría
de los finales que vienen, inhumanos.

 

 

 

 

 

El lucero del alba, el refucilo

 

El lucero del Alba, el refucilo, los fuegos fatuos
detrás de los álamos, mi padre busca
los animales dispersos en la tormenta.
Los rayos iluminan en su rotación grupos de vacas,
caballos, ovejas, gallinas y otros animales
que no hallan hueco entre los tamariscos.
Los perros gimen por galpones y corredores oscuros.
Mi padre corre para salvar lo posible, se engancha
en un alambrado y la mordida de un cerdo atascado
lo marca para siempre. Su mano mala.
El amanecer, siempre, salda la destrucción. Cada objeto
destruido, cada animal muerto, deja congoja y trabajo
a repetir, tareas de esclavo.
Con ropa seca y la gorra hasta las orejas, mi padre no habla,
empieza la reconstrucción de lo ajeno.
Abomina de la queja y de los patrones. Silba en su tumba,
/ y me despierta
para jugar el juego del falso dormido.
Me ha legado la rabia, y una manera propia de mirar
el horizonte y los alambrados.

 

 

 

El dolor es dios

 

El dolor es dios, pero no sabe bailar.
La pequeña que juega con su globo
y lo hace rebotar entre los tubos y monitores
es dios, aunque no sepa sobrevivir.
La moribunda de ojos almendra
tiene la mirada atravesada por la luz
que ya no puede mirar. Es dios en su ceguera iluminada.
El dolor es un dios equivocado.