Poesía colombiana: Víctor Rivera



Poesía colombiana: Víctor Rivera

Presentamos un poema del poeta Víctor Rivera (Popayán, 1980). Músico violinista, integrante de ensambles orquestales, de música de cámara y música antigua. Parte de su poesía aparece en el libro Llama de piedraPoesía contemporánea en Popayán (1970-2010) del Ministerio de Cultura. En el 2011 publica con la Editorial Gamar, su libro de poemas La Montaña sumergida. Obtuvo el Premio de Poesía Editorial Praxis 2016, por su poemario Libro del origen. Segunda mención en el concurso organizado por la Casa Silva “La poesía, pintura que habla”.

 

 

 

Desmesura

 

…los seres terrestres se tornaban acuáticos

Y los que nadan se pasaban a la tierra.

El fuego aumentaba en el agua su propia virtud

Y el agua olvidaba su poder extintor

Sabiduría 19, 19-20

 

I

 

Quisimos el sol antes del sol,

El inicio del agua antes del mar,

La marcha de la hierba antes de la tierra.

Detrás del recuerdo,

Una parábola de peces,

Apenas humo,

Apenas polvo de palabras

Que crecían en la noche.

 

Quisimos el sol antes del sol,

Lo que sería el espacio desmesurado,

En las redes que urdían la plenitud y el hambre,

En la confusión del nacimiento y la desembocadura.

 

Quisimos el sol antes del sol,

En el principio la luz  y el oro de los peces,

El meandro resguardado por el oro de la tierra,

Orilla de los vientres que serían cópula y tragedia,

Como joyas y pedruscos naciendo de la sal

A la inclemencia,

Al otero de relámpagos descarnados.

 

Quisimos el agua antes del agua,

Volver a la reconstrucción del cuerpo,

Desde un cardumen que tejía su cristal

En la espuma de futuros mares,

Las formas de la espada, la arcilla,

La flor arrojada a la boca de los templos,

El agua arrojada a la boca de la sed y la delicia,

 

Dulce agua de silencios tendidos que miraban

Desde el fondo, la subida del salmón a la ceniza,

Desde una superficie de lágrimas  y peces,

Ángeles y hombres en un giro de cosas hacia arriba

Por la desembocadura de los cuerpos recién llegados,

Listos para estar en  franca guerra con el mundo,

La lucha de lo que crece y sufre por los surcos baldíos.

 

Quisimos el sol antes del sol,

(Espejismo de las orillas

No curéis al loco)

Como si fuera ayer,

Todo lo que del agua vuelve,

Letras para el bautismo del hombre,

Estribaciones y penínsulas que acercaban

Lo agostado de la tierra al pez brillante.

 

 

II

 

Quisimos la huella antes del cuerpo,

La forma de las hojas antes que la luz las convocara,

El sonido de la lengua

Antes de la balbuciente boca,

Lo que no cupo en el principio de las manos,

Hueco de la tierra,

Borde de hielo para el hambre

Y el inmóvil pescador de las mareas.

Peces antes de los peces,

Peces que luchaban por encontrar el alba del estuario,

El mar por encontrar el filo de los deltas,

Ríos despojados.

 

Quisimos el hombre antes del hombre,

Su boca de esqueletos calcáreos

Más antiguos que el resplandor de sus ojos,

Más antiguos que la saliva de las palabras,

Erguido en la estatura de los siglos,

Para nombrar el sitio de los bosques que cantaban,

Por los andamios de la niebla,

Para tomar lo que pronto desaparecía

Con la torrencial desmesura de la tierra,

Con el vértigo voraz de las laderas.

Erguido sobre dunas encendidas,

Para ver el venado del risco,

Para conocimiento del día,

Cruzando el farallón azul de su dominio,

En las horas que pedían ser habladas,

Por los hijos que dirían un bosque y un prodigio.

 

 

III

 

Para crear los peces del abismo,

Para crear las formas desmedidas

Bastó una partícula de destierro

Hurgando la sólida forma del cuerpo,

La desconocida materia,

¿Qué había dentro

Bajo la cáscara y la piedra?

Fue la carencia del espacio,

El estómago vacío de los cuerpos sin nombre,

Lo que llevó a buscar

Una mujer de pechos blancos,

Una catedral de perlas y oquedades

Donde resonara la primera silaba,

El primer embrión

De un jardín perdido.

 

La vida en el inicio de la  pulpa

No soportó el vacío,

No quiso saber de cosas incompletas,

Ni de la boca cerrada que no reclama

Lo mejor de la cosecha,

Ni del agua que no se torna delta de los barcos,

Ni de la arena que no es materia

Para las altas torres del desierto.

 

Quiso todo el vértice del hambre,

Todos los círculos vacíos del espacio,

Para nombrar la ocupación del pájaro,

Para nombrar la ocupación del corazón dentro del hueco,

Para decir la sed del agua por la boca,

La ocupación de los bosques desmedidos.

 

 

IV

 

Si fuera el germen y la espuma,

Si fuera fragua y oleaje la resurrección del cuerpo,

El jardín perdido antes de la fruta,

La intemperie antes de la desnudez.

 

Si fueran semillas arrancadas por el viento

En su esperanza de caer en altiplanos,

En una era de creaturas que jugaran a besar su cáscara,

A picar la cápsula impenetrable de su boca cerrada.

 

Si fueran peces de fértiles llanuras quebrando con su boca

El pequeño universo,  al otro lado de la noche,

En una latitud en que las espigas se apresuren

A señalar desde un comienzo la carencia,

El interminable viaje por las vastas llanuras del encuentro.

Si fuera el cardumen procreado,

El ánfora y el jade sin voz y sin materia,

El buril que tradujera las palabras,

El silencio de los hermanos caídos,

Hermano mío,

En el bajo fondo de los mares,

Fosa de dolor,

Mesura del polvo.

 

Si otra vez fuera la noche 

Para la resurrección de los vencidos,

Una  estampida de luz

Dando hierbas y ramajes de paciencia,

Por el agua,

Por la cabeza rota de las piedras que dijeran:

“Porque ahora recuerdo, me levanto

Lázaro del piélago, carne de mi carne”.

 

 

V

 

El oído más extenso de las islas

Escuchó el desembarco

Y abrió la música a las dunas de silencio,

Para los hijos de la espuma sin mar,

Para los terrestres soles que hilaban

Con la madeja de las sombras hacia arriba,

La voluntad de la luz,

La secreta desmesura del inicio,

La dolorosa forma de crecer como las palmas y el otero.

 

El oído más extenso de las islas escuchó el llanto

De las madres de los bosques que cantaban,

Que lloraban la espesura de los cantos,

En las paladas de la tierra y los cimientos,

Lo roto por el aire,

Los hijos caídos a las puertas de la siega.

 

El oído más extenso de las islas

Escuchó en la cuenca de las horas y los hijos

El latido de las hojas a punto de caer,

Los habitados de la hierba,

Arrojados a la lluvia

En círculos y círculos de agua sin nombrar.

 

 

VI

 

Entre caracoles y setos que urdían

La escarcha ofrendada a los veranos,

Entre el guijarro y el dolmen

Levantado al norte de la noche,

Surgió un rudimento boreal,

Una sonata de invierno

Parecida al más fino cristal que se tocara,

Como los blancos dientes de los hijos

Soplando la niebla,

Como los blancos ojos de los hijos

Multiplicando el sol,

Un hueco por donde se fugaran

Las creaturas soñadas en el parpado,

Por donde cupiera la primitiva sílaba,

La vibración del crótalo en la primera caravana,

Una hilandera para el baile de los niños

En el fulgor de las dunas,

Un ciervo de huesos transparentes

En la curva y la silueta de las cosas a su paso.

Algo quebró la roca

Gota tras gota,

Todo el fervor posible del agua

Todas las montañas por mover

Al ritmo del dolor y el canto,

En el espejo de la fuente y el limo

Por mandato de un gigante de corrientes,

Pan y la levadura en el hambre de los barcos.

 

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