Cenizas nuestros huesos, de Áxel Chávez



Presentamos dos relatos de Axel Chávez (Pachuca, Hidalgo; 1991) pertenecientes al libro Cenizas nuestros huesos. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Universitario y una Mención Honorífica en el Premio Nacional de Narrativa Elena Poniatowska, en 2013. Fue uno de los ganadores, en la categoría de cuento, del concurso Más de 43 que convocó MasterPeace México para conmemorar el segundo aniversario de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Ha publicado cuento y relato breve en Circulo de Poesía, también en la edición de primavera 2016 de la Río Grande Review, revista bilingüe del Departamento de Escritura Creativa de la Universidad de Texas. Fue becario del Encuentro Regional de Literatura -Los signos en rotación 2014- del Festival Interfaz de ISSSTE-CULTURA, en Acapulco, Guerrero. Sus investigaciones periodísticas versan sobre violaciones a derechos humanos, corrupción política y crimen organizado, y han sido publicadas en La Silla Rota, Diario Criterio y Newsweek en Español. Cenizas nuestros huesos (Cascada de Palabras, 2018)es su primera obra literaria.

 

 

 

Cenizas nuestros huesos

 

Cuando el sicario clavó una punta en mis cuencas para sacar mis ojos, de mi rostro escurrió la sangre que imaginé tu llanto al saber mi muerte.

Mientras golpeaba su puño en mi pómulo deshecho, un ruido, como el de una uña que pasa sobre el metal, aturdía mi oído roto. Una voz, inentendible para mí, quizás por la razón perdida, que volvía a ratos para recordarme el sufrimiento.

—¿Cuánto ganas, pendejo? (golpe a golpe) ¿Cuánto ganas?— escuché, hasta que volví en mí porque empezaba a ahogarme con la sangre que quería salir de mi boca, pero se quedaba en mi garganta.

El sicario insistió, con su puño sobre mi rostro.

—Cinco mil pesos—, respondí.

—¿A la semana?

—Al mes.

—¡Y por esa pendejada te vas a morir!—, contestó, enardecido, mientras yo sentía en mi cabeza el vaivén de los golpes.

Mi cuerpo estaba desnudo, tirado como res muerta sobre una cajuela cuando escuché con el oído mojado de sangre: “eso te pasa por pendejo”.

Pensé, con las cuencas vacías y mis lágrimas rojas, con la costilla deshecha como mi boca, en el verso que escribí en tu vientre por la mañana: “Basta que alguien me piense para ser un recuerdo”.

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“Les quebramos el cuello y le sacamos los ojos”

“Los interrogamos antes de matarlos”, dijo uno de los presuntos sicarios. Confirman cuerpo de reportero entre los que fueron asesinados. Investigaba nexos entre el reino y el crimen. (Plaza Pública, 8 de junio).

***

Había sentido ceniza caer sobre la mano, pero el ardor del fuego consumir el cuerpo es el dolor más terrible que hubiera imaginado. Muerto, incluso, sentía mi cuerpo evaporarse.

Uno a uno caían de rondillas doblegados por la quemazón. Los vi desfigurarse, calcinarse como las hojas cuando les lanzan un cerillo y desaparecen.

Entonces vi a mis ojos, que habían sido arrancados de mis cuentas, volar como si fueran un ave recién nacida, para huir al monte a refugiarse, y luego volver a donde nuestros restos habían quedado. Poco a poco, se balancearon entre las ramas y casi caían en la hojarasca, hasta que lograron levantar el vuelo y refugiarse de la tormenta.

Cuando cesó el fuego, ellos salieron a buscarme. Ahí supieron que, siendo nosotros polvo, nos regaron en bolsas y nos desperdigaron en el basurero. Miraron cómo nuestras cenizas se perdieron junto con los restos de otros difuntos a quienes habían aventado en fosas y, por ello, no tenían una tumba en la que sus deudos dejaran sus lágrimas.

Dicen que nadie olió la carne hervir, ni vio los restos humanos calcinarse. Además, llovía; Dios lloró de rabia aquella tarde.

El reino, sembradío de fosas

El Cártel, con la presunta ayuda de elementos de la policía, sepultó a víctimas en baldíos. Desentierran huesos, cráneos, osamentas de desconocidos. (Plaza Pública, 20 de marzo).

***

Mis ojos, asustados, salieron de aquel poblado. El viento, airado por el aroma a muerte y la voz de la sangre que clamaba desde la tierra, azotaba su cabeza, que resonaba como cadenas sobre las puertas durante la noche.

Recuerdo que mis ojos miraron una cascada de sangre cerca del río y, a lo lejos, a cientos de personas vestidas de negro cargar cruces sobre la espalda.

—¿Quién eres? —, me inquirió el viento.

—Unos ojos que sobrevivieron a la matanza—, respondí; lágrimas al suelo, impotente.

—¿Y qué pasó con tu cuerpo, por qué viniste al monte a refugiarte?

—Lo vi calcinarse. Vi como mis pies se derritieron antes de que pudiera correr. Sólo me quedaron estos ojos para ver y dejar por el mundo mi llanto. Apretaría de rabia los dientes si no se hubiesen hecho ceniza.

Sepultan huesos, únicos vestigios de las víctimas.

La fiscalía entregó a familiares las piezas recuperadas de bolsas de basura. Las cenizas, y los pedazos de huesos, pertenecían a los cuerpos que habrían sido cremados vivos. (Plaza Pública, 30 de junio).

***

Pienso en ti, en el verso de Girondo que escribí sobre tu cuerpo, cuando no era hierba seca entre los abrojos, porque aún en el olvido anhelo ser el nombre que susurres en tus insomnios.

Cerré los ojos y comencé a rezar, a pensar en mi cuerpo sobre el metal caliente de la camioneta, con un arma en la sien y las manos atadas en la espalda, y dudé si mi historia sería contada por escribanos a sueldo: un hecho aislado en el reino seguro, dirían.

Cuando dejé de añorar tu cuerpo en el mío, labio a labio, como ramas entrelazadas, recordé que yo, como el resto de los que ardimos en llamas, arrastro la pobreza desde el vientre: mi madre cuenta que cuando llegó el tiempo de parirme no encontró lugar para alumbrarme. Con los dolores insoportables, dobló sus rodillas y me dio a luz en la tierra que hoy me abraza. Ella misma me cortó el cordón y me hizo con él un nudo en el ombligo. Desde ahí me aferraba a la vida.

Quién habría de decir que años después mi cuerpo volvería a ser recibido por la tierra, aunque mi madre trató de pelearle mis restos a sus entrañas, metiendo sus manos hasta lo profundo. Agarraba en sus puños el polvo y la ceniza, las apretaba con rabia y luego acercaba sus ojos lagrimosos para tratar de reconocerme.

Quién habría de decir que al nacer lavaron mi cuerpo con agua y al final me iría entre flamas de diésel y leña.

***

Yo no entendía cómo fue que llegamos a ser ceniza, pero el viento me contó que desde hacía tiempo El Rey hizo alianza con El Cártel para que lo protegieran de la muerte, que sentía cerca; a cambio entregó la sangre del pueblo, para que saciara su sed y derramara el resto sobre la tierra.

Fue cuando apilaron cadáveres en decenas de carretas y los aventaron en fosas sin rezos ni plegarias.

Sé que ahora, tras habernos hecho cenizas, las protestas han llegado hasta las puertas del reino. Que la gente pide justicia por sus muertos, a quienes buscan bajo la tierra.

Sé que hay quienes recorren las calles con la imagen de mi rostro junto con la de otros muertos, y que el mismo Emperador mandó a sus súbditos decir que detendrá y castigará a todos los involucrados.

Mis ojos lo vieron al salir del bosque, y volar, solos, pero arrastrando una soledad tan grande como las llamas que se erigieron en aquel tiradero de desechos.

Algunos vestigios estábamos escondidos en las entrañas de la montaña, sin poder siquiera salir a buscar nuestros restos en el río.

Me pregunto si alguna vez sentiste tanta tristeza que quisiste sacártela del pecho.

Yo sólo una vez, cuando supe que quemarían mi cuerpo. No pude entender, mientras regaba más lágrimas sobre la hierba, cómo la vida no es capaz de vencer a la muerte ni el amor de vencer al odio.

A veces quisiera que estos ojos se hubieran calcinado para no haber visto tanta sangre correr y tanta carne derretirse hasta ser ceniza.

En ese momento quise volver, pero ninguno de los miembros de mi cuerpo me respondía, todos no eran más que tierra que arrastran las suelas de una nación convulsa. Ni con todas mis fuerzas pude levantar un dedo de mi cuerpo muerto y calcinado.

Me ha dicho la tierra, sabia porque de ella surgieron y a ella vuelven todos los hombres, que cuando pasen los años nadie escuchará a mi sangre clamar justicia; que mi llanto se perderá entre corrientes del río. Dice que pronto dejarán de buscarme y no tendré siquiera un sepulcro para que descanse mi alma.

El viento trata de animarme, que mis ojos no decaigan por sentirse inútiles y viejos. Cuenta que hace muchos siglos hubo alguien que le dijo que algún día, no sabía cuándo ni en qué momento, toda lágrima sembrada daría fruto.

Mis ojos le contaron que una vez, mientras yo dormía y ellos estaban cerrados, soñaron que caminaba desnudo por la calle y el suelo se partía desde la entraña. Entonces, de las profundidades de la tierra, una mano me jalaba de los pies y empezaba a sentir el fuego en mis dedos. Yo gritaba tanto hasta reventar mis tímpanos. Ese fue, de todos mis sueños, el único que nunca quise que fuera realidad.

Luego me entristecí de pensar que mi corazón era un puñado de polvo, y en si sería, como el poema de Oliverio que te susurré al oído, el nombre que escribas en todas las camas que no sea la mía, porque tu recuerdo ha sido lo único que mantiene mis ojos abiertos.

El viento, viejo como ningún otro, cree que si tan solo los muertos que estamos debajo de la tierra, con los huesos regados por todo el reino, pudiésemos levantarnos de las fosas para hacer justicia; que si tan sólo alguien oyera mi voz e hiciera suyas mis palabras, el futuro no sería ceniza regada sobre la tierra.

Los días comenzaron a pesarme, y el color a borrarse de mis ojos, que ya únicamente vivían de recuerdos.

Entonces opté por refugiarme en el bosque y dejar de clamar justicia.

Envejecí. Me acerqué a la tierra y le entregué los vestigios que quedaban de lo que algún día fui. Ella, misericordiosa por mi pasado, me convirtió en una semilla que sembró en un huerto donde florecían orquídeas y lirios entre los abrojos.

Ya había pasado tanto que nadie marchaba en mi nombre ni caminaba por las calles con la imagen de mi rostro.

Dice la tierra que si algún día crezco y alguien come de mi fruto, en su alma volveré a vivir para siempre y, entonces, nunca más volveré a ser ceniza estéril regada sobre la tierra. Yo sólo pienso en ti, y en si habrá, aun en casa, una lágrima para regar mi ausencia.

 

Hallan cuerpo en paraje, un mes después de multihomicidios

Una frase de Girondo, en la cintura, único vestigio con el que los peritos esperan que el cadáver sea reconocido: “Basta que alguien me piense para ser un recuerdo” (Plaza Pública).

 

 

 

Sitio acordonado

 

A sus pies, heridos con espinas y cardos por andar sobre la hierba, los detuvo un pedazo de cinta con la que el sitio había sido acordonado.

Adentro había tres cuerpos trenzados que parecían uno solo, atados con un mecate y, a metros, un par de restos que parecían asados: rojos por el inmenso calor. Los habían cortado a machetazos, para rematarlos después con bala.

No se podría distinguir, ahí un poco lejos, el rostro de ninguno de ellos. Sólo se veían cerca las decenas de ojivas regadas entre el campo terroso.

Atrás quedaba más de un kilómetro a pie, sobre la hierba, que había rasgado la negrura de los pies de esa mujer, cubiertos sólo con un par de cintas deshilachadas, atadas sobre la suela de goma de sus huaraches. Nadie supo cómo llegó, ni quién le habría dado el pitazo para andar el camino que lleva a la montaña, donde los capos saldan cuentas a punta de sangre y de bala.

Hasta allá llegó esa mujer a encontrarse con la muerte, con el alma deshecha que salía a sollozos de sus labios. Tenía los ojos cubiertos de arrugas, en los que apenas se asomaban dos canicas pequeñas y negras, como el par que había regado cerca de los casquillos. Parecía que habían sido arrancadas, con las uñas quizás, de uno de los cuerpos. Aún había un charco rojo, como si esos ojos, tras ser desprendidos de sus agujeros, hubieran llorado sangre.

Cuando lo notó, aquella mujer atravesó la cinta para tenderse al suelo y tratar de arrebatarle al polvo uno de los cuerpos. Creía que sus manos, callosas, serían más fuertes que el hambre de la tierra por devorar a los difuntos. Su llanto rompió el silencio que todos guardábamos por ver cara a cara a la muerte, y su rostro pronto se puso rojo como los cadáveres que estaban entre grumos de sangre, tostados por el sol.

Seguramente nadie más hubiera podido identificar ese cuerpo, tan desfigurado que erizaba la piel. Sólo ella, porque en el pecho de su difunto estaba trazado su rostro anciano.  Y cerca de su abdomen –donde tenía los orificios que dejaron las bajas–, el destino escrito: la santa muerte.

Fue tanta la pena que los militares no hicieron nada por sujetarla, aunque hubiera contaminado la escena del crimen. No le pusieron el arma sobre la sien para someterla, como hacía con los que llegaban a disparar sus cámaras. La dejaron que recostara en sus muslos la cabeza del muerto y que dejara sobre ese pecho sus lágrimas.

Yo, como podía, buscaba apuntar notas en mi libreta, para después recrear la historia que mañana habría de acrecentar el miedo al fuego cruzado, al ajuste de cuentas, en este pueblo que dejó de ser en el que crecimos. Ahí estaba, cuando de pronto la mujer me miró y sentí como si la negrura de sus ojos absorbiera la fuerza que mantenía mis pies tras horas de andanza.

—¡Si ya sabía que andaba buscando la muerte, pero por más que aquí me dolía –y se enterraba el dedo en el corazón, la llaga abierta–, nunca hice por detenerlo!

Lo dijo y mis huesos se estremecían.

—¿Y ahora quién va a sanar este dolor?, –preguntaba, con la mirada fija, la mujer a los militares, pero nadie tuvo palabra para ella.

Pensé que aquel muerto sería uno más que tendría que guardar en la memoria, pero no pude evitar, al ver ese dolor punzar hasta la entraña, imaginar tu nombre escrito en mi pecho masacrado, y tus lágrimas caer sobre mi herida.