Esta osamenta litoral
es el abismo que me separa
del hogar de infancia
la herida al despedirme
de la montaña
el calor huracanado que hace
figuras de magma a orillas de la ría
no he descubierto la vida aquí
solo este breve temblor
cuando escucho a los santos
crujir sobre el suelo.
Colmillos citadinos
traccionan cuando duermo
y los gritos de motores se abren paso
en mis oídos de medianoche
es hondo el dolor de las alarmas
a las siete a las doce a las seis
la multiplicidad de catástrofes que
retumban en los altoparlantes
nos dicen que una nueva avenida
nacerá cortando el bosque que protege
quiero decirte que cuando estoy en el séptimo piso
yo también extraño los pistilos
y sus formas de narrar la vida
la ternura del musgo
y el lodo como primer hogar de infancia
aquí solo la grasa y el metal
tiemblan bajo mi peso cuando
no encuentro el sentido en las filas
que hago para sacar dinero
y firmar un papel que dice esta persona
es ciudadana
de estas calles entonces salgo a caminar
y encuentro dos loritos de máscara roja besándose
sobre un semáforo en escobedo y aguirre
un nido de garzas suspendido
en las manos de un árbol
único
niños corriendo junto a las iguanas
vuelvo a descubrir las texturas nobles
que nos sostienen
me siento al borde del ventanal
en el séptimo piso imagino a la ría guayas
arrastrar una danza de taruyas
y espero la inundación.
No sé cuántos lenguajes inventaremos juntas
al mirarte soy un pequeño animal
dislocado
dentro de tus ojos
el mundo entero
es un mamífero de mil colores
que te nombra en mi cabeza
y el rito de tus manos
acariciando la tierra que sembramos
de semillas púrpuras negras y amarillas
una canción nace de tu lengua y escucho
que nuestros cuerpos son hogar
de dioses extraños
desconozco qué nueva forma
de animal salvaje
encarnará este amor
ni cuantos lenguajes
nacen cada vez que alguien ama.
Tuve miedo de decir que moriste
en el bus 25 de la cooperativa Kennedy
viajando de Guayaquil a Pedernales
que ibas en el asiento 18 y
justo antes de la balacera me llamaste
triste porque otra vez
pusieron la misma película de guerra
a todo volumen
yo te dije que mañana veremos
al sol hablar a través de las palmeras
y los tonos rojos del mar cuando los pescadores se van
me cuesta entender que este ya no es el país
de mi infancia
dispararon al bus 25 de la cooperativa Kennedy
tú te lanzaste al piso mientras los 16 balazos
hacían astillas del parabrisas rojo con amarillo
y el sticker que decía
Dios guía mi camino
se rasgaba
un señor perdió la mano mientras una mujer rezaba
el salmo 91
no temerás el terror nocturno
caerán a tu lado mil
y diez mil a tu diestra
mas a ti no llegará
aún escuchas la lluvia de cristales
cuando cierras los ojos
y estás triste por los niños
que lloraban esa noche
yo agradezco avergonzada
porque cuando escucho tu respiración nocturna
una palmera joven y verde
brota de mi pecho
en el día imaginamos
distintas maneras de pagar la terapia
porque dinero no hay
en el nuevo Ecuador
y salud pública tampoco
me pregunto si volveremos a viajar
por esa misma carretera en búsqueda del mar
o si alguna vez la angustia dejará de ser un avispero
detrás del paladar cuando nos movemos entre
Quito - Santo domingo
Chone - Rocafuerte
Manta - Portoviejo
Puerto López - Salinas
La concordia - Esmeraldas
Guayaquil - Montañita
me siento cobarde
yo que era partidaria de no dejar
nuestra vida por la violencia
después de escuchar tu voz interferida por las armas
solo soy partidaria de sobrevivir
leo el verso de un poema que dice
huir de Latinoamérica sería renunciar al amor
lo creo
necesito quedarme
insistir en esta tierra
aunque tema descubrir
en que culmina esta violencia.
Me conmueven los gestos minúsculos
una hormiga regresa a casa
carga un mordisco
de hoja sobre su espalda
una concha marina refleja
el brillo lunar sobre un manto de arena
acaricio la sombra de los bambúes
a las cinco de la tarde
cuando mi pared se convierte
en un pequeño bosque
siento el peso de mi perra su respiración
de animal dormido
y leo ese pequeño libro de poemas
que compramos juntas en un feria
frente a la ría
miro en sus páginas fotos de
catzos
plumas
rosas
libélulas
polillas
y reconozco el instante previo
a que olvidamos contemplar
la microscópica escarcha brillante
que lo cubre todo.
Micaela Ron (Quito, Ecuador, 1997). A los siete años escribió su primer cuento, sobre un tigre que sabía correr, pero no caminar; un año después ganó el concurso intercolegial de cuento El país de los trazos con la historia de una rana que no sabía saltar. Es licenciada en Literatura con mención en edición y creación por la Universidad de las Artes. Su práctica artística se desarrolla entre la escritura, la fotografía y el registro en video, donde trabaja tanto con material de archivo como con formatos analógicos.
Formó parte del equipo de edición y redacción del libro Guayaquil de mis quereres (Entrópica Editorial, 2023) y su poema “Amar Como” fue publicado en 2024, en formato fanzine, por la misma editorial, que también incluyó dos de sus textos en la antología poética Estelario. Actualmente trabaja en su primer poemario, un libro que explora las tensiones entre la naturaleza y el entorno urbano en la ciudad que ha habitado durante los últimos cuatro años: Guayaquil.



