Oír con los Ojos, de Cristina Rentería Garita



Presentamos tres micro relatos pertenecientes a Oír con los Ojos, Estampas de violencia en México de la narradora y académica Cristina Rentería Garita. Fue seleccionada para participar en la actividad “Cuatro Editores en Busca de Autor” del Festival Eñe (Madrid) y fue incluida en la antología Anónimos, en el marco del Festival Internacional de Poesía Cosmopoética (Córdoba); fue reconocida como una Incunable (Joven talento inédito) por la revista Skeimbol; y publicó en el número dos de la Revista TALES, dedicada exclusivamente al cuento. En 2016 fue una de las tres finalistas del prestigioso concurso de literatura de terror “Se Buscan Hijos de Mary Shelley” (Madrid). En 2018 obtuvo la Mención Honorífica en el Premio Nacional Dolores Castro (México), con su primera obra Oír con los Ojos. Es columnista del periódico Tribuna Feminista (Madrid) y ha publicado textos de análisis literario. Actualmente cursa el Doctorado en Educación especializándose en Literatura Comparada México-España.

 

 

 

 

 

Oír con los ojos-

Estampas de la violencia en México

de

Cristina Rentería Garita

 

II

Guía histórica nacional

 

Ahí viene, otra vez, secándose las manos con la toalla. Recórrelo: sus botas de Revolución, su pantalón de nostalgia; su camisa hiede ilusión. Te ha encontrado, como siempre. Tú estás sucio, pero aún eres joven, sueñas. Su imagen se te sube por el cuello, te eriza la piel; no lo recuerdas, te controlas. Lo sabe todo de ti; engúllelo antes de ignorarlo. Sin él no eres ni serás: es tu historia relamida.

Se acerca por detrás, te lleva a pared. Huele a campo, a indio, a negro, a europeo; te baja el pantalón y te agarra del cabello. Sientes que se te desgarra lo profundo, el adentro. Se apura con el ritmo, mientras empuja, empuja. Estás sucio y recuerdas el piso, el polvo; esto ya ha pasado, a partir de hoy, no más. No. Termina, te suelta el cabello y caes al polvo.

Lo miras mientras se lava las manos. Del grifo cae esa sustancia libre que recorre el tiempo bordeando las formas, llevándose sus intenciones y sus conquistas. Límpiate, rasga un trozo de tus harapos y pregúntate, si el agua borra la sangre, ¿qué borra al agua? Nada, tonto. Pronto lo olvidarás.

 

 

VIII

Bienvenido

 

Tío Salomón da con los nudillos en la barra del bar. Papá atiende con su percepción de gato.

-Vete por los cantos de cerveza y me paso el bocado, mijo.

Me hago lugar entre la bola de la barra. Tío Salomón dice, a quien quiera escucharlo, que esta pieza llegó hasta Tapachula desde nuestro natal Salmó cuando el abuelo se metió en ella, bajaron la carga antes de tiempo y se encontró en plena frontera con Centroamérica. Entonces, Tapachula sólo era un ir y venir de indios que caían como moscas en las monterías. En esos tiempos, no estábamos rodeados; cada uno en su lugar. Respetando. Ahora, estamos juntos a la fuerza y en cien pedazos; hacemos de la gente carne y de otros carniceros. Estamos desfigurados, con la cara cosida trozo sí, trozo no, como una colcha remendada y fea. Tío Salomón toma la servilleta que le cuelga de la barriga y me limpia las comisuras de la boca. Pero los tiempos van a mejorar, me dice.

Recojo las dos cubetas con botellas color caramelo, las llevo hasta el centro de la mesa. Un hombre se ha sentado con papá. Se le ve hecho jirones por el viaje en tren, asustado de verse frente a los rumores que los demás migrantes van contando en su camino al norte. Me siento y sigo comiendo mi carne. El hombre mira, aterrado. Yo mastico sin apartar mis ojos de los suyos. Papá me acaricia la cabeza, me besa en la frente. El hombre deja en la mesa un fajo de billetes.

– Gracias, compa. Pero no hacía falta. Nosotros, como todo el mundo, sólo queremos un futuro mejor para los nuestros, un lugar donde puedan vivir.

Papá se mete el dinero en la chamarra. Tío Salomón se une a la mesa y se lleva un trozo de carne a la boca.

-Pásele por allá, mi hermano lo acompaña.

El centroamericano desaparece en la cocina.

Ojalá los tiempos cambien y pronto comamos carne de res.

 

XXIX

Adiós, mamá

 

La niña mira por la ventana, se aleja de la clase de Geografía.

La semana pasada, la Muerte llegó a la hora de comer, se sentó en la silla junto a ella y ahí sigue, callada mientras hace la tarea y mamá plancha ropa ajena.

Los años pasan, la niña come a la misma hora, deja de merendar y empieza con los amores. Antes salir de casa, mira a la cocina: la Muerte ahí sigue, impávida en medio de alguna fiesta familiar o mientras mamá hornea pasteles para vender.

Una tarde de abril, con sus hijos crecidos, la niña devuelve la mirada a la Muerte. No va a rogar sino a establecer límites. Entonces, mamá besa sus nietos, la abraza fuerte y, tranquila, sale de la cocina.

-Vámonos -dice.

Y la Muerte, por fin, se levanta de la silla.