Poesía panhispánica No. 22: Rei Berroa



Poesía panhispánica No. 22: Rei Berroa

En nuestro tiempo postutópico, el tiempo de la poesía panhispánica, continuamos la revisión de la pluralidad de pasados desde la que escribimos y leemos poesía. Presentamos Rei Berroa (Gurabo, República Dominicana, 1949). Es autor de 40 libros de versos, antologías poéticas, traducciones y estudios de crítica literaria. De sus libros de versos destacan Son palomas pensajeras (en prensa, 2014), Fortunario insólito para convivir con la lengua y unas cuantas cicatrices (Monterrey, 2014), Libro de los dones y los bienes (México, 2013; Caracas, 2010), Eufemistica per vivere tranquilli (Trieste, Italia, 2011), Otridades (Zamora, España, 2010); De adinamia de mente de umnesia (Villahermosa, 2010) premiado en el Primer Concurso sobre el Azheimer y la Memoria, en Murcia, España; Libro de los fragmentos y otros poemas (Caracas, 2007). En 2009 recibió la “Medaille de Vermeil” de la Academia Francesa de  Artes, Ciencias y Letras. En 2011 recibió el Premio Internacional Trieste Poesía por el conjunto de su obra poética y en 2012 el Premio Mihai Eminescu de Rumanía.

 

 

 

Con respecto a cierta actividad de las palomas

 

Desde Lincoln a Lenín,

de Bolívar a Zapata,

las estatuas de los héroes

masculinos de la tierra,

los matriotas,

profanadas están ya para siempre

con el gris inodoro que le adorna las cabezas.

 

Responsables de este ataque al templo varonil de nuestra patria

son las pacíficas palomas

que vindican –quieren hacernos creer que sin saberlo–

el lugar que ocupan en el alma de la gente,

las inútiles estatuas levantadas por el hambre del político

al ilustre varón que le sirve de carnada.

Así le llenan a este pueblo la mollera

de babosas esperanzas y promesas incongruentes.

 

¿No será eso lo que piensan las palomas

al venir y posarse sobre el cráneo de la estatua

y allí llevan a cabo cierta actividad que nos destruye

la idea que teníamos, tan sagrada, de los héroes de la patria?

 

 

 

Utilidades de la risa

 

Desde ques mar el agua,

desde ques tiempo el ahora

y desde ques también vida el sueño

con sus verticales coordenadas

de llanto y de ternura,

sus horizontales herramientas

de alivio y de dolor,

de lo real amarilleando

entre lo espeso y lo flüido,

 

la risa

 

ha puesto sus huevos en la arena

movediza de la lengua,

estruendosa se dispara por los huecos

bien abiertos de la boca y el gaznate,

arruga las esquinas de los ojos, los obliga

a prestarle atención al desahogo,

se hincha imprevisible en los carrillos,

en las narices del barro en el que estamos contenidos,

nos libera de la ira y del espasmo de la hora

y nos saca de los miedos en que quieren que vivamos

los que ostentan el poder y lo blanden

ante el ojo del votante o parroquiano.

 

Aunque dure solamente

unos minúsculos segundos destilados

a esta frágil existencia que parece interminable,

la conciencia de la risa

fortalece las paredes en que habita nuestro pulso,

nos ablanda el nervio adolorido de la angustia,

las terribles soledades que sufrimos a veces sin saberlo,

le quita máscaras al río crecido del orgullo,

nos descuajaringa, corta la ceguera irreductible

que marchita la flor del loto en la laguna

y a su modo nos lima sutilmente a los humanos,

todas las aristas del cuerpo y de la idea,

del tiempo y de las mañas que maneja cuando pasa.

 

Antídoto que limpia de inmundicias las arterias de la vida,

la etapa de la risa es señal inconfundible

de que es el hombre, no los hados o el omnipotente,

quien fabrica los telares de su propia humanidad.

 

Por ello, no hay que fiarse nunca de los dioses

que no quieren o no saben o no pueden reír o sonreír

aunque sólo sea por un breve instante iluminado.

 

 

 

Como piedra

 

Perdido he de mi cuerpo la color.

Desvencijado ando como piedra

que tantos bienes proporcionó al humano

-casa y cobijo, seguridad y reflexión-

pero nunca supo sus orígenes o la raíz

de su dureza impenetrable y de su yerma sequedad

y ahora hasta ha extraviado su dirección

con el moverse impreciso y desquiciado

de los ejes o las capas de la tierra

en Puerto Príncipe o Santiago,

en Yakimoto o Israel.

 

Perdido he mi estatura o dimensión o sueño dilatado

de ser alguna vez puerta luminosa

que abre mundos sorprendentes

donde quepan todos los que anhelen

cualquier bien que beneficie a su vecino

o indivisible túnica que pueda ponerse todo el mundo

para aliviar el miedo que a veces nos ocupa

cuando la idea nos embarga

del ser o del noser.

 

 

 

Asedio al odio

 

Todos tenemos una partícula de odio

un leve filamento dorando azul el día

en un oscuro lecho de magnolias.

Mario Bojórquez

 

¿Cómo resolver el mundo con palabras

que sean a la misma vez incendio y chaparrón,

mordisco en carne viva,

en el corazón aguja, infarto o latigazo,

en el hueso quebranto, inflamación o quemadura?

 

Donde antes escribíamos nido,

abrazo, verdad, algarabía,

una sola palabra llena ahora ese vacío.

Una sola palabra,

dos sílabas pitagóricas, infinitas,

tres anulares letras, afilada una,

palimpsesto del azar hacia el oído.

 

¿Cómo, entonces, sobrevivir a la angustia del momento

si la congoja de la vida con sus adiposos cantos

parece acumular en nosotros más sinsentidos

que la zozobra de los ramos enjutos de la muerte

con sus exigentes desventuras?

 

Donde antes,

alentados por la ilusión de pensar

que era posible subir a la rama

más alta del monte y allí

horadar el cielo a picotazos

añorando el aire, la tierra, sus campanas,

vivimos ahora escondidos en cornisas,

secos palomares donde nadie puede

golpear sus alas al ritmo de un badajo,

o llevar algún consuelo más allá

de nuestro tiempo y sus fronteras.

 

¿Qué hacer para vencer al odio

que ha venido ocupando una a una

 

las rendijas por donde antes

le soltábamos las riendas a la risa?

 

Para acabar con él, ¿qué valdría más?

¿Un arañazo en el pulmón de quien lo crea,

un pulmón hecho pedazos con las uñas del deseo

o los garfios de un pulmón desmantelando

las minas que han quedado agazapadas

en los orígenes del miedo, en sus cimientos?

 

Donde antes la sangre daba vuelcos

enarbolando sístoles y diástoles y labio alado,

donde espantábamos al hambre y la estulticia

creyendo haber logrado un paso más

en la quimera de hacer de la tierra

un palpitante corazón

lleno de panes, puentes, esperanzas,

no queda más que una herida abierta que engendra

porfía, purulencia, incertidumbre.

Los pasillos por donde antes

serena subía la savia

para darnos aliento

y lanzarnos a volar

sin la amenaza del paso del tiempo o de la historia

son ahora recorridos por gases

virulentos que nos hacen desconfiar

de nosotros mismos, de nuestra sombra.

 

¿Qué hay que hacer

(puede alguien, por favor, decirme),

qué valdría más hacer para vencer al odio?

¿Un escupitajo que caiga irreverente

sobre el vientre preñado de una idea,

una idea imprevisible que seque de golpe

la saliva contra el vientre descarnado de la noche,

o un vientre que escupa desbordante sus ideas

contra el bagazo pegajoso del rencor

y su abundancia en el presente?

 

¿Cómo resucitar la verdad

vejada cada día en la pantalla o el periódico?

¿Adónde reclamar que vuelva la justicia

a mostrar sus macizos pechos generosos

y que regrese de nuevo la palabra

a ser el reloj que nos marque la hora

de la mortalidad, pero sin mutilaciones, sin horrores?

 

¿Cómo resolver con acciones o palabras

–vuelvo a preguntar y ya me callo–

el conflicto del abrazo

si es el odio el que ha venido ocupando

puntada tras puntada

los renglones donde antes escribíamos

los hilos del amor y de la vida?

 

 

El índice del ciego

 

Para Louis Braille, visionnaire

 

Como si toda la realidad no fuera

nada más que puntos en relieve,

el índice del ciego es un ojo

que, tocando las simas de lo ignoto, se acomoda

y está a sus anchas en la cima del saber.

 

El ojo del ciego es un índice

que va de lo tangible no vivido

a lo intangible ya intuido y descifrable,

haciendo de sus dedos instrumentos

que le llevan al gozo de aprender.

 

Es un bastón el índice del ciego

que golpea los valores de la bolsa en el oído

e inventa en las finanzas del buen juicio

imposibles inversiones hasta entonces ignoradas

por la ciencia, el alquimista o quien se lance hacia el azar.

 

Compañero inseparable del pulgar gracioso,

el índice del ciego es una física posible

que discierne con la punta de la lengua

qué hace la mano en el papel o qué es el tiempo,

qué hace el humano cuando ama o cómo se enamora.

 

Es una lengua el índice del ciego

que con sólo seis puntos cotidianos

irriga en sus papilas las vocales,

más de veinte consonantes y el almario

de todas las palabras con que armamos el vivir.

 

Al girar con el pulgar la página del día

buscando alivio en la sutura de la hora,

el índice del ciego, a veces anular, a veces medio,

se desliza por los impuros filos del alfabeto alado,

abriendo puertas con las llaves de su luz.

 

Son tan sólo seis irrelevantes estaciones

que clavan sus puntas geométricas en el ojo

táctil del leyente y sesenta y pico veces se combinan

para darle al invidente la esperanza, la delicia

de hacer el mundo y sus relieves a su imagen y color.

 

Sueña el índice del ciego que es un ojo

y que todo, si está escrito,

lo puede introducir en su memoria digital.

 

 

 

En blanco y negro

 

Ya no está Dios en los colores de la tele.

 

Cambiándole sus sexuales orientaciones,

con lo divino se han quedado los políticos

y algunas viejas escuelas horoscópicas

que atan los vejámenes del día

con sus dioses de baraja o pacotilla.

Siguen los pobres aferrados al Mesías

que aliviará, quién sabe dónde o menos cuándo,

las infinitas adversidades

que otros dioses en batola

les rociaron de soslayo.

 

En los templos se burlan de Dios los que predican,

haciendo de Él o de Ella una humilde

servidora del talego, de acuciados

intereses que jamás revelarán al feligrés

o a los recaudadores de impuestos del Estado.

 

De repente en el tímpano del hombre

cae un rayo que estremece su fémur invencible

y entonces se hace Dios enunciación voraz

en la lengua, el ojo, el gesto despojado.

 

Afortunada o desafortunadamente

ya no aparece en la tele y sus colores

y anda desorientada su figura

paseándose por las ondas de la radio,

por los bosques o en los polos,

buscando la compaña inevitable

de la hormiga o de la oveja,

de la foca o las termitas,

del zorrillo, de la cebra, del pingüino,

en cuyas formas de ébano y marfil

se encuentra Dios en su asamblea,

pues ahora sólo existe en blanco y negro

y es una masa inmaterial de ficción descolorida.

 

 

 

Contraseña

 

Dejar caer el guante a sus pies

o sobre la tonsura prepotente

de los que nos viven desde arriba.

 

Probar la pulpa que disuelven

en su paladar los mismos dioses

allá en su Edén lleno de ángeles

en desconcierto por no poder fornicar

en ninguna etapa de sus angelismos

o lleno de huríes generosas

que no cesan de abrirse o destaparse

para solaz del mártir o elegido.

 

Ponerle coto a lo vedado,

desatar sus límites más íntimos

y que todo lo proscrito sea abolido

desde los carrillos bien inflados

de la rosa de los vientos

a las guaridas donde tienen que esconderse

los que sufren sin quererlo de algún mal

determinado por rancios fanatismos.

 

Dejar que el mundo nos revele

su mundanidad a solas

y al unísono nos abra todas sus ventanas

para mirarle a fondo el interior

descubriéndole secretos sospechables.

 

Que suene su música impertérrita al oído

del que practica cualquier forma

de creencia o descreencia,

de pensar o no pensar

y que caiga sin piedad

en esa pesadilla melan

cólica de querer mejorar las condiciones

en las que sobrevive,

plagada de percances, casi toda

nuestra humanidad, necesitada a cada instante

de sí misma y de sí misma

rechazada como engendro esmirriado

que nació sin porqué ni para qué

sino sólo para morirse enteramente

y por ello inventa maravillas postriméricas.

 

Que nos diga de una vez por todas

a quién es que favorece o en qué lado está,

por qué tan poco le importamos

en el amor o en la carrera incierta

del vivir y sus tantos sueños truncos

para saber nosotros claramente

a qué atenernos o dónde encontrar

las premisas irreconciliables

del cálculo, la duda o la mesura.

 

Que se quite Dios la máscara

por siempre y cuanto antes

nos revele ya su contraseña.

 

¡Y acabemos!

 

 

 

El juicio de Sócrates pasado por la tele

 

Hacía muchos años que llevábamos incrustadas sus preguntas bajo las costillas.

Medio muerto traíamos el sueño de justicia, cuando en mitad de la pantalla

apareció el viejo Sócrates ya cicutado su silencio y su verdad a solas

después de explicar en silogismos convincentes que jamás

había pronunciado algunos de los juicios que el joven

Aristocles (Cabezotas o Platón, eran sus motes)

había escrito en sus memorias, publicadas

día a día, en diversas páginas de la guía

de la tele que todos leían y miraban

en una gran pantalla tipo plasma

puesta en el ágora de Atenas

por los que odiaban

la mayéutica.

 

 

Fue así como

llegamos a saber,

sin casi darnos cuenta,

que el loco a quien todos

envidiábamos, pues podía decir

lo que quisiera sin haber jamás escrito

nada y no tener, por tanto, nadie pruebas

contundentes que pudieran llevarlo al tribunal,

tenía leales seguidores en todas las escuelas del Estado,

menos en su casa, donde Jantipa lo había puesto en su lugar

más de una vez, pues no quería higienizar los fondillos de sus hijos

sin preguntarles si era posible conocer la virtud sin antes practicarla. Dicen

que también ella testificó contra el marido porque éste ya no le servía para nada.

 

 

 

Cántaro que cae

 

A pesar de que el barro es su materia

y le contiene

un hombre no es simplemente un cántaro que cae

vertigoso,

estridente,

compungido

sobre lo duro de la tierra

para luego quebrarse en mil

bondades

inalcanzables todas

para la delgadez del aire.