Los trabajos de Erato: Horacio



Continuamos con la serie Los trabajos de Erato que coordina Rubén Márquez Máximo, que ahora nos propone leer a Hoacio. En esta serie se busca “volver la mirada a la poesía grecolatina que ha servido como uno de los pilares más sólidos de nuestra tradición poética”.

 

 

 

Horacio: ¡Carpe diem!

 

Leí por primera vez a Quinto Horacio Flaco en un libro de tono verde, un verde extraño, que pertenecía a mi abuelo Rubén Márquez Sánchez. El título de este ejemplar es Lírica horaciana y se trata de una edición de 1960, el Tomo número 3 de la colección Clásicos Universales “Jus”, con la traducción de Aurelio Espinosa, rector y profesor de la Universidad Católica de Ecuador en ese entonces. El mismo título ya es un homenaje a la grandeza de Horacio pues su propio nombre modifica el concepto de lirismo. Sus poemas instauran un yo que enuncia con firmeza porque busca ante todo la perfección del pensamiento y de sus formas, la belleza eterna del discurso.

Mientras Catulo llega a Roma del norte, Horacio arriba del sur, de la ciudad de Venusia por lo que la capital del Imperio se nutre de ambos extremos de Italia. Se trata de uno de los poetas clásicos más longevos, pues vive 56 años, casi los mismos que Ovidio. Estudia filosofía en Atenas, conoce a Bruto, participa de la vida política de Roma y con ayuda de Virgilio conoce a Cayo Mecenas quien lo convierte en su protegido. Su poesía, inclusive la amorosa, siempre guarda un equilibro emocional con el cual se construye la voz de un amante maduro. No se trata del desenfreno amoroso de Catulo, su universo es moderado y sensato aún cuando sufre. Comienza a escribir sus Odas cuando tiene 35 años, siendo la más famosa, aunque probablemente no tan leída en su totalidad, la dedicada a una muchacha de nombre Leucónoe. Este poema de Horacio regresó al público de finales del siglo XX con la magistral interpretación de Robin Wiilliams en Dead Poets Society de 1989, por la famosa frase que Mr. Keating le dice a sus estudiantes: ¡Carpe diem..! La oda es un canto al instante, a la juventud y a la vida.

En el prólogo de Lírica horaciana, Aurelio Espinosa nota de manera muy acertada un tono intimista en el poema, pues nos dice que da la sensación de una confesión a media voz en la que Leucónoe, después de los placeres del amor, comparte su angustia por el tiempo que vendrá. Horacio, casi como un padre a una hija, aconseja a Leucónoe no indagar en el futuro pues se encuentra vedado para el hombre o aún estando al alcance de su comprensión ningún sentido tendría saberlo. Conociendo el destino sólo se genera desasosiego como sucedió con Layo y el mismo Edipo. Sobre el mañana del hombre, dice Horacio, sólo hay dos posibilidades, tener una vida longeva o una ya apunto de concluir y sobre esta situación irremediable no existe ganancia alguna por saber qué ocurrirá. En este momento, en cuanto a la construcción del poema que se había planteado en el marco exclusivo del pensamiento, surge de manera imperante la imagen de la naturaleza, el invierno acompaña a la idea de la muerte mientras el mar Tirreno estallando sobre las rocas representa la posibilidad de la vida que aún se puede contemplar. Vida y muerte, mar e invierno son las imágenes que refuerzan el ambiente emotivo construido por la angustia de Leucónoe.

El segundo momento que compone al poema es una contraparte en forma de respuesta a la pregunta sobre del futuro. “Lo que venga..,” sin pensar en el más allá, es lo que importa. En el presente y no en el mañana está el momento de la vida. Entonces, el consejo a Leucónoe va sobre todo en dos direcciones, la de Apolo y la de Dionisio: “Sé juiciosa, filtra el vino”. Aquí se observa la madurez de Horacio frente a la pasión de Catulo pues para el poeta de Venusia finalmente eso es una vida completa, el juicio que se adquiere por la razón y la alegría que nos da la pasión del vino. En Horacio, como un gran maestro, no falta nada, ni el idealismo de la filosofía ni el materialismo mundano de la carne representado por la mujer y el vino. Y sí, se bebe el vino pero se escancia, se filtra sin perder el decoro y el buen gusto porque así misma es su concepción de la literatura, una pasión filtrada por la razón.

Posteriormente, con una potencia definitiva aparece el verso “corta el vuelo a la esperanza, pues la vida es tan fugaz…” Para Horacio, la espera del acontecer está muy cerca del Thánatos ya que toda esperanza es absurda como más tarde lo dirá Samuel Beckett. Un nuevo juego de oposiciones, la espera es larga mientras la vida es corta pues se basa en el instante pasajero. De este modo, para mostrar lo que se predica se regresa a la conciencia del presente donde su conversación, en apariencia, desvía la atención de la vida. ¿Qué hubiera preferido Horacio? ¿Seguir haciendo el amor con Leucónoe en lugar de estar reflexionando sobre aprovechar el tiempo? O por el contrario ¿disfrutó ese momento de paz en el que por medio de su pensamiento logró aleccionar a su joven amante? Aunque a primera vista pareciera que su discurso fue una pérdida de tiempo se intuye la satisfacción que colma al maestro tras el adoctrinamiento. La reflexión que ha ocurrido, de algún modo, también ha exaltado la vida y el instante, por eso, al final del poema se percibe a un Horacio ahora renovado y listo para los nuevos embistes del amor pues Leucónoe, terminado el discurso, se sugiere más presta y ansiosa por seguir la doctrina de ¡Carpe diem..!

Rubén Márquez Máximo

 

 

 

Oda a Leucónoe

 

No, no inquieras lo vedado… no, ni cábala ni agüero

por saber qué fin los dioses, oh Leucónoe, nos darán,

si nos guardan larga vida, o este invierno es el postrero

que al Tirreno contemplamos en las rocas estallar.

 

Hay que estar a lo que venga… Sé juiciosa, filtra el vino;

corta el vuelo a la esperanza, pues la vida es tan fugaz:

mientras juntos conversamos, ya el minuto huyó mezquino…

goza el día de hoy: ¡quién sabe si mañana otro tendrás!

 

Versión de Aurelio Espinosa.