Poesía boliviana actual escrita por mujeres: Iris Kiya



En el marco de la muestra de Poesía boliviana actual escrita por mujeres, compilada por Jessica Freudenthal Ovando, presentamos una muestra poética de Iris Kiya, también conocida como Milton Steiner (La Paz, 1990). Estudió la carrera de literatura en la UMSA. Sus textos han sido publicados en antologías físicas como digitales en Bolivia, Argentina, México, Ecuador, Perú y Chile. Tea Party, muestra dinámica de poesía latinoamericana (2014) y Devenir Isla, hacía una cartografía de poetas chilenas y cubanas (2018). Entre el 2010 y el 2013 participa y organiza encuentros de editoriales independientes dentro y fuera de su país. Ha publicado los libros de poesía Manicom(n)io fra(g)tal, colección postmortem (2010) poemario ganador del concurso jóvenes poetas auspiciado por la Cámara Boliviana del Libro y la Fundación Pablo Neruda de Chile; 24 cortos y un prólogo en braille para Gelinau Laibach (2013), la reedición chilena por la editorial Andesgraund (2016), la plaquette En la trinchera por la editorial chilena Ediciones.g (2016), Masacre en la calle Harrington (2017) por la editorial chilena Cinosargo, y Márgenes Infrarrojos. L´image, une forme de violence (2019) por la editorial boliviana Gran Elefante. Actualmente es coeditora junto a José Villanueva y Fernando van de Wyngard de la colección de poesía Nuevos Clásicos.

 

 

 

 

 

Ce soir, Gerda


Ce soir, Gerda
Si le confesara su nombre, no me creería
  Gerda Taro.

 

Y qué pasaría si te dijera que tiene el hálito de hace cinco días,
siempre quiere un poco de vino, vino tinto
vino que palpita en las esteras de su casa,
y se cansa de ser mujer,
ella le abre la cara a los soldados a regañadientes
les presta un par de golpes
les presta el puño
les presta a la boxeadora que no pudo ser
porque cuando boxea no escribe
cuando escribe, no fotografía
pero cuando toma fotos da tumbos sobre la mesa
con el vino, con los soldados
y entonces en la calle la miran y la saludan
y yo pienso como boxeador no como fotógrafo
porque a veces soy un boxeador atrapado en el cuerpo de un fotógrafo
Muhammad Ali no lo hubiera dicho mejor:

“Imposible” no es un hecho, es una opinión.

 

y la gente dice que yo opino todo el tiempo
pero ellos no saben nada acerca de mí,
de mis fotos, de mi muerte, de mi limbo
estoy condenada
la guerra me ha hecho ser mejor boxeadora
he dejado de escribir,
he empezado a boxear,
quiero que los golpes lleguen despacio
quiero quedar grogui
quiero que el vino aletargue mi voz
en ese orden, en esa transición
dejar de respirar
y ser simplemente Gerda
ce soir, Gerda
-gritaron
Ce soir, à bientôt!
quiero boxear ahora,
pero no puedo levantarme
déjenme prender este cigarro
luego nos vamos.

Masacre en la calle Harrington
Sebastian Melmoth – Compilador

 

 

 

 

Yo sabía que, si olvidaba esas cosas que para Pinky eran importantes, entonces podría olvidarme de lo poco que teníamos a distancia, porque olvidarse de E. E. Cummings era algo imperdonable, pero sucedió. Y así como prescindí lo que significaba “la patria”, entre comillas, dejé de lado a Cummings. Aparte de tener buena memoria, Pinky era muy patriota, o quizá demasiado yanqui. Yo abrazaba el patriotismo como un pedazo de hojalata que arrastraba por todas partes. Los helados, por ejemplo, pienso en su sabor, aquellos que se te hacen agua la boca cuando eres niño, pero al crecer esa sensación es más bien una convención o conexión con tu infancia perdida. Los adultos por ejemplo no saborean los helados, así como los niños no entienden de patriotismo. La guerra me ha enseñado que dos de cada diez hombres suelen ser patriotas, los otros, si es que su memoria no los engaña, prefieren el helado. Yo soy húngaro, mi padre me exilió a los 18 años, Pinky lo hizo a los 35. 

 

I Like my body when it is with your body

Sé que no es la vainilla
sé que no son los huesos corroídos por la pólvora
ya no le temo a los paracaídas
ya no le temo a los antihéroes
no después de haber leído a Lukács
las novelas y la guerra
son mundos que han sido abandonados por dios
mi afición a las novelas policiales
se desprende tangencialmente de la escritura de la misma
pues mientras más cercano me encuentre de los antihéroes
mi afición se irá desintegrando.

Masacre en la calle Harrington
Sebastian Melmoth – Compilador

 

 

 

 

 

Disquisiciones para cortometraje

 

Dime niña,
tus cabellos se impregnan de avena,
tu cabellera pendenciera
tu cabellera enciende
              el dolor de los túneles
y las luciérnagas se hacen más amarillas cuando
se adelantan al viento del atardecer
cuando los trenes crepitan en los andenes
Dime niña,
¿alguna vez te gustó jugar al póker?
intuyo que cada partida era un as para levantar los muslos
¿alguna vez te gustó medir la distancia en los mapas que eran regalo para los infantes?
Dime niña,
¿A dónde vas?
tus cabellos se impregnan de avena,
tu cabellera pendenciera
tu cabellera se enciende en la noche cuando dejas Ítaca
          los pasajeros que juegan al póker contigo
jamás entenderán porque necesitan cuatro ases para llegar a Ítaca
            siempre se vuelve a Ítaca
Dime niña,
aquellos zapatitos negros tuyos
no podrán nunca llegar a la ciudad que anhelaba Kavafis
a menos que muestres tus labios,
aquellos que se torcieron como la trompeta de Chet Baker
no me sirven tus zapatitos negros
sé que estás de luto
Dime niña,
¿por qué tu cabellera de avena se esconde en la noche de los tulipanes?
en las tazas de madera que incineran café y azafrán,
en las enaguas de tus vestidos que no tienen más que hilos acordonados por las Moiras
Dime niña,
¿por qué no vuelves a Ítaca?

Márgenes infrarrojos
L´image, une forme de violence

Milton Steiner – Compilador

 

 

 

 

 

Ya lo dijo mi padre
la soledad me permite habitar un grano de mostaza
mi soledad es la gula
-q-u-e- siento por aquellas semillas.
Cada mañana recojo un puñado,
saludo el retrato de Williams Carlos Williams
o el que imagino que es Williams Carlos Williams
(quien quiera que sea el hombre de la foto)
y pienso en la carretilla roja
en la pestilencia plumífera de las gallinas.
Todo cambió hasta hace un par de meses,
me condicionaron un personaje
un b-o-x-e-a-d-o-r-
un f-r-e-a-k-
un g-i-g-a-n-t-e-
pero a mí no me importa el susodicho personaje
solo deseo habitar los granos de mostaza
              mirar la foto de Williams Carlos Williams
                                          rezar(le),
pedir(le) que cuide a las gallinas
y la irrisoria figura de Evelyn
ella me ignora cada vez que arrojo puñados de mostaza al criadero de gallinas
y pienso en la lejanía de su cuerpo,
de su mente.
La noche me sirve para enredarle a Evelyn (la pendenciera)
granos de mostaza en sus cabellos almidonados de estiércol
Ella se dejaba caer en la noche,
como un sembradío de mostaza.
Me gustaba verla en aquella cama carcomida por los abetos
empapada en sudor por la cantidad de mantas viejas
-q-u-e- cubrían su cuerpo
Evelyn,
la mujer más irrisoria,
más que todas las gallinas de aquella finca
más que todos los pedazos de colillas que escondía bajo su almohada.
Odiaba la mostaza.
Odiaba la foto de Williams Carlos Williams.
Odiaba mi carretilla roja.
El olor que despedían las gallinas
y todas las veces que la gente me condicionaba un personaje
un b-o-x-e-a-d-o-r-
un f-r-e-a-k-
un g-i-g-a-n-t-e-
Ya lo dijo mi padre
la soledad me permite habitar un grano de mostaza
y olvidar la irrisoria sonrisa
de Evelyn combatiendo con las gallinas
en el estiércol.

Márgenes infrarrojos
L´image, une forme de violence

Milton Steiner – Compilador

 

 

 

 

 

Cuando niño, me daba miedo sentarme en la mesa del comedor. Mi padre no dejaba de alardear de su persona, se jactaba una y otra vez de sus logros, y cuanto más grande pretendía hacer su figura, más diminutos nos hacía sentir al resto. Este tipo de preámbulos me hacen recuerdo a un tiempo pasado, un tiempo en el que alguna vez encontré el amor. Un amor que se contoneó como una espiga, fue acaso un minúsculo diente de ajo. Las cabecitas de ajo son todo lo que el mundo conoce, pero las hojas, esos 50 centímetros enraizados a la tierra, es lo que permite su crecimiento. Los amores y las personas en general son cabecitas de ajo, y aunque todos tengan aquella corta raíz, no tienen permitido permanecer fuera de la tierra bruta. Estoy siendo transgresor ahora mismo de mi propio texto y de mi propia historia. ¿Por qué escribir sobre mi padre, ajos y amores? Creo firmemente que mi padre, que tenía esa extraña afición por asar la carne y no probarla siquiera, usaba claro está, este condimento. La carne chamuscada con kilos y kilos de ajo deja de ser un plato en la medida que su olor, su tacto, su sabor; pasan a ser un aperitivo para un cubano con hambre en los 90. Un basurero en la esquina de la cocina donde la luz apenas entra por los rincones de una casa que ha sido abandonada por el tiempo y la desgracia.

Quiero contar los pormenores de los pormenores de esta historia, mi padre, el ajo, los amores.

 

Mi padre fue una idea de mi abuela,
para tener una idea,
se debe entender un fracaso anterior y posterior.
Eso significa que mi padre
habiendo sido el fracaso de mi abuela,
yo vine a ser el fracaso del primero.
Me resultaba insano siquiera pensar
que yo tendría un fracaso también,
pero lo tuve.
Más este, no fue una consecuencia de la genética.
Fue más bien una cabecita de ajo enraizada.
Ella era un problema crítico a la hora de abordar
        ciertos temas.
Nada ni nadie la podía convencer cuando refutaba algo.
Yo jamás participaba en ese juego comunicativo,
porque la comunicación entre que se asa la carne
y se escuchan los soliloquios de una mujer que habla de sexo y muerte,
no son recomendables,
siempre me sentí traicionado.
Yo solo le decía
-no creo en el mundo del arte de las mujeres que trabajan solo por encanto-
entonces ella alzaba la nariz
y tomaba un puñado de ajos pelados y se los metía a la boca,
se alejaba llorando,
como si estuviera rindiéndole pleitesía
a todos los dioses del Olimpo,
por haber muerto.
Y cuando escupía pedacitos de ajo
en el almuerzo.
Se sentaba en la cabecera de la mesa,
tal como mi padre hacía.
No se jactaba de sus logros,
solo urdía contra la carne en el plato.
A continuación se levantaba
y aquella mirada suya que carecía de brillo
por estar lejos de la luz,
cerca del basurero,
me miraba tristemente.
Yo solo pensaba en esta frase
-el arte es una manera de reconocerse,
por ello será siempre moderno.
Era el quinto plato que echaba a la basura,
tenía apilado un resto de carne
en el basurero.
Mi abuela.
Mi padre.
Ella.

Y yo.

 

(Inédito)