33 + 1 voces de la poesía uruguaya actual: Rafael Courtoisie



“La noche amarilla. 33 + 1 voces de la poesía uruguaya actual” es un dossier que ha preparado Marisa Martínez Pérsico para los lectores de Círculo de Poesía. Su objetivo es visibilizar y difundir un repertorio de voces que se inscriben en distintas tradiciones líricas, es decir, mostrar una parte de lo que acontece en la poesía oriental a partir de cuatro criterios: diversidad discursiva y/o estética, integración equitativa de poetas mujeres y hombres, integración generacional (de por lo menos cuatro promociones etarias) e inclusión de poetas que escriben fuera del país (en Argentina, Brasil, México, España y Suecia). [Lee la introducción a esta muestra aquí] . 

Leemos una selección de «Meditación temprana sobre el apio» y otros poemas de Rafael Courtoisie (Montevideo, 1958). Es poeta, narrador y ensayista. Miembro de número de la Academia Nacional de Letras. Miembro correspondiente de la Real Academia Española. Su antología Tiranos temblad obtuvo el Premio Internacional de Poesía José Lezama Lima (Cuba, 2013). Obtuvo el Premio Internacional Casa de América (Madrid) de Poesía por su libro Parranda (Editorial Visor, Madrid, 2014, publicado también en edición bilingüe en Roma, con el título de Baldoria, 2016). Antología invisible (Visor, Madrid, 2018), El libro de la desobediencia (novela, Nana Vizcacha, Madrid, 2019) y Los puntos sobre las íes (antología poética, Madrid, Amargord, 2019) son sus libros más recientes. Ha recibido, entre otros, el Premio Fundación Loewe de Poesía (España, Editorial Visor, jurado presidido por Octavio Paz), el Premio Plural (México, jurado presidido por Juan Gelman), el Premio de Poesía del Ministerio de Cultura del Uruguay, el Premio Nacional de Narrativa, el Premio de la Crítica de Narrativa, el Premio Internacional Jaime Sabines (México), el premio Jaime Gil de Biedma y el Premio Blas de Otero (España). En 2016 fue homenajeado por su trayectoria en el Festival de Poesía Contemporánea de San Cristóbal de las Casas, México. Ha obtenido, en diversas ocasiones el Premio Bartolomé Hidalgo (Premio Nacional de la Crítica, Uruguay) tanto en Narrativa como en Poesía. Ha sido Profesor de Literatura Iberoamericana y Teoría Literaria en el Centro de Formación de Profesores del Uruguay, de Narrativa y Guion Cinematográfico en la Universidad Católica del Uruguay y en la Escuela de Cine del Uruguay. Ha sido profesor invitado en Florida State University (Estados Unidos), Cincinnati University (Estados Unidos), Birmingham University (Inglaterra) y la Universidad Nacional de Colombia, entre otras.  Fue invitado por la Universidad de Iowa para integrar el Internacional Writing Program. Ha dictado seminarios y conferencias en numerosas universidades e instituciones de España, Inglaterra, Francia, Italia, Israel, Grecia, Turquía, Bosnia, Canadá, Estados Unidos y América Latina. Fue finalista del premio Rómulo Gallegos. Su novela Santo remedio (Madrid, Lengua de Trapo, 2006) fue finalista del Premio Fundación Lara. Es autor de la Antología Plural de la Poesía Uruguaya del siglo XX (Seix Barral, 1995), de la Antología de la poesía uruguaya del siglo XX (Visor, Madrid, 2010), entre otras. Ha traducido a William Shakespare, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Raymond Carver, Mario Luzi, Valerio Magrelli y Alessio Brandolini.

 

 

 

 

 

MEDITACIÓN ACERCA DE LA NARANJA



Cabe en la mano.
No es su peso módico lo que asombra, ni su condición esférica que comparte con muchos otros seres del universo (planetas y lunas, gotas de angustia en el pensamiento) lo que primero convoca la atención.
Uno de los aspectos más significativos de la naranja es su piel, su piel que imita a la perfección la piel humana, sus poros, su incipiente celulitis, su hermosura al tacto, la calidez del color que ven los ciegos al tocarla.
Bien haríamos los videntes, quienes aún poseemos la maravilla y el horror de la vista, en cerrar los ojos para acercarnos con las yemas de los dedos al alma superior de la naranja, que reside en su piel.
Busquen una naranja (ésta es una buena época para encontrar los mejores especímenes de esta fruta viva).
Cierren los ojos.
Acaricien.
Tienen un ser vivo en sus manos.
Sostienen un secreto que proviene del Jardín de las Hespérides.
Vibra sutilmente su piel, y debajo de la piel los gajos, y dentro de los gajos el jugo, y disuelto en el jugo un pensamiento bueno, un deseo como de vivir, de gozar, de estar despierto.
Sigan tocando: ¿sienten en el interior la presencia extraordinaria, apretada, de las semillas?
Una constelación de naves marinas, de embarcaciones diminutas, repletas sus bodegas de mensajes, embarcaciones que están diseñadas para navegar lo profundo de la tierra, el humus, hasta germinar y, con suerte, convertirse en brote, en tallo, en árbol y, al fin, multiplicar esas tetas redondas que caben en la mano y cuyo jugo, en el futuro, renovará el misterio de otros, las ganas de vivir, el goce de sentir sed.

 

 

 

 

 

MEDITACIÓN TEMPRANA SOBRE EL APIO

 

La hermosura del apio, su cabellera verde al tope de ese río de juncos verticales, hace pensar que, más allá del género gramatical, se trata de una hembra taxativa.
El apio es una mujer verde, vegetal, alta, delgada, múltiple, flexible pero hasta cierto punto.
Si se le exige en exceso, antes de obedecer, se parte.
Se rebela ante la estúpida mano masculina que, exenta de delicadeza y cuidado, pretende someterla en la cocina.
Se quiebra antes de ser doblada por completo.
No admite yugo o esclavitud.
El apio es una mujer desnuda, libre en la murmuración de la huerta.
Sólo la sabiduría y el deseo, en su punto justo, en su exacta medida, hacen que ceda, goce y deleite.
Pletórica de tallos invaginados, presenta tegumentos curvos hacia dentro, sin cerrarse del todo, como si ocultara un secreto y buscara exhibirlo a la vez.
Esa desnudez elegante, crespa en su parte distal, no parece poseer las formas globulosas tan comunes en las hembras de otras especies.
Algo gatuno y botánico, esa sugerente invaginación de cada junco, el haz de tallos que convergen en el nudo central y blanquecino, glúteo, justo sobre la línea oscura de la tierra, como si las caderas y nalgas del apio disfrutaran del roce afectivo con el humus, definen la femineidad y la estrella, la condición esotérica del sexo.

 

 

 

 

 

 

MÚSICA ÍNTIMA Y LAVÁNDULA VERA

 

El silencio de sábado muy temprano hace amanecer la música en los seres domésticos, animales y plantas que habitan en la domus, en la casa (parva domus, casa pequeña, corazón grande): les doy de beber –en la oscuridad que ya comienza a retroceder– con una regadera de metal, de las antiguas, amplia y de pico en ángulo, a las dos lavandas que dispuse en el frente de casa: una enorme, otra un poco más pequeña, pero firme como una guerrera azimutal, señalando aquella estrella que nos guía en el empíreo, al fin de la madrugada, y señala el comienzo del día.
Ambas, florecidas vehementes, sus espigas esotéricas conforman una suerte de trigo violeta cuyo poder no se transforma en harina de pan para comer con la boca, sino en fortaleza que alimenta los buenos pensamientos, el puño cerrado y abierto en sístole, en diástole, del corazón con que vivo (“cardo ni ortiga cultivo”, decía José Martí; cultivo una lavanda sana).
La lavándula vera, así su nombre latino adaptado a la prosodia castellana por la oportuna introducción de una tilde (probablemente procede de Linneo, pero no puedo asegurarlo con certeza), ahuyenta los espíritus aviesos, no los deja penetrar en la casa, los aleja o al menos, en parte, los inhibe. Rechaza o morigera los hechizos de la pulsión biliar o estulta proveniente de quienes debemos amar de todas maneras, porque son hermanos y hermanas en la vida.
Lavándula vera: trigo raro.
Además su fragancia, cuya música atrae la voluntad de los gorriones, hace bailar las piedritas del jardín, aplicadas, jocundas.

 

 

 

 

 

 

MEDITACIÓN SOBRE EL VESTIDO

 

La palabra “desnudez” está cubierta de signos, vestida de letras, oculta por velos de sonido.
La palabra “desnudez” engaña: es una de las palabras más vestidas, arropadas, cubierta por sus propias sílabas y por telas de seda o lino de adjetivos, verbos, adverbios, artículos y adyacencias en general que le tapan el rostro del sexo, cubren sus partes pudendas, sus “vergüenzas” sintagmáticas.
La “desnudez” sugiere, muestra pero sin exhibir.
El higo genital de su género gramatical femenino y la expresión colgante de su evidente badajo masculino que procura disimular entre los pliegues lingüísticos constituyen la falacia de falsa oposición, el oxímoron secreto de algunos sustantivos.
A pesar de lo que diga el diccionario, “desnudez” pertenece, según el caso, tanto a un género como a otro, y se mueve entre ambos con una liviandad que asusta.
Los extremos –que en otras lenguas son neutros, asexuados– aquí se muestran insinuantes, ambiguos, tientan en grado mayor o menor, según el temperamento del hablante.
Cuidado con la palabra desnudez.
Quien la pronuncia lenta, delicada, siente, en la punta de la lengua, ganas de envolverla y abrigarla.

 

 

 

 

 

 

USOS DE LA BOCA

 

La mirada del silencio sobre las palabras de esta noche.
Siento sed, una sed inagotable. Voy a buscar un poco de agua.
En la cocina un plato limpio en el escurridor parece un sol de losa, blanco, redondo, impoluto.
Reluce.
Y pensar que ayer, durante la cena, ese mismo plato ahora impecable, ahora limpio como un jaspe, sostuvo un trozo de carne ensangrentada, humeante, horizontal sobre la mesa del comedor, sobre la mesa austera, preparada como un altar para el sacrificio.
La jarra de agua, la panera, la caja de cartón con las servilletas de papel, descartables.
La bandeja como una patena. Los vasos de vidrio como cálices.
El cuchillo destazó y el tenedor llenó la boca de horror en cada bocado.
La misma boca que mañana en la mañana va a sonreír, va a besar, va a decir, ufana, oronda, la palabra “ternura”, la palabra “amor”, la palabra “caricia”.
Estos dientes míos que mordieron, estos molares que desgarraron, sin escrúpulos, una parte viva del mundo.
Esta lengua que ahora, en la pradera inmensa de la noche, murmura: “te extraño, te pienso, ¿dónde estás?”.
La misma boca, llena de sangre.