Para leer “Yo soy aquel que ayer no más decía” de Rubén Darío



El narrador y ensayista nicaragüense Roberto Carlos Pérez (1979) vuelve a la poesía de Rubén Darío y nos propone algunas claves de lectura de uno de los poemas centrales del nicaragüense, inscrito dentro de la llamada “nebulosa autobiográfica”. Leemos en el texto: “«Yo soy aquel» marca un antes y un después en la vida y en la obra no solo de Darío sino de la poesía contemporánea”.

 

 

 

 

 

Rubén Darío y «Yo soy aquel»: 

de Cervantes y Lope Vega a la selva sagrada

   

Decía Ramón Xirau: «A veces sentimos que estamos viviendo en el centro mismo de lo sagrado» (Dos poetas y lo sagrado, 11). El filósofo insistía, sin embargo, en que son pocos los poetas que abordan el misterio de lo divino como los místicos Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de Granada o, en su defecto, por su ascetismo, Fray Luis de León. 

Lo sagrado, lo sacrum, a decir del antropólogo, sociólogo y filólogo suizo J.J. Bachofen, citado por Xirau, se diferencia de los sanctum (lo santo) en cuanto a que lo primero pertenece a un espacio luminoso, al reino donde habitan los dioses, las deidades más altas.   

En este espacio se inscribe el célebre poema «Yo soy aquel que ayer no más decía» (1904), de Rubén Darío. Cohabita también con el género confesional inaugurado por Lope de Vega en la mal llamada «Égloga a Claudio» (1637), en realidad una epístola a su amigo de juventud, Claudio Conde, «con el que vivió estupendas y no muy dignas hazañas», de acuerdo con el estudioso Juan Manuel Rozas. 

La frase «Yo soy aquel» es la fórmula utilizada por Darío, su acto de confesión. La frase fue pronunciada ya por Don Quijote (en el capítulo I de la primera parte (1605), por ejemplo): «Yo soy aquel para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos»).

El autor, tal vez identificado con el Caballero de la Triste Figura, la emplea en primera persona en su poema narrativo Viaje del Parnaso (1614): «Yo soy aquel que en la invención excede/a muchos; y al que falta en esta parte,/es fuerza que su fama falta quede» (Cap. IV, vers. 28 – 30). 

Lope de Vega acoge también, con gran fuerza lírica, la misma locución, aunque de forma dubitativa; entrado en años y habiendo realizado grandes proezas y sufrido enormes sinsabores, no reconoce al joven que fue:

 

                        No sé si soy aquel; mas he llegado 
                        a no tener cuidado 
                        que más conmigo prive 
                        que prevenirme a mi fatal destino;
                        que nunca le temió quien le previno. 

                                                                                                

En ágiles endecasílabos primarios, los que se acentúan en la cuarta y décima sílabas, Rubén Darío retoma la frase y nos ofrece su arte poética, y con ella repasa, en primera instancia, sus libros más emblemáticos, los que también descuellan dentro del repertorio modernista: Azul… (1888) y Prosas profanas (1896). 

«Yo soy aquel» es una travesía poética en la que Darío, como Lope y Cervantes, sus maestros, iza velas y nos embarca mar adentro hasta asomarnos a su alma, a la angustia de su tiempo y de su dolida psiquis. 

Si Lope en su horaciana «Égloga» o «Epístola a Claudio», pues está escrita en las liras de seis versos tan caras al poeta latino, nos deja claro que su intención es llevarnos desde su juventud a su vejez, dejando evidencia de su deterioro a manos del tiempo, Rubén Darío le hará pares en una conjunción en donde también el paso del tiempo viene a ser un calco del proverbio de Séneca: Ars longa, vita brevis («El arte es largo, la vida es corta»). Por tanto, en «Yo soy aquel» se concilian los pensamientos de Cervantes, Lope de Vega y el de su maestro Séneca.  

Pero hay algo más en el poema. En ese siglo incomprendido, Darío se detiene en una constante de su vida: justificar la sexualidad demonizada por la moral cristiana. Para Darío la sexualidad es el motor sagrado del universo. En un sincretismo muy dado en la teosofía, de la que fue adepto, Darío acoge el legado de la Grecia presocrática y de las fiestas dionisíacas, los ditirambos y las celebraciones: la «sagrada selva». 

            El poema también es un llamado a buscar la luz y la verdad, una exaltación a quitarnos el velo del que habla Platón y transitar la senda de la vida con los ojos abiertos por medio del arte, que según la etimología latina es el oficio de colocar, hacer y ajustar. Darío abre ventanas y nos tiende puentes a nosotros, fugaces y esquivos lectores del siglo XXI, a fin de comunicarnos con otras literaturas, la suya, sobre todo, que es parte de la nuestra. 

 

Viaje del Parnaso y la «Epístola a Claudio» en «Yo soy aquel»

 Cervantes, padre de Don Quijote, es presencia viva en Darío. No es casual que el poeta nicaragüense utilice la fórmula de confesión tan socorrida por don Miguel, quien en Viaje del Parnaso la coloca en el momento en que él mismo se presenta ante Apolo como poeta. 

            Cervantes se lamenta con el dios de las artes de que su talento no sea reconocido como se lo merece y del excesivo engrandecimiento que reciben otros poetas de inferiores méritos, dejando entrever que el gran tema del poema es un recorrido por los sinsabores de su vida. El poema es en sí un viaje y un autorretrato literario.  

            También lo es la «Epístola a Claudio», que como el Viaje del Parnaso recrea el clima estético que rodea al autor. En la «Epístola», Lope, ya en el otoño de su vida, igualmente tiene un interlocutor con quien se lamenta de que su existencia haya valido «cinco pliegos de mi vida al día», aludiendo al hecho de que para subsistir tenía que componer comedias en tiempo récord. 

De igual forma nos dice que los nuevos poetas no admiten sus aportes y más bien se mofan de él, a pesar de ser el autor que renovó el teatro clásico español con su obra Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo (1609). Más aún, nos da un detalle pormenorizado de sus piezas más emblemáticas. Por ejemplo:

 

           Lloré las Rimas del amor humano, 
           canté las Rimas del amor divino. 
           Compuse el Peregrino
           y en néctar soberano
           bañado, disfracé con anagrama
           los Soliloquios de mi ardiente llama. 

 

            Imposible saber lo que mañana estará vivo en la literatura y qué formas de expresión o temas quedarán inscritos en la lista de pérdidas. Los gérmenes del arte son caprichosos y como el espíritu de los Evangelios soplan a su antojo. El Modernismo surge en un momento en que el artista se siente a la deriva, a expensas de un público que, dado lo efímero de sus gustos, prescinde de él y de su arte; o de lo eterno para retomar las palabras platónicas. 

            Si Cervantes y Lope de Vega reclaman la ingratitud de otros poetas y la falta de un mecenas que les otorgue suelo seguro, Darío es consciente de que la naciente burguesía, los nuevos «protectores», también le dan la espalda, pues ya para finales del siglo XIX el artista ha perdido el sitio que alguna vez tuvo como ente activo en la sociedad. 

Resulta doloroso imaginar a Lope y a Cervantes humillándose ante condes y duques para poder subsistir, viviendo en la cuerda floja en términos económicos y tener que financiar sus propias obras. Igual de triste es imaginar a Darío menospreciado por presidentes que le negaron becas o puestos diplomáticos con los cuales alimentarse. 

Aquí ha de recordarse que el Quijote salió del taller del editor Juan de la Cuesta con dinero de Cervantes y Lope muchas veces tuvo que poner de su propio bolsillo para escenificar sus comedias. Lo mismo hizo Darío con la mayoría de sus libros. Su vida, por supuesto, no valía cinco pliegos al día pero sí una crónica por semana para el periódico argentino La Nación. 

 

Del exterior al interior

La poesía es innovación, incremento, intensidad. Lope y Cervantes muestran las angustias de una manera que bien podríamos llamar «objetiva» porque en sus poemas el sufrimiento y el fracaso están medidos en relación con otros sufrimientos y fracasos, y siempre como una injusticia ante la calidad de sus obras. 

Las adversidades que ambos escritores refieren no están dirigidas a alumbrarlos por dentro, espacio que se infiere en sus quejas. Sucede lo contrario con Darío, quien nos muestra lo más íntimo de su alma a través de un personalísimo universo poético: 

 

Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana. 

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;

 

            Después de esta introducción el poeta sucintamente nos relata su historia de sufrimientos, desde su niñez hasta la adolescencia. Duele recordar que Darío fue abandonado por sus padres biológicos y que a los quince años se enamoró perdidamente de la siempre calculadora Rosario Murillo, la Garza Morena. Para evitar un matrimonio precoz y atosigado de deudas sus amigos lo enviaron a El Salvador. 

Pero también en «Yo soy aquel» Darío nos habla del mundo que se inventó: el de jardines, lagos, cisnes, góndolas a fin de hacer del suyo un lugar habitable en medio de su poderosa sensibilidad. Por eso dice:

  

En mi jardín se vio una estatua bella;
se juzgó mármol y era carne viva;
una alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.

 

Más adelante nos habla del poder supremo que amainó sus aflicciones: el Arte. Su alma «sentimental, sensible, sensitiva» es salvada del dolor por la poesía. El suyo es un arte armónico que le provee una estructura de supervivencia, pero aun así es insistentemente herido por el mundo. Por eso decide encerrarse, como nos dice en el poema, en la torre de marfil, el mecanismo con que románticos y modernistas se protegen a sí mismos y a su arte de una sociedad que los abandonó a su suerte, casi siempre ingrata. 

            Sin embargo, a riesgo de ser herido y vivirlo todo, Darío sale de la torre, y se refugia en la selva sagrada, allí donde al caer la tarde salen los sátiros y Pan llama a las vestales a saciar su apetito sexual, sagrado para el poeta ya que la idea de pecado no puede existir en el acto mismo de crear vida. 

Esta noción es permanente en Rubén Darío. Se la encuentra en Prosas profanas; en «Ite misa est», por ejemplo, y también en Cantos de vida y esperanza. En el poema «¡Carne, celeste carne de la mujer!» dice: «¡Pues por ti la floresta está en el polen/y el pensamiento en el sagrado semen!».    

El poeta se transforma y entra en un mundo donde el arte, la poesía, aunados con la sexualidad, lo alumbra todo, desde el dolor hasta el inmenso regocijo, y donde el sufrimiento cede por el hecho de engendrar versos:

Vida, luz y verdad, tal triple llama
produce la interior llama infinita.
El Arte puro como Cristo exclama:
Ego sum lux et veritas et vita!

 

El poeta llega a la selva sagrada con doble actitud. Muy moderno y muy antiguo, es decir, cómo estuvo o cómo fue en el pasado: «Yo supe de dolor desde mi infancia,/mi juventud…. ¿fue juventud la mía?/Sus rosas aún me dejan su fragancia…/una fragancia de melancolía…», y cómo se encuentra ahora: 

 

Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.

¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!

Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela.

            Roslyn M. Frank lo dice en los siguientes términos: «allí se ve la identificación de arte y religión en una mística síntesis divina. El jardín versallesco es sustituido por la ‘sagrada selva’ donde ‘brota la armonía del Gran Todo (Antología comentada del modernismo, 300). 

Al oprobio de quedar fuera los valores más altos de la cultura (el arte, la belleza, el «yo» íntimo, etc.), obreros y burgueses se ven atrapados en el ágora de la fábrica, la oficina o la tienda por departamentos como consecuencia de la industrialización. 

Darío nos ofrece una alternativa: sumirse en el reino interior, alejado de las multitudes, ese que Nietzsche llama la pulsión «dionisíaca», y que mediante la figura de Dionisio, el dios de la embriaguez y del éxtasis, del dolor y del placer, nos enseña que la vida es un esguince entre la angustia y el profundo gozo, y que hay que darle espacio a ambos sentimientos. 

            Si comprender el siglo XX nos es ya imposible, entender el XIX es todavía más complicado. Pero ante la incertidumbre siempre hay que recordar que la Revolución Industrial fue un fenómeno que hizo estremecer las mentes y consciencias del hombre decimonónico. 

Muchos optaron por la felicidad mediante la idea de confort que trajeron consigo la industrialización y el Positivismo, filosofía que tenía al método científico como forma de alcanzar la perfectibilidad. En cambio Nietzsche y Darío nos llevan a la Grecia presocrática donde los gritos de Dionisio hacen nacer «patas de chivo» al muslo viril. Gracias a esta pulsión cohabitan perfectamente los extremos y nos dice el poeta que debido es permitir que broten los «cuernos de sátiro en la frente».

            La vida pública y sus presiones quedan tras bambalinas merced de este artilugio con el que Darío se libera del dolor por la llama del arte que le permite ser soberano de sí. Es en la fiesta báquica en la que canta a pulmón partido el ruiseñor. Por eso dice:

 

Perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor del laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.

Allí va el dios en celo tras la hembra,
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo.

El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:
así sueña, así vibra y así canta.

 

            Ya en 1977 Ángel Rama («Introducción» Rubén Darío: Poesía completa) había notado que rondando los treinta años Darío habitaba un mundo opuesto al exterior como evidencia el último poema de la edición de 1896 de Prosas profanas, titulado precisamente «El reino interior». 

En dicho poema de tipo alegórico, el alma, que se encuentra encerrada en el castillo de su padre, ansía unirse a la caravana de doncellas y caballeros que pasan por su ventana. Estos representan las siete virtudes y los sietes pecados capitales respectivamente. Mientras todos se van y se pierden en el camino («la vía de la rosa»), el alma, celosa de ambos grupos, les pide en sueños: 

 

-¡Princesas, envolvedme con vuestros blancos velos!
      -¡Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos!

 

            Desde ese momento en Darío queda marcado el espacio que pocos años después encontraremos en «Yo soy aquel». En esta temprana instancia, la selva sagrada es la alegre caravana de los siete vicios y las siete virtudes mediante la cual Darío, a los veintinueve años, quiere vivirlo todo: el desenfreno, el pecado, la belleza, el arte, todo. 

Cada elemento de la selva sagrada tiene su propia misión: psiquis vuela, el sátiro fornica; todo sucede y está en simultáneo movimiento como en una sinfonía donde las deidades, en su completa consonancia, le ofrecen al poeta una razón de existir. 

 

Apuntes finales

            Por su impronta autobiográfica el poema «Yo soy aquel» es una salutación a Lope y a Cervantes, y eso lo acredita a inscribirse en el barroco español. Así como sus antecesores que inauguraron el problema de la escritura desde la perspectiva de la remuneración, Rubén Darío es muy lúcido al decir como Cervantes y Lope, sin ninguna arrogancia, que la suya es una literatura de innovaciones. 

Para sus maestros, la frase «Yo soy aquel» es una expresión que no marca realmente el rápido paso del tiempo sino las transformaciones que por éste se sufren y la permanencia del pasado. Entre el ayer y el hoy hay una discontinuidad pero también una continuidad. 

Aunque Rubén Darío apunta que la vida es breve, el sentido del cambio es lo que verdaderamente acoge de ambos poetas, porque la historia que va desde la niñez hasta en el momento presente está acotada por su obra. 

Sin embargo, si sus maestros españoles encuentran alivio a sus penas en un cristianismo solidificado por la Contrarreforma, en 1905 Darío necesita transformaciones en el ámbito espiritual para llegar a Dios. Y aunque herido, ofrece la palma de olivo al no dejar que el oprobio del mundo lo hiera. «Yo soy aquel» es un triunfo, una victoria al paso del tiempo. 

  

Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.   

 

Sin abandonar el sincretismo que marca su pensamiento poético, y ya fuera de la selva sagrada, el poeta se encamina hacia Belén, el símbolo de la esperanza. El poema es una meditación estética, pero también un peregrinar hacia la fe, al centro de lo sagrado.  

«Yo soy aquel» marca un antes y un después en la vida y en la obra no solo de Darío sino de la poesía contemporánea. Sin el precedente de esta meditación lírica, al mismo tiempo estética y autobiográfica, no se entienden las artes poéticas de Antonio Machado («Autorretrato»), Vicente Huidobro y Jorge Luis Borges, quienes ya no mencionan sus obras como Cervantes y Lope, sino que, al igual que Darío, definen y defienden una estética.   

 

 

 

 

Obras citadas

Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. 18va ed. Barcelona: Editorial Juventud, S. A., 

  1. Impreso.

—. Viaje del Parnaso. Biblioteca virtual universal. Web. 2003. 

Darío, Rubén. Poesías Completas. 11va ed. Madrid: Aguilar, 1968. Impreso.

—. Poesía. 2da ed. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 1985. Impreso. 

Frank, M. Roslyn. Antología comentada del modernismo. Medellín: Editorial Bedout, 1974. 

     Impreso. 

Rosas, Juan Manuel. «El género y el significado de la Égloga a Claudio de Lope de Vega». 

      Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. Web. 

Vega, Lope de. Poesía selecta. Ed. Antonio Carreño, 6ta ed. Madrid: Ediciones Cátedra, 2010.    

      Impreso.

Xirau, Ramón. Dos poetas y lo sagrado. México: Cuadernos de Joaquín Mortiz, 1980. Impreso.