Poesía argentina: Rodolfo Alonso



Leemos una antología esencial de los poemas Rodolfo Alonso (Buenos Aires, 1934). Además de poeta es traductor, ensayista y ex editor. Fue el autor más joven de la revista “poesía buenos aires”. Publicó más de 25 libros. Primer traductor de Fernando Pessoa en América Latina, a la vez primera con sus heterónimos en castellano. Con Klaus Dieter Vervuert, de los primeros en traducir a Paul Celan. También es suya la primera versión de los dos libros de poesía de Cesare Pavese. Vasta obra como traductor del francés, italiano, portugués, gallego. Editado en Argentina, Bélgica, España, México, Colombia, Francia, Brasil, Venezuela, Italia, Cuba, Chile, Galicia, Inglaterra. Premiado en Argentina, España, Venezuela, Brasil, Colombia.

 

 

 

 

 

BREVE ANTOLOGÍA FLAGRANTE

(1964-2016)

 

 

 

 

 

Debla

 

En la gloria

de una mañana

he VISTO

 

 

 

 

 

Déjà vu

 

Una mujer se desnuda en mi memoria

mientras afuera resplandece la ciudad

o llueve y hace frío

 

Una mujer lava su pelo negro con el agua de mi infancia

una distancia va formándose

 

Su piel es lenta y fresca como la mañana que acaricia

su voz se hace lejana

 

Una mujer me alcanza

el primer seno descubierto

el primer seno acariciado

 

Mientras adentro resplandece la memoria

 

 

 

 

 

Hombre caminando

 

Un hombre camina

remontando el verano

 

A la orilla del mar

a la orilla del tiempo

 

Camina y ve a los otros

la belleza la muerte

 

Camina y oye el viento

el sueño la memoria

 

Camina hasta caer

o perderse a lo lejos

 

 

 

 

 

Dylan

 

Tu voz, ebria, era

sin embargo una luz

en el camino de nosotros,

los jóvenes. Y ahora,

todavía se alza

como una prueba demente

de la resistencia

feroz de la belleza

y de la gracia, prueba

del desmedido amor humano,

misteriosamente capaz

de sobrevivir

a tanto naufragio.

 

 

 

 

 

Sueño del miserable

 

El día se entreabre

como tú

fruta madura

y desde el centro

de su luz

tu calor

me inunda

de placeres violentos

 

 

 

 

 

Como dos astros

 

Como dos astros errantes

que se han unido por su errar

nuestros errores nos acercan

nuestros errores nos separan

 

Como dos astros errantes

que se deslizan por amor

nuestras miradas nos atraen

nuestras miradas nos rechazan

 

Como dos astros errantes

que se separan para ver

la sed el hambre el sol la furia

nuestros caminos encontrados

 

En lo profundo de los cielos

en el silencio de la luz

como dos astros errantes

morimos renacemos

 

 

 

 

 

Con Quevedo

 

No a tu altura, sino

a tu lado, hermano

de corazón y cuerpo

y lengua, acompañando

tu manera de ser

y andar, tu vozarrón

de hombre, tu soledad

de hombre, moderno,

fiero amante feroz,

quebrado, compañero.

 

 

 

 

 

Ahínco

 

Merodeadores ávidos

como cantos rodados

rodamos en la tierra

que rueda entre los astros

 

 

 

 

 

Olor a lluvia

 

El aire trae de pronto recuerdos del olvido

con sabor a horizonte, hierba húmeda y ausencia.

Color difuso y neto, casi como sin dueño,

máscara o habitante, límpidamente orgánico,

cargadamente etéreo. Espíritus, espíritu;

huellas de una memoria que gira en su vacío

repleto: fuegos, cuerpos, dioses, rastros, palabras.

 

 

 

 

 

La tierra entera

 

En el inmenso día

el cielo franco

 

La tierra insoslayable

en la mañana alta

 

(Una esquirla en el sol

el pie en la sombra)

 

Viento nubes guijarro

 

 

 

 

 

El joven fresno dice

Yo no acumulo

yo prosigo

Yo no seduzco

yo me doy

Yo no me exhibo

crezco

No tomo forma

soy mi forma

Yo no persigo

no promuevo

Yo soy

y voy a ser

 

 

 

 

 

La única verdad

 

Me dices

que el mundo

es así

y que yo

me lo imagino

en cambio

como deseo que fuera

 

¿Pero cómo

podría

soportarlo

si no se me ocurriera

que puede

–aún en sueños–

llegar a ser

distinto?

 

 

 

 

 

 

El cielo incontenible

 

Eso que ves

te mira

y se mira en tus ojos

Que ven

pero no ven

lo que ese cielo mira

 

 

 

 

 

Arroyo Tiú Mayú

 

Días enteros

a lomos de la tierra

fiera frescura

Con el acuerdo

de la arisca belleza

torcaza y cielo

Días macizos

en eso cae la noche

y se derrama

Los dioses borran

bárbara cortesía

la hiel de la urbe

Porque esto somos

pie desnudo en el agua

arena limpia

 

 

 

 

 

Mi gato muere

 

La muda que a tus ojos

cercenaba a zarpazos

en tus ojos me daba

zarpazos de agonía

Anegada en abismo

volvía tu mirada

no queriendo dejarnos

maullando por la vida

En la muerte caíste

ávida de silencio

que se asomó buscando

en tus ojos quedársenos

Y ni el silencio pudo

contar con tu silencio

 

 

 

 

Circe, no Venus

 

(Por ellas, Ella habla:)

“Derrochaste mis muslos.

Pero no sólo eso.

¿O acaso no me oías

aullar en la alta noche?

No te buscaba a ti:

buscaba tu sustancia

(el fuego que te habita

o soñé te habitaba).

Desmedida, voraz

como todo lo humano,

me irritó tu ternura

delicada y feroz.

Si la vida te pasa

sin que la tomes viva,

la muerte ordena todo

o todo desordena.

Y sólo encontrarás

(compréndeme insaciable)

al buscar lo que buscas.”

 

 

 

 

 

Muertos del Siglo XX

 

Sembrados

sobre el rostro impasible del planeta

 

Devueltos

a su seno sagrado

al barro fundador al polvo cósmico

 

Acaso

sólo en nuestra memoria siguen vivos

con su mueca de gozo o de terror

de indiferencia o asco

 

Esa segunda muerte les llevamos

 

Entonces

ya no serán fantasmas

para nadie

 

 

 

 

 

Como Rimbaud en Harrar

 

¿Sin que la poesía me abandone

también yo he frecuentado reyezuelos

en ácidas comunas suburbanas

por óbolos pequeños, subsistencias,

en los alrededores del poder?

 

¿Salvando las distancias, lenguaraz

de caciques menores, jefes siervos,

sustentando retoños vigorosos

con migajas de estruendo, alegorías,

para que la poesía me abandone?

 

 

 

 

 

No hay día de la muerte

 

A la memoria de

José Augusto Seabra

 

Inmóvil, incesante,

la muerte, árida, impura.

 

Infiel, infame, injusta,

la dura muerte dura.

 

Impaciente, infecunda,

la inútil muerte, muda.

 

Indudable, no duda

la muerte ávida y pura.

 

 

 

 

 

Epifanía

 

Como luz en la luz

suena el invierno, al sol.

Serena madurez,

sabor desnudo

que suspende y sostiene

sin sospechar que sabe,

secreto, sólo en sí,

siente sin sentimiento,

a simple sed,

a simple ser,

solo y sumo en el sol

sagrado del silencio

seco, soberbio, suelto

sobre ese frío encendido.

 

 

 

 

 

Vallejo, César

 

Nadie estuvo más hondo

ni más cerca.

Nadie llegó tan lejos

más temprano.

Nadie fue más ninguno

y menos Nadie.

 

 

 

 

 

Billie Holiday

 

¿Se puede adormilar

al deseo? ¿Se lo puede

acunar, arrullar,

aullar, mecer, dejar

en paz? ¿Es que se puede

pasar de largo, huir,

caerse del deseo?

Acaso quien no sea

música y se deje

morir, solo y a solas,

en el silencio, a secas.

 

Pero la Voz no muere.

 

 

 

 

 

Con quien tanto quería

 

¡Ah gloria de la brisa,

del cielo echado al sol,

del pleno mediodía,

de la tarde callada

 

y de la noche abierta!

¿Son las hojas del son

o el son es de las hojas?

¿Se mecen con el aire

 

o el aire es quien las mece?

Miguel, Miguel, Miguel

Hernández de la tierra,

 

la luna, el sol, la sangre,

Miguel por derramarse

de Hernández derramados.

 

 

 

 

 

Tordo en su día

 

Esta mañana he visto a un tordo

nada mejor podía ocurrirme

para que un día sea

una viva naranja sobre el mundo radiante

 

Esta mañana he visto a un tordo

negro de azul y a ras de tierra

me dio la espalda indiferente

pero pió al volar

 

Esta mañana he visto a un tordo

inesperado y trascendente

mágicamente él

para agregar su brillo

al esplendor de aquella hora

 

que ya no fue fugaz

 

 

 

 

 

Este zorzal

 

En medio de la selva de cemento

este zorzal espléndido consiente

al aire hacerse música. Su música

asiente, enciende, determina, siente

que el pleno mediodía de verano

no es menos complacido y complaciente.