Cuento mexicano: Miguel Ángel Barranco



Leemos un cuento de Miguel Ángel Barranco. Es pintor, grabador, ilustrador y diseñador. Su trabajo como artista lo ha llevado a ilustrar diversos libros para instituciones como ADABI México y la Cámara de Diputados. Cuenta con diversas exposiciones individuales y colectivas como Galerie Derniers Jours (París), Museo Joaquín Arcadio Pegaza (Valle de Bravo), Galería Panteón (CDMX), Museo del CCMB (Edo. Mex), Festival de la Sierra Mágica (Puebla), Feria del libro UACh 2017, Tercer Encuentro de Grafica Centro (Guanajuato) entre otros. En 2015 fue ganador del concurso del Logo Faro Texcoco, además a participado elaborando murales para festivales como el de Arte Urbano 2019 (Edo Mex). Actualmente es profesor de licenciatura en la Universidad del Valle de México. Publicó recientemente el volumen Otro Maldito Libro de Cuentos en la serie Knock out! Cuento que publica la editorial Lapicero Rojo.

 

 

 

 

La Herencia de doña Cristina

 

El trabajo nunca fue para Gilberto, quería algo más significativo, viajes, aventuras o situaciones extraordinarias; con 22 años no había tiempo para entregarse a un empleo que lo esclavizaba y cuyo salario no le permitía salir del nido familiar. Gilberto se consideraba un aventurero lujurioso, amante del amor y la vida en libertad, aunque sus allegados lo describían como un simple vividor oportunista. Quedó claro ese calificativo cuando Gilberto aceptó el empleo de mandadero que doña Cristina le había ofrecido.

Muy obvias eran sus razones, no lo hacía por fácil o porque tuviera disposición de servir  a una señora de setenta y dos años, su interés giraba en torno a la fortuna de la Doña. Bien se sabía que doña Cristina era viuda de un exitoso empresario minero, que la dejó con el capital suficiente para vivir con holgura.

Todo parecía estar puesto para la exitosa campaña. Gilberto buscaba enamorar a la Doña, quien en todo momento lucía dispuesta a las intenciones amorosas del joven. La mujer era de carácter jovial y pese a su edad seguía teniendo deseos físicos. Poco a poco la relación se fue estrechando, Gilberto cumplía los deseos de su Doña y en respuesta obtenía buenas propinas, y de vez en cuando ella le hacía promesas hereditarias que animaban al joven a continuar con su farsa.   

Gilberto se visualizaba como el único heredero. La Doña estaba sola en el mundo, sin hijos ni nade quien pudiera recibir la portentosa fortuna, sólo bastaba con esperar algunos años para que la anciana en su lecho de muerte firmara el papel que acreditaría a Gilberto como heredero. Así que con determinación el joven se dispuso a resistir el asco que le producían los besos de la anciana.

Pero nada en la vida es fácil, un día cómo cualquier otro la Doña fue encontrada muerta. Juana, quien era su sirvienta, dijo a las autoridades que la había encontrado en su cama durmiendo, pero después de unas horas se le hizo raro no verla despertar, cuando llamó a la Doña ésta nunca contestó, pues su alma había abandonado ya el cuerpo. Así que esta situación dejaba a Gilberto en la incertidumbre, ¿Acaso lo habría incluido en su testamento? El joven no se enteraría de los hechos hasta tiempo después.

Siete días de parranda fueron suficientes para salirse de la realidad y de todo lo relacionada con su patrona, Gilberto bebió hasta el hartazgo por una semana. La resaca era dura, pero más duro fue enterarse por voces chismosas que la Doña había fallecido.

Fría y tiesa encontraron a la viuda adinerada —así recitaban los vecinos del pueblo, quienes no paraban de observar a Gilberto con su cara de frustración—. Sus planes se truncaron y todo por no estar en el momento preciso, sólo hubiera bastado acercarle un papel a la Doña y hacerla firmar, pero una farra prolongada separó a Gilberto del instante por el cual había trabajado meses. Sin embargo, aún existía la remota posibilidad de que doña Cristina girara el testamento a favor de su joven amante. Gilberto pensaba que doña Cristina en un acto de supremo amor, había pedido a su abogado escribir un designio de último momento: —Gilberto heredero legítimo de mí fortuna. Sin demora el joven acudió con don Ernesto, el abogado que por años trabajó para Doña Cristina.  

Don Ernesto era pesado, su cuerpo llevaba años acumulando grasa y su miopía había avanzado tanto que sus ojos se ocultaban detrás de unos lentes de aumento extremo. Calvo desde los 36 y abogado de doña Cristina por veinte años. Cuando se enteró que su clienta había fallecido de inmediato acudió a su propiedad, verificando que las autoridades no sobrepasaran sus labores tratando de hurtar algo perteneciente a la difunta. Aunque al final se preguntó: ¿Qué se pueden robar?, ¿acaso hay algo de valor?, ¿la cruz gigante del portón? Ésa no valía ni el esfuerzo para quitarla. La realidad es que doña Cristina pese a ser millonaria vivía en la cumbre de la austeridad. Pocos objetos habitaban la casa de su clienta, siempre fue tacaña y difícil era cobrarle los servicios que el abogado le brindaba.

Como voz acreditada, don Ernesto declaró ante las autoridades que no había heredero ni futuro dueño de la propiedad, por ley el Estado se adueñaría del inmueble. Pero una duda quedaba al aire, si doña Cristina era millonaria ¿dónde estaba su fortuna? Los veinte años de relación laboral entre la Doña y don Ernesto fueron herméticos, la anciana nunca reveló donde guardaba su dinero, ni siquiera a su propio abogado. Por años esa actitud la obligó a ignorar los consejos de don Ernesto, quien siempre insistió en elaborar un testamento. «Haga algo con su dinero , dónelo si es posible, hay hospitales que agradecerían su buena voluntad cuando ya no esté». Pero doña Cristina guardaba silencio y pedía cambiar de tema.

Sin embargo, por la mente del abogado cruzó una idea interesante. Por fuerza el dinero debía de estar en algún lado y la única opción era la casa de la Doña, ella detestaba los bancos y jamás se aventuraría a encargarles sus millones. Entonces pensó: ¿por qué no ir por el dinero?, ¿qué había de malo en buscarlo y quedármelo? Era razonable, siempre fui fiel a ella y soporté meses sin cóbrale mis servicios, además ese dinero esta mejor conmigo, yo le daría un buen uso, mucho mejor del que ella le dio.

Por la madrugada y como un ladrón cualquiera, don Ernesto se introdujo a la propiedad de la difunta. Buscó tanto en cada rincón visible como no visible, incluso examinó paredes y pisos tratando de encontrar espacios huecos que delataran pasajes secretos. Fueron varias horas de búsqueda sin encontrar rastro, al parecer el dinero se había esfumado junto con la difunta.

Don Ernesto aún contaba con cartas a su favor, sabía de dos personas capaces de dar razón sobre el paradero del dinero, Gilberto y Juana la sirvienta. Bastaba preguntarles de manera cuidadosa, evitando sospechas para no encender en ellos la ambición, de lo contrario se enfrascaría en una carrera por ver quién encontraba primero el preciado motín. Pensaba buscarlos, pero se evitó la fatiga gracias a que Gilberto se presentó ante él en su oficina.

—¡Don Ernesto¡ ¿Cómo le va? hace tiempo que no lo veo—. Dijo Gilberto en tono cordial.

— ¡Muchacho!, ¡qué gusto me da verte!, ¡qué bueno que vienes!

—Igualmente —respondió de manera cordial.

— Dime Gilberto, ¿cómo te encuentras?, lamento mucho lo de tu patrona, me siento muy triste. Sabes, ella y yo teníamos una relación muy cercana, imagínate veinte años siendo su abogado y ahora que se fue me deja un vacío tremendo, su alegría contagiaba a quienes la rodeábamos.

—Si don Ernesto, todavía no me la creo, ella era una madre para mí y ahora que no vive me he quedado sin sus consejos. Pero no hay de otra más que seguir con mi pena.

Después del intercambio de palabras falsas y condolencias vacías, ambos hombres tomaron asiento para hablar sobre lo que realmente les importaba.

—Qué bueno que vienes Gilberto, me agrada tu presencia, además llegas en el momento perfecto, desde que la Doña se nos fue me aqueja una inquietud, dime ¿la Doña te habrá dicho algo importante antes de morir?

—¿Algo importante? Sea más específico don Ernesto que no le entiendo.

—Sí muchacho, lo sabemos todos en el pueblo, la Doña vivía como pobre pero tenía mucha plata bajo su falda, estoy inquieto por saber dónde guardaba el tesoro. Me interesa, porque se debe hacer lo que indica la ley, con esto me refiero a hacer lo correcto con el dinero.

— Don Ernesto, usted siempre tan profesional, créame que lo admiro —dijo Gilberto sin poder ocultar su hipocresía—  pero ¿qué es lo correcto?, porque hasta dónde yo sé debe haber un testamento con indicaciones de mi patrona, ¿qué es lo que ella pedía hacer?

El abogado se encogió en hombros, se percató que Gilberto mostraba interés por la herencia, tenía que hacer uso de su astucia y mentir para distraer el interés del Joven.

—Pues hay un heredero y mi deber es entregarle el dinero directamente, por ello necesito saber dónde está. Las autoridades buscaron por toda la propiedad y no encontraron rastro de la fortuna, por ello te pregunto y te pido que me ayudes a conocer la ubicación del dinero, sabes que ante todo soy un profesional y debo cumplir con mi obligación —dijo don Ernesto con tono solemne.

Gilberto también lo notó, el abogado mentía, mostraba su ambicioso interés por la fortuna, eso lo llevaba a inventar falsos herederos. El joven quiso ser directo y sin ataduras de lengua dijo:

—Don Ernesto por favor no insulte mi inteligencia, no nací ayer, sé muy bien que la Doña no tenía heredero, trabajé para ella y siempre fue clara conmigo, nunca mencionó parientes ni amigos lejanos, estaba completamente sola. Ahora dígame, ¿qué es lo que indica el testamento?

Don Ernesto entró en discreto pánico, Gilberto no se creyó la farsa. Sin argumentos para responder la cuestión decidió tomar la salida fácil.

—Gilberto veo que no estás dispuesto a hacer lo cívicamente correcto, no te interesa ayudarme. Me entristece que los jóvenes de hoy carezcan de sensibilidad ante la muerte. Hasta aquí llega nuestra reunión, te pido de favor que salgas de la oficina para seguir con mi trabajo.

De mala gana salió Gilberto de la oficina. Estaba decepcionado, la doña se olvido de él, al parecer de nada sirvieron las atenciones que el joven le brindó en vida. De nada sirvió el esfuerzo nauseabundo, porque al final se asomó la ingratitud de su patrona. Pero nada de eso le importó, una nueva oportunidad se aparecía en el horizonte, la herencia estaba por allí perdida, sólo debía buscarla y de manera rápida, ya que el abogado podría adelantarse y reclamarla para sí mismo.

La carrera por la fortuna era complicada, Gilberto no tenía idea del lugar donde pudiera estar oculto el dinero, la residencia de doña Cristina había sido inspeccionada sin éxito alguno. ¿Cuál sería la solución a este enigma? Si en vida la Doña fue tan celosa con sus bienes, quizás su dinero estaba destinado a perderse hasta que un afortunado diera con ella por asares de la casualidad. Gilberto podía rendirse y resignarse a trabajar por siempre para subsistir o recurrir a prácticas poco convencionales; dichas prácticas eran conocidas en el pueblo como brujería y Gilberto sabía quién podía encargarse de ese asunto.

Su nombre era Delia, una vieja andrajosa que vivía en las afueras del pueblo, en una choza de lámina, acompañada por varios perros. Conocedora de prácticas como amarres, limpias, lectura de cartas, entre otras cosas oscuras, así se ganaba la vida con las creencias místicas de la gente. Gilberto la conoció cuando andaba de borracho en cantinas de mala muerte. Ella le ofreció sus servicios y él recordó su nombre por cualquier necesidad.  El destino lo encaminó y ahora se encontraba frente a ella pidiéndole ayuda. Gilberto pensaba que Delia conocía algún método para establecer contacto con los muertos. Por absurdo que sonara, el joven creía en esos menesteres y decidió aventurarse a falta de opciones.

—Muchacho así que vienes a mí para contactar con la difunta. Cuéntame ¿por qué tanto interés en eso? —dijo Delia con intriga morbosa— ¿Acaso buscas algo que le pertenecía a la Doña?, contactar con los muertos no es fácil y puede traer fatalidades, si estas dispuesto a correr el riego es porque buscas algo grande ¿no es así?

Le inquietaba su interés, Delia parecía estar enterada de todo y Gilberto quería omitir detalles, era un riesgo informarle sobre el dinero sin dueño y peor aún comentarle que éste permanecía disponible para quien fuera capaz de encontrarlo. 

—Tú sólo ayúdame a contactar con ella, lo demás es cosa mía —dijo Gilberto con tono seco. 

— La cosas no son tan fáciles muchacho, los muertos se comunican con nosotros por muchos medios, si tú me dices todo podré indicarte el medio por el cual tu patrona se comunicará.

—Si te cuento todo ¿qué me garantiza que no me traicionaras?

—Muchacho eres muy gracioso, ¿cómo una mujer tan vieja podría traicionarte?, ¿qué podría hacer yo con este cuerpo débil y marchito? Así como tu Doña mi tiempo también está terminando, ya no ambiciono nada y si entre mis últimas acciones está ayudarte, créeme que mi vida habrá servido de algo.

Gilberto dio su brazo a torcer, expuso sus motivos a Delia. Ella en respuesta procedió con un ritual místico. Se postró frente a una mesa con tres velas, cerró los ojos y pasó sus manos sobre el fuego en repetidas ocasiones. Una y otra vez hacía un juego de manos que hasta cierto momento se volvió hipnotizante por su lentitud, después de unos minutos Delia explicó: “Gilberto ve a casa, duerme y encontrarás la respuesta”. Parecía un teatro barato surgido de la improvisación, pero sin más opciones por el momento, Gilberto se marchó a dormir esperando que Delia no lo fuera a timar y en especial que el sueño brindara respuestas precisas.

Esa misma noche Gilberto descansaba y entre las profundidades del sueño apareció una imagen. Era él, parado afuera de una iglesia, de traje negro muy elegante, estaba a punto de casarse. Se percató que en el altar se encontraba la novia esperando con su vestido blanco, rápido se acercó a ella, la curiosidad era grande, ¿quién sería su futura esposa?, ¿qué mujer podría haber domado al joven aventurero? Cuando se paró frente a ella se espantó tanto que despertó saltando de la cama. Al parecer doña Cristina era su futura esposa o al menos eso fue lo que el sueño le presentó. Sin embargo, Delia tenía razón, ésta era una señal, muy tétrica pero de carácter revelador, ahora correspondía visitar de nuevo a Delia para que interpretara el sueño.

A primera hora Gilberto corrió en busca de la bruja. Cuando la encontró le explicó lo acontecido y Delia dijo:

—¡Muchacho allí lo tienes, la Doña a hablado! —decía Delia con entusiasmo— en vida tu patrona se quedó con las ganas de matrimoniarse contigo, el sueño que tuviste fue un llamado desesperado de un espíritu errante. Ahora es tu oportunidad de casarte con ella y acceder a su fortuna.  

—¡Qué tontería dices!, ¿cómo me voy a casar con una muerta? Eso es imposible, además lo único que me interesa es la ubicación del dinero, tenemos que encontrar una manera de que ella nos indique dónde está.

—¡Gilberto no seas tonto!, al parecer no comprendes nada de las artes oscuras, los espíritus son caprichosos y para descansar en paz necesitan cumplir los deseos que tuvieron en vida. ¿No lo entiendes? ¡Ella quiere casarse contigo!, además yo puedo casarlos, ve al panteón esta misma noche, los casaré y verás cómo después ella te revelará dónde está el dinero.

La idea era macabra, aunque no carecía de coherencia, Delia nuevamente tenía razón, sólo bastaría que Gilberto fuera al panteón para jugar a la boda, después en otro sueño, la Doña en agradecimiento indicaría la ubicación de su fortuna. Gilberto se frotaba las manos, casi podía sentir la victoria.

Con la Doña nunca hubo diferencias y siempre le cumplió con devoción pese al miserable salario que percibía de ella. Juana era una mujer sencilla, sin pretensiones, lo único que deseaba era trabajar y tener un techo firme dónde vivir, por ello, tras la muerte de doña Cristina, su mundo se vio derrumbado, no precisamente porque le guardara cariño, sólo que le inquietaba perder la protección que ella le otorgaba. Sin trabajo y sin hogar ¿cuál sería el destino de la joven sirvienta?

Para su buena fortuna, Juana logró colocarse de nuevo, consiguió trabajo gracias a don Ernesto, quien hizo labor de recomendarla con una familia adinerada del pueblo. Fue un gran favor que la relajaba de sus preocupaciones. No obstante, don Ernesto se encargaría de cobrarle la ayuda. A la brevedad el abogado visitó a Juana en su nuevo hogar, con la finalidad de sacarle información sobre la herencia perdida.

—Gracias por venir a visitarme don Ernesto, es usted un gran amigo —dijo Juana mientras servía café— estoy adaptándome a esta nueva casa, es muy diferente, aquí el ambiente es vivo y las actividades no paran, mis nuevos patrones gustan pasar tiempo en familia, con tantas reuniones apenas logro hacerme espacio para recibirlo.

—Me alegra que estés bien en tu nuevo hogar, es lo menos que podía hacer por ti después de haber servido a la Doña con tanta entrega.   

—Fíjese que no extraño para nada mi antiguo trabajo, la vida con doña Cristina era muy gris, ganaba muy poco y su obsesión por no gastar era abrumante —comentaba Juana mientras sorbía  un trago de café— sus costumbres eran excesivas, desayunábamos a la una de la tarde para que nuestra siguiente comida fuera alrededor de las siete de la noche, decía que era bueno para la salud, pero en realidad buscaba ahorrarse una comida al día, y eso sí, podíamos pasar una semana entera comiendo papas cocidas, sin sal por que según ella era muy mala y su costo demasiado elevado. Buscaba ahorrar en todo, por la noche nos alumbrábamos con velas para evitar el gasto de luz eléctrica y me encargaba limpiar todo con agua para no gastar en jabón o cualquier otro producto de limpieza.

—Lo admito, la Doña era muy tacaña pero hay que reconocer que era una señora muy alegre.

—Tiene razón, pero cuando se trataba de pagarme créame que lo hacía de mala gana y su cara se llenaba de amargura, le costaba mucho desprenderse del dinero. Al único que le pagaba sin pretextos era a Gilberto, con él nunca hizo caras, aunque usted y yo sabemos muy bien por qué. Gilberto la tenía muy contenta en la intimidad —el rostro de Juana mostraba indignación— lo admito, él nunca me simpatizó, se le notaba su interés, era un mezquino que pretendía el dinero de la Doña, aunque el tonto no se imaginaba lo que nuestra patrona le tenía planeado.

—¿A qué te refieres con eso?, ¿qué planeaba para Gilberto?

—La Doña conocía muy bien las intenciones de Gilberto, por lo tanto decidió abusar de su ambición, lo trajo por un año insinuándole que sería su heredero. El muy tonto se lo creyó y pensando que saldría victorioso continuó dándole placer a la Doña —decía Juana con una sonrisa burlona— me hubiera gustado ver su cara cuando se enteró que la Doña murió sin heredarlo.

—Sí, tienes razón, ese Gilberto es un interesado, pero afortunadamente no se quedó con nada —agregó el abogado continuando con el mismo tono de burla—, sabes, ya con más confianza entre ambos, me gustaría preguntarte algo confidencial.

—¿Qué le gustaría saber?, aunque creo imaginarlo, ¿es sobre la herencia verdad?, ¿quiere saber dónde se encuentra?

Don Ernesto lucía impresionado, le admiraba la lucidez de Juana, sin siquiera comentar nada al respecto ella intuía lo que él buscaba.

—Tú lo sabes, era su abogado y tengo que cumplir con mi deber, los bienes de la Doña tienen que ser entregados.

—Para serle honesta no tengo idea donde pueda estar, la Doña nunca me hablo de dinero y era lógico, la tacañería le hacía ser reservada con su fortuna. Lo único que puedo comentarle es que quizás Gilberto ya tenga sus manos puestas en ella.

—¿Por qué dices que Gilberto ya debe de tener el dinero? —dijo el abogado mostrando preocupación

—No se me ocurre otra opción, tal vez Gilberto por ser el mandadero pudo ver la otra casa de doña Cristina. Supongo que allí está la fortuna.

Esta noticia era una explosión, en veinte años el abogado nunca estuvo enterado de esta propiedad, la Doña tuvo el descaro de ocultárselo.

—Dime Juana, ¿cómo te enteraste de la otra casa?

—¿No lo sabía?, me sorprende, según yo, usted estaba enterado de su existencia. La Doña frecuentaba una vez al mes el pueblo vecino, quería estar al pendiente de su otra propiedad, de hecho, una ocasión noté que traía un fajo de billetes consigo, justamente después de su visita mensual. No me pregunte la ubicación, la desconozco, pero sospecho que está en el pueblo de al lado y Gilberto debe saber el lugar preciso.

Rápido el abogado se levantó de su asiento, se despidió de Juana y como un velocista salió en busca de Gilberto. Todo apuntaba que el joven mandadero iba a la delantera, don Ernesto no tenía más opción que encontrarlo y tratar de negociar con él.

El traje de novio le sentaba bien, lucía muy elegante caminando por las calles del pueblo arrebatando miradas curiosas. ¿Qué se preguntarán de mi?, pensaba Gilberto. Lo que fuera no importaba, su futuro se avistaba reluciente como diamante, los vecinos por fin lo respetarían al ver sus bolsillos llenos de dinero. Con ese optimismo se dirigía al panteón, el plan era fingir una boda tétrica que le aseguraba su vida económica. Nada parecía interrumpir su buen humor, sólo hasta que unos gritos desesperados rebotaron por las calles diciendo su nombre.

—¡Gilberto, Gilberto, espérame! —gritaba el Abogado que venía a corriendo con mucho esfuerzo— ¡espérame tenemos que hablar!

El abogado sudaba y jalaba aire, correr era demasiado esfuerzo para su pesado cuerpo, además los años frenaban la fuerza de sus pies.

— Gilberto, ¿Por qué estás tan elegante? —preguntó don Ernesto sin lograr estabilizar su respiración— bueno, no importa. Gilberto por favor no seas ambicioso, podemos ayudarnos, repartamos la herencia entre los dos. Llévame al pueblo vecino y muéstrame dónde está la casa. 

—No entiendo nada, ¿a que se refiere? —preguntó asombrado.

—Hagamos las mentiras a un lado, por favor, sé que doña Cristina tenía otra propiedad en el pueblo vecino y tú, como su mandadero, debes estar enterado de su ubicación.

Gilberto no entendía nada, jamás estuvo en su conocimiento dicha propiedad, doña Cristina también se lo ocultó, como era su costumbre, aunque esto daba un giro inesperado a la carrera. Lo más probable es que el dinero se encontrara en esa casa, sólo había que llegar a ella. Sin embargo, también era peligroso que el abogado supiera de su existencia, ambos tendrían que buscarla deprisa y el que llegara primero se quedaría con el tesoro. 

—¡Ándale muchacho, dime dónde está!, ¡no seas ambicioso, repartamos el dinero!, ¡eras su mandadero, sé muy bien que tu conocías todo respecto a la casa! —decía don Ernesto tomando a Gilberto del brazo, era muy obvia su desesperación, se aferraba, no quería soltarlo hasta tener la ubicación.

—¡Suélteme pinché viejo loco, yo no sé nada! —exclamó Gilberto mostrando enojo— ¡la anciana nunca me dijo de esa casa! ¡Déjeme estoy ocupado!, ¡tengo que irme!

A la fuerza Gilberto se soltó, el abogado cayó al piso y el joven se alejó corriendo hasta perderse entre las calles. Don Ernesto permaneció en el suelo gritando que no se fuera, pero de nada sirvió. Para él la carrera ya había terminado.

Corriendo entró al panteón, Delia miraba con suma curiosidad al acelerado Gilberto.

—Muchacho, ¿qué te pasa?, ¿por qué entras corriendo?, no ves que es un panteón —dijo Delia.

—Tengo noticias, la boda no se celebrará, el abogado se confesó ante mí, el muy estúpido dijo que hay una casa en el pueblo vecino y ésta es propiedad de la Doña, lo más seguro es que allí  esté el dinero. Tengo que ir enseguida a buscarla —dijo Gilberto con aire triunfalista.

—Muy bien, ve y búscala, pero antes tienes que casarte con tu Patrona.

—¿Casarme?, ¡estás loca! , ya no tiene sentido, el dinero está a la mano, sólo es ir por él.

—Sigues sin entender nada muchacho. De tomar el dinero de esa manera puedes desatar una maldición. Te lo dije de un principio, contactar con los muertos puede traer fatalidades. La Doña quiere ver su voluntad realizada, de cumplírsela el dinero será por derecho tuyo, de lo contrario estarás profanando su voluntad.

Nuevamente las palabras de Delia se insertaron en la conciencia de Gilberto, se encontraba muy cerca de obtener el dinero y sería muy desafortunado que éste se le escapara de las manos por una maldición, además el peligro que representaba el abogado aún estaba latente, cualquier descuido y él podría adelantarse.  Había que hacer el sacrificio y hacer las cosas como la bruja lo indicaba, sólo era casarse de manera veloz y después correr a buscar la casa.

—Está bien, tienes razón, no perdamos más tiempo, cásame con la Doña ahora mismo. Si cumplir la voluntad de mi patrona me da derecho sobre el dinero, estoy dispuesto a hacer el sacrificio.

—Bien muchacho, recapacitaste. Primero necesito que te quites tu elegante saco, tomes una pala y comiences a cavar en la tumba de tu patrona, es necesario que la saques de su encierro —decía Delia mientras entregaba una pala al joven.

—¿Qué dices?, no voy a hacer eso —decía Gilberto con gesto de negación— ¿Por qué me pides algo tan grotesco?, se supone que es sólo casarnos.

—¿Qué niño?, ¿piensas que sólo es casarte con saco elegante y ya?, ¿cuándo has visto una boda sin novia presente? Desentiérrala, es un sacrificio que tienes que hacer, de lo contrario el dinero jamás será tuyo.

La idea era horripilante, pero Gilberto resistió el asco, no tuvo otra opción más que cavar.

Mientras Gilberto derramaba sudor sobre la tierra Delia dijo:

—Dime muchacho, dices que hay otra casa en el pueblo vecino, ¿cómo piensas encontrarla entre tanta casa?, ¿cómo sabes cuál es la indicada?

—No sé realmente su ubicación, pero sí conozco los gustos de la Doña, lo más probable es que ésta tenga una cruz gigante en el portón, la casa donde murió se distinguía por ese detalle. Ella era muy creyente y sobre todo temía a los malos espíritus. De haber otra propiedad, seguro contará con una cruz.

—No eres tan tonto muchacho, espero que tu suposición sea correcta.

El trabajo por desenterrar el cuerpo de la difunta fue duro, pero después de unos minutos Gilberto alcanzó la tumba. Después vendría la parte difícil, el joven destapó el cajón liberando la putrefacción. Tapándose la nariz y haciendo un esfuerzo extraordinario Gilberto tomó el cadáver entre sus brazos y esperó con desesperación a que Delia los casara. Cada segundo sosteniendo el cadáver era como un clavo enterrado en su espalda, tortuosa era la voluntad de la difunta pero más fuerte tenía que ser la ambición de Gilberto para resistir. Delia recitaba las palabras nupciales, lenta y tediosa sonaba su voz, hasta parecía que lo hacía a propósito para extenuar al joven. Mientras, Gilberto giraba su mirada para no ver el cadáver, no quería horrorizarse más de lo que ya estaba. Justo al terminar Delia dijo:

—Puedes besar a la novia.

—¿Qué dices?, eso ya es excesivo, no voy a besar un cadáver en putrefacción —reclamaba Gilberto mostrando hartazgo y repulsión.   

—¡Otra vez negándote! Todo encuentro nupcial termina con un beso. Que sus votos estén sellados depende de eso. No te pido que le des un beso apasionado, sólo es uno fugaz, rápido, como si tus labios fueran el viento rozando su boca un pequeño instante.  

Si existía un límite Gilberto ya lo estaba sobrepasando, el derecho por la fortuna estaba excediendo su voluntad, pero sin más opción se aventuró. Giró la cabeza y miró la boca desecha de la Doña, fétida y repulsiva, podía ver los gusanos devorando lo que alguna vez fue una sonrisa. Rápido como un rayo de luz juntó sus labios con los de su antigua patrona. Apenas rozó lo que quedaba de su boca, pero fue suficiente para sentir el sabor de la muerte. Sentía asco por los labios podridos; las fuerzas se le fueron repentinamente; soltó el cadáver para comenzar a vomitar; Gilberto estaba muy mareado; su mirada era difusa y apenas podía distinguir lo que le rodeaba; hizo el esfuerzo por permanecer de pie; pero al final terminó sucumbiendo, Gilberto se desmayó. Y así quedo, inconciente dentro de un cajón y arriba del cadáver de su Doña.

¿Qué le está pasando a Gilberto?, todo está oscuro y cada vez le cuesta más trabajo respirar. Con poco oxígeno llegando a su cabeza apenas puede razonar y darse cuenta dónde está. Quiere gritar, pero las fuerzas lo abandonan. Con horror sabe que se encuentra enterrado junto al cadáver de la Doña, al parecer Delia aprovechó su inconciencia para sepultarlo vivo. Gilberto piensa: —Maldita bruja me engañó, lo planeó todo y ahora se dirige al pueblo vecino para robar la herencia, no le hubiera dicho nada, ya sabe cómo reconocer la casa—. En poco tiempo Gilberto dejará de respirar y sus ojos se apagarán para descansar por la eternidad junto a su patrona.  

Otro día más en la oficina, don Ernesto llegó al trabajo muy cansado, no pudo dormir la noche anterior, la frustración por no encontrar el dinero le impidió conciliar el sueño. La ventaja es que de a poco comienza a resignarse a perder la fortuna que quizás nunca estuvo destinada a pertenecerle. Se encuentra ensimismado en sus pensamientos cuando inesperadamente alguien lo interrumpe tocando a su oficina. El abogado da el acceso y por la puerta entra un hombre desconocido.

—Buenas tardes, ¿Es usted el abogado de doña Cristina? —pregunta el extraño hombre de manera cordial.

—Sí, yo soy. ¿Qué se le ofrece? —pregunta don Ernesto.

—Permítame presentarme, soy Alfonso Reyes, vengo del pueblo vecino, estaba muy preocupado porque ya pasaron más de dos semanas y doña Cristina no pasó a visitarme, al ver esto decidí buscarla, pero me acabo de enterar que falleció.

—¿Para que la buscaba, si se puede saber?

—Venía a pagarle la renta. Desde hace varios años rento su casa en el pueblo vecino. Mes con mes me visitaba, le ofrecía café  y platicábamos un poco, nuestra relación era muy cordial, después le entregaba el dinero y se retiraba de regreso a su casa. Pero ahora que vengo en su búsqueda  me entero de esta lamentable noticia —dice el hombre con tono triste— no sabía que hacer, pero me enteré que usted era su abogado y podía ayudarme.

El extraño comenzaba a revelar secretos que la Doña tenía muy bien guardados. Don Ernesto seguía intrigado por saber más de este hombre y su relación con doña Cristina.

—Entonces ¿vivía en la casa de doña Cristina?, yo pensaba que la propiedad donde usted dice vivir estaba abandonada.

—Para nada, doña Cristina jamás desaprovecharía su única fuente de ingresos, siempre tuve lástima de ella, fue una millonaria venida a menos. Cuando su esposo falleció la dejó llena de deudas y en la ruina, lo único que tenía eran sus dos casas y de no ser por mis pagos puntuales seguro acabaría en la pobreza total.

— Pero lo que usted me dice es muy contrastante con lo que sabíamos en el pueblo, según ella poseía mucho dinero —dijo don Ernesto asomando frustración.

—Sí, lo sé, a doña Cristina le gustaba alardear de su fortuna, pero realmente no contaba con nada de lo que alguna vez tuvo, seguro a usted casi nunca le pagaba, era lógico, no tenía dinero, apenas y juntaba para pagarle a sus allegados.

Con la verdad salida de la boca de se hombre, don Ernesto comprendió porqué tanta miseria y tacañería por parte de la Doña, realmente vivía en la pobreza y logró engañar a más de uno para que hicieran lo que ella quería.

—Me gustaría arreglar todo con usted, ¿qué es lo que procede en este caso?, ¿qué pasará con mi familia ahora que ya no vive la Doña? —dijo el hombre con preocupación— mi esposa e hijos están muy asustados, por la noche entró una vieja andrajosa a la casa, comenzó a hurgar nuestras pertenencias, parecía estar loca. Gritaba que buscaba la fortuna de la Doña, decía que nosotros la ocultábamos y que de no entregársela nos maldeciría con un hechizo. Me da pena admitirlo, pero le tuve que dar una golpiza para ponerla en su sitio. Después llegó la policía, al parecer la vieja loca se encuentra encerrada en el pueblo vecino. 

Sin más que decir, don Ernesto invitó al hombre a sentarse, le ofreció café y comenzó a revisar dentro de un archivo, se disponía a poner orden a los bienes de doña Cristina.