Acta de confirmación: Abigael Bohórquez (2 de octubre no se olvida)



Publicamos “Acta de Confirmación” del poeta Abigael Bohórquez (Caborca, 1936 – Hermosillo, 1995). Poema que deja un testimonio exacto de lo que se respiraba en las calles de América Latina en aquella primavera muy pronto desangrada por la intolerancia y el crimen. 2 de octubre no se olvida.

 

 

 

 

 

Acta de Confirmación

Abigael Bohórquez

En la calle:
mil, dos mil, cinco mil estudiantes
exhiben sus testículos:
los muestran
dando enormes, duros, macizos gritos;
se los duelen al viento,
vociferan,
y es que en algún sitio
…de humana patria, el hombre está subiendo
por la tráquea del día
y de la noche, el agrio
peso de su dolor y de su hartura;
y piden largos filos,
abren toda su juventud,
hinchan su duelo,
están como altavoces de la muerte,
iracundos de amor,
ensalivados de pobreza;
y nada cabe en ellos,
sólo su solo y simple corazón,
violento mensajero,
que viaja hasta donde los hombres
caen sobre sus zapatos y su sombra,
podridos hasta el tuétano;
pero sabiendo acaso que, en España,
en Caracas,
en Bogotá,
en Montevideo,
en Lima,
alguien,
alguno,
un joven, un poeta,
protesta y quema,
escribe,
encinta,
funda las residencias del desquite,
abraza con las manos furiosas las palabras precisas
en el verso,
en los muros.
en el urgente incorregible baratísimo impreso.
En la calle.
mil, dos mil, cinco mil estudiantes…
En ellos viene y va su cólera temprana,
sus apenas muchachos de la dura enemistad;
sus casi niños caídos de la rama,
pero nada es más grande,
más flor de varonía, que su puño,
su voz rajando muecas,
su grito todavía a flor del ángel;
porque ellos piden justificadas inauguraciones,
desquites inaplazables,
manos sabiendo ser brazos abiertos,
mientras en otro sitio hay estudiantes
con las tripas al aire,
ametralladas mujeres, hombres duramente hostigados,
jóvenes dinamiteros,
muchachas lengua a lengua,
brazo a brazo en la ira,
pueblos que quieren, propios
su oxígeno y su sal,
su agua y su manta,
su cama y su mortaja,
por eso a media calle gritan los estudiantes,
silban,
manifiestan su pedrada y su herencia,
y yo me voy con ellos,
confirmo mi denuncia,
protesto por el sátrapa,
por el gran hijo de nadie,
para que el hombre
en cualquier parte del mundo
le chingue toda la madre al dictador,
al tirano, al chupavidas, porque uno como nosotros
exija sus derechos, pida sus garantías,
denuncie, mate, haga revoluciones,
canto y me voy con ellos,
canto y espero todo lo que sea,
todo lo que me cueste,
pedir para los hombres la esperanza
porque somos, estamos hechos
con la misma sangre
y de la misma soledad
y en la misma intensa pura simple clara amarga
geografía,
porque estamos
pecho a pecho,
testículo a testículo,
en la misma doliente madrugada,
y nos cuelga todo mismo tamaño,
nos estremece toda gana de muerte
para el que en alguna parte
estrangula sus sílabas de hombre,
ladre sobre sus consonantes presidiarias,
enmugrece las sábanas del mundo,
nutre y se deja nutrir negras ampollas.
Vámonos desde ahora, muchachos,
nadie debe callar, —pago mi precio—
si en otra parte
el hombre roba al hombre su garganta,
su casa, su esqueleto,
su lugar de pedir de ser habitante
de su sombrero, de su traje,
de su mano derecha, de su lengua,
de su públicamente orfebrería.
Para eso y por eso, el poema,
mi poema se quita los zapatos
y se echa a andar el tiempo de reptiles.
Ahora navego,
amigos,
el corazón del hombre no es el viento.
Es un largo puñal,
y lo levanto.