Poemas para beber en el Starbucks: Villaurrutia decimal pide Halloween y no le dan



Este Día de Muertos presentamos una nueva entrega de la serie Poemas para beber en el Starbucks, que el poeta Edgar Amador dedica a Décima muerte (1941) del poeta mexicano Xavier Villaurrutia (1903-1950).

 

 

Villaurrutia decimal pide Halloween y no le dan
Edgar Amador

Xavier Villaurrutia fue un exquisito. En su voz, y en su personalidad, en su escritura, nada está fuera de lugar. Todo era limpieza y perfección formal. Su poesía y su vida fueron armónicos: un dandy delicado, una poesía prístina.

Quizá por lo delicado de la forma, Villaurrutia escogió brillar con uno de los temas más complicados: la muerte.

Los poemas compilados en el libro  “Nostalgia de la Muerte” son quizá sus mejores. Fiel al espíritu romántico, en donde la muerte es una presencia terca, Villaurrutia supo tomar esa tradición vanguardista e incorporarla en esa otra tradición mexicana: el ritual de los muertos y su celebración.

Xavier Villaurrutia tuvo una vida breve, murió justo el día de navidad de 1950, en su casa de la calle de Puebla, en la colonia Roma de la Ciudad de México, con tan sólo 44 años, aparentemente de un padecimiento cardíaco.

En estos días en que la muerte nos acosa y nos abruma, en que nos puede matar un estornudo, y podemos matar con nuestro aliento, la redundancia de celebrar el Día de Muertos y las fiestas necrófagas de finales de octubre y principios de noviembre, leer a Villaurrutia (¡¡presagiando el Covid, Villaurrutia escribía “es casi inevitable / me dejas sólo el temor / de hallar hasta en el sabor / la presencia del vacío..”!!).

Cuando México empezó a abrir su economía al mundo, allá en los finales de los años setenta del siglo pasado, el establishment político y cultural sonó la alarma diciendo que perderíamos nuestras costumbres milenarias, especialmente vulnerables ante el avasallamiento de la cultura gringa.

Recuerdo bien la polémica respecto de la celebración del Halloween. Cuando los niños de entonces comenzaron a pedir dulces disfrazados de monstruos, la alarma de que el Halloween enterraría a nuestro Día de Muertos sonaba por todos lados.

Cuarenta años después el resultado es impresionante. El Halloween ha sido completamente absorbido por el Día de Muertos, y esta fiesta mexicana se ha exportado a todo el mundo, convirtiendo al Halloween en un mero apéndice de la poderosa tradición mesoamericana que cada día se celebra en más países.

Así la poesía de Villaurrutia, setenta años después de su muerte, sigue viva. Tan viva como su tema central: la muerte.

De entre los muchos poemas de Villaurrutia dedicados al tema, sin duda vale la pena destacar en esta ocasión esta joya: “Décima Muerte”.

El juego de palabras, que Villaurrutia disfrutaba, es sutil: Décima muerte: décimas sobre la muerte, morir diez veces, una en cada una de las diez décimas que conforman el poema. Décimas de diez versos, que conforman cien líneas exquisitas, delicadamente puestas una encima de la otra, una junto a la otra, armando uno de los poemas más delicados y magistrales de la poesía mexicana, y del castellano, del siglo pasado.

Lean esto para que vean:

 

 

 

DÉCIMA MUERTE

 

I

¡Qué prueba de la existencia
habrá mayor que la suerte
de estar viviendo sin verte
y muriendo en tu presencia!
Esta lúcida conciencia
de amar a lo nunca visto
y de esperar lo imprevisto;
este caer sin llegar
es la angustia de pensar
que puesto que muero existo.

 

II

Si en todas partes estás,
en el agua y en la tierra,
en el aire que me encierra
y en el incendio voraz;
y si a todas partes vas
conmigo en el pensamiento,
en el soplo de mi aliento
y en mi sangre confundida
¿no serás, Muerte, en mi vida,
agua, fuego, polvo y viento?

 

 

III

Si tienes manos, que sean
de un tacto sutil y blando
apenas sensible cuando
anestesiado me crean;
y que tus ojos me vean
sin mirarme, de tal suerte
que nada me desconcierte
ni tu vista ni tu roce,
para no sentir un goce
ni un dolor contigo, Muerte.

 

IV

Por caminos ignorados,
por hendiduras secretas,
por las misteriosas vetas
de troncos recién cortados
te ven mis ojos cerrados
entrar en mi alcoba oscura
a convertir mi envoltura
opaca, febril, cambiante,
luminosa, eterna y pura,
en materia de diamante.

 

V

No duermo para que al verte
llegar lenta y apagada,
para que al oír pausada
tu voz que silencios vierte,
para que al tocar la nada
que envuelve tu cuerpo yerto,
para que a tu olor desierto
pueda, sin sombra de sueño,
saber quede ti me adueño,
sentir que muero despierto.

VI

La aguja del instantero
recorrerá su cuadrante,
todo cabrá en un instante
del espacio verdadero
que, ancho, profundo y señero,
será clásico a tu paso
de modo que el tiempo cierto
prolongará nuestro abrazo
y será posible acaso,
vivir después de haber muerto.

 

VII

En el roce, en el contacto,
en la inefable delicia
de la suprema caricia
que desemboca en el acto,
hay el misterioso pacto
del espasmo delirante
en que un cielo alucinante
y un infierno de agonía
se funden cuando eres mía
y soy tuyo en un instante.

VIII

Hasta en la ausencia estás viva:
porque te encuentro en el hueco
de una forma y en el eco
de una nota fugitiva;
porque en mi propia saliva
fundes tu sabor sombrío,
y a cambio de lo que es mío
me dejas sólo el temor
de hallar hasta en el sabor
la presencia del vacío.

IX

Si te llevo en mí prendida
y te acaricio y escondo;
si te alimento en el fondo
de mi más secreta herida;
si mi muerte te da vida
y goce mi frenesí
¡qué será, Muerte, de ti
cuando al salir yo del mundo,
deshecho el nudo profundo,
tengas que salir de mí?

 

X

En vano amenazas, Muerte,
cerrar la boca a mi herida
y poner fin a mi vida
con una palabra inerte.
¡Qué puedo pensar al verte,
si en mi angustia verdadera
tuve que violar la espera;
si en vista de tu tardanza
para llenar mi esperanza
no hay hora en que yo no muera!