Poesía de Colombia: Víctor Rivera



Presentamos una muestra de Víctor Rivera (Popayán, 1980). Músico, Magíster en Literatura. En el 2011 publica con la editorial Gamar, su libro de poemas La Montaña sumergida. Obtuvo el Premio Internacional de Poesía Editorial Praxis 2016 en la Ciudad de México por su poemario Libro del origen. Obtuvo la segunda mención en el concurso de la Casa Silva “Poesía, pintura que habla” con su poema La siega. En el 2019 publicó su libro titulado Desmesura.

Esta colaboración fue seleccionada en la Convocatoria 2020.

 

 

Inmunidad

El vendedor de hojas de eucalipto,
como el boticario que resiste
y guarda su saber en viejas botellas,
deja un rastro de menta y luz
por las escépticas calles de los barrios del norte.
Quiere terminar la jornada y se apresura
en vocear los beneficios de las últimas hojas.

Nadie responde
por los monolitos de calles vacías,
por las vidrieras que regresan el eco
a los pliegues oscuros de la garganta.
Son solo hierbas arrancadas
deambulando por simétricos jardines,
remedios de otro tiempo para el mal invisible.

Cargado de ramas blanqueadas por la noche,
y con poco dinero en el bolsillo,
el vendedor regresa al encuentro de su inmunidad:
aquel corazón que late junto una caja de pan,
aquel pálpito suspendido
entre las brasas y las manos de su madre,
inmune a las visitas, a las enfermedades,
allí donde nadie llega por lo difícil del terreno,
laderas de los cerros orientales
donde el día debe inclinarse, lavarse las manos,
nada menos para ese niño que aguarda a su padre
mientras habla con el sol de los venados.

 

 

Tulipán africano

Antes de que el árbol caiga
quiero ver una vez más aquella marca,
las letras que tallé con mi navaja.
La primera herida de un gigante que miraba
con indulgencia
mi mano atroz e inocente.

¿Qué sabíamos los dos
de la caída de las hojas
en ese verano
de viento y resina?

Antes de que el árbol caiga,
quisiera tener otro nombre
para escribir en su madera.
Y quisiera él desde su altura
perdonar una herida más de mi navaja
tallando desfiguradas letras.

Que fuera eso y no el tiempo, que como a mí,
ya sin nombres que escribir en la corteza,
me trae las formas del olvido, hacha implacable. 

 

 

Poema póstumo de César Vallejo

He terminado por ser el combatiente de mi propio poema,
abatido en la trinchera, sobre un hueco de tierra y plomo.
Nadie ha revivido este muerto de dolor por tanto tiempo,
sumergido en mi propia gravedad, hueco puro de la penumbra.

En mi memoria regada de ceniza
únicamente resuena el zumbido del disparo y el obús.
Vuelvo al principio, y este hueco hondo me lleva más atrás,
al agua primordial y la espantosa soledad de sus átomos,
lo que sería con los años la partícula más remota de una lágrima,
la sórdida marea en las mejillas de un niño.
¿Pero quién puede saber la dirección de lo que cae sin fin por este pozo?

Tal vez haya un lugar para la felicidad, blanco como nieve y alabastro.
Tal vez exista un árbol y una rama al borde de una orilla
donde permanezca tendida la ropa de los que juegan en el agua
y siguen sumergidos, buceando hasta ser los peces,
minutos antes de salir a la superficie
el cuerpo por primera vez erguido
en la difícil tarea de caminar y ser terrestre.

Quisiera ser ese que ve la luz y deja atrás las oscuras aguas,
lo que se despierta después de un largo sueño
y nace y existe sin saberlo. Que alguien me levante
como el Lázaro de mi poema,
o el carbón que ve el diamante en las manos de un minero.

Que alguien me levante de mi propio hueco
y sople el polvo de mis huesos hasta las bandadas del trópico,
como si prendieran mis poemas en las alas de un pájaro
que termina por quemarse en el círculo solar. Que caigan sus cenizas
en los campos, junto al trigo y los ganados,
tal vez así, de la viruta que se pudre y se hace hierba
me levantaría, Lázaro de mi poema.