Rodrigo. Un relato sobre el Cid. Novela de Roberto Carlos Pérez



El narrador nicaragüense Roberto Carlos Pérez ha publicado recientemente, en Casasola Ediciones, la novela Rodrigo. Un relato sobre el Cid. Sobre ella, Sergio Ramírez ha escrito lo siguiente: “Este libro sobre el Cid tiene la virtud de convertir el documento en un acto de creación literaria, que a su vez parece tan real como si fuera un documento, de por medio la imaginación, que siempre tiene su mejor virtud en ser espejo de lo real. El lenguaje es exacto, y hermoso, como corresponde a todo un cantar de gesta en prosa. Auguro lo mejor para esta obra”. 

Leemos un fragmento del texto.

 

 

 

 

 

Hay hombres que entran en la memoria colectiva porque sus acciones bosquejan una patria allí dónde poco o nada existe de lo que años o siglos después será llamado nación. Históricos o fabulados, esos hombres modelan al guerrero heroico, imagen que en todo tiempo y sociedad desdeña la autoconmiseración, se rebela a la medianía y está dispuesto a sacrificarse. 

  Muy pocos son los que además de su arrojo e inteligencia se convierten en leyenda por su gran corazón, tal como sucedió con Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador (c. 1043-1099). Quizás pueda decirse algo parecido de Saladino (1138-1193), el rey kurdo que venció a la Tercera Cruzada en Jerusalén y fue siempre generoso con el enemigo.

Pero Rodrigo tiene a su favor el habérsele adelantado casi un siglo en entrar a la inmortalidad. Lo hizo en latín puesto que el vernáculo, el castellano, no parecía estar listo para ese relato en verso llamado el Carmen Campidoctoris y que, escrito en siglo XII, siendo viejo el Cid, refiere su vida y hechos. Modernizado, dice así:

 

Gestas guerreras podemos narrar
de Paris y Pirro, y también de Eneas
que muchos poetas en loor suyo
han reunido.

Mas ¿qué gozo han de dar los hechos paganos,
si por su antigüedad hoy pierden valor?
Cantemos entonces de Rodrigo príncipe
las nuevas batallas.

Pues si a recoger comienzo las victorias,
tan numerosas de este, ni mil libros
podrán reunirlas, aunque cante Homero,
con sumo trabajo.

 

Del Carmen Campidoctoris manó otro texto en latín, la Historia Roderici, escrito a pocos años de muerto el Cid, y un siglo más tarde, alrededor de 1200, el Cantar de Mio Cid, largo poema épico que reúne al héroe ya totalmente legendario, con una lengua que aparece por primera vez estabilizada.

El Cantar de Mio Cid representa el momento culminante en el que la lengua castellana y el héroe se muestran en plena sazón. La lengua fluye libre y autónoma frente al latín, en vías de volverse cada vez más flexible. Por su parte, el héroe está muy lejos de los héroes paganos, tal como lo refiere el comienzo del Carmen Campidoctoris. No lo atrapa la cólera ni aniquila a los descendientes de sus enemigos y tampoco esclaviza a sus mujeres.

La imagen del Campeador en el Cantar de Mio Cid testimonia la madurez que había adquirido en la Península Ibérica y en el resto de Europa el ideal cristiano: la lucha en el campo de batalla es oficio de vida, pero el combate guerrero es parte de la vida misma. Ser buen súbdito y soldado, buen padre, esposo, amigo, hasta buen enemigo no son cualidades inmanentes, sino derivadas del esfuerzo, la voluntad y la generosidad.

En el seno del cristianismo aparece la idea de luchar por merecer la gloria. Ésta se encuentra intrínsecamente unida a la compasión. Para el siglo XI la esclavitud había desaparecido en Europa gracias a la expansión del cristianismo y los esclavos fueron sustituidos por una nueva clase, la de los sirvientes.

Si el Carmen Campidoctoris advierte que Rodrigo es el héroe del presente, un siglo más tarde el Cantar de Mio Cid mostrará que ese nuevo héroe interactúa no sólo con reyes y enemigos, sino con un pueblo llano que además de admirarlo se siente solidario con su causa, su actitud y su desgracia. 

A partir del Cantar, la figura de Rodrigo seguirá creciendo en los romances medievales y renacentistas y en Las mocedades del Cid (de Guillén de Castro) a principios del siglo XVII de forma dramática hasta entrar en una perspectiva «doméstica». Las relaciones familiares entre esposo y padre, las personales con sujetos comunes (una niña, un leproso) encuentran solución feliz merced a la sabiduría del Cid. Escuchemos uno de tantos romances sobre el héroe castellano:

 

No me culpes si he hecho
mi justicia y mi deber,
magüer que siendo pequeño
me nombraste por juez.
Entre todos me escogiste
por de más madura sien,
porque hiciese derecho
de lo hecho mal y bien.

 

No debe olvidarse que para el Cid el bien es el fin supremo que impregna todos sus actos. El Campeador antepone el bien colectivo al interés individual.

Imposible sería llamar esta novela una biografía histórica del Cid. Al tiempo transcurrido desde su nacimiento hace casi mil años debemos añadir en capas los ropajes que han recubierto su historia. En ellos se sustenta la otra parte de su grandeza y el mito que desde joven fue, pues testimonian que tanto ayer como ahora sigue siendo emblema moral y escudo para su pueblo.

Para recrear la infancia y adolescencia de Rodrigo esta novela se basó en diversas fuentes. Ante todo, la del anónimo Cantar de Mio Cid y de sus gérmenes anteriormente mencionados: el Carmen Campidoctoris y la Historia Roderici. También del Romance de la jura de Santa Gadea, del Linage Roderic Díaz, de Sancho VI de Navarra, de las Cantigas de Alfonso X el Sabio, de La leyenda del Cid de José Zorrilla, de los valiosos estudios de don Ramón Menéndez Pidal, supremo estudioso del Campeador, y de El Cid histórico, de don Gonzalo Martínez Díez. También hemos tenido presentes los escritos árabes del guerrero que pintan a Rodrigo como a un mercenario sediento de sangre y venganza.

El enemigo musulmán, el historiador y guerrero Abul-l-Hassan Alí ibn Bassan califica al héroe español en el Tesoro de las excelencias de las gentes de la Península (1109) como «el perro gallego» y «al que Dios maldiga», «el tirano».

El lector podrá encontrar en estas obras, más que en nuestro humilde esfuerzo por reconstruir su infancia, adolescencia y senectud la grandeza del Campeador. En ese caballero de lanza en ristre y corazón en mano está el niño Rodrigo. Con los recuerdos de la infancia del héroe principia este relato…