Cuando Rimbaud escribió Una temporada en el infierno



En el año 2000, bajo el sello de Picador, Graham Robb (Manchester, 1958) publicó su biografía Rimbaud. Antes había publicado libros sobre Balzac y Víctor Hugo. Para Will Self, Robb “es el mejor biógrafo de su generación”. El poeta Alan Jenkins dijo sobre esta biografía: “el mayor logro de Robb es hacer crecer a Rimbaud”. Alí Calderón, en forma de montaje, destaca algunos fragmentos para reconstruir la atmósfera que rodeó la escritura y publicación de Una temporada en el infierno. 

 

 

 

 

 

Algunas de las “innovaciones” de Rimbaud le parecían meros errores. Ocho meses después, Banville aún entretenía a los lectores de su columna en Le National con bromas sobre Rimbaud: “El señor Arthur Raimbaud, cuya bonita cabeza observa fijamente por debajo de un mechón salvaje e inextricable de cabello, me preguntó un día si pronto, en algún momento, tendríamos que hacer algo con el alejandrino”. La única reacción de Rimbaud a lo dicho por Banville fue un terso comentario escuchado en la calle: ¡viejo pendejo!

 

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Banville le ofreció a Rimbaud el cuarto de la sirvienta en su bloque de apartamentos, en el 10 de la Rue de Buci, entre el Odeón y el Sena. Rimbaud se mudaría a su desván inmediatamente, el 10 de octubre. Cortinas y sábanas de lino fueron dadas por Madame Banville. La pieza estaba preparada como para una mascota especial. Había una mesa y una silla, papel, un bote de tinta y numerosas plumas. Sin duda, pronto el pequeño poeta trabajaría muy duro escribiendo nuevos poemas y refinando su técnica. 

 

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Rimbaud subió corriendo la escalera de servicio hasta el ático. Su primer encuentro con la comunidad de poetas había sido decepcionante. Banville falló al captar la originalidad de “El barco ebrio”, un poema escrito especialmente para “la gente de París” que, en la cabeza de Rimbaud, ya estaba entonces pasada de moda. Pareciera que para esos burócratas, la función de la poesía no fuera cambiar la realidad sino mantenerse en el curso del chismorreo y las invitaciones a cenar.

 

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La gloriosa carrera literaria de Rimbaud duró apenas tres semanas. Cuando el cuñado de Verlaine regresó a París en Octubre, estaba deseoso de conocer al futuro gran poeta, pero lo que encontró fue a un “vil, vicioso, desagradable y sucio muchacho de quien todo el mundo se aparta”. Los rumores comenzaron a expandirse respecto a la repentina salida del desván de Banville, sólo una semana después de haberse instalado: “en su primera noche allí, se fue a la cama vestido, ¡sus zapatos embarrados de lodo estaban entre las sábanas! Al otro día se divirtió rompiendo la porcelana: jarrones, vasijas, tibores. Poco después, estando corto de dinero, vendió todos los muebles.

 

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Lo cierto es que, después de las cartas del Vidente, la poesía de Rimbaud se volvió no menos sino más regular.

 

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Rimbaud había fracasado en la tarea de conseguirse una novia. Según él, esto le habría aliviado el reumatismo intercostal.

 

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El invierno de 1871-1872 fue uno de sus periodos más productivos. Un cadavérico pianista había llegado al Hôtel des Étrageres (esquina de la Rue Racine y el Boulevard Saint-Michel) y se había convertido en un amigo muy cercano. Era Ernest Cabaner. Había llegado de Perpignan hacía unos veinte años para estudiar en el Conservatorio de París. Ahora, ya cercano a los cuarenta, se ganaba la vida tocando el piano en una cantina que tenía por parroquianos soldados y prostitutas. En su tiempo libre rebuscaba zapatos viejos que luego usaba como floreros. Tenía el cabello largo y lacio y su rostro parecía un muro lleno de humedades. Manet lo pintó en 1880: una figura frágil y goyesca de ojos caídos y lúgubres. Cabaner parecía estar permanentemente en una etapa terminal de la tuberculosis pero sobrevivió hasta 1878 con una dieta de arroz, leche, miel, arenques y alcohol. Verlaine lo describió una vez como “un Jesucristo después de diez años de ajenjo”. En los archivos de la Prefectura de Policía se lee un reporte: “músico excéntrico, compositor demente” (…) “uno de los más fervientes devotos de la casta (jerga policial para decir  “entusiasta homosexual”)”. Y parece claro que invitó a Rimbaud a compartir su lecho. La mayoría de los zutistas flirtearon con la homosexualidad, al menos en el papel.

Cabaner y Rimbaud fueron los responsables del abastecimiento de alcohol de los zutistas. Esto explica probablemente por qué el Círculo Zutista tuvo una existencia tan breve y tan bulliciosa. (…) La amistad entre ellos sobrevivió hasta la desaparición final de Rimbaud de París. A Rimbaud le gustaba terminar sus conversaciones con algunos estribillos e improperios. A veces se le escuchaba cantar: ¡Cabaner debe ser asesinado! Y es que por poco sigue su propio consejo. Ese invierno, cuando el pianista, con neumonía, se mudó a una casucha gélida, Rimbaud, cuidadosamente, cortó los cristales de las ventanas (…) A veces, cuando Cabaner no se daba cuenta, Rimbaud cogía su bote de leche y, pulcramente, eyaculaba sobre él. (…) Esta flexible relación también tenía sus momentos intelectuales e incluso produjo uno de los clásicos de la cultura de Vanguardia: el soneto de las vocales. Cabaner le había enseñado a tocar piano a Rimbaud usando un método poco convencional. Creía que cada nota de la octava correspondía a una particular vocal y a un color. Claves de una harmonía universal de larga data en Francia.

 

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Ese noviembre, los salvajes del París moderno estuvieron en el ojo del huracán. Rimbaud y Verlaine asistieron al estreno de la nueva obra de Coppée: L’Abandonnée. Después del brindis, Verlaine se quedó con Rimbaud bebiendo hasta las tres de la mañana. Verlaine regresó a la Rue Nicolet y amenazó con matar a su esposa y a su bebé. Al día siguiente, lo sacudió un leve ataque de remordimiento por “haberse mostrado” en el teatro del Odeón, donde se encontró por primera vez con Rimbaud. Incluso para la bohemia moderada del Odeón, la vista de dos hombres ostentosamente desaliñados merodeando por el foyer en amoroso abrazo causaba ráfagas de nerviosismo. Para los pocos que estaban conscientes de aquello, “la homosexualidad” era un vicio indecible de más allá de los bulevares. El lesbianismo era tenido como enfermedad profesional de actrices y cortesanas, un tema titilante para el Salón de los pintores. La homosexualidad masculina era asociada con proxenetas, extorsionadores y travestis que acechaban en arbustos y baños públicos. Desde la caída del Imperio, el comportamiento poco masculino de cualquier índole era tenido por profundamente antipatriótico. Se sentía que Francia se había marchitado frente a Prusia no por su pavoneo chovinista sino porque sus hombres eran demasiado femeninos. (…) Un viejo amigo de Verlaine, Lepelletier, decidió usar su columna de chismes en Le Peuple Souverain para dar a conocer una gentil advertencia. Esta fue la primera aparición de Rimbaud en un diario de circulación nacional: “Todos los Parnasianos estaban ahí [en el Odeón]”. “Paul Verlaine estaba del brazo de una encantadora jovencita, Mademoiselle Rimbaut”. Algunos días más tarde, Lepelletier invitó a Verlaine y a su “novia” a una cena para ver si habían aprendido la lección. (…) Rimbaud amenazó a su anfitrión con un cuchillo de carne. “Lo empujé a su asiento, recuerda Lepelletier, si no tuve miedo de los prusianos en la guerra, no me iba a dejar intimidar por un pequeñín busca pleitos como él”. Rimbaud terminó la noche perdido en una nube de opio. 

 

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Pero esta no es la última aparición de Rimbaud en la vida social de París. De verdad hizo serios intentos por forjarse una carrera. La anécdota de que Víctor Hugo le dio unas palmaditas en la cabeza y lo llamó  “un Shakespeare niño” es apócrifa, a pesar de que la réplica de Rimbaud parece genuina: “ese viejo zoquete es cagante”. Verlaine estaba en buenos términos con los Hugo y fácilmente pudo haber llevado a Rimbaud a una de las soirées eclécticas del poeta. Rimbaud no perdió todo su tiempo ahogado de alcohol o rebuscando en la basura. El Diario de Edmond Goncourt claramente sugiere un conocimiento personal o al menos un apretón de manos: “ese hombre [Rimbaud] tenía la perversidad encarnada.  Me dejó el recuerdo de una mano terrible, la mano de Dumollard (un famoso asesino de jóvenes sirvientas)”. 

 

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Para consternación de Verlaine, Rimbaud incluso trató de perder su acento provinciano…

 

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El 10 de septiembre de 1872, Rimbaud y Verlaine salieron de la estación de Charing Cross y se adentraron en el magnífico pandemónium del centro de Londres. (…) En su Londres, ciertamente Rimbaud atestiguó innumerables discusiones políticas  y debió haber visto a Karl Marx muchas veces.

 

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El 14 de noviembre (1872), Verlaine le dijo a Lepelletier: “Rimbaud le escribió recientemente a su madre para advertirle acerca de las cosas que se están diciendo de nosotros y contra nosotros, y ahora estoy carteándome regularmente con ella”. Nueve días después, Madame Rimbaud fue muy vehemente al decir que “se haría cargo del asunto”. La intransigencia maternal que siempre había encontrado Rimbaud tan opresiva demostró también ser un arma poderosa en su defensa. Al salir de las Ardenas por primera vez desde 1859, Madame Rimbaud tomó primero el tren a París, fue a la Rue Nicolet y le pidió a Mathilde que le pidiera a su esposo volver a casa: el pequeño Georges tendría a su padre de nuevo y Arthur se salvaría de la desgracia pública. 

 

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El 25 de marzo (1873), un Arthur Rimbaud de dieciocho años declaró que no era menor de veinticinco y obtuvo una credencial de lector en el Museo Británico. Se sentaba horas en el mismo salón medio iluminado en que trabajaban Karl Marx y Swinburne estudiando libros que eran inconseguibles en Francia, incluyendo, quizás, publicaciones de comuneros y algunos trabajos literarios que son mencionados en Una temporada en el infierno: “Latín de iglesia, novelas eróticas llenas de errores ortográficos, novelas leídas por nuestras abuelas, pequeños libros infantiles”. Desafortunadamente, se le negó el acceso al Marqués de Sade, que estaba cuidadosamente custodiado en la oficina del Tenedor de Libros Impresos. El Museo Británico fue la otra casa de Rimbaud en Londres. Calefacción, luz, plumas y tinta gratis, los bibliotecarios podían hablar francés y nunca juzgaban a los lectores por su aspecto además de un restaurante de precio moderado con el que se podían sobrevivir diez horas de lectura.

 

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Muchos días consecutivos, Verlaine cargó con su equipaje para dirigirse a Victoria Station pero luego, misteriosamente, regresaba a Howland Street.

 

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El ajenjo era prácticamente inconseguible en Londres y la leyenda de que Rimbaud frecuentaba guaridas chinas de opio en Limehouse comenzó como un intento para explicar por qué algunos de sus poemas son tan difíciles de entender, especialmente en sobriedad. 

 

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[En carta a Delahaye] Mi destino depende de este libro.

 

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The Telegraph: Lecciones de francés, perfección, refinamiento, impartidas por dos caballeros parisinos. Verlaine. 8 Great College Street, Camden Town. 21 de junio de 1873.

Rimbaud enseñaba versificación francesa al tiempo en que parecía haber abandonado completamente la poesía en verso. Trabajaba en Una temporada en el infierno.

 

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El 8 de agosto (1873), Verlaine fue sentenciado a dos años en prisión y al pago de una multa de doscientos francos. Era la máxima sentencia. Su ensanchamiento de ano, destacado en el reporte médico, impresionó profundamente al jurado.

 

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Rimbaud abandonó el hospital el diecinueve de julio. De acuerdo a la Sexta Corte de lo Criminal en Bruselas, Verlaine había infligido una herida (un agujero de bala en la muñeca izquierda) que dejó a Rimbaud “inhabilitado para el trabajo”. Felizmente, parece que Rimbaud era diestro y, tan pronto como estuvo en Roche, se apresuró a concluir sus “historias atroces”. El mes siguiente se dedicó a eliminar, a cortar, a pulir hasta que su manuscrito, ya transformado, producía la ilusión de ser una confesión autobiográfica. El nuevo título era apenas optimista: Une Saison en Enfer. Infierno, pero sólo por una temporada. Había más vida después de haberse condenado. Para los escritores de París, que sacudían su cabeza de horror ante la ruina de Verlaine, el título habría sugerido solamente un pequeño momento de la vida infernal de Rimbaud. 

 

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De acuerdo al mito, la linea ficcional de Una temporada en el infierno, corre de la primavera al otoño. Abril a agosto de 1873.

 

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Madame Rimbaud salvó del olvido a una de las obras maestras de la literatura al pagar su impresión. Rimbaud envió el manuscrito a Bruselas, a un impresor llamado Jacques Poot. Es por eso que Poot & Co. Poco antes del cumpleaños diecinueve de Rimbaud (20 de octubre de 1873), el señor Poot escribió para comunicar que el libro estaba listo. Rimbaud se fue para Bruselas y, desafiando el destino, se instaló en el mismo hotel en el que Verlaine le había disparado. Luego llegó a la Rue au Choux para recoger sus ejemplares de autor.

 

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Rimbaud había pedido un tiraje inusualmente largo: quinientas copias. Verlaine pudo haberle explicado que eso era demasiado optimista. Incluso con una buena reputación, amigos en los periódicos, un impresor con tienda en algún Boulevard y estilo y temas populares, un poeta debería sentirse afortunado si lograba vender trescientos. 

 

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La cuota que se le pagó a Poot no incluía corrección de pruebas. La edición original tiene sobre quince erratas. El niño estuvo huérfano tan pronto salió del taller del impresor. Rimbaud no volvió para pagar el finiquito. Hasta 1901, que un paquete cerrado fue descubierto en la trastienda de un descendiente del señor Poot, los únicos ejemplares que salieron al mundo fueron esos pocos que Rimbaud llevaba bajo el brazo en octubre de 1873. Dejó uno en prisión (eso de la brusca y famosa dedicatoria “Para P. Verlaine / A. Rimbaud” es una falsificación) y partió a París. 

 

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Todo lo que se sabe de los días del lanzamiento es que estuvo en París el 1 de noviembre. El dinero que estaba destinado al finiquito de Poot le habría permitido tomar el tren. Entregó tres ejemplares: uno a Forain, otro a Raoul Ponchon (un joven zutista que escribió himnos al vino y vivió en una casa hecha de cajones) y otra a Jean Richepin, al que le todavía faltaba hacerse un nombre como poeta. Dos copias más se despacharon para Delahaye y una última para un viejo amigo de la escuela, Ernest Millot. En 1998, se halló un ejemplar que contenía un separador de papel con la dirección de Régamey. Quizás Rimbaud distribuyera más ejemplares. De las siete personas que recibieron Una temporada en el infierno, solo una habría sido capaz de publicitarlo, y estaba en prisión. Hasta la nota de Verlaine en Los poetas malditos de 1883, no hay registro de reacción alguna al libro. Y puesto que las erratas no fueron corregidas en los ejemplares que entregó a los amigos, probablemente ni siquiera él haya leído el libro.

 

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El café Tabouray, junto al teatro Odeón era uno de esos establecimientos a los que los escritores iban a sentarse porque famosos escritores se habían sentado antes allí. Los clientes se dividían, según su edad y reputación, entre los que hablaban y los que escuchaban y existía, incluso, una jerarquía imperceptible en el arreglo de las mesas. Entre los parroquianos regulares se encontraban Étienne Carjat, que había sido atacado por Rimbaud, y Léon Valade, que después de haber anunciado la llegada del “genio” en octubre de 1871, no escribió nunca más una palabra sobre él. El 1 de noviembre de 1873, un muchacho de mala traza, con pinta de “atleta campesino”, con “rostro de ladrillo”, se adentró en el café y se sentó en una mesa vacía. Comenzaron los cuchicheos. Este es el infeliz que arruinó a Verlaine. Su mera presencia en el Tobouray era un insulto a la literatura.