Giovanni B. Angioletti, el más nuevo heterónimo de Fernando Pessoa



Presentamos la traducción y nota de Mario Bojórquez del más nuevo heterónimo de Fernando Pessoa, se trata del autor italiano Giovanni B. Angioletti, que se añade a los recientes descubrimientos de autoras, autores y espíritus en Pessoa y que pueden leerse en Círculo de Poesía

 

 

 

 

 

Giovanni B. Angioletti, es un heterónimo que fue recién revelado en el año 2012 por el investigador Jose Barreto en la revista Pessoa Plural, se trata de un italiano inventado para criticar el ascenso del fascismo en Italia y contener esa corriente en territorio portugués durante su dictadura militar. Existió históricamente un Giovanni Battista Angioletti real quien fue partidario del fascismo, pero en esta entrevista publicada por el diario Sol, dirigido por Celestino Soares, en primera plana y sin firma con el título El “Duce” Mussolini es un loco… el 20 de noviembre de 1926, Fernando Pessoa reconoce las virtudes de la civilización italiana, sus aportaciones a la cultura europea y rechaza desde este personae la aparición de un movimiento contrario a la noción de república que el propio Portugal estaba sufriendo con el dictador Manuel Gomes da Costa desde el 28 de mayo de 1926.

Mario Bojórquez

 

 

 

 

El “Duce” Mussolini es un loco…
Declara al “SOL” un italiano culto
que ama sinceramente a Italia

 

 

 

(…)

 

Nosotros, los italianos, tenemos—permítame que lo diga— grandes cualidades, pero el sentimiento del ridículo no se incluye entre ellas, ni alguno de los numerosos amigos, que Italia ha tenido siempre en el extranjero, nos ha atribuido jamás un humorismo de inglés o una gracia de francés. Esto le explica, sin más nada, que misiones como esta, en la cual el paranoico genial que hoy impera a través de esclavos audaces, en mi pobre Patria, amenaza, para el uso de caricaturistas sin asunto, sobre un mundo que, debo decirle, lo admira por lo que conoce de él, y no por lo que no conoce de él, ni de Italia.

 

—Su excelencia dice ¿“el paranoico genial”?

—Sí— genial como paranoico. Eso no excluye que se le pueda llamar un gran hombre. A toda la gente que se destaca del rebaño humano se le puede llamar grande, por eso mismo que lo hizo destacar… Mussolini es un loco —desafío a cualquier psiquiatra a negarlo— pero la locura, como mucha gente no lo sabe, es contagiosa en muchas de sus formas, y lo es precisamente en aquellas formas en las que reside el peligro de contagiarse. El fascismo es como el caso de la locura danzante de la Edad Media, que atacó colectividades. En mi libro… —aquí nuestro entrevistado equilibró rápidamente una vacilación, y, ocultando el título de su obra, reanudó— en mi próximo libro, se lo explicaré…

Y aquí se detuvo otra vez en un pequeño silencio…

El antifascista continuó, respondiendo, con una intuición casi de brujo, a cualquier cosa que fuimos preguntando:

—Se ha dicho mucho contra el fascismo. Pero lo que se ha dicho es lo menos importante de lo que se puede decir en contra de él. ¿Violencias? Es lo que menos importancia real tiene de lo que hay en el fascismo. Todos los partidos esforzadamente políticos las ejercen desde que las circunstancias sociales les garantizan la facilidad de ejercerlas y la impunidad después de haberlas ejercido. No: las violencias del fascismo no tienen importancia verdadera. Iguales violencias, o casi iguales, practicarán sus adversarios; iguales violencias, si no mayores, practicarían mañana, si el Destino los rebajase con la ilusión llamada poder. Lo que hay de verdaderamente grave en el fascismo no está en sus violencias…

—Comprendo. ¿Está en sus doctrinas?…

—No, no está en sus doctrinas. Está, esencialmente, en su exaltación de Italia.

—?

—¿No me comprendió? Yo no esperaba que me comprendiera… Le explico, sin tomarle mucho tiempo; y, si quiere saber qué es lo peor que se puede decir contra el régimen fascista, va ahora a oír lo peor.

Del Renacimiento hasta acá el concepto de las funciones externas del Estado evolucionó, y esa evolución es el fenómeno más característicamente determinante de la evolución general de la humanidad. El Renacimiento, al mismo tiempo que cerró la Edad Media, sintetizó su experiencia; y nuestro sublime Dante es el ejemplo de eso en carne, hueso y alma… Ahora, en el Renacimiento como en la Edad Media, el concepto de Estado, bárbaro y primitivo, era de que el Estado, o la Nación, existía simplemente para crear y mantener su propia grandeza. El progreso humano —piénsese lo que se quiera de él— destruyó este preconcepto provinciano. Llegamos hoy a un nuevo concepto de Estado. Ninguna nación tiene derecho a existir si no contribuye en algo al progreso general de la humanidad, si no es un imperio en el sentido más alto del término— un foco de expansión de ideas y de mejorías que beneficien a todo el mundo. Es este el destino que el Renacimiento grabó para Italia —la Italia mártir, dividida, más grande. La Italia unificada ha fallado en esta misión. Podemos hasta pensar que la unificación fue un error… ¿Qué ha dado la Italia unificada al mundo? Nada. ¿Qué dio al mundo la Italia dividida? Todo. Ahora, el mal del fascismo es que es la última consecuencia de la Italia unificada. Mussolini es, como todos los locos, un primitivo cerebral. Revierte, por instinto nervioso, a los conceptos ya extintos en la humanidad civilizada. No consigue elevarse por encima del ideal muerto de la “grandeza nacional”. Para él Italia es todo, pero como Italia solamente, y no como maestra y perfeccionadora del mundo. Mussolini trajo a Italia, y con eso trajo la civilización, porque Italia y civilización son sinónimos…

Algo en el tono de nuestro entrevistado —una vacilación sutil, una vaga indecisión— nos toma de repente y de repente preguntamos:

—Pero, ¿Mussolini estará tan loco como eso? ¿Mussolini hará todo eso por engaño, inconscientemente?

Por la cara del antifascista pasa algo parecido a una sonrisa. Pasa… y queda una expresión que es más de preocupación que de tristeza. Levanta un poco la cabeza y, después la deja caer, diciendo:

—El mundo está dirigido por fuerzas especiales —muy especiales— de las cuales el fascismo es apenas una manifestación particular. Entre lo que pasa hoy en China y lo que pasa hoy en Italia hay una relación íntima, que, en el fondo, y en los elementos verdaderamente dirigentes —no me refiero ahora al pobre Duce— es perfectamente consciente. Pido su atención para lo que le estoy diciendo, y para su memoria, de aquí a diez años, de lo que hoy me ha escuchado decir… Usted es joven; no podrá dejar de estar vivo en esa fecha.

(…)