Calle Caulaincourt, crónica de Alfredo Fressia



Leemos al poeta uruguayo Alfredo Fressia (Montevideo, 1948). Círculo de Poesía y Valparaíso México publicaron el volumen de poemas Susurro surDesde 1976 reside en San Pablo. Ha publicado, entre otros títulos, Un esqueleto azul y otra agonía (Montevideo, 1973, Premio MEC); Clave final (Montevideo, 1982); Noticias extranjeras (Montevideo, 1984); Destino: Rua Aurora (edición de autor, San Pablo, 1986); Cuarenta poemas (Montevideo, 1989); Frontera móvil (Montevideo, 1997, Premio MEC); El futuro/o futuro (bilingüe español-portugués, Lisboa, 1998); Amores impares, collage sobre textos de nueve poetas (Montevideo, 1998); Veloz eternidad (Montevideo 1999, Premio MEC); Eclipse (Montevideo, 2003 y México, 2006); Senryu o El árbol de las sílabas (Montevideo, 2008, Premio Bartolomé Hidalgo). Aquí leemos una de las crónicas de Ciudad de papel (São Paulo, Lumme Editor, 2010).

 

 

 

 

Calle Caulaincourt

 

Domingo de mañana. Me bajé en Batignolles para comer algo en el café de Jacky, pero es domingo y está cerrado. Sigo a pie hasta la plaza Clichy, puede ser que encuentre algo abierto, después subiré la calle Caulaincourt hasta la casa de Jean-Francis. El apartamento de Jean-Francis es triste y lindo, una buhardilla en un callejón sin salida cerca del metro Lamarck-Caulaincourt. El problema es subir la calle Caulaincourt, que es curva, en repecho y parece no acabar nunca, como en las pesadillas.

Era claro que todo iba a estar cerrado en la plaza, tenía que haberlo previsto, considerando mi suerte. Me siento un momento en una acera, porque esta plaza no tiene bancos, no es más que un corredor urbano, desierto a esta hora. Miro el boulevard Clichy, las puertas cerradas de la librería donde Jean-Francis trabajó varios años y que en sus buenos tiempos abría hasta muy tarde en la noche. Cerca está la joyería La Turquoise, donde los travestis brasileños llevan los cheques. Muchos clientes les pagan con cheque y ellos no tienen papeles, no pueden abrir una cuenta bancaria para depositarlos. La dueña de La Turquoise, Madame Bordelais, por pura gentileza, y mientras esto no le comprometa su declaración de impuestos, deposita los cheques en su propia cuenta y les da el dinero. Es una gauchada, si puedo usar esa palabra aquí, sentado frente a la plaza Clichy, pensando en las dificultades de los travestis brasileños. Una gauchada es lo que yo precisaría ahora, alguien que me llevara a casa de Jean-Francis. Soy joven todavía, es cierto, tengo treinta y pocos años. Pero hoy dormí poco, siento frío, tengo el estómago vacío y poca suerte.

En la mitad de la plaza se levanta el monumento al mariscal Moncey, el que defendió París, al fin del imperio napoleónico, contra la invasión rusa. Pienso que los travestis están acá para juntar plata, y también sueñan con nobles rusos (pero pueden ser ingleses) que se enamoran de ellos. A veces logran lo primero y vuelven a Brasil con plata como para comprarse por lo menos un apartamento. Yo no tengo ninguno de esos proyectos. Pero desde 1978 vengo aproximadamente cada dos años. Este promedio durará hasta mediados de la década de los ochenta. Vengo porque pertenezco a otra tribu errante, la de los exiliados. Vengo a encontrar a mis uruguayos, a saber noticias, de ellos, de mí mismo.

Reúno fuerzas y me levanto de la acera frente a esta plaza desierta. La plaza Clichy un domingo gris de mañana en invierno: un buen resumen del desamor. Ese es mi sentimiento por París en esa época. Las muchachas que pasan apresuradas trabajan en Pigalle, en la plaza Blanche, o en Rochechouart, ya se sabe. Los otros transeúntes son turistas que van a la basílica del Sacré-Coeur, esa iglesia más fea que la plaza Clichy o a comprar recuerdos con los pintores en serie de la plaza du Tertre. La plaza Clichy los domingos de mañana no existe, o se me confunde con la grisura general de exilio.

Empiezo a subir el repecho de la calle Caulaincourt. No miro nada, o sí, miro la acera y los árboles, enormes. A estos los franceses los llaman sophoras. Pienso en las aceras rotas de Montevideo y en los paraísos en los que trepaba de niño. Vengo a París también para tener noticias de Montevideo. Vivo en San Pablo, soy profesor en la Alianza Francesa local, vengo a París porque tengo la casa de Jean, donde me instalo como él se instala en la mía en San Pablo. Las noticias de mi Montevideo imposibles son el aire, a veces viciado, que respiro durante muchos años.

Por eso necesito a mis amigos, sobre todo a mi Trinidad Non Sancta, Juan, Jean, Adalberto. Juan Introini, claro, mi amigo desde la adolescencia. Es profesor de Latín en la Facultad de Humanidades. Tantos años de estudios, tanto talento, él y Jorge Cuinat, y un día los echaros de la Universidad. No eran confiables. Un profesor categoría A los habrá reemplazado. Porque hay ciudadanos A, ciudadanos B y ciudadanos C. Cuando me echaron a mí del Uruguay esa división en categorías todavía no existía, o no tenía un nombre, esas tres letras. Me fui a San Pablo en silencio, que nadie se diera cuenta, mi exilio fue sin ninguna categoría. De mis varios delitos creo que el peor consistía en ser amigo de un preso político, el pobre Nelson Marra. En ir a la cárcel de Punta Carretas todos los sábados, infaltable. La fidelidad no se perdona. Ser un hombre honrado, practicar la amistad, la solidaridad, eso no se perdona en una dictadura. Hay siempre un consenso implícito en las dictaduras, la idea de un mal menor, un espacio sin valores donde medran los oportunistas. También por eso la dictadura es terrible, y no sólo por el régimen <<de fuerza>>. Pienso en la demolición del IPA, no puedo evitarlo.

Paro un minuto para recobrar fuerzas, estoy en el puente de la calle Caulaincourt sobre el cementerio Montmartre. Lo quiero a este cementerio. Pero es que me gustan todos los de París. En los años setenta y en los primeros ochenta los cementerios son lo único que amo en esta ciudad. Me prometo venir estos días a visitar las tumbas de mis muertos queridos del Montmartre: Alfred de Vigny, Stendhal, Berlioz, Théophile Gautier, los hermanos Gouncourt, Vaslav Nijinsky y, por qué no, Émile Zola. El periplo no será pequeño. Y en el cementerio de Montmartre hay que mimar a los gatos, al menos darles de comer, o darles calor, para conjurar la mala suerte.

Vengo a París con obstinación para pasar los tres mese de mis vacaciones escolares brasileñas, es decir, siempre en invierno europeo, para encontrar el calor de los amigos, las charlas, la esperanza. Recorro siempre mi periplo de los <<Refugiados Políticos>>, así dice en sus documentos. Voy a ver a mis uruguayos de Grigny-La Grande Borne. Pero están los de la Porte des Lilas, los que estudian y viven cerca de la calle des Écoles. Son tantos. Yo los necesito a todos.

Justamente esta mañanita estoy llegando de Grigny. Es una periferia lejana. Nos reímos: La Gran Puta sería un nombre más adecuado que La Grande Borne. Tenía una cena anoche en casa de Jean Stern, un militante gay francés. Éramos dos invitados, un militante holandés y yo. Pero quiero quedarme en Grigny, lo llamo a Stern, no puedo ir, nunca llegaría a la calle de Turenne, estoy atrapado en un embotellamiento, en Grigny. Stern ya entendió todo. No puedo y no quiero dejar a mis amigos, él lo sabe. Después conoceré al holandés, él y yo escribiremos alguna nota para la revista Gai Pied. Pero ahora mi urgencia son los uruguayos.

Terminé por dormir en La Grande Bourne, me desperté temprano, tomé un mate lavado y volví en tren a la Gare de Lyon ahora de mañana. ¿Qué hacen los uruguayos cuando se juntan en Grigny, la pobre, o en la calle des Écoles, más rica, o al menos más intelectual? Toman vino, recuerdan. Algunos hacen proyectos. Yo recompongo el cuerpo muerto que nos une. Se llama Uruguay, es inmenso. Es gigante lo que nos ocurrió, gigante la pérdida. Hace años que nos reencontramos y siempre volvemos a esa perplejidad, nos reunimos para contemplarla, para medirla, es una ausencia hablada. Nos contamos historias.

¿No sabían la historia de Gustavo M.? La sabían; nos la volvemos a contar siempre. Fue a Cuba a entrenarse para la guerrilla. Tuvo algunas crisis nerviosas, lo internaron. Al fin la dirección de la guerrilla renunció a él. Lo mandaron a Varsovia, que hiciera o que quisiera. De allí se vino en tren a París. Lo veo una vez más. Somos jóvenes, muy jóvenes. Fue en 1978, me llama por teléfono, está en Asnières, un suburbio, quiere morir. Paso todo el mes de enero con él en Asnières. Años después me contará. No se mató porque mi presencia le devolvió algún sentido a la vida. <<¿Y eso es bueno?>>, le pregunté. No acusa recibo de mi guasa, me garantiza que sí. Sé que vivo para mis uruguayos, para que no pasemos el borde, para recordarlo: estamos frente al abismo.

En la calle Caulaincourt, después de la curva más grande, hay una plazoleta. Se llama Place Constantin Pecqueur, es cerca de la casa de Jean. No sé quien habrá sido Constantin Pecqueur, pero quien hizo la plaza tuvo piedad de los peatones, la llenó de sophoras. París también tiene sus respiros.

Pienso en la vida cotidiana de los uruguayos exiliados. Los de Grigny tienen hijos. Los niños hablan mal el español, tienen dificultades. Viven en edificios enormes, bloques sin identidad. Allí viven uruguayos, argentinos, chilenos, brasileños, vietnamitas, muchos africanos tanto del África ecuatorial como del Magreb.

Estoy casi llegando. Atravieso la cuadra con los estudios de la Pathé, la compañía de cine que creó mundos cosmopolitas, historias de pacotilla. Hoy esos estudios están desafectados, deben albergar sólo fantasmas. Jean-Francis es su vecino.

Duerme cuando llego. Preparo el café y mis recuerdos. Pienso en Juan y en él, mis <<dos Juanes>>. Jean-Francis Aymonier es mi apoyo, mi puerto seguro, hace tantos años, desde marzo de 1977, diría él, que es muy preciso con las fechas. Había ido a San Pablo a casarse, los veo llegando en taxi a los dos novios, para buscarme en la biblioteca de la Alianza Francesa. Me llama el portero, tengo que bajar corriendo, conminado a subir al taxi. Logro caber entre el ramo de flores, la cola del vestido de la novia, Jean radiante dentro de su traje, hecho para la ocasión. El casamiento podrá no durar no mucho tiempo, pero vendrán otros amores, en San Pablo o en París, atravesaremos la vida juntos, indiferentes a los cambios de hemisferio. Jean, que no habla español, el más uruguayo de los franceses, irá a Montevideo, a casa de Graciela Míguez y de Juan Introini, me traerá noticias, será amigo de mis amigos.

Muchos años después -el 17 de mayo del 2000, me lo recordaría él- tendrá que pasar por su forma de exilio, el accidente de tránsito. Jean, corrector de un diario en París, está llegando en moto a su trabajo, la mala suerte, con casco y todo, el golpe en  la nuca contra el cordón de  la acera. Jean cuadripléjico. Jean el fuerte. Durante algún tiempo está tentado por la muerte, quiere morir, me lo pide. Dice: <<Mátame>>. Me contagia el desaliento, llego a pensar seriamente en ese periodo final. Pero el espíritu vuelve, las ganas de vivir a pesar de todo. Treinta años después Jean y yo seguimos conversando, a veces en silencio o nos colgamos a ese teléfono de Internet con el que me llama, durante horas los fines de semana.

Los amigos de los uruguayos, se <<uruguayizan>> también, y todos nos contamos historias para sobrevivir. Las precisamos. Durante años Roque y Esther Seixas, mis amigos gaúchos, han vuelto a Brasil después de décadas en Montevideo, me llaman desde Río Grande, hablamos de los presos. Nos cuesta hablar de los desaparecidos. Margarita, la Flaca, está desaparecida, fue en Buenos Aires. Los tres lo sabemos. Pero precisamos el relato salvador. Alguien en Montevideo dijo que la Flaca se casó con un violonchelista búlgaro de la sinfónica de Buenos Aires. Que tuvo hijos. Nos repetimos este relato, siempre, nos aferramos a él, no mencionamos que probablemente está muerta. Llego a París y punto: la Flaca está casada, vive, tiene hijos en Buenos Aires.

Sí, dice Daniel, el uruguayo de la Porte des Lilas, él lo supo, Esther le escribió desde brasil a Roberto en Grigny. Daniel se casó con Beatriz la argentina. La policía la buscaba, era en 1977. Encontraron a su hermana, a la salida de un subte. La mataron porque la confundieron con Beatriz. Alguien logra avisarle a Beatriz. Que se fuera, adonde pudiera. Un comisario de la ONU la recibe en la madrugada, logra embarcarla a París. Ella cargará la culpa de una hermana muerta en su lugar. Esther me llama desde Río Grande, supo que Daniel se casó con una argentina, es refugiada, tendrán un hijo. Salvaron sus vidas, repite Esther.

Adalberto, mi amigo de Ribeirao Preto, el que un día vivirá en Maringá, prepara su maestría en París. Antes de viajar, en 1980, Adalberto de Oliveira Souza va a Asunción. Lleva libros míos a Josefina Plá, vuelve con fotos y regalos de Josefina, incluidas sus últimas plaquettes de poesía. Esas fotos de Josefina serán de las pocas imágenes suyas que se salvarán, son un documento, Josefina entre sus gatos. Las haré publicar años después, en 2003, en cierto libro-homenaje que le dedicará a su memoria la alcaldía de su lugar natal, La Oliva, Fuerteventura, en las Canarias. De Asunción Adalberto baja a Buenos Aires, en tren. De Buenos Aires también volverá con noticias de los padres de G., el que había abandonado la vida religiosa, esos muchachos, y se había ido a vivir a Brasil sin dar explicaciones, primero a San Pablo, después a Recife. Adalberto sigue a Montevideo, estará con Juan Introini, con Miryan Pereyra, me hará el informe de la situación. Repetirá sus informaciones en París. Adalberto, el amigo de Alfredo, como Jean, incorporados a la espera de los exiliados uruguayos.

Hasta Ivo, mi amigo checo, circulará en la órbita de los uruguayos y el exilio. Ivo era el contrapunto necesario de los exilios uruguayos, era el hombre atrapado en otra de las pesadillas del siglo XX. Católico y físico nuclear, Ivo tenía veinte años en la primavera de Praga, apoyó a Alexander Dubcek, arrojó piedras contra los tanques rusos, lloró la derrota, la vivió como una violación.

Somos amigos desde 1978, cuando voy a Roma a pasar enero con Juan Introini, en la pensión del estudiante del Trastévere. Expulsado de la Universidad, Juan recibe del gobierno italiano una beca para perfeccionar sus estudios clásicos. Uno de los estudiantes es un checo llamado Ivo Cáp, que hace estudios en física nuclear. Soy nuevo en Europa, quiero conocer el mundo, Juan se enferma durante mis días romanos –las alergias de Juan, el hígado-. Ivo me dice en su mejor italiano: Te pasearé por Roma.

Y me paseó, por cierto. Porque para Ivo atravesar Roma entera era hacer una piccola passegiata. Teníamos la misma edad –ambos habíamos nacido en agosto de 1948- pero las fuerzas de Ivo eran de otro mundo, para mí al menos. Los primeros días hablamos mucho de la dictadura uruguaya, de la que tenía noticias gracias a Juan. Además, había descubierto que sus conocimientos de italiano le permitían entender muchas frases completas en español. Pero poco a poco el centro de nuestras conversaciones se va desplazando. Ivo no logra callarse, cuenta los acontecimientos de 1968 en Checoslovaquia, la dictadura. Lo desespera que la gente de izquierda en Occidente no pueda entender el crimen que está ocurriendo en su país, en todo el bloque socialista.

Yo trataré de dar voz a su protesta en algunos poemas, pocos, demasiado pocos, sobre la invasión. Hablaré con todos mis amigos, llevaré el tema a los Refugiados de París, como lo llevaré después a Montevideo. Yo soy de mis exiliados uruguayos a mi <<insidiado>> checo en Cárpatos eslovacos, donde él da sus clases. Aprendí que oírse ayuda a sobrevivir, a aliviar las lastimaduras de la historia.

Al fin de su período de especialización Ivo Cáp intenta prolongar sus estudios en Roma, pero la autorización le es negada por el gobierno de su país y vuelve a Eslovaquia, de donde ya no podrá salir. El único modo de vernos consistirá en que yo vaya, para mí es fácil obtener la visa de las autoridades checas. Eso sí, necesito presentarme <<frente a las autoridades policiales durante las primeras 48 horas de estadía en territorio checoslovaco>>, advierten en francés las visas concedidas. Las piccole passegiate, enormes, serán ahora en Praga, en los Cárpatos, en Bratislava. Y seguiremos contándonos historias de resistencia a las dictaduras, en plural. Sé que Ivo me lleva a las iglesias barrocas o medievales y aprovecha para rezar. No podría hacerlo sin mí. Si  lo hiciera sin una excusa turística podría ser dimitido de la universidad. <<Pero por lo menos acá no te morirás de hambre, como en Occidente>>, le recuerdo. No, pero lo humillarán, lo pondrán por ejemplo de portero de algún edificio, y él quiere estudiar.

Desde Paris iré en dos ocasiones a Checoslovaquia, en 1982 y en 1985. El <<socialismo real>> dejará de existir pocos años después, pero en los ochenta no lo sospechamos. Ivo me espera fielmente en la otra punta de las diecinueve horas del tren de Praga. Jean y Juan me dejan en la Gare de I´Est, Ivo me recoge en Praga-Centro al día siguiente. En el medio hay una frontera de alambres con púas y soldados, se llamaba <<cortina de hierro>>. En los ochenta también ignorábamos que vendrían fronteras peores.

En Bratislava, la última noche, era enero de 1985, Ivo no se contiene. En un restaurante elegante, frecuentado por la nomenclatura local y que puedo pagar porque cambié francos franceses en el mercado negro –es en una torre futurista sobre el Danubio, y el local parece girar- Ivo llora. No sé cómo reaccionar, no sé cómo se consuela a alguien tan enérgico y lleno de fe como Ivo. Somos dos locos indignados, lloramos las dictaduras no nacimos para aceptarlas.

De Bratislava vuelvo a Praga en el tren nocturno, para seguir a París. Es la primera vez que estoy sin Ivo en Praga. Paso por la casa de Pavel y Klara, dos amigos suyos que aprendí a estimar. En el café Europa, sobre la plaza Venceslao, donde el régimen tolera una mínima vida gay, le escribo a Ivo una tarjeta postal, que envío abierta para que llegue. Pero va escrita en italiano. Mi tarjeta no llegará nunca. Ivo sabe lo que escribí en ella.

Pero en aquel enero de 1985 son más alegres los fines de semana con los uruguayos, y hasta los almuerzos cotidianos con Adalberto en los restaurantes universitarios de la calle Cîteaux, o de Jean Calvin. Festejamos la vuelta de la democracia. Yo todavía tengo algunas aprensiones, pero se siente la felicidad en el aire. Pesa menos el repecho de la calle Caulaincourt. Juan Introini pasa el mes en París. Ya ha escrito la mayor parte de los cuentos que integrarán su libro El Intruso. Yo conocía algunos de ellos, ahora leo el conjunto, es estupendo.

Jorge Cuinat está viviendo en París, tiene una beca de la universidad venezolana donde trabaja. Estudia a Cicerón. Morirá en agosto del año siguiente, el día de su cumpleaños. Los problemas cardíacos, el exilio para complicar esos problemas. Pero durante el mes de enero estamos todos juntos en París, Juan Introini, Adalberto, Jean-Francis, es decir, la Trinidad Non Sancta, y Jorge Cuinat, y todos los uruguayos. Casi todos se preparan para volver.

Una noche Jorge viene a buscarme a la calle Caulaincourt, quiere que pasemos la noche en su casa, cerca de la plaza d´Italie, ya compró el whisky. Será nuestra despedida. Juan ya se volvió a Montevideo, yo me volvería a san Pablo dos días después, y ya no vería más a Jorge. Una parte de él lo sabe, de ahí esa despedida, regada de alcohol, y debidamente autorizada por el médico. Revisamos nuestra adolescencia en el barrio del Reducto, la calle Marsella, donde ambos habíamos vivido –Introini vivía cerca, en Marcelino Sosa-, los compañeros de IPA, siempre el IPA tan amado, los de Humanidades, cada uno de ellos, y cada año, antes y después del exilio. Jorge habla, yo sé que lo necesita, que es preciso que lo haga porque después ya no habrá tiempo. No volverá vivo a Montevideo. Lo espera una operación en el hospital Pitié-Salpêtrèire, y algunos meses de vida, fuera del país.

Ese mes de enero, el más liviano de mis inviernos en París, vamos a exposiciones con Jorge y las personas de mi Trinidad. Visitar el museo Rodin, que a Jorge le gusta tanto, pasar una tarde en Versalles, asistir a Tristán e Isolda de Wagner en  la Ópera, y porque Jean había comprado la entrada meses antes, y yo entro en su documento de identidad. Vamos a teatros en Chéjov por la Comédie-Francaise, en Saint-Denis, tomamos champán ofrecido por Jacky en su boliche de la avenida de Clichy porque ese año yo le llevé desde brasil las banderitas del equipo de fútbol de San Pablo y Río que él expone en su café. Es el año que pasamos una semana inolvidable en la casa de campo de Jennifer, la madre inglesa de Jean, en Normandía. Recorremos las playas, desde Honfleur hasta Cabourg, reaprendemos la felicidad. Con Jean haremos una escapada de algunos días a Italia, adonde yo no iba desde los tiempos de Juan Introini en Roma.

Me doy cuenta de que nunca había paseado por la calle de Rivoli, o por la plaza de Vendôme, como si en París siempre anduviera de paso y con prisa. Fui mucho tiempo el hombre que subía la calle Caulaincourt como si cargara un mundo en mis espaldas, recorro barrios alejados, demoro en conocer o en apreciar los lugares celebrados, al menos con esa alegría sin reglas ni compromisos que también es un derecho. Lo mismo fue en Montevideo. Mucho tiempo yo sólo conocía la calle Minas donde nací y la calle Marsella donde viví tantos años. Demoraré en conocer el centro. Todo demora en mi vida. Por eso me deslumbra estudiar Literatura, porque descubro el mundo, que estaba escondido para mí. Soy y seré siempre el muchacho de barrio asombrado en el café Sorocabana, alguien que precisa oír y aprender.

En este enero o febrero de 1985 tomo café con Jorge en la calle Soufflot, y una tarde parecer dos turistas. Adalberto se nos junta, habla un español extraño pero no quiere ser identificado por los reales turistas brasileños que llenan el café frente al jardín de Luxemburgo. Nos reíamos. La frase en español de Adalberto: <<Estamos felices hoy>>, con destaque para el <<hoy>> pasará a nuestro folclore parisiense, con Juan Introini la decimos hasta hoy. Por cautela, seguramente.

Escribo estos recuerdos en el año 2000, cuando no está especialmente en mi horizonte viajar a París, Jean ya no vive en la calle Caulaincourt, la propia Checoslovaquia ya no existe más, los travestis brasileños parecen haber cambiado París por Milán o Barcelona y los exiliados están todos de vuelta en Uruguay, o por lo menos vuelven a Uruguay con la frecuencia que desean. Yo sigo sin saber quién fue Constantin Pecqueur, pero confieso que me sentaría una última vez en la plazoleta después de la curva grande de la calle Caulaincourt, bajo los sophoras, y miraría aliviado las aceras que bajan hacia el cementerio, Clichy y la estatua lejana de Moncey.

 

 

 

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