Muestra de poesía colombiana



Leemos poesía colombiana de autores nacidos en la década de los noventa. Leemos poemas de Nicolás Peña Posada (1991), Laura Andrea Garzón (1992), Ana López H. (1993), Kirvin Larios (1993), César Cano (1994) y Paula Alejandra Castillo (1998). Esta pequeña muestra fue preparada por Christian Rincón, director del proyecto cultural La Pájara Pinta.

 

 

 

 

 

Kirvin Larios
(Barranquilla, 1993)

Es autor del libro de relatos Por eso yo me quedo en mi casa (2018). Ha publicado crónicas, columnas y reseñas en El Malpensante, Arcadia, Bacánika, El Tiempo, El Espectador y en la Revista de la Universidad de México. Poemas suyos han sido publicados en las antologías Nuevo sentimentario (2019) y Como la flor. Voces de la poesía cuir colombiana contemporánea (2021). Durante más de un año estuvo a cargo de la página cultural del diario El Heraldo.

 

 

 

Desayuno

 

Voy a meterme en la boca un trozo de pan
no importa que esté rancio o esté duro
o que las moscas y otros dientes
se hayan cebado largo tiempo con él
Tan sólo me llenaré la boca
de una sustancia concreta
un pan blanco que al comerlo me haga pensar
en la orfandad de la mordedura
No exigiré que me sacie o alimente
a su manera cada mordisco sabrá decirme que
también la orfandad es una masa inflable
un trozo de mendrugo que atorado en la garganta
incluso con una bebida caliente y
varios puñetazos en el esternón
cuesta tragar

 

 

 

 

Regalo

 
Hoy estoy triste como si existiera
y me hubiera dado cuenta hace apenas cinco minutos
cuando salí de la casa y empecé a caminar
por una cuadra repleta de aceras desniveladas
y de fachadas blancas
magníficamente enrejadas con blancos barrotes…

 

 

Quería emprender una caminata solitaria
encontrar el amor en una esquina transitada
ser elegido por un vendedor de frutas
Quería encontrar vegetales frescos y a buen precio
un columpio en el cual mecer los últimos días de la juventud
pero caí de bruces sobre los precios altos
sobre la confusión de los semáforos
y ante los gestos aturdidos de tanta gente
no supe qué hacer…

 

 

Delante de mí
vi la calzada que debía atravesar
y quise desaparecer lentamente como la promesa de un amor
Quise ofrecerle a un desconocido
la última sonrisa, y el último llanto, la última arcada
la prueba definitiva de mi paso por esta calle…

 

 

 

Esta calle por la que sólo dejan su huella los buses y los atropellados…

 

 

Pero estoy triste, triste, tristísimo
No sé qué tristeza es esta la que
me inunda el torrente y me deja
vagando sin corazón, sin brújula para
poder decir: he aquí el camino o mi dirección,
he aquí el puerto hacia el cual me dirijo con prontitud
estas son las flores que quiero para mi tumba
este el último regalo que traigo para ti

 

 

 

 

Tumbatecho

 

La brisa
que pasa por la cuadra se está llevando
los tejados de las casas
ahí va un vecino volando
sonríe en lo alto
no sabe que al caer le espera
un poste de luz con su enredo
de cables eléctricos
amortiguarán su descenso
pero lo dejarán tostado y tieso
en pleno día

 

 

 

 

Laura Andrea Garzón
(Bogotá, 1992).

Literata y maestra en arte con énfasis en proyectos culturales. Magíster en Escritura Creativa de la Universidad de Iowa. Se ha desempeñado como docente, tallerista, curadora, editora y periodista. Sus áreas de interés son la intersección entre imagen y palabra en diversos formatos, la creación intuitiva de narrativas que ocurre en el día a día en la vida doméstica y la configuración de una identidad personal a partir de elementos como el alimento, los saberes tradicionales y las historias de familia. Ha publicado en revistas como El Malpensante, Matera y Cerosetenta. Sacó su primer poemario, Doméstico, con La pájara pinta en julio de este año.

 

 

 

perejil

 

I.

 
la raíz del perejil es materia más sólida que mi mano          mi cuerpo
se ve halado por ese cuerpo más denso
y en lugar de que la arranque
me arrastra ella           me va a r r a s t r a n d o
haciéndome campito
yo
que e s c a s a m e n t e podría ser
acaso
una hoja
 

 

II.

 
qué puede mi fuerza entonces
                                                                        nadie ve el perejil y piensa en su insistencia
                                                       nadie ve el perejil y piensa en cuántas veces el retorno
apenas con un residuo
con el rastro que quede          volver

 

 

III.

 
la raíz que se ha secado es pelo punta abierta
hay que arrancarlo
quitarle la tierra para que no vuelva a la tierra
desmenuzar las fibras
molerlas hasta que no haya cadáver

 
                                          pero lo que digo no es la muerte

 
nadie ve el perejil y piensa que la muerte no tiene cabida
que todo entierro es un retorno
nunca acaba    en lo oscuro
fue el inicio
y sobre sí vuelven todas las cosas

 
lo que hago no es la muerte

 
qué puede mi fuerza entonces
sino aceptar
la circularidad del tiempo

la humedad al fondo de lo árido

no existe
lo marchito
sin que allí palpite
f u t u r o

 

 

 

 

suculentas

 

y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada
Miguel Hernández

 

no hace falta
tampoco
tanto peso

 
aprenden a aferrarse las formas ligeras

 
decimos
              un piecito
                         “plantar un piecito
                                                    y de un corte el jugo se multiplica

 
en la suavidad de esta violencia
no es posible decir “hasta a c á”
porque justo ahí
retoña
el cuerpo         se multiplica
y lo blando de todos su órganos está listo
para que al corte
sepan surgir de nuevo

 
o sepan también ser carne dócil
para los pájaros
 
 

 

 

interiores

 

I.

sale de tu boca
            una enredadera
que cubre de silencio lo que ha ido escapando
 

regresa
 
al centro que le fue ajeno
buscándolo a ciegas

 

 

II.

una pulsión
que nace de la tierra
nos arrastra
          tan despacio
          casi nadie lo nota
ya no al mar
sino al nacimiento del agua

 
vamos al inicio
un punto de luz
que se abre paso entre el sedimento

 

 

 

 

 

Nicolás Peña Posada
(Bogotá, 1991)

Literato y Maestro en Arte de la Universidad de los Andes. Magister en Creación Literaria de la Universidad Central. Actualmente es docente universitario en la Fundación Universitaria Konrad Lorenz donde además dirige la revista Suma Cultural. Ha publicado los libros: Mi madre es la única que lee mis poemas, Cocinar no es para todos los poetas y su tesis de maestría titulada: La abuela nunca llora cuando corta las cebollas. Sus poemas han aparecido en la Antología de poesía joven de Bogotá: Pecados capitales, libro editado por ediciones Exilio, y en diferentes revistas nacionales e internacionales, entre ellas: Raíz invertida, La otra (México), Sombralarga,  Otro páramo, etc. Es coeditor y cofundador de Ruido ediciones. Su libro Los desiertos del hambre obtuvo mención de honor en el Concurso de Poesía Tomás Vargas Osoario, y será prontamente publicado.

 

 

 

Este cráneo que llevo a todas partes

 

I
Si un día, yo, quien escribe, quien rompe vasos
quien a diario quema el arroz y se precipita
aquí, en el perímetro de la tierra
enroscado de luz sobre la superficie del agua
un día soleado de los que ya conocemos
con el rumor de las tiendas, esos largos bostezos
de ángeles caídos en el cereal
y el olor a pollo asado los fines de semana

 
si un día salgo y no estoy en sintonía con la velocidad de los carros
no estoy del todo afinado en el canto de los espejos
sino más bien desubicado sobre las cervicales
fuera de órbita, con el peroné y la bolsa del mercado rota
caminando por ahí en los pies que son dos y se oxidan
junto al ruido de los taladros y el telencéfalo encendido

 
yendo al trabajo, al oficio o a la cafetería por un roscón
un roscón y un café con dos bolsas de azúcar
distraído y endeble bajo el movimiento de las nubes
junto a la columna vertebral y estas cuestiones
relativas al amor o a lo que sea, pero voy
y tengo casi todo para ser lo que llaman un hombre:
me limpio las orejas cuando salgo de la tierra
como carne en porciones pequeñas para no atorarme
me enternecen los ancianos cuando silban
canto y sufro al ver el doblez de las servilletas

 
si ese día, entonces, no reconozco las distancias
me pierdo observando las dimensiones de un salero
me mareo en la cervical y de repente abro mi corazón
destapo mi pecho y preciso: un campo de girasoles
pétalos amarillos que dan vueltas en las venas

 
¿qué haría yo, entonces, con todas esas espinas?
¿en dónde escondería al hijo enfermo de mis pecados?

 
por favor:
alguien que me diga lo que le pasa al intestino
alguien que me afirme la existencia de los músculos y la tráquea
alguien que me diga si es cierto el olor de la cebolla vencida al fondo de la nevera.
 

 

 

II 
Entonces, cómo reafirmarnos en el traje y las cremalleras
aceptarnos en el borde del cráneo y los cordones sueltos
salir y ver en el mundo los meridianos y el artificio de las lámparas

 
quién este que compra carne en el supermercado
dos libras de chatas, por favor, y una de molida
este que se arropa y lava la loza día de por medio
aquí, ubicado en el fondo de los sifones y las frutas

 
porque a veces vuelvo a las calles
y me da por la lluvia
la lluvia y las cometas
la lluvia, las cometas y el olor a ají en las empanadas
o me da por perderme, entonces, perderme de mí mismo
porque uno es un ser vivo al que le gusta hacer el amor
(como es necesario para la especie)
aunque es cierto que a veces estamos solos
y otras, muchas veces, rodeados de insectos en la mañana
y sabemos que vivir implica usar desodorante
pagar la cuota mensual del carro cuando hay carro
regar el Clonazepam sobre el mantel
hablar a diario de los ladrones que nos esperan en la esquina
el porcentaje cada vez más alarmante de adictos al yoga
y el valor desproporcionado de los inmuebles

 
entonces, digo yo, qué difícil, qué difícil
madre, padre, viejos carpinteros
Dios, hermana mía, vecina Constanza del 309:

 
qué difícil se hace esto de pelar bananos y pensar en la expansión del universo.

 

 

 

 
Mamíferos en el supermercado
o estas cuestiones del domingo
cuando salgo a ver las manos
de la vendedora de aguacates

 

 El que bebe solo se ahoga
la Biblia tiene razón cuando dice:
Porque Dios ama al que da con alegría
no podemos negarnos así de fácil
insistir y perder es necesario
lo confirma Raúl, el peluquero,
este cuerpo como ejemplo y testigo

 
mis amigos, de igual forma
los he visto bajo las sombrillas
derrotados a comienzo de semana
                                      aplastados
en el fondo de los cucarrones

 
y yo tampoco me salvo:
                       las pastillas para soportar el lunes
                       el goteo del ombligo
                       las propias quemaduras

 
es quizá algo inevitable temblar
temblar y sentir el vértigo en la nuca
la gravedad de las cosas livianas
estar con los gusanos y el sudor
en este ritmo de asimilar la vida
el trayecto aleatorio de los empresarios
tratando con oficio el corazón

 
porque hay derrumbes insostenibles
sed, digamos, una sed que quema y nombra
los tres pesos del salario para comprar cigarrillos
cigarrillos y el papel higiénico doble hoja
que nos recomendó el médico
y sobre la piel el hambre, de igual forma
el hambre que hace gárgaras y chuza

 
me parece que no hay muchas veces
esto que dicen en las Escrituras:
justicia en las tiendas
justicia en las licuadoras
justicia para el pobre que nace pobre
justicia para los cerdos y otros animales
en los almacenes de cosméticos

 
por eso digo tanto eso de la sed y el hambre
el querer algunos días afiliarse a la fe
pero no poder colarse en las iglesias
no poder entrar a un restaurante italiano
no poder sacarle el tiempo indispensable a Dios
para decirle que está muy cara la lechuga
que cada vez el pollo sabe menos a pollo
que eso de engañar a la tendera fue por necesidad
y no como dicen los policías por ladrón

 
lo he visto en el barrio:
hombres que se descuelgan
mujeres reventadas en la columna
niños que venden dulces en los semáforos
una larga soledad, de igual forma
mi abuelo cuando murió mi abuela en el 73
un claro ejemplo de que todo pasa
un hecho irremediable para comprobar
la presencia de fantasmas en la azucarera

 
el despojo, las huellas
y uno tampoco es un sujeto aislado
tiene que asistir a las reuniones sociales
generar empleo y hablar de vez en cuando
sobre la importancia fundamental de los derechos humanos

 
pero existe la intermitencia del metabolismo y el desbalance
algunas penas que se quedan a vivir en el páncreas
este sentirse abandonado bajo el cielo
algo así dijo Shakespeare hace cuatrocientos años
un cielo sordo que no nos escucha (o nos ignora)

 
poco a poco la vida se va volviendo un zapato duro
en los trancones, en los corrientazos, en la oficina
voluble ante las altas temperaturas del fogón
pero hay algo más en todo esto

 
mamíferos en el supermercado
que seleccionan la zanahoria y las habichuelas
piden algo de rebaja para el atún
pero no alcanza, casi no alcanza
los ajos, el pimentón, dos bultos de sal

 
y uno tratando de averiguar
          tratando de entender

 
todo esto que se expande
de igual forma

 
se expande y se despliega en el aire como un murmullo.

 

 

 

 

Tengo una docena de botones para apuntar el día y dos ojos listos para cualquier incendio

 

Soy solo
tengo una docena de botones para apuntar el día
me siento y transpiro con el cuero
mi madre cuando me vio nacer lo dijo:
qué ojos tan grandes
y al final exclamó: Dios mío

 
cargo una constelación de lunares en la espalda
algunas mañanas me limpio las orejas
por rutina me he enamorado de hombres y mujeres
de algún par de guantes, de un caballo
del olor de las pequeñas flores cortadas
y la mancha de aceite en la estufa

 
de todo se ve en la villa del señor
perdón por citar tanto a mi abuelo pero eso decía
                           en la villa del señor

 
y yo estoy en mis huesos ¿cómo no?
por acá y por allá paso cantando
un puñado de calcio y vitaminas
un baúl de huesos y dudas
arrinconado, sucio, malcrecido
con el fosfato y los aminoácidos
con el mal aliento y una enciclopedia
para no perderme cuando miro el cielo

 
aunque es cierto que a veces huyo
me desacomodo de tanto en tanto
eso es: me desacomodo y pienso
estas cosas peludas del amor
los abismos en el bolsillo
una manada de caries
y doscientas garrapatas que me nombran

 
de aquí para allá a dónde cojo
no sé si tomarme un tinto o irme a París
y en este verso estoy citando a mi tía Claudia
que hace más de un año no veo
y le gustaba de vez en cuando ir al mar
a escuchar el sonido de las piedras

 
en definitiva
tiendo al desborde de la materia
los besos, el jugo de los soles
estas cosas que se precipitan en la sien
y arbolecen, se levantan, hacen nido

 
ni mal hombre, ni buen creyente, ni hijo sano
una fuerza me hace correr desnudo
correr desnudo por las calles, insuficiente

 
¿y Dios?

 
¿dónde está Dios los lunes festivos?
¿en qué esquina, ciego, pide monedas?

 
me habitan doce moscas y celebro
con fervor celebro un zapato
el arroz que se comen las palomas
las grietas, un pan, el movimiento de las campanas

 
no voy a tener hijos porque quiero que nadie herede mis ojos

 
algunas veces desaparezco y mis padres
y mi novia preocupados, es natural, completamente
natural evaporarse cuando se queda uno todo el día mirando el sol
el sol y los cartuchos, el sol, los cartuchos y los cables

 
en definitiva, me gusta la hamburguesa
el olor del sábado cuando graniza sobre los perros
no estar más en el colegio
los poemas de tierra caliente de X-504
y fracaso, claro, caigo redondo, me embolato
de vez en cuando, mamá
de vez en cuando me ahorco
no voy a mentir
tengo la tentación diaria de la muerte en el ombligo

 
feliz en exceso, un ser dichoso
con las cuatro cordales ya operadas
brillante y sonriente cuando hablo con extraños en el bus

 
en definitiva

 
soy mi propio enemigo y de mí no espero nada
dejo trampas para que me cueste un poco más todo esto:
las visitas, el colágeno, los partidos de microfútbol

 
un amor me quema, lo demás no sé qué es
vivo en silencio y los domingos no me baño

 
que me perdonen por tanto mugre en el poema
he dejado mis papeles abandonados en la lluvia.

 

 

 

 

César Cano
(1994)

 

Licenciado en español y literatura de la Universidad del Quindío. Ha publicado en diferentes revistas, antologías, etc., tanto físicas como digitales. Ha publicado: Tres poemas para sobrevivir en Bogotá (2014); Musgo (2018); Tu perro mueco se comió mis poemas (2019); Perdí las manos (2019); Voy a escurrirme el corazón para hacerte un pintalabios barato porque no tengo dinero pero me gusta verte esa boquita roja (2019); Mi corazón es un templo de monjes borrachos, (2020); Declaración de renta (2020) y Naces, creces, escribes un poema que parece un meme, mueres (Editorial Matrerita, 2021).

 

 

 

Carta de amor a la escritura:

 

Te mando una invitación para que vengas a buscarme en este el rincón de mi lenguaje. Porque no duermo bien ni estoy despierto. Habito este terror de no verte en las mañanas, en el simple terror de que no vuelvas, en el llano terror de que se acabe la magia que dejastes esparcida por el habla. Escríbeme tu dirección en el revés de las palabras, por detrás de lo que dices. Que se me caen los labios, se me seca el pelo y empiezo a evaporarme. Ya no soporto ni la oscura claridad del día, ni sé qué hacer con este amor disfrazo de odio. Inauguro un nuevo idioma con las combinaciones que me dicta el asma, para ahorrarme el aire, para no respirar hasta que vuelvas y me calmes y me evites tener que quemarlo todo con la boca. Solo pronuncio tu piel sobre mi mundo entero es esperarte y no conozco otra cosa que este sueño recurrente que te trae a mi memoria. Nada para mí es más cierto que la ley de atracción que me sustenta, el eje central de mis recuerdos, de que todo es falso o todo me lo invento y sólo es real la sensación de que cruzas por mi puerta y me sorprendes tachando vacíos con tu nombre, cuando me siento en mi escritorio de mentiras a desintegrar la posibilidad de los finales. Porque me veo ahí solo, dedicándome a pensar, como si eso fuera un deporte de alto rendimiento y tal vez me dirían que soy un pensamista si mi pensamiento no fuera algo más parecido a lo que llamamos el delirio, si no me hubiese acostumbrado a sentir en el pecho un montón de cosas que se parten, si no fuera mi pecho un hermoso vitral de escombros, si no fuera mi pecho un derrumbar de corazones.

 

 

 

 

La vida me cogió ventaja cuando paré para amarrarme los zapatos

 
Mi tristeza es algo mínimo
                       pero
me hacen feliz
                       las cosas pequeñas

 
Ya no me quejo:
he mentido sobre mí
lo suficiente

 
       Tengo esta angustia que no significa nada
y ya no me fían en la tienda

 

 

 

 

Poema de amor nº 10

 

Naces, creces,  aprendes a escribir, escribes una plana del amor que tu mamá te tiene, naces, creces, escribes tu primer poema, naces, creces, te queda gustando escribir poemas, escribes sobre árboles y mares, imitas formas, imitas el estilo de tu poeta favorito, naces, creces, viajas, escribes sobre viajes, permaneces inmóvil y escribes sobre quietud, desesperación y hambre, naces y a veces crees que creces  pero estás suspendido en la escritura, del mismo tamaño que tu letra, naces, creces, las editoriales te rechazan, en los premios hacen trampa, escribes, sales en la presa local que nadie lee, escribes, a nadie le importa lo que escribes, ni a ti te importa lo que escribes, solo escribir te importa, porque es más fácil el vicio que la droga, porque es más fácil morir en un poema que vivir de verdad y conseguir trabajo, escribes, sobre continentes que se parten, sobre tus amigos,  sobre personas que crees que odias, que te odian, sobre ti mismo más que todo, escribes, tienes las uñas negras de escribir con tierra, tienes la piel quemada de escribir candela, estás morado de ahogarte en tus escritos, los labios secos de escribir sin aire, escribes, ya no puedes parar y si paras no respiras, naces, creces, te haces viejo,  vas a morir, muy pronto, mueres frente a la misma puta página en blanco del principio.

 

 

 

 

Paula Alejandra Castillo
(Bogotá, 1998)

 

Actualmente cursa el pregrado de creación literaria de la Universidad Central. En 2019 obtuvo el premio nacional de poesía “la palabra espejo sonoro” de la casa de poesía Silva. Algunos de sus poemas aparecen en la antología “como la flor, voces de la poesía Cuir colombiana contemporánea” editada por editorial planeta en 2021. Actualmente trabaja en su primer poemario.

 

 

Besos de cereza

 
Siempre veía cómo las gotitas rojas del Bonice se derretían en su boca y se escurrían por sus dedos.
Le regalé todos mis tazos, la serpiente más larga de plastilina y mi postre del almuerzo,
los días húmedos nos obligaron a construir una casa para las dos en un rincón del jardín de niños
donde ocurrieron las mejores orgías entre las barbies que no querían conocer un Ken,
un sin fin de desayunos hechos con flores de potrero y bolitas de papel crepé.

 
Bajo la mesa de plástico rosada, cubierta por almohadas y cobijas
juntas atesoramos juguetes robados, nubes con las formas más curiosas
y la ternura de nuestras lenguas teñidas de rojo enredándose a escondidas.

 

 

 

 

 

1.

La abuela se baña en el olor del cielo
la niña que siempre ha sido renace,
corre tras los copetones intentando agarrarlos con la punta de la nariz
como si se tratara de una bandada de burbujas en medio de la calle.
Su voz llena el vacío del mundo
en el centro de sus manos quebradas por la vida
guardamos los eucaliptos que la noche arrojó para nosotras.

 

2.

Me gusta fotografiarla.
la memoria se le ha venido agujereando a la par con las goteras de su vieja casa,
ha vuelto a la satisfacción de ver todo por primera vez.
En cada disparo le regalo un pedazo de muerte,
archivo sus gestos en busca de alguna evocación de su vida
sus recuerdos son una foto en negativo imposible de revelar.

 

 

 

 

Cursiva

 
La maestra me obligaba a enredar las letras dibujando serifas al final de cada una,
se entrelazaban como manos y unían sus vidas en contra de su voluntad.
Repetía frenética:  Las niñas escriben en letra cursiva.
Entonces me habría gustado ser niño para poder separarlas, romperlas,
despegarlas de la hoja llena de cuadritos tristes,
meterlas en el lápiz para llevármelas a casa
y liberarlas en las paredes blancas de mamá
libres de renglones y cuadritos.

 

 

 

 

 

Ana López H
(Bogotá, 1993)

Estudió literatura en la Universidad Javeriana y luego cursó una maestría en Literaturas y Culturas Comparadas en la Universidad de Cambridge, donde se desencantó moderadamente de los estudios literarios como disciplina, pero no de la poesía como praxis vital. Actualmente es estudiante doctoral en el Instituto Lozano Long de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Texas, en Austin, donde reside. Su primer poemario, Aquí donde tiemblo, fue publicado en agosto de este año, por Sincronía Casa Editorial. Ana hace parte de la antología Como la flor, voces de la poesía cuir colombiana contemporánea, publicada por editorial Planeta, y la colección digital Cielo desnudo. Ha publicado poemas sueltos en revistas como Río Grande Review, La Caída, PORTAL, El hipogrifo y Liberoamérica. Su poesía es una exploración donde el cuerpo es el espacio en que el universo se pone en disputa. Ana explora la corporalidad, los espacios urbanos, la palabra, el género, el mestizaje y la presencia de lo divino a través de una búsqueda de sentido que recorre las esquinas del dolor y la luz, la calma y la sombra. Usa pronombres neutros y femeninos.

 

 

 

Ancestras

A Irma y Cecilia,
a lo que queda y lo que se esfuma.

 
Yo no me fui,
no he vuelto;
yo siempre estuve aquí
viviendo

 
sin ayer, sin mañana,
ni próximo, ni lejos,
este minuto único
y eterno.
Rosario Castellanos.

 

I
pienso en las manos de mi abuela
moliendo el maíz
moldeando el maíz
envolviendo el maíz
en una hoja de plátano

 
diciéndome que debo aprender
que no debo dejar
que se olvide
que debo yo encarnar
la memoria que a ella
le arrebató
el Alzheimer

 
esa cadencia del cuerpo
que amasa
que muele
que prueba
y olvida y olvida y olvida

 
pienso en un caldo de huevo y arepa
un caldo tardío en la noche
un caldo caliente y potente con
kola hipinto y limón
kola hipinto y limón
kola hipinto y limón

 
mi abuela y sus manos sabias
sus manos suyas
sus manos
áridas

 
mi abuela matando al pisco
en el patio pa’ acompañar el capón
y yo mirando a otro lado
cerrando los ojos
chirriando los dientes
escucho el chillido y
el chorro de sangre en el patio
el machete que
cae
en la sangre
escucho y recuerdo
esa sangre
recuerdo
esas manos
recuerdo
el capón y el pisco
sabroso en la noche
que oculta ese crimen
del patio trasero
y la abuela que mira
que limpia
que olvida
la sangre regada
el machete

 
mi nombre

 
lo amasan las manos
sabias de mi abuela
árida en memoria
mi abuela
que olvida
me le voy
me le esfumo

 
y yo que saboreo
recuerdo
me quiebro y

añoro

 

 

 

 

II

Bajo cada lluvia
podría ser yo quien yace, ahora lo sé,
ahora que he muerto en otro.
Hugo Mujica.


mi abuela me visita en la noche

examina
olfatea y
tantea
los restos de este cuerpo
que somos

 
mi abuela viene en
silencio
se posa en el alba y
me mira la ausencia
que me dejó el jamás
conocerle

 
sonríe y me toca el cabello
suspira y se traga al sol completo
para que el día falte y haya aún
más tiempo de cosquillearme
las certezas y las penas

 
mi abuela acompaña
mi sueño
merodea estragos de nuestras
vidas pasadas

 
juguetea con el recuerdo intangible
de cuando fuimos
mis manos
sus ojos
mi sien
su cara y
fuimos una
ayer
hoy
y para siempre

 
mi abuela se entrega toda a la
luz de la mañana
se resigna a volver otro rato
a la sombra

 
me despide con un beso
en la frente y se va
despacio
tanteando
los bordes de su muerte
prematura

 
los límites de esa vida
interrumpida que yo
continúo
cada vez que despierto

 

 

 

Grito

 

me crece la voz en el mundo
de un cuerpo
que hace rato creía
olvidado

 
me corre la lengua en
palabra y en
eco
grito y gemido
lenguada de pena

 
me corre la legua en tierra dolida
y me sabe a mi grito
urgente de lucha

 
me crece la voz
de otro tiempo
aquietado

 
me corre la lengua
otrora trabada

 
me crece y reboto
revivo
repienso
habito la cuerpa
parada en la cima
aúllo mi afán
insurrecta en vivir