Poesía mexicana: Claudia Posadas



Estamos leyendo a Claudia Posadas. Leemos un poema, “Torre Magdala (Anti troparion neo bizantino de Maitines y las pequeñas horas)”, homenaje a María Magdalena. Posadas es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Fonca-Secretaría de Cultura, 2011 y 2016. De la misma instancia ha sido becaria en el Programa de Intercambio de Residencias Artísticas para Chile (2008), en Jóvenes Creadores en Poesía (2000-2005), y en el Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales con una investigación sobre literatura iberoamericana contemporánea (2002). Ha publicado La memoria blanca de los muros (1997) y Liber Scivias (2010), Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2009, reeditado por la UNAM (2016). Poemas y ensayos de su autoría, además de entrevistas con autores hispanoamericanos de primer orden han sido incluidos en antologías en América Latina y España. Su más reciente publicación es Carmen Berenguer. Plaza tomada. Poesía, 1983-2020 (Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2021), selección y prólogo suyo y nota preliminar de Julio Ortega.

 

 

 

 

 

Torre Magdala *

(Anti troparion. Himno neo bizantino de Maitines y las Pequeñas Horas) **

 

 

No le alces la voz, Pedro, que el sólo especular de su nombre es conmoción en la Fuente.

No la juzgues tú, primera piedra de un túmulo de sigilos,

cólera del camino,

primera mentira de esa cúpula de tergiversaciones levantada sobre nuestros cráneos abiertos,

que tu engañosa prédica,

afincada en las roturas humanas, falta de la piedad, de la transparencia que solía matizar,

suavizar, liberar la carencia en los seres,

ha mostrado tu apostasía contra el Maestro,

contra la conciencia;

tu miseria de espíritu manifiesta en el tiempo, ha exhibido las monedas del señorío feroz que

devoró tu precaria lealtad,

esas que no cayeron de los despojos del Judas colgante,

sino de tu pobre yo herido en nombre del cual abriste no las puertas del templo,

sí el envés de otros goznes.

 

Tú Pedro,

piedra devorante en el infierno de la piedra aunque sólo piedra

tú,

el gran y único traidor,

el que enmascaran, que atavían

el oculto   el que sisea                    en nombre de los Césares,

de los doctores de la ley, de los señores entendidos en los siete dogmas,

ustedes

no la injurien,

que la blasfemia velada en sus cánones,

el evangelio tallado como primer bífido en sus palimpsestos,

serán descubiertos, una por una sus tergiversaciones.

 

Ella, la única que miró al Cristo surgir de los restos,

                                                                                             del no tiempo:

Noli me tangere

                               porque aún no he ascendido hasta mi Padre

(Él dijo),

y ella tomó al Cristo vuelto a vivir, sus cabellos, entre sus manos; besó, olió, estrechó, con amor y temor absolutos, aquella rara materia venida de la inexistencia que la miraba con ilimitable ternura; con su llanto lavó de su rostro el polvo de otro mundo que Él trajo de su incomprensible viaje.

 

Ella fue su testigo:

Tú, María, la mirada, el habla, las manos recibiendo mi linfa,

tú la cura.

 

 

Ella fue completud:

Tú, que con el tacto me has recordado la confluencia creadora; que por tus lágrimas, que por tu amor, que por tu arteria vuelvo, refugiado en tu hipóstasis, aquella que no te han dejado nombrar, hacia la Madre, el Padre y la Sabiduría inextinguibles.

 

Apóstola de apóstoles,
una entre todos, la sutileza que el Cristo solía llamar ante sí para explicarse a sí mismo, para expiar, para lamentarse de aquellos espacios vacíos de su vigilia en los que no se concebía como hijo de Potestad.

 

En los que temía, como una fragilidad temblante y no como Trono,

su cuerpo atado a la cruz con sus propias venas,

la espina clavándose en su desamparada súplica como única corona hacia la nada;

en los que dudaba, saturado de sus perturbaciones,

de las órdenes de un Dios al que no podía ver

y al que sólo escuchaba cuando cierto relámpago quemaba sus pensamientos.

 

Ella, la más querida:

Amado, los esponsales:

tu sangre de otra y elusiva ascendencia,

amniótica,

nutriendo mi copa de oro.

 

No la infames, pues el hombre viene de hijo en hijo a través de la sangre de una mujer.

 

Amado, el único principio del cáliz: la mujer es atanor que transmuta la luz en carne y mundo.

 

Ella es vasija arcaica,

equívoco troparion de la Víspera,

pergamino quebrantable a la luz-al viento;

verdad a punto de la desintegración e incompletas,

roídas sus palabras por algún ocultamiento o por una incomprensible (impenetrable) voluntad de insectos

azar, óxido de siglos

que encubrió el significado exacto del manuscrito,

aunque en el intersticio entre los signos brille el misterio:

ella es el Verbo que no puedes abarcar,

ella el Papiro, jamás el palimpsesto,

ella la voz circundante, nunca la grafía apócrifa,

ella la revelación:

Quien descifre el sentido de esta escritura ganará la vida eterna…

—dijo Él, hace milenios­.

 

Siete esferas de alma diamantina, siete diamantes, jamás siete demonios;

siete secretos del encarnar y la unión definitiva entrevistos en sueños,

Ella:

Amado, siete virtudes para ti que me fueron dichas para la Sanación del mundo.

 

No la toques, no la rompas, no la afrentes,                                                      

no alteres su esencia, frescura danzarina en la ranciedad de alabastro;

hónrala en su atmósfera atemporal,

en su altar a la deriva, barca sin timón ni vela en mareas intangibles donde Sarah,

Hija,

ya veía

y sin embargo desde el puerto del despojo el puerto de la Siembra.

 

Hónrala,

nunca en el rostro descarnado tras la máscara de oro en la cripta de Sant Meissemim de la Santo Bauma,

nunca, porque Nuestra Señora de la Mar jamás se mostraría como finitud siniestra;

dignifícala en sus palabras, testamento vivo:

Amado, en el amor a nuestro propio corazón amante de la estrella está la ruta.

 

A Ella, la enaltecida:

tú mi Torre, no mi cúpula,

tú la secreta Iglesia que velará por mí,

tú mi peregrinar en las eras tú

mi única y verdadera lealtad en este mundo,

no la piedra;

tú, Magdalena,

María,

tú estas manos que no siempre han podido curar el odio a través del cual arde el devenir de lo humano

tú,

mis ojos en esta penumbra;

tú mi boca en esta tierra ajena a mis índoles,

tú que hablarás por mí y que nunca serás desintegrada, destruida, inadvertida

tú,

Apostola Apostolorum

más tú la Fuente, el disolverse

tú esa dicha,

la promesa

                          de ese reino.

 

 

 

* Poema leído durante la Gala de Poesía en el marco del Festival Internacional de Poesía de Pereira, Colombia, Luna de Locos, El Festival, el14 de octubre de 2021.

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=wu2qSRS4nBM&t=2324s

 

 

** El troparion es un tipo de himno religioso de la antigüedad, propio de la música bizantina y que ha sido adoptado en la liturgia del cristianismo ortodoxo oriental. Uno de los más famosos y que aún se interpreta en los ritos de esta iglesia, es “I en polles amarties” (La mujer caída), de Kassia (Constantinopla, hoy Estambul, 810- c. 867), poeta y música del Imperio romano de Oriente, quien es la primera mujer compositora de la historia y de la que se conservan notaciones. Dicho troparion, dedicado a la figura de María Magdalena, reproduce la visión reduccionista, es decir, la mujer pecadora y penitente que la iglesia católica heteropatriarcal ha querido implantar. Sin embargo, a raíz de estudios avanzados de teología feminista, la reivindicación que dicha iglesia ha efectuado en torno a esta figura, y el estudio del evangelio gnóstico de María Magdalena y en general, de los manuscritos no canónicos de la antigüedad, es que su personaje y su misterio se complejiza. Si bien en tiempos de Kassia no se tenía esta perspectiva, estamos seguros de que en algún espacio atemporal, ella recompondría su troparion, puesto que fue una mujer rebelde a su tiempo y a los cánones de la sociedad heteropatriarcal. Éste sería dicho himno. Sin embargo, la pieza original, musicalmente hablando, es hermosa.

 

https://www.youtube.com/watch?v=4DV73tuU_Gk