Poesía de Colombia: Carlos Santiago Amézquita



Leemos poesía de Colombia. Leemos a Carlos Santiago Amézquita (Neiva, Colombia. 1990). Es Magister en Escrituras Creativas, poeta, guionista e investigador. Actualmente reside en México. Ganador del primer premio de poesía en el Concurso Departamental de Literatura del Huila los años 2019 y 2022, y de cuento en la edición 2021. Sus poemas han sido publicados en las revistas Círculo de Poesía (México) y La Raíz Invertida (Colombia)También hizo parte de la antología “Letras Emergentes” (Colombia) y “Como Hermanos” (Argentina) en el 2022. Ha participado en festivales como el Encuentro de Escritores por la Libertad (Caribe, México y Centroamérica) y NUDO Festival de poesía desatada (España) en la categoría de videopoesía.

 

 

Polen de sol

 

I. Prólogo — No lo escribas

No lo escribas todavía.
No.
Deja que caiga lentamente,
como los minerales en el agua;
permite que lo que es soluble se funda
en tu alma hasta hacerse pensamiento,
opinión, filosofía de vida, cualquiera el nombre
atribuible a lo que se dice,
palabra pronta y ruidosa.
Esa primera sustancia, de leve densidad,
es alimento de la apertura;
que se convierta en combustible
para la contemplación y el diálogo,
criterio y alegría estética.
Bebe regularmente de esta dulce conserva
y ofrécela a quienes amas en las tardes de concilio,
en las noches extenuantes,
en las mañanas frágiles
de grisácea intimidad.

Ah, pero el sedimento, lo que el alma no acepta
y se acumula en la oscuridad
con densidad telúrica, esa es la materia
de la que están hechas las cavernas
primordiales, divinas.

Sin embargo, no lo escribas todavía.
Deja que pasen las eras, que se incruste
y deforme tus entrañas.
El viento pulirá los bordes,
horadando lentamente la roca,
esculpirá cañones y respiraderos
para llenarlos de oxígeno, agua y luz.

Toma su tiempo.

Cuando sospeches que la calma se ha instalado,
que la presión del tiempo ha forjado ya piedras
preciosas y rigidos metales, espera.

Rascarán en tu interior un millar de antenas
y afiladas patas como clavos,
deslizándose bajo las piedras,
incubando sus huevos en la humedad;
vendrá quizás el asco o la fascinación
con el chasquido de lenguas que abrevan
sin un segundo de calma en la ribera,
traerá consigo la angustia de la pérdida,
el deseo de gritar a tiempo.
Pero no existe esa oportunidad,
todos los hijos, todos los padres lo saben,
solo existe el testimonio. Espera.
Solo un poco más. Espera.

Cuando sientas como tuyos el hambre,
el miedo, la voluntad punzante,
el amor a la vida, la esperanza
y la excitación de las bestias;
cuando se haya llenado de embriones
pero, especialmente, de ancestros,
de cadáveres tu garganta,
y te esté ahogando el fruto
de una existencia ajena
cuya dimensión demanda
para sostenerse la fantasía
de otros seres semejantes,
entonces, en ese instante,
escríbelo.

No pospongas ni un solo segundo:
besa a tu esposa,
di adiós a tus padres,
cierra la puerta,
y escribe.

 

 

 

II. El llamado

Fui un ave de vuelo corto y tímido
acostumbrado a la firmeza del hogar,
hasta que oí tu canto lejano y me alcé
en un último vuelo             más allá del horizonte
                                               una caricia de amanecer.

Me elevé entonces más alto,
donde no hay tierra ni mar ni calma.
Sentí miedo de escuchar con tal claridad
tu voz,                                   estruendo de nubes y lluvia
brisa helada,
cielos oscuros.

Lejos ya de cualquier paz,
volé hasta el cansancio,
hasta perder la esperanza
y rendido
quise dejarme caer.

Pero no hay fondo ni altura,
no hay abismo,
no hay caída.

Estoy suspendido
en ti.

 

 

 

 

III. Vestigio

Acerca de la raíz de la existencia
tenemos algunas pistas nada más.
Principalmente, el regocijo que despierta
en tu cuerpo la tibieza;
ya sea en el beso del sol
o en la cercanía de otra sangre.
Todas las experiencias
que son acunamiento
traen consigo el rastro
del origen. Y nuestra piel
intuye que no somos
huérfanos.

 

 

 

 

IV. Capadocia

Sobre áridas colinas
hay columnas de roca.

Desde el valle,
sus siluetas
parecen peregrinos
que visten túnicas.

Cuerpos inmortales
encontraron su hogar
en la mordedura del viento,
reclamados por la luz.

Si pudiera orar como las rocas,
por fin me detendría,
me elevaría como un altar.

Pero mi cuerpo,
polen de sol,
peregrina
hacia el subsuelo.

 

 

 

 

V. 2 de julio de 2021

Para Ximena

Antes de esto no hay posibilidad de memoria.
El primer instante del universo
                                    [tus brazos salvando mi cintura
                                    el último litro de oxígeno en mis pulmones]
fue el repentino despliegue del espacio,
alumbramiento de la radiación.
Recuerdo el movimiento ulterior, el segundo
en que todo aquello que podía ser distendido,
                                     [Bajo la superficie del agua
                                     has despertado a los corales,
                                     llevas entre los dedos,
                                     en los muslos,
                                     granitos de arena antigua;
                                     mis manos intuyen
                                     la cálida sedimentación del carbono]
desde entonces fue implicada la existencia en sí misma,
aquello que se puede entender como masa
y energía.

Antes de estas imágenes
filamentos de color surcaban el horizonte.
Conozco ese oscuro límite
                                     [sonrisa que se arquea
                                     en la medianía de la tarde]
donde la luz todavía fluye en densos ríos,
donde giran las piedras inmensas.

Ya no recuerdo otra cosa distinta a ese espacio
                                     [en la montaña
                                     dragones de niebla
                                     mordieron tu cuerpo,
                                     del molde de sus dientes
                                     emergiste diosa
                                     de las cumbres
                                     brizna infinita]
en donde un volcán se yergue
por encima de las olas
fertilizando con su humedad
ardiente
los campos de una tierra
que apenas despierta.