Poesía mexicana: Antonio Rubio Reyes

Presentamos una muestra poética de Antonio Rubio Reyes (Ciudad Juárez, Chihuahua, 1994) perteneciente a su más reciente libro El árbol derribado. Maestro en Estudios Literarios por la UACJ. Publicó Blu (Anverso, 2019), La santa patrona del tex-mex (Crisálida, 2021), Los funerales del agua (Fósforo, 2021) y El árbol derribado (Buenos Aires Poetry, 2022). Junto con Amalia Rodríguez y Urani Montiel recibió el premio de crítica literaria Guillermo Rousset Banda por Cartografía literaria de Ciudad Juárez (Eón, 2019).

 

 

 

 

El árbol derribado
de Antonio Rubio Reyes

Hay un árbol en la casa
I. Aquí yace un árbol.

No es el árbol:
son las palabras
que lo hacen crecer.

Arranca una rama y escucha
el canto del bosque.

Debajo de este cuerpo
planto unos cuantos más:

yo también estoy hecho
de ese lenguaje de raíces.

 

II. Hay un árbol en la casa.

Sus ramas recorren
todas las habitaciones.

En su copa crece tu nombre
como si fuera un fruto.

Si lo arranco puedo escribirte desde aquí:

en mi casa había un árbol
y nadan los frutos
en una sombra del agua.

 

III. Recuerdas, Antonio, el verso de la piedra
amarrada en el cuello del ahogado.

Todos piensan en la agonía
y en la asfixia del ahogado.

Peor es la condena de la piedra
que debe cargar para siempre
con el cadáver de un desconocido.

IV. Abuela pasó toda la vida
diagnosticándose enfermedades ficticias.

Decía que un árbol crecía dentro de ella,
que sus manos estaban hechas de azúcar
por esa diabetes que nunca padeció.

Al final, esa tendencia de la abuela
para inventarse la muerte
fue una cruel traducción
de cáncer en los huesos.

Abuela murió a los 86 años.

Cuando trajeron sus cenizas
las sepulté en el árbol.

Una planta germina de la urna.

Esa noche fue callada,
como si el aire del mundo
se hubiese contagiado
de una enfermedad aún desconocida.

 

V. Hay un árbol en la casa.

Habla la lengua de mi abuela
cuando me leía el evangelio:
cada mañana florecía
no por la gracia del sol
sino por la lectura de mi abuela.

Sus palabras siguen creciendo
desde su urna, se sacuden ciudad
y ceniza: están hechas
del hueso de los libros
y aún hay sangre en esos versos
que escucho desde el árbol.

 

 

 

Las cruces dejaron de llover
I. Dos piedras hacen una casa.

Este país de palabras
después de tu muerte.

Cuando moriste
dejé de ser niño.

Hoy planté un árbol en el patio
junto al tuyo.

Dos árboles hacen una casa.

 

II. Se abrieron todas las urnas
y metí mis dedos entre
la ceniza para encontrarte.

Se levantaron todas las tumbas
y cada rostro tenía tu rostro.
Allí metí los labios para encontrarte.

Y el beso era una raíz eléctrica,
el puñado de ceniza bajo la lengua,

un gusano arrastrándose por la oreja
de las palabras y sus sonidos,

como un grito de árbol
que cae en su soledad de bosque.

 

 

 

Mira el pájaro, se muere en su jaula
I. Había soñado con un árbol.

Me miraba con resignación
como los ojos del perro al que sacrificamos
porque creímos que su sufrimiento
fue más grande que el amor que nos confesaba;

igual que la mosca que sensualmente baila en la telaraña
pues ha perdido el miedo a la muerte.

Era un árbol enorme.

No le contaré a nadie sobre ese sueño.
Nadie sabrá que desperté llorando.

Quiero que exista algo en el mundo
que sea exclusivamente mío.

 

II. Desde la ventana miro al árbol.

Un cielo se nubla con su aullido
de perros y relámpagos.

El aire pasea sus hojas
como papalotes.

No saben trepar
esas ramas violentas
que fueron antes una casa.

Un fantasma corre por la cocina
y se sacude las cenizas del cigarro.

Nada más ocurre.

Es un hermoso acontecimiento
que no pasará a la historia.

 

III. Había un árbol en la casa.

Lo plantamos juntos.
Juntos lo vimos crecer.

Era grande el árbol.
Y yo te amaba en él.

Pero el árbol estaba destinado a podrirse.
Su corteza se volvió suave y chillaba.
Si tocabas su tronco te mordía.

Aprendió a moverse.
Se alimentaba de otros árboles.

Ni el fuego podía acabar con ese árbol.
Ni el amor pudo salvarlo.

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