Sobre Lazarus de David Cruz

Yordan Arroyo reseña Lazarus del poeta costarricense David Cruz (1982), libro ganador del Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña, 2021. Arroyo estudia en la Universidad de Salamanca. David Cruz realiza estudios doctorales en Estados Unidos.

 

 

 

RESUCITAR MUERTOS CON EL PAPEL:​​ 

LAZARUS​​ DE DAVID CRUZ​​ 

(Premio Internacional de Poesía Manuel Acuña, 2021)

 

 

Hace más de un año aspiraba tener en mis manos el poemario​​ Lazarus,​​ del autor costarricense David Cruz, quien actualmente y desde hace ya bastante tiempo reside en Estados Unidos. Él conforma una lista de poetas centroamericanos que han escrito segmentos de su obra desde los márgenes, fusionando experiencias personales con ficciones literarias. Esto mismo provoca la mezcla de posmodernidad con tradiciones de los así llamados “clásicos” (tanto antiguos como modernos [clásicos modernos]) en el estilo de su obra, principalmente en este poemario que aquí comento (prefiero la primera persona, en este caso, pues le da un sentido más personal a mi lectura), porque denota una mayor madurez, tanto en la manera sencilla de abordar muchos de sus poemas, como en su contenido (producto de un trabajo serio, concienzudo).  ​​​​ 

Al saber que algún colega iba para México, les escribía para solicitarles un favor, traerme en alguna de sus maletas este libro, cuya experiencia de lectura quiero compartir con el público. Sin embargo, la publicación demoró en salir y hasta hace unos días, estando yo en Grecia, llegó a mis manos (gracias al poeta, también costarricense radicado en Estados Unidos, Mauricio Espinoza, con quien coincidí, en medio de un clima infernal que deshidrataría hasta a los propios dioses, en la Universidad de Atenas).​​ 

Lazarus​​ (así, en latín) remite, principalmente, a una tradición bíblica cuyo apogeo literario, respecto a las historias de su resurrección, data de la Edad Media (asunto ligado a la importancia que tuvieron los cultos, por apoteosis, en sus tumbas). Posterior a esta época, con un uso mayormente didáctico debido al​​ pasaje de​​ Juan​​ 11: 38–45, dicha figura, en su mayoría conocida como Lázaro de Betania, se utilizó para diferentes fines estéticos (tanto en pintura como en literatura). Esto permite preguntarse qué función estética posee este personaje en este libro.

La respuesta a la interrogante anterior parece simple, su función es alegórica (evité dirigirme a las aclaraciones finales del libro, pues siempre que escribo una reseña deseo libertad de dictamen), representa a aquellos escritores muertos que resucitan a través del rescate de la tradición (asunto ya mencionado teóricamente por Jorge Luis Borges, Pedro Salinas y T. S. Eliot). Pero no sólo eso, también es el propio autor, así lo especifica en la dedicatoria inicial, destinada a su pareja, quien cumple el arquetipo de Jesús salvador y él (David), de rescatado:​​ para María Ramos, / por resucitarme en el desierto.​​ 

Por su parte, las otras consideraciones de Lázaro quedan evidentes en los títulos “Lady Lazarus X”, “Lady Lazarus IX”, “Lady Lazarus VIII”, “Lady Lazarus VII”, “Lady Lazarus VI”, “Lady Lazarus V”, “Lady Lazarus IV”, “Lady Lazarus III”, “Lady Lazarus II” y Lady Lazarus I” (pp. 91-100), las cuales son sencillas de ubicar, pues como lector posmoderno (convivo con la era digital), me bastó con escribir “Lady Lazarus” en​​ Google​​ para que me saliera el libro, mismo título, publicado en 1965 por Silvia Plath. Asimismo, esta propia búsqueda me dirigió al título​​ Lazarus,​​ disco lanzado en 2016 por David Bowie. Sin la necesidad de que David así lo confirme en sus aclaraciones finales (mismas que no repercutieron, para nada, en mi comentario, pues las evité) es sencillo defender un proceso de contacto, pues se está frente a un poeta que integra una lista de autores hispanoamericanos, con una producción literaria posterior a los años noventa, muy marcada por música producida en su época (presente) o escuchada durante su infancia y juventud (pasado). Podría hablarse de artistas sumergidos en la bañera de la cultura pop o la cultura de masas. Basta​​ con citar, por ejemplo, su libro​​ A ella le gusta llorar mientras escucha The Beatles​​ (2013), en donde no sólo aparece la importancia de la música y se documenta, mediante el lenguaje, su tiempo (era digital: finales del siglo XX), sino que trata de darle cierto sentido visual a sus poemas (en cuarto a forma): como si discos fueran.​​ 

Justamente, cuando se observan este tipo de juegos, tanto en contenidos como en formas, siempre tratando de abordar temas de la manera más fresca posible, es decir, rejuveneciendo la tradición o resucitándola, se vuelve preocupante escuchar algunos comentarios, bastante exagerados, de personas allegadas al campo literario local, quienes se atreven a decir, sin bases sólidas algunas, que la última poesía costarricense es más de lo mismo (¿conocerán todo el material publicado como para hacer estas aseveraciones?) Si bien es cierto, la virtualidad ha provocado un aumento de escritores y textos mediocres que no pasan por mínimos filtros, no se puede estereotipar de manera tan amplia y echar todo el polvo podrido en el mismo ataúd. Además, si es que existe, acaso, un afán de que hoy, después de Homero, Safo, Píndaro, Calímaco, Catulo, Cervantes, Góngora y Quevedo, aparezca un poemario que pueda llamarse “nuevo” o “innovador”, dicha intención, a vista de la crítica literaria (que es lo que aparentan producir estas personas), parece ser bastante pobre y pretenciosa, pues ¿qué podría llamarse innovador? En realidad, poetas ya maduros, como David Cruz en este libro (existe una voz, construida a lo largo de su producción poética, siendo aquí donde logra su mayor acierto), lo que hacen es rescatar, estudiar y conocer la tradición, para abordarla de las maneras más frescas o plurales posibles (así sea en forma, pues hay una conciencia de oficio en su escritura, el lector se enfrenta a un autor que juega y desea cambiar ciertos códigos visuales que ya marcan una tradición o estructura establecida,​​ por ejemplo, el orden de los números. No escribe del menor al mayor, sino al revés).​​ 

El libro denota una dualidad entre Jesús y Lázaro, muerte y vida, pasado y presente, tradición y ruptura. Esto lo confirma el autor desde las primeras páginas, al colocar lo siguiente:​​ TODO ES DUALIDAD, pasado y presente, masculino y femenino y resucita cuando se borran sus fronteras.​​ Este punto es importante para este comentario, porque David otorga pistas a lo largo de su escritura, para que el lector tenga, más o menos, una idea de lo que está mirando. Dicho aspecto lo certifica al final, en donde deja una lista de aclaraciones respecto a citas y títulos (asunto que nunca ha sido de mi agrado, porque le quita protagonismo al receptor y personalmente, hubiera preferido que esto no estuviera (reprocho un poco esto, porque los textos ya me lo dan todo), aunque soy testigo de que este recurso se utiliza, cada vez más, en parte de la poesía contemporánea) y dedicatorias.​​ 

En sí, el poemario está dividido en cuatro partes (dos de ellas dedicadas al presente: la primera y la última. Un presente que por efectos estéticos no puede existir sin el pasado) comprometidas con el tema de la resurrección, pues ese es el propósito estético principal del libro, resucitar a otros autores dándoles voz en el papel. La primera se titula “Libro del presente” (Lazarus) y manifiesta un grado de introspección en la voz lírica, quien es consciente del paso de los años. Esto le permite explicarse algunas cosas, aunque sentirse pobre al intentar definir otras, como por ejemplo, el sentido de la vida: “¡Qué ineficaz es juntar años / para tratar de explicar una vida!” (en “Lazarus XII”, p. 20). Además, el yo se mira obligado al retorno a la niñez, época áurea en donde se hallan muchas respuestas, antes de verle el rostro lleno de arrugas a la muerte: “Agonizaba y volví a ser niño” (en “Lazarus IX”, p. 25). Asimismo, aparece una documentación de ciertas vivencias y banalidades de finales del siglo XX (la​​ voz de David, me refiero a su producción poética, posee fidelidad con este periodo de cambio de siglo): “Es triste vivir en la era del reality show” (en “Lazarus XI”, p. 22) y mucho interés en el pasado familiar, que a su vez define ese tiempo en el que la voz lírica sufre un estado de crisis personal: “Primero entró en escena mi abuela / que falleció hace menos de un año. / Ella me dijo que mi familia / es el único vínculo entre mi pasado y mi futuro. / Estoy en su cuerpo. / Siento su cansancio […] Luego vino mi padre / pude sentir el dolor que deja una vida.” (en “Lazarus VIII”, p. 26).​​ 

No obstante, esa conciencia por el pasado a la que me refiero no sólo es íntima, sino que representa, además, el proceso de escritura del libro, la necesidad de conocer la tradición, leer autores del pasado, antes de que apareciera publicado (en el futuro que ya es hoy, pero ha dejado de serlo para quedarse en un eterno y cíclico pasado [tiempo del cual respira la tradición]). Esto se verifica en el siguiente verso, también de búsqueda y respuesta: “Descubro que soy un receptor” (en “Lazarus VII”, p. 27). La literatura como el ser individual forman parte de una multitud, de una colectividad: “Me quito el antifaz / y miro todas mis caras / fusionarse en un rostro múltiple” (en “Lazarus VI”, p. 28), conjunto que a su vez forma parte de los astros, energías satelitales a las cuales también pertenece nuestro cosmos:​​ 

 

Lazarus III

 

Insistí en querer ver a mi madre.​​ 

Desde su tristeza resplandecía.

La abuela me dijo que no era necesario. Le supliqué.​​ 

Entonces la vi,​​ 

   ​​ ​​ ​​ ​​​​ era un gran sol.

Yo giraba alrededor de ella,

 ​​ y mis libros,​​ 

   ​​ ​​​​ y mis recuerdos,

    ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ y mis vidas pasadas:

éramos sus satélites (p. 31).

 

Así de sencillo (no por inmadurez, pues existe contenido de fondo) se expresan, en los poemas de este libro, temas de esta índole: humanos, literarios y filosóficos.​​ 

La segunda, “Libro del pasado” (las voces de los ancestros), es quizás la sección donde aparece un tratamiento mayor y directo con otros autores, quienes aquí obtienen voz desde el diálogo ficcional o mediante el tono conversacional. Esto se manifiesta desde el inicio:​​ LO PRIMERO QUE DEBERÍAS HACER cuando naces es visitar un cementerio.​​ Aquí, el cementerio representa no sólo el lugar de los muertos, sino aquellas voces del pasado que todo poeta debe conocer para dialogar con ellas y escribir a partir tal contacto. Entre esa resurrección de autores que David, en función de Jesucristo posmoderno logra (provocando un diálogo entre clásicos antiguos y modernos), se encuentran los siguientes: Corina, Hesíodo, Homero, Safo, Machon (Μάχων), Ovidio, Po Chü-i, Einar Helgason, Guido Cavalcanti, Yoshida Kenkō, Quevedo, John Dryden, Sor Juana Inés de la Cruz, Ezra Pound, Fernando Pessoa (haciendo alusión, a manera de juego conversacional, a sus heterónimos: Alberto Caeiro, Álvaro de campos, Bernardo Soares y Ricardo Reis), Blanca Varela, Federico García Lorca, Eunice Odio (jugando con el pseudónimo que utilizó para leer poemas en la radio en los años cuarenta: Catalina Mariel [véase p. 65]) y Allen Ginsberg.​​ 

De todos los nombres anteriores, cito el poema​​ Carta a Sor Juana Inés de la Cruz, en donde, nuevamente, la voz lírica, luego de conocer la tradición, juega con ella. El final es claro y rotundo:​​ 

 

El silencio es el pecado más cruel

cuando el invierno amenaza

con llevarse tu olor de las sábanas.​​ 

Sueña robarse tus escritos

para verte en la pira

y darle más dramatismo

a la historia.​​ 

 

Esperas a tu amante.​​ 

Juntas van a reinventar el diluvio.​​ 

Una vida es un charco que se interrumpe

por el casco de un caballo.​​ 

Las palabras son la tumba que elegiste.

No hay votos ni vestimenta

que cubran tu desnudez.

El hombre es un necio.

Afila su espada.

Se masturba (p. 59).​​ 

 

La tercera, “Huir de la muerte”, posee un título bastante preciso y es quizás una de las partes, a gusto personal, preferidas del libro, debido a la sencillez, humanidad, compromiso y sensibilidad con la que el autor aborda no sólo las muertes en los campos de concentración (asunto que a pesar de los años no deja de sensibilizar a la humanidad), sino también, a muchas personas que murieron durante la Segunda Guerra Mundial, pero que pueden resucitar, en palabras del​​ propio David: cuando los leemos en voz alta. La voz lírica viaja por la historia, leyendo a otros poetas visita sitios (que todavía huelen a muerte), alude a fechas emblemáticas (para mal) y se las expone al lector, literariamente, con la crudeza que debe hacerse. Tal es el caso de uno de mis poemas favoritos (por la fuerza y el lenguaje literario con el que logra abordar, de manera maquillada, la vivencia de otra persona, otro poeta, quien a su vez narra la historia de otros allí asesinados (se les escucha el grito, el llanto, lo brutal de aquel periodo) por las bombas que caían una y otra vez durante la Segunda Guerra Mundial, capítulo cruel que se sigue repitiendo en esta des-humanidad) y quizás, uno de los mejores poemas escritos, en los últimos años, por un poeta costarricense:

 

La última tarde de la infancia

 

para Charles Simic, quien nos contó esta historia

de su infancia en Belgrado una tarde en NY.

​​ 

Mi madre me llama.

No quiero ir.

 

Estoy sucio.

Esta tarde llovieron bombas

y acabaron con el vecindario.

​​ 

Mi madre insiste.

 

No quiero contestarle.

Manché la camisa nueva

y no me creerá,

si le aseguro,

que no la arruiné

jugando fútbol (p. 81).

 

Por último, la cuarta, “Lady Lazarus”, brota de una profunda intertextualidad con el libro, mismo título de Silvia Plath, y por eso habla en femenino, pues se le está dando voz a la poeta estadounidense para que siga manifestándose desde su tumba: “Soy ágrafa de Dios. / La mujer que acumula palabras / con la lentitud del suicida”. (en “Lady Lazarus X”, p. 91). Por si quedan dudas de que es ella la partícipe de esa voz ficcional, en el poema “Lady Lazarus VIII” lo rectifica, se nombra para existir, decirse aquí estoy, presente: “Soy Silvia, forastera que apuesta todo / para impresionar a la cantinera. / Esto es Boston. Susurro una canción. Envejezco con la risa de mi rival” (p. 93). Y quiero cerrar citando el poema “Lady Lazarus VII”. A pesar de que sea Silvia Plath quien habla, en realidad toma la palabra por el inconsciente de David Cruz y por el de muchos escritores de oficio (aunque cada vez queden menos), quienes son conscientes de que la única manera de evadir esa fuerte soledad a la que se enfrenta la escritura creativa es en el diálogo con los poetas muertos, es decir, con la tradición, con esa parte del panal que tanto endulza el amargo paladar del poeta:

 

Lady Lazarus VII

 

Una mujer me habla.

Ella es la dueña de todo.​​ 

Solo soy una de sus ramas:

es la gran planta.​​ 

Como si el cosmos​​ 

fuera un organismo vegetal

expandiéndose.​​ 

 

Me vi prisionera en un cuarto,​​ 

infinitud de seres me poblaron:

Varo,​​ 

Ovidio,

Safo,

Shakespeare,

sor Juana

Platón

Plath,

Cervantes,​​ 

Horacio.

 

Nunca más me sentiré sola

al tener la hoja en blanco (p. 94).

 

Según parece, el lema “nadie es profeta en su propia tierra” no tiene fallo, así lo confirma David Cruz, quien como poeta centroamericano que pertenece a los márgenes, sigue triunfando fuera de Costa Rica. No obstante, a pesar de que un premio literario nunca indique la calidad de una obra (la cual debe ser escrita, en la medida de lo posible, lejos del ruido, en la privacidad del bosque) ni de quien la escribe y en muchas ocasiones los lectores terminen decepcionados por la pésima o poca calidad del libro premiado; en este caso, según mi punto de vista, se colocó un laurel en la cabeza precisa, en la de un Jesús posmoderno, quien ha resucitado, aquí, varias versiones de Lázaro, para no sentirse tan solo en un mundo donde​​ los​​ cadáveres​​ huelen​​ cada vez más rancios​​ y se vuelve necesario sentarse a conversar con ellos, más si de ficción se trata.​​ 

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