Poesía cubana: Leymen Pérez

Leemos al poeta y editor cubano Leymen Pérez (Matanzas, Cuba, 1976), que ha merecido en 2022, x aequo con el poeta panameño Javier Alvarado, el Premio Internacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz con su libro Los países de la noche. La nota de presentación es del poeta chileno Raúl Zurita.

 

 

 

 

 

 

 

 

Leymen, es como si supiera una cosa que todos saben; que a veces más que peor que el llanto derrama sin derramado, cierto; así a secas, como el grito de un llanto enorme, de un ser humano. ​​ Es más impresionante ver a ese mismo ser humano mordiéndose los labios porque no quiere llorar. ​​ Entonces esa la sensación que siento desde su primer poema, de otro notable, notable, Los países de la noche.  ​​​​ Libro sumamente extraordinario donde hay un poema que me llama demasiado la atención, el del árbol de bonsái, cierto, como si se transforma, como se va transformando en una escritura extremadamente dura e inteligente: la de un padre que aún no tiene sombra. O sea, otro poema: ​​ el libro esta lleno de poemas, pero de una inteligencia afilada y rompedora, es, por ejemplo, Empujando a la noche:

 

Entro y salgo de la noche.

El mármol extiende sus brazos de mármol.

Los muertos extienden sus brazos de muertos.

Yo cargo a ms muertos como tú cargas una piedra.

La piedra sangra y se fragmenta cuando toca el suelo.

Mis muertos sangran y taponeamos a los cuerpos

para que no se escapen todos sus silencios.

 

 

 

Este es un poema que está empujando la noche. ​​ Muy, muy impresionante. ​​ Leymen está lleno de hallazgos, absolutamente novedosos. ​​ Ensaya un lenguaje que es propio de las venas propias. ​​ Un lenguaje con muchas cuerdas, con mucha tradición donde una cosa se va transformando poco a poco en otra:

 

Cuando

mi padre

bonsáis

para

sobrevivir

soy yo

otra raíz

otro árbol

un pequeño mundo

una astilla

sobre

la poca

tierra

que usó.

Mi padre

que aún

no tiene

sombra.

 

 

Notable, o sea. ​​ Los invito a leer de verdad, Los países de la noche.

 

 

Raúl Zurita

 

 

 

 

 

Empujando la noche

 

Entro y salgo de la noche.

El mármol extiende sus brazos de mármol.

Los muertos extienden sus brazos de muertos.

Yo cargo a ms muertos como tú cargas una piedra.

La piedra sangra y se fragmenta cuando toca el suelo.

Mis muertos sangran y taponeamos a los cuerpos

para que no se escapen todos sus silencios.

 

Los cuerpos dicen no me dejen morir otra vez.

Cuando la piedra toca el suelo se vuelve semilla,

tallo, racimo, fruto podándose sobre la mesa de disección.

¿Qué dirá el fruto cuando sepa que volverá a inclinarse y caer?

¿quién será entonces el fruto y el gusano

que​​ ve el mundo moverse a su alrededor?

 

Afuera: silencio. ​​ Adentro: en silencio avanzo y retrocedo.

Arriba: ruido que golpea. ​​ Abajo: silencio eres ¿soy?

Soy el que empuja la noche. ​​ La noche dice: amanece.

El amanecer dice: empuja la noche.

 

Como un viejo carro americano tirado por William Carlos Williams

y el recogedor de latas de 23 y 12

la noche se contrae, expande, enferma y cura.

Como el agua agrietada bajo el sol agrietado,
como el sol deshojándose cuando alguien se despide

con las manos entretejidas en hilos invisibles,

como el mármol ciego que recobra la vista.

 

Entro y salgo de la noche que recobra la vista,

el tacto, el gusto, el olfato y el oído.

La noche dice: yo cargo mis días -ausentes de luz-

como tú cargas la opacidad que imaginas.

¿Hasta dónde?

¿hasta donde la noche dice su verdad?

 

Los brazos de mármol han aprendido a ser brazos de muertos

y empujan la noche contra la ceniza que desechan en los crematorios.

Salgo de la ceniza que ya no duele

y entro a tocar el corazón de la ceniza,

empujando, levantando, cosiendo

adentro y afuera de la noche

donde se apaga una luz.

 

Todos los silencios caben en una piedra.

Todos los muertos caben en uno solo.

Estoy quieto. ​​ La noche es quien empuja.

 

 

 

 

 

 

 

Página desconocida del diario de Ana Frank

 

19 de julio de 1943

 

A mis espaldas las sombras cuelgan sobre la alambrada y un pájaro se asfixia en la intemperie del estío. ​​ En su centro de punto rojo, tiembla.

 

Yo siempre tiemblo cuando pienso en ti, amado Rudolf Hoess. ​​ Aún hierven los cuerpos de mis padres como si fuera el agua que obligas a caer sobre mí antes de que pueda tocar tus cicatrices.

 

Dividiéndome en dos,

clausurándome,

temo por mí, este cielo imposible que eres tú, y esa pared blanca, que separa mi desnudez del alma corroída por soles invisibles. ​​ “No estás enamorada de Peter sino del estío”, diría mamá.

 

Al escribir me libero de todo​​ menos de ti astilla de metal, jaula que armo y desarmo en mi interior, como si pudiera encerrarme perpetuamente, y olvidar que no es a mí a quien amas, encima de la poca tierra del jardín, cerca de los primeros hornos de Auschwitz.

 

Un sol con otro sol, consumiéndose.

Un pensamiento con otro pensamiento,

consumiéndose.

Dios y la humanidad, consumiéndose.

 

Éramos los dos triángulos superpuestos o entrelazados de la estrella de David. ​​ Un hexagrama sin límites. ​​ Dos cuerpos vencidos. ​​ Patrias atravesadas por la misma raíz.

 

Siento miedo, amado Rudolf Hoess, cuando las sombras se derraman en el campo y los pájaros no se abren a sí mismos para que rompas lo que hay en mí de la noche.

 

Siento miedo de no volver a ver tu rostro:

esa gota de plomo

derretido.

 

 

 

 

 

 

 

Ante el dolor de qué

 

“El hambre es un gran edificio

que se desplaza durante la noche”,

dijo Tomas Tranströmer.

 

“El cáncer es una pequeña célula

que se desplaza silenciosamente

en tu cuerpo

devorándolo todo

como una larva”,

dijo Leymen Pérez.

 

Y en el gran edificio

en la pequeña célula

que es el Hospital Oncológico,

todos entraban mirando

las heridas ajenas

 

los tejidos ajenos

el cáncer ajeno

y todos salían sin mirar,

como el ojo izquierdo

de una mujer hermosa

que tiene la muerte cosida

en la pupila.

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

Leymen Pérez (Matanzas, Cuba, 1976). ​​ Editor de poesía en la Editorial Letras Cubanas. ​​ Máster en Estudios Sociales y Comunitarios. ​​ Ha publicado entre otros libros Transiciones /Ediciones Loynaz, 2006. ​​ Premio Nacional Hermanos Loynaz, 2005 y Beca de creación Prometeo de la Gaceta de Cuba, 2006 y Premio José Jacinto Milanés, 2006; Subsuelos, Ediciones Vigía, 2017. ​​ Premio de la crítica Orlando García Lorenzo, Tela zurcida, Ediciones Vigía, 2021. Su poesía aparece recogida en más de una veintena de antologías y revistas de Cuba, España, México, Colombia, Ecuador, Perú, Argentina, Inglaterra, Uruguay, Estados Unidos y Sudáfrica. ​​ Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. ​​ En 2022 obtiene ex aequo con el poeta panameño Javier Alvarado, el Premio Internacional de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz con su libro Los países de la noche.

 

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