Poesía china: Han Dong

Leemos poesía china en versión de Radina Dimitrova. Leemos a Han Dong (1961), uno de los poetas más leídos en su tradición. Mereció importantes distinciones como el Premio literario Lu Xun y la medalla “Fénix de Oro” para literatura. Los poemas pertenecen a la antología Milagro, que está publicándose en Argentina bajo el sello de Nuevohacer / Grupo Editor Latinoamericano.

 

 

 

 

 

Han Dong (1961, Nanjing) es uno de los poetas y escritores más importantes de la China contemporánea. Representante del movimiento poético de la “Tercera Generación”. Es el autor de la emblemática frase que “la poesía termina con el lenguaje”. Es autor de más de cuarenta obras literarias y ha recibido numerosos galardones en China, entre ellos el Premio literario Lu Xun y la medalla “Fénix de Oro” para literatura. Su película​​ En el embarcadero​​ (2016) ganó el Premio Remi de Oro al Mejor director del Festival Internacional de Cine WorldFest-Houston.​​ Su primer​​ poemario en español,​​ Milagro, que incluye siete ciclos y casi 130 poemas se publicará en 2025 por Nuevohacer/Grupo Editor Latinoamericano (Argentina).

 

 

Radina Dimitrova es sinóloga, traductora y docente de tiempo completo de lengua china y de traducción chino-español en la ENALLT. Licenciada y Maestra en Sinología, Maestra en Literatura china antigua, y egresada del Doctorado del CEAÁ (Colmex).​​ Creadora de la plataforma en línea CUENTOS CHINOS: Los proverbios chinos y sus historias​​ (UNAM). Sus traducciones literarias y académicas se han publicado en América Latina, Europa y China. Acreedora del Premio Internacional de traducción de obras excelentes de la literatura china contemporánea (Asociación de Traductores de China, 2014), entre otros.

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

Chaleco para perro

 

Cuando llegó, ella vestía un chaleco para perro

con un bolsillo decorativo en la espalda

en el que cabía un cigarrillo.

Unos quince años vivió feliz ante mis ojos

cargando ese cigarrillo, por si de pronto me hacía falta.

Nunca lo saqué ni utilicé.

 

Ahora que abrí el bolsillo,

dentro no había nada.

Mi perrita tampoco estaba en el chaleco.

 

(Del ciclo​​ I. Aquel ser blanco)

 

 

 

 

 

 

 

Dedicado a Yang Li

 

Mi querido Yang,

imagina que eres un Gran Maestro del Mal.

Lo de gran maestro es inevitable, pero el mal ya se ha desintegrado.

Tras los lentes sin cristal, tu auténtica visión estereoscópica.

Te fascinaban las bellas piernas de las jovencitas

que ahora crecen desde tu propio cuerpo

y caminan con gracia en el otoño tardío

por los viejos callejones de Beijing.

Mejor no hablemos de hormonas, adrenalina y dopamina.

Los aliados del Gran Maestro son el Captopril,​​ 

la Insulina y el Venorrectal.

Mi querido Yang, estás realmente equivocado,

pero incluso en el error tu razón brilla con un halo radiante.​​ 

 

(Del ciclo​​ II. Poemas con dedicatoria)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa de mi madre

 

Esta es la casa donde vivía mi madre.

Todos los días me quedo allí durante un rato.

Nada ha cambiado.

Nunca arreglé el aire acondicionado,

el calentador de agua lleva dos años descompuesto,

su ropa sigue colgada en el armario.

Ya no hay colcha en la cama donde dormía la siesta,

los jabones que almacenaba están secos, agrietados,

las bolsas de plástico que guardaba están estropeadas,

ya no podrán usarse.

El espejo no deja ver su rostro querido,

pero su foto todavía está allí,

además en un marco que no es negro.

El perro que mi madre criaba sigue vivo

y Xiao Wang –que la cuidaba– viene todos los días.

No queda mucho por hacer,

sólo limpiar y ordenar este lugar sencillo.

Nada ha cambiado.

Todos los días quemo inciensos y además fumo,

los humos sin querer se entrelazan. Hay tres habitaciones:

una con pilas de libros y revistas, otra como la dejó mi madre

(ésa era su habitación),

y en la más pequeña es donde escribo,

sobre la mesa más chica que, de hecho,

es la antigua máquina de coser que mamá usaba en aquel entonces.

De verdad, nada ha cambiado.

 

(Del ciclo​​ III. Familia de ensueño)

 

 

 

 

 

 

 

El niño del arpón

 

Un niño fue a pescar con un arpón al río,

cayó al agua y se ahogó.

La gente del pueblo trajo un gran wok de hierro,

lo pusieron boca abajo en la tierra​​ 

y acostaron al niño encima para que escupiera el agua.

 

El wok de hierro regresó sobre la estufa,

el niño volvió al polvo.

Sólo el arpón quedó en el río, inclinado sobre las aguas,

y así pasó todo un verano.

 

Todavía estaba allí en otoño

y siguió hasta el comienzo del invierno. Al fin,

se rompió sobre el hielo como una caña quebradiza

y el niño del arpón pudo irse de verdad.

 

(Del ciclo​​ IV.​​ In memoriam)

 

 

 

 

 

 

 

 

Viaje en el Tíbet

 

Hasta donde la vista alcanza, vasta tierra

en donde nunca puedes detenerte.

Si te detienes, surgen los obstáculos

y te quedas atrapado en un lugar.

La hierba echa raíces en las praderas,

los ratones hacen agujeros en los campos,

la gente vive en pueblos de los que no llegan noticias.

 

Debes ir a buena velocidad,

tener un rumbo hacia delante y hacia atrás.

Mientras vas cruzando aquel paisaje solemne,

los montes imponentes se vuelven lejanos

y los picos nevados fluyen como las nubes blancas.

Están vacías las rejas de madera donde secan la cebada al sol.

Ya es tarde para que nueva gente habite las casas antiguas.

 

La vasta tierra sigue al infinito, partida por la carretera

Dos ojos se abren por separado, a la izquierda y a la derecha.

Siempre habrá quien no quiera detenerse,

como el águila que ahora surca el cielo

y parece una pluma a la deriva.

 

(Del ciclo​​ V. Tiempo y viajes)

 

 

 

 

 

 

 

Él miraba

 

Él veía a la mujer que bajaba del monte​​ 

con un cántaro de agua en la cabeza,

la miraba con tal fascinación

que se convirtió en ella.

Tenía ese don,

convertirse en un árbol o una piedra

o en la vacuidad absoluta de un monte desierto.

También podía entrar en un cuerpo sufrido,

anuente a las ataduras. Luego se transmudó

a ese hombre sentado ante la cama de hospital sin saber qué hacer.

Se filtró en sus lágrimas arrepentidas que brotaban del corazón.

¿Quién era?

Aunque entre él y nosotros no existe barrera alguna,

estamos separados de él por una distancia infinita.

 

(Del ciclo​​ VI. Milagro)

 

 

 

 

 

 

 

Gusano blanco

 

El gusano blanco se retuerce

Parece un grano de arroz enorme

o uno de arroz cocido.

El arroz cocido se retuerce

es de carne

tiene vida

no es un cadáver.

El suelo sobre el que se retuerce es oscuro

está un poco húmedo.

Sopla la brisa

la hierba se agita

y el gusano blanco está inmóvil.

No lo movió el viento

se movió solito.

Hay cierto poder que viene de uno mismo

que uno mismo controla

y que se muda lentamente de este a oeste.

Ese poder es parecido al nuestro y se domina con el propio cuerpo.

Entonces levantas el pie

para aplastar aquel gusano.

Demostramos nuestro poder

y hacemos que otro poder más minúsculo

se declare en bancarrota.

Ahora

el viento puede llevarse aquel cadáver arrugado.

La tierra absorbe los fluidos del gusano.

 

 

27 de julio de 2019

 

(Del ciclo​​ VII. Qué fuerte late el corazón)

 

 

 

 

 

También puedes leer