Nikola Madžirov, Premio Internacional de Poesía «Poetry and People» 2025

El poeta macedonio Nikola Madzirov ha merecido el Premio Internacional de Poesía «Poetry and People» 2025. Aquí leemos su discurso de aceptación. Madzirov (1973) es una referencia de la poesía europea contemporánea. Con Piedra trasladada (2007) mereció el Premio Hubert Burda para poesía de Europa del Este y el Premio Hermanos Miladinov, de Macedonia. También es traductor, ensayista y editor. Dirigió la red poética Lyrikline. La traducción del texto es de Frances Simán.

 

 

 

El poeta es una hoja temblorosa en el árbol genealógico

Discurso de aceptación​​ 

Premio Internacional de Poesía​​ «Poetry and People»​​ 2025

 

 

Cuando pienso en la literatura clásica modelada​​ por el calendario de hoy, pienso en libros que todos tienen en casa pero que nadie lee. A veces se usan para calzar una puerta o una silla, y sus tapas duras sirven de apoyo para una hoja en blanco en la que escribir una queja o una carta de despedida, ya que hoy las cartas escritas a mano rara vez viajan por los mares.​​ Cuando pienso en poesía clásica, no pienso en los libros, sino en los versos que ningún​​ invasor​​ puede​​ reducir a cenizas​​ en una plaza, porque los sabemos de memoria. Algunos versos de Du Fu, Wang Wei, Li Bai se han convertido en parte de mi memoria, en un refugio sin paredes. Por otro lado,​​ el Tao me enseñó a ver el todo en la nada, a ver la semilla de la presencia en el jardín de la ausencia. Cada viaje a China se siente como un regreso a algo que he olvidado, algo que permanecerá como una sombra cruzando el umbral de los recuerdos futuros.

Me dijeron que no necesito visa para cruzar su frontera: bastará con comparar mis ojos con los de la foto del pasaporte, esos ojos donde asoman la ausencia y el miedo que se aproxima, el filo de todas las fronteras trazadas de nuevo tras cada guerra.​​ Sin embargo, mi único pasaporte que no caduca es la Poesía. En mi primera infancia solía escribir en las paredes de las habitaciones antes de conocer las letras y la imperfección de las palabras.​​ Mis padres tenían que pintar las paredes de blanco cada verano. Suena absurdo, pero aquellas paredes fueron el primer palimpsesto de mi libertad.​​ Comencé a escribir poesía cuando entendí las letras, pero empecé a comprender la poesía cuando aprendí el silencio.​​ Por supuesto,​​ esto ocurrió antes de​​ la guerra en Yugoslavia. La guerra me ayudó a entender la necesidad de alzar la voz en el papel cuando todo y todos a mi alrededor se vuelven​​ más ruidosos.

«Vienes de la ex-Yugoslavia, de los Balcanes, ¿y no hay sangre en tu poesía?», me preguntan a menudo. Hay sangre que corre por mi memoria. Cada vez que veo un árbol solitario, los miedos heredados y presenciados de la guerra me hacen pensar en el cadáver de un soldado bajo sus raíces. No tengo la ilusión de decir algo nuevo, porque todo está presente incluso sin ser documentado, como minerales en una mina aún por descubrir. A veces, para escribir, hay que permanecer en una soledad que no infunda miedos ni recuerdos​​ más grandes​​ que la propia muerte. Creo que la urgencia de contar o recontar existirá mientras exista el misterio de irse y regresar.

El hogar es una construcción​​ psicológica: la fe en el regreso que aplaza la muerte. Incluso la habitación de hotel más estéril te recibe con​​ un​​ tronco​​ ardiendo​​ en la pantalla de la televisión para asegurarte que perteneces​​ aquí, entre todos los cuadros feos de las paredes y el​​ intenso​​ ambientador. Hoy, resguardarse en casa se llama aislamiento más que pertenencia. Me siento a salvo en la cueva abierta del no-pertenecer.​​ El misterio de la creación artística está en el corazón de la metamorfosis asombrosa cuando lo eterno se vuelve efímero y viceversa: cuando un ángel necesita una máscara de oxígeno para entrar al hospital e intentar ayudar a un paciente moribundo, o cuando​​ una pelota​​ lanzada sobre el​​ tejado pasa a formar parte de una constelación aún no descubierta.

La mayoría de las veces me siento nómada, incluso sin mover mi jaula corporal de una realidad impuesta a otra. He viajado y buscado incansablemente durante más de veinte años, y sin embargo mi abuela solía decirme que ella había cambiado de país muchas veces solo sentada en su viejo sofá de la sala. En los Balcanes uno puede hacer viajes​​ interminables​​ por ideologías, reinos y nuevas fronteras simplemente sentado en​​ tu​​ silla.

Las guerras comienzan cambiando los nombres de ciudades y puentes, reconstruyendo la memoria personal; el áspero lenguaje de las balas viene después. En los Balcanes la gente a menudo glorifica la historia de manera equivocada, porque teme que su lengua se convierta en historia. La lengua en la que escribo la hablan apenas dos millones de personas que emigran cada día en busca de un hogar seguro, colocando sus recuerdos en los nuevos espacios incluso antes de acomodar sus muebles. En ese miedo desesperado a desaparecer, muchas naciones y líderes temporales de los Balcanes se han vuelto hacia la historia, que les ofrecía un lugar y una fogata alrededor de la cual contar historias de terror. La poesía se ha construido sobre la​​ estética de la desaparición​​ (como dijo Paul Virilio) y se alimenta de las raíces de lo hablado y aún no escrito.

Escribo sobre cosas, personas y procesos no para alabarlos, sino para desmitificar el halo de historia que los rodea. Vivo en un pequeño pueblo cerca de tres fronteras —macedonia, búlgara y griega—, de modo que cruzar una frontera para mí era como cruzar la calle cuando el semáforo deja de funcionar. A veces creo que cada arruga de mi cuerpo es solo el reflejo de las fronteras que he cruzado. Mi mayor desafío ha sido atravesar la frontera del tiempo, la frontera de la historia.

Los nómadas no creen en monumentos, aunque mis antepasados refugiados guardaban la llave de cada casa perdida en el botiquín, símbolo de una vida que continuaría, como si creyeran que un día regresarían al punto de partida. Cada vez con más frecuencia, el hogar es un espacio que nos abandona, porque nos hemos acostumbrado tanto a los desplazamientos de nuestro cuerpo que ya no sentimos el viaje como abandono, sino solo como un cambio de lugar, aunque a veces tengo la sensación de que cada​​ hogar​​ abandonado​​ me sigue como un animal hambriento. Solo en la poesía puedo estar en casa, solo en la duda puedo sentirme a salvo.​​ La literatura comenzó con la poesía: «el canto del nómada precede a los garabatos del sedentario», escribe Brodsky. Mis antepasados eran refugiados de guerra y no​​ escribieron poesía mientras cruzaban fronteras y montañas a pie, ni se llevaron libros cuando huyeron de su hogar, por el peso. Creo que escribir es como plantar una semilla en un volcán dormido. Me veo como un arqueólogo ilegítimo que, al escribir poesía o ensayos, intenta desmitificar la mitomanía heredada y las grandes narrativas, colocándolas en una perspectiva distinta, más luminosa o más oscura. Contar historias sobre objetos olvidados es más importante que las cartas y órdenes firmadas por los líderes de guerra.

En macedonio hay una palabra particular para traducir poesía:​​ prepev, literalmente «re-cantar» o «cantar de nuevo», es decir, volver a cantar la poesía, reautorizarla. Una de mis abuelas era plañidera profesional; solía “re-cantar”, como se decía en mi ciudad natal. Ella traducía todo el duelo silencioso en un llanto fuerte y, con una voz que ahogaba al sacerdote, enterraba las esperanzas de la familia doliente, creando un grito cosmogónico en la tumba de alguien que ni siquiera conocía. A menudo me despertaba por la mañana probando la fuerza de su voz en el jardín trasero, entrando en mis sueños como una ausencia extranjera, como la llave de la puerta de una casa en ruinas. Entendí este ritual de duelo como la audibilidad de la ausencia, y la conciencia de que la quietud es el único signo de presencia se anidó en mí. No hay sonido más silencioso que la presencia de una sombra.

A veces, cuando escribo, siento que las voces del pasado se mueven a través de la telaraña del presente con cuidado de no romperla. Escribir el verso con el que vives y que rehaces con cada nueva narración es como tallarlo dolorosamente en los huesos. Hannah Arendt, después de conocer a W. H. Auden, escribió: «Revisaba constantemente sus propios poemas, coincidiendo con Valéry en que un poema nunca se termina, solo se abandona».

El poeta es una hoja temblorosa en el árbol genealógico.​​ La poesía es una sombra extendida de la fe, fuera de templos y de verdades eternas. Con adornos o sin ellos, los versos tendrán un círculo de lectores reducido, como los espejos: con o sin marco​​ decorado, el reflejo es igual de limitado. La poesía está cerca del silencio,​​ tanto cuando se lee en un bar con el sonido de una cafetera de fondo como en una sala de espera mientras se aguarda un tren retrasado.​​ La poesía viaja lenta y silenciosa como una pluma entre dos edificios en ruinas, pero se extravía lejos en el tiempo, como una carta sin dirección en el sobre.​​ El silencio como ausencia simplificada de palabras me asusta, pues en el principio no fue la palabra: fue el aliento.

Hace cinco años perdía el aliento en el principal hospital de​​ covid​​ de mi país. No podía escribir ni hablar, y sin embargo nunca perdí la fe en la voz. Acepto este importante premio como un eco de esa confianza, como un árbol que sobrevivirá a mis huesos cuando yo me funda con la tierra y las raíces.

Agradezco profundamente a​​ «Poetry and People»​​ y al señor Huang Lihai por este honor excepcional, y a todos los poetas contemporáneos que leo y con quienes converso, a través de las imperfecciones de las palabras.​​ El mayor impacto de los premios llega cuando se desvanecen en el olvido, cuando uno deja de recordarlos, cuando está listo para comenzar de nuevo: desde el vacío aterrador de la página y de la pantalla, desde el silencio de tu propio grito. El Premio Internacional de Poesía​​ «Poetry and People»​​ me conduce al pozo profundo de las palabras que alimenta las raíces de plantas y árboles silenciosos. Las palabras escritas son como peces arrojados a ese pozo de una nueva realidad: su remolino mantiene el agua limpia.

A menudo me siento como una gota en el mar de la incertidumbre del mundo, como una pluma que cae más lentamente que una bomba, pero que lleva la paz del cielo, inolvidable, igual que llevamos los versos de los poetas clásicos en nuestras células. He visto entre los anteriores ganadores de este premio a poetas brillantes y queridos amigos. Esto me da una responsabilidad aún mayor para escribir más, aunque confío más en la fragilidad de la voz, así como confío más en el viento que en las banderas halagadoras.​​ La poesía es una escultura hecha de voces, y por eso nadie puede​​ quemarla ni enterrarla, incluso si el tiempo la convierte en pequeñas piedras de memoria.

Llevo muchas cicatrices en los pulmones como consecuencia de la dura batalla con el​​ covid; sin embargo, le dije a mi neumólogo que esas líneas blancas y afiladas en la radiografía no pueden llamarse cicatrices, sino bellas letras de un alfabeto desconocido.​​ Ojalá pudiera escribir este discurso de gratitud con esas letras internas de mis pulmones. En su lugar, que mi respiración profunda sea mi más hondo agradecimiento.

 

 

***

 

 

 

La cruz de la historia

 

 

Me he disuelto en los cristales de​​ minerales​​ sin descubrir, ​​ 

vivo en medio de las ciudades, invisible

como el aire entre las rebanadas de pan.

Formo parte del óxido​​ 

en las puntas de las anclas.

En el tornado, yo soy un niño

empezando a creer en dioses vivientes.

Soy el equivalente de las aves migratorias

que siempre están de vuelta, nunca parten.

Quiero existir en medio de los verbos continuos,

en las raíces que duermen

entre los cimientos de las primeras casas.

En la muerte quiero ser

un soldado de inocencia desconocida

crucificado por la historia

en una cruz de cristal a través de la cual,

a lo lejos, pueden verse las flores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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