La costumbre de cantar.
En torno a Costumbres salvajes de Juan Carlos Cabrera Pons
Abrimos Costumbres salvajes, de Juan Carlos Cabrera Pons, editado por Los libros del perro, y nos encontramos con un primer poema que por su admirable ritmo, sus anáforas tan bien resueltas, sus imágenes certeras, sus palabras contundentes, nos asombra, nos envuelve, nos conduce a través de esa nave oscura del templo que es su canto y en el transepto, en el centro mismo, donde el cuerpo celeste se une al cuerpo humano, donde las plegarias son escuchadas, comienza a enunciar ese rosario extraño, de entraña, en la entretela del templo, del cuerpo y de la sangre. Esos Misterios que el poeta enuncia y, al ir desgranando las cuentas, nos cimbra en su canto sinuoso, hipnótico, como la liturgia misma.
En este punto, debo hablar de la estructura que Juan Carlos elige para su poemario, que es, en el plano más amplio, la de los misterios del rosario, en especial el que se desgrana para difuntos. Así, tenemos Misterios Gozosos, Misterios Luminosos y Misterios Dolorosos.
Como existe un poema inicial, también existe un “Epitafio de este libro”, que cierra. Hay, como en las catedrales románicas y góticas, tres secciones: el primer poema, los misterios y el epitafio. La primera y tercera parte más breves que la segunda, la central, que al mismo tiempo está dividida en tres partes.
Pensemos: toda la nave central corresponde a los poemas centrales, la segunda parte; las naves axilares son, a su vez, la primera y la tercera. Es un cuerpo humano, viendo hacia el oriente, hacia el lugar del renacer.
También nos recuerda los trípticos medievales, con la parte central más grande que las laterales. Por supuesto tenían un signo religioso: dios padre en el centro, con el hijo y el espíritu santo a los lados. En el caso del libro, lo vemos claramente: el padre muerto al centro y el hijo que canta su muerte, rodeando su figura.
El 3 es fundamental en estas estructuras, por la trinidad, la sagrada familia, pero también por la matemática sacra de constructores y pintores, hija de Pitágoras. Con el 3 como número de armonía, perfección, unión de cuerpo, mente y espíritu; pasado, presente y futuro; creatividad, pero sobre todo el ciclo vital: nacimiento, vida, muerte.
Así lo vemos reflejado en elementos recurrentes dentro del poemario: “éramos tres”, que nos ronda todo el tiempo, al igual que las “tres monedas” a las que hace referencia el poeta constantemente.
Pasando a la estructura interna, cada uno de los Misterios contiene dentro de sí las diversas oraciones que componen una misa católica. Así, rito reinventado por Juan Carlos, se rinde un homenaje personal, a partir del artefacto ritual, al padre perdido, llorado, rezado, añorado.
Vadeando otro elemento, es asombrosa la manera en que el poeta encuentra las palabras exactas: las sábanas que están “firmes de tan quedas”, “la manecilla del círculo truncado en plena campanada”, “el triunfo de la vida en sus gusanos”. Palabras exactas que nos llevan, como lectores, a vivir plenamente eso que enuncia, como quería Valéry: no dice que llueve, hace llover. No dice las cosas, los sentimientos, las atmósferas, nos hace vivirlas hasta el tuétano.
También quiero resaltar sus juegos: toma el lenguaje de los evangelistas, los apologistas, los salmodistas, para crear una lengua propia, poética, donde los textos bíblicos conviven con los de Juan Carlos y nos recrean sensaciones, atmósferas, sentimientos, pensares de una manera muy inteligente.
Pero ese no es el único diálogo que entabla el poeta. Se trata de un poeta crítico, como pedía T.S. Eliot, conocedor y consciente de su tradición, de la tradición que quiere elegir para este poemario, la de la elegía. Las elegías clásicas eran a menudo cantos nostálgicos, pero también figuran entre sus temas el amor, la guerra y la política. Solón, Teognis, Calímaco, Ovidio y Catulo destacan entre los poetas de la antigüedad que emplearon el verso elegíaco para cantar la nostalgia de aquello que han perdido con un ritmo peculiar, que imanta a quien lo escucha.
Durante la Edad Media, la elegía recibió el nombre de planto o llanto, y en el siglo XV, empezó a llamársele defunción, consolatoria, triunfo o coronación y sustituyó las tradicionales invitaciones al llanto por las reflexiones sobre la brevedad de la existencia y las exhortaciones para adoptar una actitud espiritual ante la vida. La revolución llegó con nuestro muy admirado Jorge Manrique, quien trastocó el entorno elegíaco y lo transformó en un elogio-elegía. Toma los temas del tiempo (tempus fugit irreparabile) siempre acompañado de la idea de fugacidad, de fluir constante; la fortuna como un azar ciego que desencadena las tragedias humanas y que se aproxima a la concepción pagana: su naturaleza mudable es un motivo más para rechazar los bienes de este mundo. Mundo que es un lugar de paso, una morada provisional y ajena, donde estamos sometidos a la acción de tres claros enemigos: el tiempo, la fortuna y la muerte. Pero hay algo que nos salva de todo eso: LA FAMA, que es la memoria ejemplar que quienes mueren dejan a quienes quedan. Es la única defensa no sólo frente a la fortuna, sino también frente al tiempo y la muerte. Lo vence todo. Y es que muerte, tiempo y fortuna son vencidos gracias a escribir sobre su padre. Curiosamente, al tratar de perpetuar la fama de su padre por escrito, perpetuó la suya propia. Así Juan Carlos.
Porque si la muerte es la gran igualadora y acabamos danzando con ella no importando sexo, edad o posición social, la palabra, la palabra poética, siempre nos salva. Manrique innovó en forma, en estructura, en temática. Así Juan Carlos. La vida de los héroes se mide por la grandeza de sus hazañas. La de los artistas, por la calidad de sus creaciones. Jorge Manrique y Juan Carlos Cabrera Pons logran grandeza por la creación de una gran obra, por una parte muy innovadora y por otra anclada a la tradición.
Otros poetas han seguido esos mismos pasos y con todos ellos dialoga Juan Carlos: Donne, Gray, Milton, amados ingleses del XVII; Whitman, García Lorca, Miguel Hernández, con hermosas elegías del siglo pasado; Cuco Sánchez, poeta de la canción; Jean Froissart, poeta y cronista medieval; el gran Platón llorando a su maestro; el extraordinario trovador Jaufre Rudel; la aplastante frase de Anne Carson en torno a dios; pero sobre todo su paisano Jaime Sabines y su portentoso Algo sobre la muerte del mayor Sabines.
Regresando a Costumbres salvajes, no puedo terminar sin hablar del ritmo salmódico indiscutible del libro, que nos lleva a un transe, como sucede cuando en verdad escuchamos cantar el rosario y de repente nuestro ser entra en un “otro espacio”, donde nos entregamos totalmente a la revelación por vía del ritmo. A esto contribuyen las muy bien empleadas anáforas, que recapitulan, nos envuelven, nos llevan.
También quiero destacar los versículos, de tan buena factura, que hacen guiños a otro de sus intertextos: la biblia de su padre, y los poemas que se intercalan entre corchetes, rompiendo la cuarta pared y confesándonos algo.
El poema final, que se haya en este caso, es apabullante: un abrazo al vacío, un desahogo. Pero también un reto al olvido: la pervivencia de la Fama de los dos Juan Carlos: el padre añorado y el hijo que lo escribe.
***
No enterramos a mi padre.
Los huesos de mi padre no se rinden al deleite de la tierra.
Los dedos de la tierra no sujetan los huesos de mi padre.
Nadie hallará su cuerpo
precedido por el nombre y las dos fechas.
No velamos su cadáver
ni para dejarlos ir nos sujetamos de los huesos de mi padre.
Sus grietas y resabios no llagaron la piel de nuestra carne viva.
No abrió sobre nosotros su rigor
hueco alguno
por donde destilara la ternura.
Y por que no alumbraran la penumbra de nuestro pecado,
cremamos los despojos de mi padre. El fuego,
que no distingue juramentos,
fue su última virtud.
Y sin embargo nadie hallará su gesto entre las llamas.
Sus cenizas avivan sombras dentro de una caja negra.
Alguien selló en cursivas doradas
la sílaba de su nombre en una esquina.
Y sin embargo nadie
hallará su rostro en ese nombre.
Hay un rincón que no interrumpe el ciclo de nuestra pereza.
Hay unos ojos que no ven,
hay una mano que no toca
las penurias que lo complacían.
Y esa sílaba unánime y cabal
entre el resto de sus pertenencias (el visillo
que palpita contra la ventana de su habitación
hiere de arrebol la oscuridad
de aquella esquina). Es verdad,
las cosas adquieren por un tiempo el carácter de quien las posee
y terminan por sobrevivirnos.





