Indhira Itsuki Roca es poeta, escritora, ensayista y compositora dominicana. Ha publicado los poemarios, Ventana de sueños (2022) y Tonalidades oscuras (2025). Sus textos han sido publicados en varias plataformas digitales y en diversos medios internacionales. Tales como, Fatti Nostri de Italia y la revista, Kametsa de Perú. Además, forma parte de la antología internacional Grito de Mujer (2022). Es miembro del Taller Literario César Vallejo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y del grupo literario Interiorista Ateneo Insular. Ha participado en numerosos recitales poéticos y festivales internacionales. También, ha sido escritora invitada a varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Ha sido traducida al inglés y al italiano.
Memoria de un solsticio
Hubiese mi corazón impedido
que te lanzaras a la nada,
a un recuerdo
que poco a poco se discurre
por dentro.
Empaco la noche
en esta astucia
que se empeña en deshacerte
en esta sensación inundada
de tu sombra.
El apego de pensarte me condena.
Disimulo en las conversaciones
tu presencia.
Un día,
correrá la rabia
por los pasillos de tu nombre,
te hará comer los achaques
desprendido por tu encía.
Debería ahogarte
en uno de mis sueños
y divagar esa ausencia
en la locura de una gota.
Imaginé, que tus palabras
eran fisuras agarrando los charcos,
en la costumbre naranja de una fábula,
en una ventana de un olvido pequeño.
Quizás, la manía
era un murmullo
que convencía mi mente
de volver a comerte los años.
De volver a repetirme
en ese hechizo sonoro.
Ser una extraña
en el anhelo de masticar
el retrato de tenerte.
Pero me atrapó la soledad
en otros ángulos.
Se revuelca en acentos
la muerte por eso.
Ahora voy por la alcantarilla
de la noche,
con el vacío invertido en los ojos.
¿Y qué?
Si me fui entre las aguas,
y me viste hundir la lengua
entre las piedras.
La palabra
me hace matarte en los arbustos,
encogerme los miedos
en un puño de sueños.
Soy distancia en otra distancia
que se cayó de un tiempo
que acababa conmigo.
Ahora me observo,
en una versión antigua
de mí misma.
Qué soy, y no soy,
en el violín de tu risa,
que por más que quiera alcanzarme,
se perdió entre los espejos
el retrato de mi cara,
en dimensiones viejas,
en paradojas oscuras.
La imagen me hace amarte,
pero la ausencia
te mata en los reflejos.
Segundos
Cuando la voz se vuelva huella
y los recuerdos montañas huérfanas,
será incienso tu rostro
y su aroma,
el movimiento que pierdes.
La razón se sumerge
en sus propios retos,
cuando el reír se aquieta en los labios
con un fervor brillando en el piso,
un relámpago envuelto en miradas.
Tú, querido amigo,
serás sombra de agua
envolviendo siempre en instantes,
en opciones en las que crees de noche
y de día se desvanecen,
con un saludo arraigado en tus manos
y plenitud invadida
en cenicientas palabras.
La experiencia
se quebranta en sus pasos,
con una manga de silencios
y dos sonrisas en nosotros,
como un abismo opinando
entre sombras sus metáforas.
Un quizás hambriento
huyendo de ti.
Tambores
Nadie quiere morir en lo que conoce,
ni irse de la vida
dejando experiencias como recuerdos.
Nadie quiere ser olvido de nadie.
Nadie quiere morir su muerte.
Tejen rezos con fábulas en los dedos.
El presente es frágil de sí mismo.
¿No lo será de ti?
Quien vive,
a su muerte le huye;
quien teme a todo eso,
nunca conocerá lo hermoso de la vida.
Cada despedida aparece sola.
La vida empuja,
la muerte despoja.
Se mancha de recuerdos la ausencia
Veo tu recuerdo
como una hoja
que se quema.
¿Quién eres cuando la noche
entra por tu sangre?
Descargo este destino
en mi ventana.
Pero te vas
rodando por un bautizo
que nunca fueron mis ojos,
por una oscuridad
rancia en el cuerpo.
Esa utopía se pierde,
va degradando la neblina,
las grietas de los sueños
en mi boca.
Está en la piel
el tiempo en el que vives.
Los momentos corren
por nosotros,
se vuelven ciegos,
cuando duermen.
No abandonaré nunca el recuerdo
En Gaza el cielo brilla,
las bombas caen volviendo polvo
la esperanza de un pueblo.
Se fue por las esquinas la noche,
se arrastró lejos por un sueño
la mirada del cuerpo.
¿Hay banderas
en la muerte?
El miedo no huye de la risa.
Nos agarra inocente sobre la vida.
Pero el olvido,
el olvido, hermanos,
comerá cada rostro de este mundo,
acabará algún día con el dolor
de la sangre.
El hambre y la barbarie
nunca más
serán tumbas de humo.
En la deriva todos
somos pequeños,
indefensos en la distancia.
En este espacio
irascible y desgastado,
solo quedará el viento,
seremos polvo y flores.
Seremos un recuerdo
que trasciende del fuego.
Si Dios nos refugia y
nos acoge sobre sus ojos,
seremos estrellas en los cielos.
Hermanos,
nos empujarán las bombas
hacia arriba el día de mañana.
Quizás nuestros nombres
solo sean carbón sobre la tierra,
como una historia esperanzada
que se quema.
Escaparán las lágrimas
de los ojos.
¿Quién llorará nuestra ausencia?
Seremos libres en la noche,
hermanos.
¿Seremos ángeles cuando amanezca?






