Nueva poesía dominicana: Ronny Ramírez

Leemos, en el marco del dossier de nueva poesía dominicana que prepara Bileysi Reyes, algunos textos del poeta y narrador Ronny Ramírez (1994). Mereció distinciones como el Premio de Cuento Joven Pedro Peix 2020 y el Premio de Ensayo Joven Max Henríquez Ureña 2021. Estos poemas pertenecen a Condeno la noche y sus perros de caza (2024).

 

 

Ronny Ramírez (República Dominicana, 1994)​​ es​​ poeta, ensayista y narrador. Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Ha publicado el poemario​​ Condeno la noche y sus perros de caza​​ (Luna Insomne Editores, 2024); una selección de poemas titulada​​ Parque solitario​​ (Proyecto Editorial La Chifurnia, El Salvador, 2025). Escribe una columna cultural en el periódico Acento y ha publicado artículos en los medios dominicanos Listín DiarioHoy y Diario Libre; ensayos y poemas en revistas nacionales e internacionales.​​ En 2023, fue seleccionado por la UNESCO para participar en cursos de literatura y edición en La Habana, Cuba. Participa de forma recurrente en actividades literarias en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo (FILSD), el Centro Cultural de España Santo Domingo (CCESD) y el Centro Cultural Banreservas.​​ Ha obtenido premios y menciones en certámenes como el Premio de Cuento Joven Pedro Peix 2020, el Premio de Ensayo Joven Max Henríquez Ureña 2021 (Feria Internacional del Libro Santo Domingo); el Concurso Internacional de Cuento 2021 (Casa de Teatro); y el I Concurso de Reseñas de Latin American Literature Today (LALT) 2023.

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

Fin de semana

 

 

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras.​​ 

El señor White dio un grito.​​ 

Su mujer y su hijo corrieron hacia él.​​ 

-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-.​​ 

Se retorció en mi mano como una víbora.

 

W.W. JACOBS

 

 

Esta mañana me han dejado el sol  ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ 

como un pedazo de pastel que humea en la

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [ventana.

Mi esposa sale del baño con notas de cascada

y entra desnuda a la alcoba​​ 

para que rompamos el ayuno.

Hace bien que nos abracemos​​ 

hasta sentirnos en el regazo de una playa

plenos de tormentas y horizontes,​​ 

al margen de ciudades y multitudes.

Qué grato dejar el ventilador a sus anchas,

qué regocijo saber que todavía es temprano.

Saludo el otoño con mi amada​​ 

entre los brazos

y no tocamos libros ni canciones​​ 

hasta que suba el café

y su aroma se quede entre nosotros.

Pero entonces el teléfono se mueve​​ 

como una​​ pata de mono.

Es una sombra que se extiende​​ 

como un hongo por las paredes:

mi jefe se acerca con ala de cuervo,​​ 

me habla en tono de pésame,

me deja con la voz de un contestador​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [automático.

Veo que de pronto mi esposa​​ 

se me escapa de las manos y se arrastra

con una veta de melancolía hasta la nevera.

Ya no puedo descifrar lo que calla

cuando noto que sostiene una hielera vacía

y una lágrima rompe el hilo del sueño.

Pero pienso que después de todo​​ 

así son las horas de mi día libre:

como unos cubitos de agua

que terminan inertes en una bandeja de hielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Luna de Fentanilo

 

 

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura

hambrientas histéricas desnudas

arrastrándose por las calles de los negros en busca de un colérico pinchazo

hípsters con cabeza de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial

con la estrellada dínamo de la maquinaria nocturna…

 

ALLEN GINSBERG

 

 

De eso susurran los periódicos:​​ 

ángeles que perdieron su aureola

por un sorbo de trementina,

una generación que vacila​​ 

por rincones viciados de orina y cristales​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [rotos.

Un reportaje habla de una nueva fiebre de ​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [rocío,​​ 

un oscuro rastro de hadas en la sangre.​​ 

Pero no solo se trata del polvo sagrado​​ 

que asciende de las alcantarillas​​ 

y el niño que vomita y tiembla​​ 

y se vuelve a tragar sus dientes destrozados,​​ 

sino de la palabra de piedra,​​ 

el bostezo de vida,

el sol que se derrama como vinagre.

Madres y padres que destrozan​​ 

la crisálida de sus hijos por un golpe de cielo.

Almas errantes que sufren y maldicen a Dios​​ 

en la medida en que se adhieren a la calle.

Insomnes que tiritan en el suelo,​​ 

que revientan sus venas de azufre

​​ y gritan por arañar las sombras​​ 

que les rodean,​​ 

que les acosan, que les seducen.

Qué decir de los huérfanos​​ 

que tratan de resguardarse

con un pequeño rosario de lágrimas,

el viejo que se arrastra hasta el abismo​​ 

y escupe sobre la bendición de cada uno de​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [sus años,

la mujer que se ovilla en el trastero de su​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [mente​​ 

y cede su cuerpo por un roce de alba. ​​ 

Qué hacer por estos jóvenes​​ 

que rabian por pastillas,

que sollozan por aire,​​ 

que rompen sus uñas podridas;​​ 

aquellos que velaban por sueños sencillos,

que guardaban su primer beso,

que pulían el nombre de su patria.​​ 

Ahora son los bastardos que manchan​​ 

el esplendor de América,​​ 

ahora solo sirven como ganado de farmacia. ​​ 

Cuesta entender que aquello​​ 

que fue un hombre ahora se retuerce​​ 

como la cola mutilada de un lagarto.

Las noticias refieren que son casos de​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [antología,

perdedores que arrinconan debajo del puente,​​ 

leprosos que no tienen que ver con la ciudad​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [diligente y organizada.

Estos individuos que ya no resplandecen​​ 

y yacen perdidos​​ 

murmurando con letreros y zafacones

no son más que asuntos de gobierno.

La nota de prensa terminó sin reparar​​ 

en un joven que había quedado absorto en el​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [amanecer,

colmado por un segundo de plena narrativa​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [en sus ojos,​​ 

antes de volver a sumirse​​ 

en la fría mirada de los peces.​​ 

Alguien olvidó sacar una fotografía​​ 

de aquel único instante​​ 

en que parecía pedir​​ 

un último atisbo de clemencia​​ 

en nombre de la humanidad.​​ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eslabón

 

Guardo la opinión de turno en mi billetera,​​ 

acomodada entre mi corazón

y una tarjeta de crédito;

la aprieto cuando me cuestionan

en la palestra de corral,

cuando el pastor me señala​​ 

en un debate de borregos.​​ 

Quienes me rodean preparan la artillería,​​ 

se despeja el paredón.

Entonces asiento: tengo mis palabras al día,​​ 

y sonrío con horror.​​ 

Levanto el puño por la madre que apaga​​ 

las estrellas de su vientre;​​ 

felicito al niño que se pinta los labios,​​ 

a la niña que sueña con una pistola de juguete.

Me sumo a la caza de brujas​​ 

en libros y películas,

a la condena del colonizador.​​ 

Marco como misógino y racista

al primero que llame a una negra por su color.

Entonces asiento: celebran mi raíz pobre

y latinoamericana, y sonrío con vergüenza.​​ 

Me queda maldecir la historia,​​ 

escupir sobre el arte y sus designios secretos.

Observan si me pinto la cara, si me hago eco​​ 

de las dictaduras y sus hordas imaginarias​​ 

para rendir mi cuota de lucha​​ 

por eso que claman con sangre.​​ 

Entonces asiento: eslabón con bandera​​ 

y pañuelo, y sonrío con lástima.

 

 

 

 

 

 

 

Naufragio

 

¿Cómo podemos estar tan tranquilos​​ 

en medio de balas perdidas?

¿Cómo podemos mirar el cielo y sonreír

bajo la ceniza que cae como escarcha de​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [nieve?

Sueño con millares de niños que se hunden​​ 

 ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​ ​​​​ [desnudos

en los terribles silencios del mar,

millares de niños con los ojos​​ 

abiertos y brillantes

que se entregan regocijados​​ 

a fauces y tentáculos.

Cuántos deben caer como flores ajadas,

cuánta sangre ha de correr y retumbar​​ 

por el fino cristal del amanecer.

¿Cuántos cargarán a la luna como a una cruz?

¿Cuántos cadáveres tienen que arder

​​ para descifrar el perfume de la muerte?

 

 

 

 

 

 

 

El caballero de media noche

 

…junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

DYLAN THOMAS

 

El cadáver de un perro es pisoteado​​ 

y esparcido por raudos automóviles.

La moralina es un arcoíris sucio y deshecho​​ 

que se estanca en el contén.

Entierran a otra mujer porque alguien​​ 

no pudo mantener su bragueta cerrada.

¿Y todavía me preguntas por qué tiro​​ 

la moneda y apuesto por la poesía?

¿Todavía me preguntas por qué soplo

​​ una pizca de arena a la luz de la luna?

Si la ciudad es una culebra de cláxones​​ 

que repta por edificios y túneles,

si mi hermano puede apuñalarme​​ 

después de abrir su cofre de sueños,

si la memoria se llena de plástico​​ 

frente a los caminos del mar y el sol,

¿cómo dejar la palabra en el cenicero​​ 

y rechazar la bendición de su música?

¿Cómo enfrascarme en el papeleo del día​​ 

y quemar, en mi corazón, las alas del verso?​​ 

Quizá no pueda salvar al cachorro que​​ 

se precipita feliz hacia la estampida de acero,

tal vez nadie escuche que grito​​ 

por el secuestro de los colores​​ 

en la paleta de la historia

pero, simplemente, no puedo callar mientras​​ 

una flor siga quemándose sobre el asfalto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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