Waldo Leyva: dos poemas de guerra

Leemos dos poemas de Waldo Leyva (Cuba, 1943) pertenecientes a la serie “Desde el este de Angola”. Se trata de poemas aparecidos en la revista Labra y oficina, Angola, 1976.

 

 

 

 

 

Angola, febrero, 1976. 6 am. Es necesario alcanzar posiciones del enemigo. Los centinelas del Frente Nacional de Libertaçao de Angola suelen despertar hasta las ocho de la mañana. Antes no presentan combate. Los sudafricanos podrían estar también por ahí. Son artilleros magníficos. Se habla de la presencia china en el frente después del último bombardeo.  Silvio Rodríguez, fusil al hombro, le cantó ayer “La familia, la propiedad privada y el amor” a la tropa.  Una patrulla cubana en un Land Rover todo terreno descapotable, en labor de reconocimiento, vacila. Cruzar el campo o no. Waldo Leyva, poeta, voluntario registrado en 1975, toma el volante y avanza. Treinta kilómetros por hora y el trajín del camino. De pronto detonaciones, ráfagas. No durmieron. Los cubanos agachan la cabeza y siguen avanzando. Un disparo alcanza al poeta. Su pierna sangra, el ardor. Acelera a fondo con la fuerza que le queda en los tendones y bajo un aguacero de balas recuerda la última carta que escribió y que quizá una mujer esté abriendo en ese momento en La Habana:

 

“Cuando nos encontremos, quiero que tengas el pelo suelto y que cierres los ojos para entrar poco a poco en tu sangre, sin violencia, como cuando bailábamos bajo las estrellas sin otra música que la de nuestros cuerpos, no abrazados, sino naciendo juntos de la tierra. Hoy has estado más presente que nunca, la mujer que eres se me entra por todo el cuerpo, no puedo recordarte de otra forma, sino de carne y sangre palpitante. Si recuerdo tu pelo es revuelto en mi cara, si tus ojos, cerrados, si la piel, reventando tibia entre mis manos mientras la lluvia se rompe en la ventana y te hincha los senos”.

Alí Calderón

 

 

 

***

 

 

 

 

Todavía tengo el asombro de tus ojos​​ 

pegado a la memoria.

 

Te me fuiste de golpe entre las manos.

No me basto la sangre​​ 

para cerrar tu herida.

 

Te mataron de pronto​​ 

al mediodía.

 

La muerte era tu cuerpo muerto​​ 

sobre el suelo,​​ 

tu corazón sin ruido,​​ 

el sol quemándote la sangre afuera.

 

Pero si acabas de pasar,​​ 

si hace un momento te preste un cargador.

Coge el Ak, levántate carajo,​​ 

tienes pocos años todavía.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ahora,

mientras yo me levanto​​ 

y voy con el fusil hacia otro punto​​ 

donde vuelvo a tenderme y disparar.

 

Ahora,

mientras espero fundiéndome en la tierra​​ 

que reviente el obús enemigo.

 

Ahora,

mientras Xieto pasa aquí, a mi lado,

​​ con el Ak plegable bajo el brazo,​​ 

corriendo y disparando​​ 

y la muerte hace estallar las piedras

a dos metros.

 

Ahora,

en este mismo instante,​​ 

mis hijos se despiertan en Santiago.

 

 

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