Raquel Jaduszliwer nació en San Fernando, Pcia. de Buenos Aires, Argentina, en 1946. Es Lic. en Psicología. Publicó una novela y doce poemarios: Los panes y los peces (2012), Primer Premio Poesía Ed. De Los Cuatro Vientos, 2011. La noche con su lámpara (2014), Primer Premio Poesía Ed. Fundación Victoria Ocampo, 2013. Persistencia de lo imposible (2015), Premio Edición Ed. Ruinas Circulares, 2014. Las razones del tiempo (2018). En el bosque (2018). Ángel de la enunciación (2020). El árbol de las especies (2022). Los diagramas radiantes (2022). Todos los lugares se llamaban promesa (2023), Primer Premio Rubén Reches, Ed. Ruinas Circulares, 2022. Espiga de los días, (2024), Premio de Poesía “Flor de Jara”, Diputación Provincial de Cáceres, España, 2024. Canción natal (2025), Premio Latinoamericano de Poesía Ciro Mendía, Caldas, Colombia, 2024. Memorial, (2025) Segundo Concurso Nacional de Poesía “Encuentro de poetas con la gente” (Cosquín, Córdoba, 2024). Entre sus participaciones en diferentes eventos cabe destacar que fue expositora en el Festival Internacional de Poesía (CABA, 2019), y en el programa de actividades del VI Festival Internacional de Poesía de Fredonia, Colombia (2022). Poemas suyos se encuentran en antologías y publicaciones nacionales e internacionales. Su obra fue traducida a diversos idiomas y está incluida en programas de estudio de diferentes universidades argentinas.
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Espiga de los días, libro con el que la escritora argentina de origen judío Raquel Jaduszliwer (San Fernando, Buenos Aires, Argentina) ha obtenido por unanimidad el XXVII Premio Flor de Jara de Poesía, se lee como un solo poema fragmentario, una cadena de eslabones más o menos breves unificados por un mismo tono y espíritu de indagación. El conjunto plantea un diálogo sostenido con los signos elementales del mundo natural en un lenguaje de gran fluencia y sensorialidad, fundiendo percepción y meditación en un intento de dar sentido a nuestro ser y estar en la tierra. Hay en estas páginas emoción, imaginación y una inteligencia sensitiva que dialoga con el misterio de las cosas y se contenta con formular las preguntas adecuadas.
Se trata, en última instancia, de atender y estar alerta. Y también de aceptar lo que nos toca en suerte. “Algo escucho que no alcanzo a entender. Eso me hace feliz”. La atmósfera del libro es austera, liviana y a la vez de gran riqueza en los detalles y matices, con un yo que nunca estorba o altera la visión, sino que se adentra en el libro de la tierra (“la poesía de la tierra nunca muere”, decía John Keats) y descifra con pasión cautelosa sus caracteres. Todo es enigmático y también seductor, y nos invita a hacer camino y descubrir la trama de analogías que sostiene el mundo visible. Como afirma al comienzo del libro: “Decías que solo se trata de aguardar / el correr de las horas, / la cabalgata de la luz entrante / para ver cómo se abre / la flor de la correspondencia”.
Jordi Doce
De cuando las palabras aun no eran palabras.
De cuando el aire a través de unas cuerdas vocales
aún no te nombraba. Había una vez y aún no lo sabías.
El ritmo de un tambor expandido se tensaba
en tu futura interioridad. Pero eso fue antes,
mucho antes. Ningún vestigio queda.
Nadie en Babel hablaba así,
nadie de entre los agolpados en el Pentecostés
escuchó de esa lengua toda hecha de inicio.
Y allí estabas como la criatura que eras,
aguardando. Ya llegaría el tiempo,
ya saldrías un día a recoger palabras,
algunas como lirios del campo,
otras como animales dibujados
de especies aún no conocidas.
Ahora que desde el aire no llegan más misivas,
la lluvia es lluvia, la luz es otra luz.
Se oyen nuevos mensajes por debajo del agua.
Dicen: nosotros somos el presente, la gota
que persiste.
Así es como se mide el tiempo:
en el brillo sobre todas las cosas,
en el destello móvil
cuando las baña una luz líquida.
Decías que el agujero de la noche
no es otra cosa que una alegoría
de la mañana próxima.
Decías que sólo se trata de aguardar
el correr de las horas,
la cabalgata de una luz entrante
para ver cómo se abre
la flor de la correspondencia.
Decías que los temores
se desvanecen como las promesas.
Decías que, al fin y al cabo
todo se borra al sol.
¿Cuál de todas las horas será la hora tranquila?
Al bies de aquellas nubes no se le puede preguntar,
dormidas como están sobre los abedules.
Dicen que cuanto más se aleja el que se aleja,
más se lo sentirá.
Más vibrará esa copa hasta dejar que caiga
el espíritu púrpura que habitaba en ella.
Dicen que cuando se haya derramado el vino,
también se habrá volcado el desenlace.
Si pensabas que mirar hacia atrás significa reencuentro,
hallazgo de la sombra que al mediodía se perdió,
en vano buscarás. Verás, harás de cuenta
que una de las estrellas venideras te será destinada.
A cambio de su guía le darás tu ofrenda:
puede ser aquel pez que se arrebató al agua,
o el temblor del venado, el ciervo esquivo.
O también esa flor que ha quedado incrustada
en la corona oscura de hierro de los días.
O simplemente aquello, la sombra que perdiste
a mitad de camino.
Las tardes son tan arduas,
una figura nueva de la soledad
se encarama en el tiempo.
Así como se vive la luz en el declive,
así todo se ve.
Talentos y tormentos, correntada.
Pasaje del gran descentramiento
al punto cero.
Siguiendo el hilo de agua, el borde
que se forma entre lo que pasó
y lo que no pasó.
Siguiendo el ritmo de alguna idea fija,
lineal como un dibujo de niño primerizo
antes de perderse en sus analogías.
Así llegamos hasta aquí.
Hay una música de fondo, pero el calor
es tan real, puede palparse.
También lo que sucumbe al peso de la tarde.
Lo mismo que este sol que me llevo a la boca
maduro como todo verano.
Te levantó la bruma esta mañana. Lo hizo cuando se iba
y te dejaba en absoluta indefensión ante la luz.
La luz era tan nueva, tenía algo de las epifanías
que los pintores de íconos salían a capturar.
Se salían de sí, lo hacían dotados de un color tan salvaje
que sólo de los campos agrestes de la fe brotaba.
Enceguecidos, guiados por visiones,
previeron esa luminosidad que hoy te rodea
y te hace parpadear.
Ahora escucho la canción del invierno.
Resucitada en nieve, toda hecha de música,
la canción del invierno habrá de rescatarnos.
A los atraídos por la oscuridad,
a los desvariados por la noche.
A los hipnotizados por la noche
con todas sus estrellas giratorias.






