Taimi Dieguez Mallo (Jaruco, 1990) es dramaturga, poeta y narradora. Licenciada en Arte Teatral. Ha publicado los libros Con la ropa de mi madre. Obra para ser dicha por el perro hembra, Piedras a los varones, Manzanas sobre la nieve. Drama semiepistolar, Demonio sobre césped cortado y el poemario El largo otoño.
Pájaros de colores
Estas son las ruinas de mi ciudad,
perdón, de la ciudad de todos, aunque he nacido aquí por siete generaciones seguidas y he visto siete veces morir a la golondrina, mi hermana, al ruiseñor, mi primo, al petirrojo, mi amigo, a la grulla, mi vecina, al halcón y al cuervo, herederos de la tierra más podrida.
Los he visto alzar sus vuelos, en bandadas, rumbo al norte, donde les espera la tierra prometida para dar a luz.
Es un viaje de ida y vuelta, aunque muchos no resisten la travesía, y se estrellan contra una cordillera o contra la torre de Mcˈ Donald
o alguna gran ave trasnacional se les viene encima.
Y pierden el rumbo, eso, pierden su chip.
Las he visto morir, de regreso, carbonizadas por el sol más angustiante, por la desilusión más contagiosa que es no reconocerse ya como parte de esta ciudad en ruinas. Y piensan en adelantar el próximo verano para partir más rápido, y piensan en cambiar de estatus y convertirse en aves residentes, ciudadanas aves del norte. Las he visto partir para nunca más regresar sobre estas ruinas.
¿Y el incendio?
¿Quién es responsable de este incendio?
El mar tuvo que agigantarse para aplacar las llamas y lo salado se mezcló con el almizcle de los basureros, y se creó esta especie de ungüento para las quemaduras.
No he perdido mis plumas ni mis colores, pero es verdad que algo he perdido entre las migraciones, las despedidas y el fuego.
El verano próximo también yo partiré para dar a luz y no sé, no sé si traeré pájaros de colores o quimeras. Esta ciudad será el nuevo emporio de las quimeras, y no sé, pero nosotros nos comportamos como sus padres.
Nuestra casa
La casa donde nacimos definitivamente,
no será la casa donde moriremos.
La casa es una estación que se construye desde la raíz
hasta los empinados lomeríos de nuestros sueños,
con alguna corteza de otoño, suelo de invierno,
alta humedad relativa para las abejas
que también encuentran su propósito
allá, sobre las flores que hemos dejado en la tumba
abierta.
La casa donde nacimos definitivamente
será la casa de nuestros abuelos,
una casa en la que el mar recala con sus ostras
y deja en nuestros cuartos,
bajo nuestras almohadas, perlas
marinas perlas
con las que pagamos la luz eléctrica
o las papas que llegan a la bodega.
La casa donde nacimos definitivamente
será la casa de nuestros abuelos
porque nuestros padres son muy jóvenes
para quererse tanto
y le han dado vueltas a este asunto
de traernos al mundo sin cuentas bancarias
para nuestros entierros,
porque los padres habitan esa estación de la muerte
que es una casa hecha con los nudos del mar.
La casa donde moriremos será un barco,
que en el verano más intenso,
se abrirá para todo el vecindario y zarparemos
hacia las costas más remotas en el tiempo.
El tiempo de nuestra muerte será inmenso
entre los peces, los frutos rancios, el invierno,
aquellos besos tardíos de nuestros padres,
aquellos abrazos inocentes
de nuestros abuelos.
Con la primavera regresaremos,
un poco dormidos, algunos enfermos,
otros embebidos de carne porque en el mar también
nos amaremos
para atracar en puerto seguro
y seguir construyendo esta casa desde la raíz
hasta los empinados lomeríos
en que el sol poniente nos aventaja,
incluso, nos aventaja
y se despide.
La casa donde moriremos hay que cavarla
ahora que hemos nacido definitivamente.
Réquiem por las bisabuelas
Mi abuela materna se casó con mi abuelo
para salir de la miseria, pero nunca fue rica;
mi abuelo nunca fue buen comerciante,
el torno en que moldeaba su acero
lo trituró poco a poco.
Mi madre se casó dos veces, creía que el amor
iba a salvarla, pero ni el matrimonio ni el amor
pudieron contra el cáncer.
Yo no seré la esposa de nadie,
aunque he sido el amor de alguien.
A mí me salvará la muerte,
como a mi bisabuela.
Mi bisabuela enviudó muy joven
con dos niñas pequeñas.
Puso la flor sobre la tumba
y se fue a limpiar y a lavar las sábanas de los hoteles,
las blancas sábanas en las que se derrama
el destino de algunos.
Yo no seré el destino de mi cadáver,
aunque mi cadáver me atraviesa.
Su voz es ronca, la mía todavía canta.
Mi abuela paterna se dejó raptar por mi abuelo,
vivieron en la deshonra hasta que les nació
un hijo.
Mi padre se ha casado dos veces, cree que el amor
va a salvarlo, pero a sus riñones les cuesta
depurar la sangre.
Yo no seré la novia de nadie.
A mí me salvará el olvido,
como a mi bisabuela.
Su nombre era Cristina
o Crisálida
o Cristo.




