Está primero la palabra, sonando en el vacío.
El canto visceral del hombre nuevo,
desde la gruta hasta las ramas.
De las ramas hasta el oído circular de los amantes.
Trino de pájaros,
viento en la cañada,
árboles batiendo sus brazos en el huracán.
El fuego y la palabra alumbrando las noches.
La sangre y la palabra abriendo el nacimiento.
La muerte y la palabra triturando el cráneo del bisonte.
Canto que corre por mis venas.
Está primero la palabra y luego el sacrificio.
Abro la tierra y siembro el árbol.
Crece la nación de las palabras,
cada una hilándose,
fundiéndose,
llenando de albura la garganta,
tapándome los ojos.
Clavos de palabras en tus manos.
Lanza de palabras en tu herida ventral.
Dioses de palabras en los rincones oscuros de tu cuerpo
que nadie toca,
que nadie recuerda.
Primero está la palabra,
alba clara del hombre descifrado.
La primera palabra fue país,
dibujándose clara en el cuerpo de la madre.
Un país antiguo y olvidado
como un muerto animal debajo del estante,
un ratón que apestaba,
una tarántula diseca.
Podía ver la luz filtrarse por los huecos del país, hendijas,
y más allá el río,
la arboleda,
el palmar distante,
el marabú arañando los colores del ocaso
y un cañaveral que como un fénix renacía
de sus cenizas una y otra vez.
Era una casa de tablas el país,
madera vieja y firme,
como firmes son las convicciones de los héroes
pero no había héroes en mi casa,
solo humedad, llovía
y el agua en goteras infinitas
bañaba los muebles y mis manos
limpiaban el rostro de mi madre
y mi abuelo enloquecía:
Nos vamos a hundir,
hacemos agua,
el país se hunde.
Era un barco el país, surcando
el tiempo indefinible
y los soles y las lunas
entraban por los intersticios,
se metían debajo de la piel de mi hermano
mientras dormía, caían en las manos de mi madre
mientras fregaba las cazuelas,
me llenaban los ojos de reflejos cósmicos,
de palpitaciones astrales.
La primera palabra fue país,
aún vivo en él,
mi cuerpo tiene la forma de su casa.
Era la guerra un pájaro
y yo escribí su nombre en mi libreta.
Tu rostro acuchillado. Un pájaro
de alas enormes y canto de consigna repetido.
Escribí su nombre para enjaularlo.
Para evitar que nos entonara su odio,
su mentira para siempre,
y nos aprendiéramos el canto
con las mismas letras
de las palabras en el poema.
Pero saltó a mis manos.
Se metió debajo de mis uñas.
El pájaro de canto hermoso y desgraciado
(que debíamos matar)
navegó por el río desnudo de mis venas
mientras tocaba la guitarra,
mientras acariciaba la espalda de mi mujer
y sembraba los árboles del bosque.
El canto que odio con el alma y con los ojos.
El canto miserable,
prohibido,
la voz de los traidores y tiranos
se escriben hoy con las mismas letras,
con las mismas sílabas
de la palabra libertad.
Quisiera ser Chernóbil
explotar sin previo aviso
matarlos a todos con mis átomos
que nazcan deformes los hijos
que corrompa nuestra agua el cesio
tú, seguirás siendo bella
y me cubrirás con piedras
en la zona de exclusión
donde ni los pájaros cantan
en silencio recordarás
mi verso empobrecido
¿acaso no es el amor una bomba atómica
una central eléctrica que explota
en un país socialista?
yo exploto, amor, en un país socialista
soy una central eléctrica
un coche bomba
el gesto que el pintor no pudo captar
con su pincel de pelos de caballos
los caballos también murieron
yo exploto en un país
de uranio y de poetas
nadie lo espera
nadie sabe que mañana
todo va a estar contaminado.
Poetas cubanos del dossier



