Poesía argentina: Inés Aráoz

Diego Roel nos acerca a la obra de la poeta argentina Inés Aráoz (1945). Mereció el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras por su libro Al final del muelle.

 

 

 

 

 

 

Inés Aráoz​​ (San Miguel de Tucumán,​​ 1945)​​ estudió Música, Lengua y Literatura Inglesa, Lutheria y Lengua Rusa. Publicó veinte libros de poesía y traducciones, además de participar en diversas antologías. Obtuvo los siguientes premios: por el libro​​ Ciudades​​ obtuvo Mención y recomendación de publicación en el Premio Bienal de Poesía “Ricardo Jaimes Freyre” en 1981 (jurado integrado por los poetas: Olga Orozco, Roberto Juarroz y Raúl Gustavo Aguirre); por​​ Los intersticiales​​ obtuvo mención especial en el Premio Nacional de Poesía 1984-1987,​​ con jurado integrado por Elizabeth Azcona Cranwell, María Elena Walsh, Jorge Calvetti y Santiago Kovadloff; y en 2019 el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras por su libro​​ Al final del muelle.

 

 

 

 

 

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​​ (…)​​ La poesía, dice Aráoz, quiere hablar de lo que no se puede hablar. No por referencia a un orden de la prohibición sino como tentativa de sobrepasar los límites de la expresión y alcanzar aquello para lo que no hay voz en el discurso corriente. «Quemar la palabra», según su lectura de Gógol, como experiencia poética, fulguración del lenguaje y «reto a la vida».

Osvaldo Aguirre

 

 

 

 

 

 

 

Entronque de cielo y tierra mis pies​​ (editorial Leviatán, 2026)

 

 

 

 

Gozo

 

Y ante estos ojos ​​ -¡oh misterio!- ​​ se alza el árbol en consonancia con su nombre.

 

 

 

 

 

La voz

 

No son los tres sones del teatro ni los martillazos de Beethoven en su solemne Misa sino un llamado de atención: y las orejas de uno, como las del dios egipcio Ibis, el perro, se ponen enhiestas. Y allí está la voz que habrás de oír en tu propia escritura.

 

 

 

 

 

Aún no el puro silencio

 

Si la palabra ya fue alzándose hacia su propia cima. La escrutaba yo, mi vida en ella, despojándome en su alzamiento de verdes que caían, de temblores más ligeros.

 

Y la música presentida oscilaba de silencios a silbidos.

 

Aún no el puro silencio. Aún no el puro silencio.

 

Pues dónde encontré esa imposible y ascendente palabra sino en diminuto cristal alojado en la piedra?

 

Y fui limpiándola, acicalándola como el pájaro acicala sus plumas.

 

Y veía cómo aquello que quitaba aumentaba sus luces. Y vi sus espiralados brillos revolucionarios en ascenso. Mis manos hiciéronse luces.

 

Y quedé atrás. Ya no yo y tampoco palabra sino izándome en ella.

 

Y de la música presentida

aún no el puro silencio.

 

 

 

 

 

 

 

Leyendo a Zurita

 

A nuestros pies, el mundo. Nada es. Pero el que VE es un cuerpo revolucionario, absoluto, y en un simple acto, crea el mundo, el latido del mundo y su acontecer es tal que aúna gozo y dolor.

 

Y entonces Zurita ya no es Zurita. Soy yo y las playas de Chile y tú y el mundo entero.

 

 

 

 

 

 

 

Leyendo a Zurita II

 

Él hablaba

De los hoyos del cielo

O de la cordillera que marchaba

Trasegaba yo sus líneas

Pájaros y perros a distancia

Con el sol metiendo sus oros

Por la ventana

Esto sí que es vivir –me decía

Volteando las páginas

Lo acompañaba, sí

Por sus paisajes​​ 

Y lo que él veía en su silencio

Más que nada gesticulaba

Lo leía yo entrelíneas

Y para mí pensaba

Qué bueno es esto

De caminar junto al loco

De Zurita

 

 

 

 

 

 

 

Disyunción & Conjunción

 

-Aún el paraíso está nombrado. Pero vivir es más que lo que el lenguaje nos propone como juego.

-Una hormiga muerta es quién.

-Un pequeño pájaro que muere en nuestras manos es quién.

-Más de una vez me he preguntado ante ti, querido lector, quiénes éramos.

-Esa pasión por nombrar que define mi acción.

-Fuera mayor, mucho mayor, la garganta abismal del pichón tan cercana a tragarse el universo.

-O acaso el accionar de la palabra

sólo buscara la clave del silencio.

-Pequeño pájaro que nos dejas tu último temblor entre las manos.

-Quizás nos hemos detenido demasiado tiempo en el lenguaje.

 

 

 

 

 

 

Notas

 

Las paredes han empezado a craquelarse

Como suelo de salares

Otra vez las aguas dulces han de mezclarse con

las saladas

Acaso pueden las lágrimas ser lavadas?

Rugen grandes aves cruzando cielos como

dragones

Y todas las miradas parecen absortas en sus

vuelos

Hasta verlas caer, rotas, vacíos cuencos

Qué es esto? Qué es esto?

Dónde, dónde están los hombres?

Y sus pequeñas manos de alabanzas?

 

 

 

 

 

 

Dijo la Palabra

 

Ya estaba yo

Cuando tú llegabas

Hubo quienes me llamaron

Verbo, percutor de vida

Y otros, fuego

Dirás fuego una y otra vez

Y se curvará el sonido

Pero me alcanzarás solamente

En la Alegría

Puro don entonces

En ti

Ardiendo

 

 

 

 

 

 

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Muestra de poesía argentina

 

Valeria Pariso /

 

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