Poesía argentina: Diego Muzzio

Diego Roel construye un panorama de la poesía argentina contemporáneanea. Leemos aquí algunos textos de Diego Muzzio (1968). Es poeta y narrador. Mereció el Premio Konex 2024. Todos los poemas hacen parte de Música inconclusa. Obra poética reunida (Salta el pez ediciones, 2025). Acompañamos los textos con una nota crítica de Lucas Margarit.

 

 

Diego Muzzio​​ (1968)​​ mereció el​​ Premio Konex 2024. Cursó estudios de Letras en la UBA y es Licenciado en Lengua, Literatura y Civilización Extranjera por la Universidad de Le Mans, Francia. Publicó poesía y libros de narrativa, para adultos, niños y jóvenes. Entre sus obras poéticas se cuentan: Sheol Sheol, Gabatha, Hieronymus Bosch, El sistema defensivo de los muertos y Nadar bajo la tierra, obra poética reunida. Como narrador publicó: Mockba, Doscientos canguros, Las esferas invisibles y El ojo de Goliat. Algunos de sus libros para niños son: La asombrosa sombra del pez limón, Galería universal de malhechores, La guerra de los chefs, El año del corredor solitarioLa casa de las ballenas y El gigante resfriado, entre otros. Recibió Primer Premio de Poesía del FNA, el Primer Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Medifé-Filba 2023.

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

Una de las características que debería tener una obra reunida es una coherencia poética o estética. En el caso de la poesía de Diego Muzzio,​​ esta coherencia se desplaza en diferentes maneras de pensar el verso, la experiencia y la imagen.​​ Ya el título de uno de sus últimos poemas nos evoca una escritura no definitiva ni clausurada que se centra en una materialidad sonora, “Música inconclusa”, como una serie de versos abandonados –tal como sugería Paul Valéry-, se van abriendo paso hacia múltiples formas de sentido.​​ Poesía de la sugerencia y del olvido, pero también de un recuerdo que se va moldeando diferente cada vez. El propio cuerpo que cambia, la imagen del padre y la imagen obsoleta de la memoria, el óxido y el limonero: perder la mirada e intentar sanar más allá de​​ la presencia de un río y de su orilla.​​ Cada una de estas imágenes va atemperando cada una de las palabras que se van diciendo y también las que quedan detrás de las escritas, escondidas como una máquina a vapor en un sótano de mármol. Y allí vuelven porque la memoria necesita volver. Y así una obra reunida necesita de aquella memoria que intervenga, que rechace y que imagine una recomposición. Reunir es también evocar el pasado con un ahora, movimiento temporal que también celebra Muzzio en su poesía: evocación de una infancia y de una memoria que parecía perdida. ​​ Las palabras son siempre un recordatorio de lo que se puede olvidar, de lo que quizá esté presente y de aquello que se articula paulatinamente en el​​ poema.

(…)

Lucas Margarit

 

 

 

 

 

 

 

 

Posdata

 

Las cartas escritas en verano son las más tristes.

Cartas escritas sobre las paredes de una casa

abandonada entre pájaros.

Las cartas escritas durante la siesta,

mientras tu mano abre el cañaveral

con un machete de estrellas,

mientras mi mano se cierra

sobre una moneda de arena negra,

esas cartas siempre son las más tristes.

Cartas escritas a la fuerza, de memoria,

porque ya no hay nada que hacer,

y el tiempo gira como un puma

alrededor de una columna rota.

 

 

 

 

 

 

 

Turín, 27 de agosto, 1950

 

Palabras no. Un gesto. No escribiré más,

anotó Pavese en su diario

antes de matarse.

Aquellos que miraron durante muchos años el mar,

hombres inclinados sobre muelles oxidados

como brazos de una tierra arrasada,

hombres donde sólo las palabras laten

con vida propia, esos hombres,

no matan un cuerpo;

un cuerpo no.

 

 

 

 

 

 

 

La carta de Yu Cheng

 

Cuánto tiempo tardarán mis palabras

en llegar a ti,

tan lejos, en Mien Shan.

Cuando las escribí, junto al río,

eran palabras frescas

como las hojas de las ramas

que rozan la corriente.

Como los tigres que se aparean

en el cañaveral llovido.

 

 

 

 

 

 

 

Gas

 

No había fuego; las hornallas

como estrellas marinas, escupían gas.

El filo de la falda cayendo sobre

la tapa del horno; los dedos

de una mano rozando

el suelo; una uña rota; pelo suelto,

lombrices separadas de la tierra.

No había fuego; fuego del infierno

o fuego del cielo, que purifica.

Sólo gas.

Y los rayos de sol atravesando

ese lago espeso, detenido.

 

 

 

 

 

 

 

Asesinato de una mariposa

 

Dentro de un frasco

de vidrio verde

se agitan alas.

 

Así se derrite la nieve,

así sucumben las flores,

 

muere así el hombre

y el insecto diminuto:

 

intentando escapar

trepar, tragar

el aire escaso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El rayo cae con predestinación

 

¿Puedes responder a mis preguntas

Tú, San Juan Evangelista en Patmos,

colgado de un clavo en la pared de Berlín,

escribiendo aún mientras se arrastran

las larvas del tiempo sobre largas galerías?

De la blanda muerte por agua a los caballos

trompetas peste hambre fuego hemos

evolucionado: se torna más complejo destruirnos.

Todavía puedo respirar. Encerrado en este cuarto

huyendo de mi prójimo, hojeando guías de viaje,

riéndome de la ruina, ignorando la pobre

prosa de la maquinaria animal del día.

Quiero ir a pescar con mi padre y con su primo.

Estoy dispuesto a atravesar el dilatado páramo

para llegar al río, así que dejemos a un lado

la destrucción del mundo y, si es posible,

dame una respuesta:

¿qué quedará de mí luego de que el rayo

calcine los trigales que conducen a mi puerta?

 

 

 

 

 

 

 

 

El rinoceronte

 

Cuántos Cristos cargando la cruz y cuántos

San Sebastián y Descensos a la Tumba

habremos visto en nuestra breve vida,

Domenico, en Florencia, aquí en Venecia,

colgando iluminados de los rascacielos o

interrumpiendo las aéreas cañerías que

siembran el semen de la masturbación

en el lago de limo de los limbos.

Mi amigo, mi amadísimo Domenico:

he conocido una mujer, ayer, cerca del agua.

Su pelo negro y su vestido demasiado amplio

dejaban en el viento un perfume indescifrable.

Caminamos. Bebimos vino. Más tarde

me guió a los altos de una casa en Cannaregio.

La noche me empapó las manos. Al amanecer,

sin que ella lo pidiera, le mostré la foto

de mi óleo más logrado:​​ Ascenso del Calvario.

Ella lo miró con indiferencia. Y luego,

Domenico, escucha..., luego se levantó

y enseguida regresó con el dibujo

torpe y desproporcionado de un rinoceronte.

La imbecilidad del tema y su peor factura

convocaron a mis labios la sonrisa, y ella dijo:

éste es el espíritu acosado que no sabes pintar.

Me vestí. Salí de allí. Espero no volver a verla.

 

 

 

 

 

 

 

El hijo pródigo

 

Qué dulce debe ser perder el tiempo como aquel que huyó

con su parte de la herencia hacia tierras extranjeras

para disfrutar del vino y las mujeres extranjeras

para cantar cada noche bajo estrellas extranjeras.

Un alambre de plata atraviesa el cráneo.

La percepción del tiempo divide a los hijos que fui,

separa el movimiento de los bailarines con sus vasos

de rancio vino entre las manos. Pero cómo quisiera

mirarme en el espejo y no ver nada, observar la luz

sin la piedra que aplasta parte de mi cara. Y después:

que la lluvia caiga empape el pelo limpie el polvo

que gotea dentro de los muslos, esos gruesos

relojes de arena indiferentes. Dame un hijo,

dijo ella, algo tibio que abrazar cuando te vayas,

otro ser que perpetúe el suave declive de tu vientre.

Esa misma noche le compré un perro y partí.

Un barco ruso me escupió en la estepa donde

Raskolnikov, rígido, las manos congeladas,

me habló durante tres días del perdón

mientras los cerdos lamían nuestras llagas y

bajaban las ballenas a beber el llanto de Jonás entre las llamas.

El asesino caminó sobre la nieve. Se detuvo.

Luego me alargó la botella de aguardiente.

Sólo un trago, dijo, y regresa:

¿o acaso crees que te detestan,

que sin motivo te abandonan tus Maestros?

 

 

 

 

 

 

 

San Jerónimo penitente

 

Entre las ruinas de los rascacielos, bajo los haces de luz

de helicópteros espías, en las boleterías inundadas

de los cines donde dormí, rodeado de vasos de té de rosas

y la ceniza tenue, submarina, de corales y de rosas,

allí me concediste una visión deslumbrante:

la cabeza de una muñeca japonesa entre las nubes,

tu propio rostro, Señor, y por eso te alabo,

no teniendo otra cosa entre mis manos

que un instrumento de tormento y, frente a mis ojos,

las llagas que aún supuran el pus y la paz de la inmortalidad.

Pero estoy exhausto de mi fe, de mis huesos rotos,

y quisiera ser un paracaidista que cae desde lo alto

sobre la mesa de un banquete donde los comensales

se disputan frutas y fetos, y las mujeres abren sus piernas

para recibir el licor que ávidas lenguas han de lamer.

Arráncame. Estoy postrado y poseso, cubierto de moscas,

y oro día y noche por el regreso del rey,

la liberación de mi carne, el alud de nieve de los espíritus.

 

 

 

 

 

 

 

La nave de los locos

 

Ahora bien: icen las ollas a lo alto de los árboles,

idiotas y tullidos a babor, a estribor la esquizofrenia,

los leprosos remen, dejen sus dedos sobre la cebada,

las mujeres pueden levantar el sexo de los hombres,

llevarlo hacia sus bocas, y que alguien ejecute música

en el piano carcomido por los perros y las ratas.

Amigos de infortunio: las ciudades se hunden…

Los populosos mercados, las calles, cines, estadios,

los gigantescos estacionamientos donde los espectros

recorren hileras de autos con la esperanza

de robar alguno para conducir durante años

envueltos en un humo acre, las manos

soldadas al volante, la mente poseída

por el milimétrico sistema de orientación de las hormigas.

Los ríos nos esperan. E iremos de ciudad en ciudad

proyectando en el cielo nocturno los films

más sublimes de la historia. Tal vez durante el viaje

veamos al Mesías caminar sobre las aguas

y llamándolo con señas y aullidos de desesperación

podamos convencerlo de abordar el barco,

descuartizarlo y hervirlo como a una gran ballena

tallar cruces e instrumentos con sus huesos,

utilizar su pelo para rellenar almohadas,

y proseguir nuestro viaje danzando,

empapados en su sangre,

ebrios del aceite sagrado del redentor.

 

 

 

 

 

 

 

El clavadista

 

¿Qué es lo que busco entre las sobras del día

tanteando la sombra mientras los demonios

hunden clavos en las palmas de mis manos?

Yo camino como un animal alucinado

y recorro las calles de la populosa Jerusalén

con drogas y cuchillos, mientras las sirenas aúllan

y mastico la dulce sangre de mi propia crucifixión.

Yo camino, pero en realidad quisiera hundirme,

lanzarme de lo alto de la torre con los brazos extendidos

gritando un último​​ eli lama sabactani​​ que interrumpa

la mueca indiferente de dios hacia la más austera

y diminuta de sus criaturas. Abajo seguirían

aullando las sirenas y la gente desplazándose

entre autos y basura. Abajo, mucho más abajo

de la sombra de mi cuerpo inerte, brotan las semillas

y los cuerpos prosiguen descendiendo

como negros submarinos a la ausencia.

 

 

 

 

 

 

 

Carne

 

Un hombre con media res al hombro

cruza una calle bajo la lluvia.

El hombre, vestido de blanco,

doblado bajo la carne, trabaja;

concentra la fuerza de sus músculos vivos

en soportar el peso de la carne muerta.

Desde donde estoy, el hombre parece

uno de los ángeles que asoló Sodoma,

y la res que carga otro hombre

cuya carne será pasto del fuego.

Hombre y ángel, res y hombre

pueden confundirse, mirados desde aquí,

y uno puede pensar que ciertas escenas

son signos de un alfabeto oscuro.

Hombre y ángel, res y hombre

pueden confundirse.

La lluvia y la carne pueden confundirse,

también, en sus últimos gestos:

la lluvia

cae porque cae

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciervos

 

Durante la brama de otoño

los jóvenes ciervos luchan entre sí

pero los viejos machos son solitarios

como solitarios eran los místicos,

y mientras unos descienden de las montañas

a los bosques y valles para aparearse,

los otros se alejan a lugares elevados.

La poesía llega a veces con dificultad,

muy lentamente; con la misma lentitud

ascienden los viejos ciervos la montaña,

deteniéndose a menudo, inclinando

sus largos cuellos hacia la tierra

con tal humildad y sosiego que nadie

podría decir si rumian o rezan.

 

 

 

 

 

 

 

El error

 

La lluvia cae como una red…

Eso quise escribir para continuar luego

con alguna reflexión personal sobre

la capacidad elemental del agua a la hora

de rescatar recuerdos, restos de recuerdos.

Sin embargo, en el primer intento

la red salió de mi mano convertida en res

y me demoré pensando en ese error involuntario:

la lluvia cae como una res...

No puedo justificar la comparación

pero sin ningún esfuerzo imagino

la carne caer con su sonido final

hacia un desenlace abrumador.

 

 

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Otros autores 

Valeria Pariso / Inés Aráoz / Lucas Margarit / César Cantoni / Gustavo Caso Rosendi

 

 

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