Diego Muzzio (1968) mereció el Premio Konex 2024. Cursó estudios de Letras en la UBA y es Licenciado en Lengua, Literatura y Civilización Extranjera por la Universidad de Le Mans, Francia. Publicó poesía y libros de narrativa, para adultos, niños y jóvenes. Entre sus obras poéticas se cuentan: Sheol Sheol, Gabatha, Hieronymus Bosch, El sistema defensivo de los muertos y Nadar bajo la tierra, obra poética reunida. Como narrador publicó: Mockba, Doscientos canguros, Las esferas invisibles y El ojo de Goliat. Algunos de sus libros para niños son: La asombrosa sombra del pez limón, Galería universal de malhechores, La guerra de los chefs, El año del corredor solitario, La casa de las ballenas y El gigante resfriado, entre otros. Recibió Primer Premio de Poesía del FNA, el Primer Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Medifé-Filba 2023.
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Una de las características que debería tener una obra reunida es una coherencia poética o estética. En el caso de la poesía de Diego Muzzio, esta coherencia se desplaza en diferentes maneras de pensar el verso, la experiencia y la imagen. Ya el título de uno de sus últimos poemas nos evoca una escritura no definitiva ni clausurada que se centra en una materialidad sonora, “Música inconclusa”, como una serie de versos abandonados –tal como sugería Paul Valéry-, se van abriendo paso hacia múltiples formas de sentido. Poesía de la sugerencia y del olvido, pero también de un recuerdo que se va moldeando diferente cada vez. El propio cuerpo que cambia, la imagen del padre y la imagen obsoleta de la memoria, el óxido y el limonero: perder la mirada e intentar sanar más allá de la presencia de un río y de su orilla. Cada una de estas imágenes va atemperando cada una de las palabras que se van diciendo y también las que quedan detrás de las escritas, escondidas como una máquina a vapor en un sótano de mármol. Y allí vuelven porque la memoria necesita volver. Y así una obra reunida necesita de aquella memoria que intervenga, que rechace y que imagine una recomposición. Reunir es también evocar el pasado con un ahora, movimiento temporal que también celebra Muzzio en su poesía: evocación de una infancia y de una memoria que parecía perdida. Las palabras son siempre un recordatorio de lo que se puede olvidar, de lo que quizá esté presente y de aquello que se articula paulatinamente en el poema.
(…)
Lucas Margarit
Posdata
Las cartas escritas en verano son las más tristes.
Cartas escritas sobre las paredes de una casa
abandonada entre pájaros.
Las cartas escritas durante la siesta,
mientras tu mano abre el cañaveral
con un machete de estrellas,
mientras mi mano se cierra
sobre una moneda de arena negra,
esas cartas siempre son las más tristes.
Cartas escritas a la fuerza, de memoria,
porque ya no hay nada que hacer,
y el tiempo gira como un puma
alrededor de una columna rota.
Turín, 27 de agosto, 1950
Palabras no. Un gesto. No escribiré más,
anotó Pavese en su diario
antes de matarse.
Aquellos que miraron durante muchos años el mar,
hombres inclinados sobre muelles oxidados
como brazos de una tierra arrasada,
hombres donde sólo las palabras laten
con vida propia, esos hombres,
no matan un cuerpo;
un cuerpo no.
La carta de Yu Cheng
Cuánto tiempo tardarán mis palabras
en llegar a ti,
tan lejos, en Mien Shan.
Cuando las escribí, junto al río,
eran palabras frescas
como las hojas de las ramas
que rozan la corriente.
Como los tigres que se aparean
en el cañaveral llovido.
Gas
No había fuego; las hornallas
como estrellas marinas, escupían gas.
El filo de la falda cayendo sobre
la tapa del horno; los dedos
de una mano rozando
el suelo; una uña rota; pelo suelto,
lombrices separadas de la tierra.
No había fuego; fuego del infierno
o fuego del cielo, que purifica.
Sólo gas.
Y los rayos de sol atravesando
ese lago espeso, detenido.
Asesinato de una mariposa
Dentro de un frasco
de vidrio verde
se agitan alas.
Así se derrite la nieve,
así sucumben las flores,
muere así el hombre
y el insecto diminuto:
intentando escapar
trepar, tragar
el aire escaso.
El rayo cae con predestinación
¿Puedes responder a mis preguntas
Tú, San Juan Evangelista en Patmos,
colgado de un clavo en la pared de Berlín,
escribiendo aún mientras se arrastran
las larvas del tiempo sobre largas galerías?
De la blanda muerte por agua a los caballos
trompetas peste hambre fuego hemos
evolucionado: se torna más complejo destruirnos.
Todavía puedo respirar. Encerrado en este cuarto
huyendo de mi prójimo, hojeando guías de viaje,
riéndome de la ruina, ignorando la pobre
prosa de la maquinaria animal del día.
Quiero ir a pescar con mi padre y con su primo.
Estoy dispuesto a atravesar el dilatado páramo
para llegar al río, así que dejemos a un lado
la destrucción del mundo y, si es posible,
dame una respuesta:
¿qué quedará de mí luego de que el rayo
calcine los trigales que conducen a mi puerta?
El rinoceronte
Cuántos Cristos cargando la cruz y cuántos
San Sebastián y Descensos a la Tumba
habremos visto en nuestra breve vida,
Domenico, en Florencia, aquí en Venecia,
colgando iluminados de los rascacielos o
interrumpiendo las aéreas cañerías que
siembran el semen de la masturbación
en el lago de limo de los limbos.
Mi amigo, mi amadísimo Domenico:
he conocido una mujer, ayer, cerca del agua.
Su pelo negro y su vestido demasiado amplio
dejaban en el viento un perfume indescifrable.
Caminamos. Bebimos vino. Más tarde
me guió a los altos de una casa en Cannaregio.
La noche me empapó las manos. Al amanecer,
sin que ella lo pidiera, le mostré la foto
de mi óleo más logrado: Ascenso del Calvario.
Ella lo miró con indiferencia. Y luego,
Domenico, escucha..., luego se levantó
y enseguida regresó con el dibujo
torpe y desproporcionado de un rinoceronte.
La imbecilidad del tema y su peor factura
convocaron a mis labios la sonrisa, y ella dijo:
éste es el espíritu acosado que no sabes pintar.
Me vestí. Salí de allí. Espero no volver a verla.
El hijo pródigo
Qué dulce debe ser perder el tiempo como aquel que huyó
con su parte de la herencia hacia tierras extranjeras
para disfrutar del vino y las mujeres extranjeras
para cantar cada noche bajo estrellas extranjeras.
Un alambre de plata atraviesa el cráneo.
La percepción del tiempo divide a los hijos que fui,
separa el movimiento de los bailarines con sus vasos
de rancio vino entre las manos. Pero cómo quisiera
mirarme en el espejo y no ver nada, observar la luz
sin la piedra que aplasta parte de mi cara. Y después:
que la lluvia caiga empape el pelo limpie el polvo
que gotea dentro de los muslos, esos gruesos
relojes de arena indiferentes. Dame un hijo,
dijo ella, algo tibio que abrazar cuando te vayas,
otro ser que perpetúe el suave declive de tu vientre.
Esa misma noche le compré un perro y partí.
Un barco ruso me escupió en la estepa donde
Raskolnikov, rígido, las manos congeladas,
me habló durante tres días del perdón
mientras los cerdos lamían nuestras llagas y
bajaban las ballenas a beber el llanto de Jonás entre las llamas.
El asesino caminó sobre la nieve. Se detuvo.
Luego me alargó la botella de aguardiente.
Sólo un trago, dijo, y regresa:
¿o acaso crees que te detestan,
que sin motivo te abandonan tus Maestros?
San Jerónimo penitente
Entre las ruinas de los rascacielos, bajo los haces de luz
de helicópteros espías, en las boleterías inundadas
de los cines donde dormí, rodeado de vasos de té de rosas
y la ceniza tenue, submarina, de corales y de rosas,
allí me concediste una visión deslumbrante:
la cabeza de una muñeca japonesa entre las nubes,
tu propio rostro, Señor, y por eso te alabo,
no teniendo otra cosa entre mis manos
que un instrumento de tormento y, frente a mis ojos,
las llagas que aún supuran el pus y la paz de la inmortalidad.
Pero estoy exhausto de mi fe, de mis huesos rotos,
y quisiera ser un paracaidista que cae desde lo alto
sobre la mesa de un banquete donde los comensales
se disputan frutas y fetos, y las mujeres abren sus piernas
para recibir el licor que ávidas lenguas han de lamer.
Arráncame. Estoy postrado y poseso, cubierto de moscas,
y oro día y noche por el regreso del rey,
la liberación de mi carne, el alud de nieve de los espíritus.
La nave de los locos
Ahora bien: icen las ollas a lo alto de los árboles,
idiotas y tullidos a babor, a estribor la esquizofrenia,
los leprosos remen, dejen sus dedos sobre la cebada,
las mujeres pueden levantar el sexo de los hombres,
llevarlo hacia sus bocas, y que alguien ejecute música
en el piano carcomido por los perros y las ratas.
Amigos de infortunio: las ciudades se hunden…
Los populosos mercados, las calles, cines, estadios,
los gigantescos estacionamientos donde los espectros
recorren hileras de autos con la esperanza
de robar alguno para conducir durante años
envueltos en un humo acre, las manos
soldadas al volante, la mente poseída
por el milimétrico sistema de orientación de las hormigas.
Los ríos nos esperan. E iremos de ciudad en ciudad
proyectando en el cielo nocturno los films
más sublimes de la historia. Tal vez durante el viaje
veamos al Mesías caminar sobre las aguas
y llamándolo con señas y aullidos de desesperación
podamos convencerlo de abordar el barco,
descuartizarlo y hervirlo como a una gran ballena
tallar cruces e instrumentos con sus huesos,
utilizar su pelo para rellenar almohadas,
y proseguir nuestro viaje danzando,
empapados en su sangre,
ebrios del aceite sagrado del redentor.
El clavadista
¿Qué es lo que busco entre las sobras del día
tanteando la sombra mientras los demonios
hunden clavos en las palmas de mis manos?
Yo camino como un animal alucinado
y recorro las calles de la populosa Jerusalén
con drogas y cuchillos, mientras las sirenas aúllan
y mastico la dulce sangre de mi propia crucifixión.
Yo camino, pero en realidad quisiera hundirme,
lanzarme de lo alto de la torre con los brazos extendidos
gritando un último eli lama sabactani que interrumpa
la mueca indiferente de dios hacia la más austera
y diminuta de sus criaturas. Abajo seguirían
aullando las sirenas y la gente desplazándose
entre autos y basura. Abajo, mucho más abajo
de la sombra de mi cuerpo inerte, brotan las semillas
y los cuerpos prosiguen descendiendo
como negros submarinos a la ausencia.
Carne
Un hombre con media res al hombro
cruza una calle bajo la lluvia.
El hombre, vestido de blanco,
doblado bajo la carne, trabaja;
concentra la fuerza de sus músculos vivos
en soportar el peso de la carne muerta.
Desde donde estoy, el hombre parece
uno de los ángeles que asoló Sodoma,
y la res que carga otro hombre
cuya carne será pasto del fuego.
Hombre y ángel, res y hombre
pueden confundirse, mirados desde aquí,
y uno puede pensar que ciertas escenas
son signos de un alfabeto oscuro.
Hombre y ángel, res y hombre
pueden confundirse.
La lluvia y la carne pueden confundirse,
también, en sus últimos gestos:
la lluvia
cae porque cae
Ciervos
Durante la brama de otoño
los jóvenes ciervos luchan entre sí
pero los viejos machos son solitarios
como solitarios eran los místicos,
y mientras unos descienden de las montañas
a los bosques y valles para aparearse,
los otros se alejan a lugares elevados.
La poesía llega a veces con dificultad,
muy lentamente; con la misma lentitud
ascienden los viejos ciervos la montaña,
deteniéndose a menudo, inclinando
sus largos cuellos hacia la tierra
con tal humildad y sosiego que nadie
podría decir si rumian o rezan.
El error
La lluvia cae como una red…
Eso quise escribir para continuar luego
con alguna reflexión personal sobre
la capacidad elemental del agua a la hora
de rescatar recuerdos, restos de recuerdos.
Sin embargo, en el primer intento
la red salió de mi mano convertida en res
y me demoré pensando en ese error involuntario:
la lluvia cae como una res...
No puedo justificar la comparación
pero sin ningún esfuerzo imagino
la carne caer con su sonido final
hacia un desenlace abrumador.

Otros autores
Valeria Pariso / Inés Aráoz / Lucas Margarit / César Cantoni / Gustavo Caso Rosendi /



