Diario de sueños de Duo Duo. Texto de Julio Calderón Luna

Julio Calderón Luna reseña Promesas. Poesía escogida (Círculo de Poesía Ediciones / Valparaíso México) del poeta chino Duo Duo. En 2016, recibió el Premio Internacional de Poesía Nuevo Siglo de Oro. En 2010 mereció el Premio Internacional Neustadt de Literatura. Promesas. Poesía escogida fue traducido por Ming Di y Sergio Eduardo Cruz.

 

 

 

Diario de sueños de Duo Duo

(Promesas. Poesía escogida​​ – Duo Duo)

 

 

Yo nunca he soñado con mi padre. Al recordar uno de mis sueños que después convertí en poema, me topé con la necesidad de descifrar si en la obra de otros escritores había hilos que estuvieran vinculados a los suyos. Tenía la impresión de que todos los poetas comparten un horizonte, donde nuestra felicidad se encuentra protegida por nuestras peores pesadillas. La búsqueda me condujo a un poeta llamado Duo Duo, nacido en 1951 en Pekín, quien había adoptado ese nombre luego de la muerte temprana de una de sus hijas. Se trata de un exponente de la corriente “nebulosa” de la literatura moderna de China. Su poesía está colmada de imágenes nocturnas, de campo, cercanas a la meditación y a la contemplación. Ya que no cree en las musas, afirma que sus poemas son fruto de su contacto con Dios; su religión, por lo tanto, es la poesía. Con el paso de los años, el envejecimiento empezó a colmar a sus poemas de un silencio identificable no solo por las marcas en el texto, sino por la elección de lo que cuenta y lo que calla. Los sueños, en este caso, son su pasaje predilecto hacia ese territorio donde nada parece conectado, pero todo tiene significado.

 

 

Noviembre de 1991

Volví a soñar anoche con mi padre. Yo caminaba bajo las luces del crepúsculo, al pasar junto a la vida, que era un barrendero vestido de azul, ésta me devolvió el saludo. La lumbre de su pipa iluminaba sus barbas. Sin saber exactamente a dónde me dirigía, tuve la intuición de que ya estaba cerca. Un poco más allá​​ de la niebla londinense, un campo invisible acaparaba todo lo que mis ojos alcanzaban a ver. Finalmente, mi padre estaba ahí. Lo leía, un caballo con ojos grandes. Leía su cabello grasoso, su corbata, las costuras en sus pantalones. Estaba lejos de los otros caballos. A medida que el sueño se ensanchaba, veía la historia de mi padre pudriéndose bajo la tierra. Llovía sobre nosotros, él tosía, y sin embargo yo lo oía reír.

Son pocos los poemas de este autor que están a nuestra disposición. Después de mi búsqueda, únicamente he podido encontrarme con​​ Promesas. Poesía escogida​​ en español y​​ Words as grain​​ en inglés. Fue uno de mis profesores quien sirvió de puente entre nosotros. Nos leyó cuatro de sus poemas: “Estoy leyendo” (1991), “Promesa” (2001), “Caminamos como si remáramos” (2005), y “Papá” (2011). No sé si era la tesitura de su voz o la calma con la que leía versos como alguien que recorre un paisaje ya conocido, pero tuve la impresión de que el mismo Duo Duo estaba con nosotros recitando su propia obra. Las imágenes del campo me remitieron inmediatamente a un cuento que yo atesoro: “Quemar graneros”, de Haruki Murakami. ¿Qué tienen en común un poeta chino y un narrador japonés? Lo mismo que un caballo muerto con un granero en llamas. Es decir, la pérdida. La literatura intenta convertirse en aquello desaparecido, dejándonos con una imagen que más bien es recuerdo mezclado con imaginación. Le pedí al profesor que me prestara su ejemplar para poder leerlo en mis trayectos hacia el trabajo.

El sol nos interrumpió por el este. En sus ojos estaban reflejadas mis lágrimas. Y en sus cavidades nasales me escuchaba disparar a los quince años entre los campos que ardían. No existía diferencia entre mis manos de aquel entonces, con una pistola, y mis manos de ahora, cargadas de nada. Mi padre se me acercó, clac, clac, y su frente me tocó solo por el tiempo suficiente para darme cuenta de que él seguía avanzando en busca de mi propia vida terrenal.

La insistencia con su padre me hace recordar el poema “Pasado en claro”, de Octavio Paz. Especialmente las estrofas dedicadas a la huella que éste dejó en su hijo, un octavio paz pequeñito, así, en minúsculas, a años todavía de ser un referente poético y un tirano. Si en algún momento el colectivo social decide que su poesía ha de ser quemada y su nombre debe ser borrado de todas las calles y bibliotecas del país, junto con la fundición de todos sus bustos para convertirlos en bancas públicas, me gustaría conservar de contrabando estos versos:

Del vómito a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con él.
Lo encuentro ahora en sueños,
esa borrosa patria de los muertos.
Hablamos siempre de otras cosas.

¿Qué tienen en común un poeta chino con uno mexicano? ¿Los sueños, los padres? Claro, pero todo eso es evidente. Ambos son pequeños, y creo que ahí está el enigma. Duo Duo se instala desde la infancia, en espacios de vulnerabilidad. Su sujeto lírico es un yo que se niega a crecer, pues ello implica adoptar los mantos del padre, volverse ese caballo vigoroso al cual nunca podrá reemplazar.

Cuando se marchó, volví a leer a mi padre, esta vez como una nube que arrastraba nubes. ​​ Mientras lo perseguía, veía a otros hijos soñando con sus padres; más bien era yo soñando con todos los padres muertos del mundo. Era​​ huérfano de cada hombre melancólico que se desplazaba lentamente encima de los matorrales, tosiendo de a ratos, colocando en mi cabeza cada uno de sus sueños. Un caballo al galope, un río cuyas aguas parten el tiempo en dos. Eventualmente me di cuenta de que soñaba, pero nadie podía despertarme, como si mi sueño estuviera intervenido.

Por lo general, mis sueños son directos. Me refiero a que jamás he visto animales de anatomías imposibles o cielos oceánicos con ballenas surcándolos. Todo mi mundo onírico es una prolongación de cómo acontecen los días: la casa, la escuela, el odio. Tampoco he soñado con mi padre, y si soñara con él, dudo mucho que tomara una forma distinta a la suya. Quizás es porque mi mente sigue a la espera de una imagen que corresponda a mi definición de paternidad. Quizás es porque no sé a qué llamarle padre.

Solo ahí sentía su calor. Y volví a quedar envuelto, pero ya no por la niebla londinense, sino por las entrañas de un caballo. Yo goteaba en el vientre de mi padre, me negaba a ser parido. Él se reía de mí, era más joven de lo que yo lo soy ahora. Él soñaba conmigo. Desperté. Quiero decir, seguía soñando pero desperté. Por años segué los campos sin encontrármelo una vez más. Por las mañanas me topaba con el barrendero de la pipa, con un barbero de la Bank Avenue e incluso con Duo Duo. Paseaban entre la hierba seca, sus pies tan ligeros como el humo del tabaco. Traté de pasar el tiempo durmiendo, aunque tenía la cabeza vacía porque el sueño me rodeaba. Mi vida era tranquila, creía escuchar algunas caballadas pastando cerca, pero al salir a verlas, era todo silencio—

Solo en dos ocasiones he soñado con libros:​​ Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski, y​​ El tercer Reich, de Roberto Bolaño. En ambas, era perseguido por alguien a través de pasillos estrechos de color verde oliva. La primera vez, quienes me acechaban eran los policías que derrumbaban fácilmente cada una​​ de mis coartadas; la segunda, el Quemado me acorralaba en los pasillos del hotel. El arrepentimiento de Rodión Raskólnikov y la paranoia de Udo Berger, protagonistas de sus respectivas novelas. Ambos casos, me parece, reflejan la ansiedad que experimentaba en aquellas épocas. ¿Ansiedad de qué? La verdad es que no lo recuerdo, los sueños amalgamaron tan bien los significantes con sus significados que solo me quedan aquellas escenas en las que perdía el aliento por buscar la salida, momentos donde el pánico de quedar atrapado en mi propia autodestrucción me impedía voltear la mirada. ¿Son acaso los sueños el lenguaje de la culpa? Seguramente no todos, sino unos cuantos que se escabullen entre nuestros pensamientos soterrados y sacarlos a la superficie. Para Duo Duo, haber fracasado como el heredero de las virtudes de su padre podría implicar también en una responsabilidad directa hacia la muerte de su hija, a la cual no puede sino visitar en el campo de lo poético, donde los versos generan una balsa para navegar allá donde ella permanece, aún a su espera.​​ 

—Buenos días, Li —me dijo, deteniéndose en la luz.

—Buenos días, papá —le respondí.

—¿Estás comiendo bien?

—No hace falta comer aquí.

—Hace falta en todos lados. Dime, ¿por qué aún me necesitas?

—Nunca he estado tan asustado, papá. No quiero tener tanto miedo.

—Desearía que ya no sueñes conmigo —alcanzó a decirme, antes de volver a la montaña donde ahora está.

Me habría encantado poder explicarle mis certezas; sabía que cuando el sol se levantara, los rostros ennegrecerían. Su calma era incapaz de tocarme. Yo todavía estaba ahí, vestía una máscara de caballo, bebía sangre junto al río. “Papá”, quise decirle, “las pesadillas son sueños de pesadillas que no son sueños”.

Dije antes que nunca he soñado con mi padre, pero sí con mi madre. Tal es el sueño del que hablaba en un comienzo. Ella había muerto y nos encontrábamos en un bosque cuyo fin no podía avizorar. El olor a cedro me quemaba la garganta. A falta de mejores herramientas, cubrí a mi mamá con las hojas caídas del entorno. Al tenerla completamente velada, le prendí fuego a la pira. Me mantuve callado durante todo el ritual. Eventualmente, el fuego alcanzó las hojas de la cara y me mostró un rostro que yo no reconocí. La mujer fallecida no podía tener más de 32 años, la edad de mi madre cuando nací. Sus rasgos delicados, su piel pálida y su pelo negro como el ojo de un ciervo correspondían a los de una dama japonesa; la madre de alguien más, alguien que probablemente se encargaba en esos momentos de enterrar a la mía en un cementerio mexicano. A la fecha, no he encontrado el significado de esa secuencia. Tardé cinco años en darle forma de poema, y solo entonces, supe que deseaba cerrar mi primer libro con él.

Mientras esperaba el regreso de Duo Duo, me senté a escuchar el dolor metálico de nuestras voces, el cual se convertía en algo parecido a un valle. Papá estaba donde las montañas, pero las montañas y los ríos habían sido llevados al exilio muchos siglos atrás. Las colinas lloraban por nuestra crueldad. Estaba lejos de mi hija y lejos de mi padre. En medio, solo pasto, raíces—

La elección de la escritura en verso supone una aceptación de la plasticidad del lenguaje. Es el autor quien pone de manifiesto que cada palabra ocupa un lugar no solo sintáctico, sino también sonoro y espacial. Incluso hablar de palabras es ir demasiado lejos, porque un verso no siempre necesita de oraciones completas o sintagmas, ni siquiera de significados, sino de sentido. Los poetas más experimentales conocen esto y meten al lector en una serie de juegos —en ocasiones maliciosos— para poner a prueba su capacidad para​​ desautomatizar el lenguaje. Duo Duo, por fortuna, no nos obliga a repensar nuestro modo de hablar, pero eso no significa que no tome decisiones para construir su poética a partir de los silencios. Nos invita a pensar en los sueños, a tomarlos como un modelo semiótico del entendimiento de su poesía. En otras palabras, nos exige reconciliarnos con el vacío. Temas como el exilio, la orfandad y el divorcio obtienen su peso no por lo que son, sino por cómo están escritos. “Las palabras”, el mismo lo dice, “están cargadas de nada”. Por eso, en poemas como estos, se vuelve fundamental la construcción de un yo poético que, a partir del dolor propio, alcanza pesares universales. Duo Duo se sienta en el paisaje de su orfandad y acompaña a todos los huérfanos del mundo.

 

 

Referencia:

Duo Duo. (2016).​​ Promesas. Poesía escogida. Valparaíso Ediciones México.

 

 

 

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