V
Todo vive arrodillado delante de ti
para que yo te encuentre
y desate la vida.
Este poema es la tierra que en ti abro.
Yo soy el huerto donde te recoges, sílaba recortada,
relámpago enjaulado, beso aéreo de la costumbre.
Algo en mí te observa y se reúne
lleno de presión y sílabas,
hay en mí una playa secreta
donde lloran las orillas y las orillas callan,
hay en mí la arena que fue un cuerpo
y el cuerpo que besa
la desnuda inquietud de la arena.
Todo en mí se pone de pie.
Todo en mí es pausa, es boca sobre la fuga de verte desnuda.
Todo en mí va despacio hacia mis ojos,
hacia el precipicio de mis ojos
y abre el fuego húmedo de tus manos
y se entrega abierto como un espejo de sangre.
Dichosa tú para la que todos mis poemas están abiertos,
dichosa tú que creces sobre ellos dando sombra a mi vida.
Yo te quiero libre por mi cuerpo como un metal despierto,
yo te quiero atada a la desnudez
para que sigas creciendo hacia mis manos.
Que la vida encarnizada de la costumbre te encuentre detenida,
que la espera de dos cuerpos por ser un cuerpo no te petrifique.
Yo quiero que el tiempo sonámbulo
haga un círculo alrededor de tu nacimiento
y te deje subir hasta la copa del silencio donde te encadenan al parto,
donde tus labios conjugados, escándalo de la vida,
son como un río detenido por donde mi confusa estirpe
busca los barrotes de tus cinturas.
Tus piernas, dedos del cielo.
Cuando caminas hay algo en ti
que interroga el corazón de la tierra,
por eso tu corazón tiene algo de raíz y de mineral,
de orilla y sumergida fe.
Todo arrodillado, todo doblado y lleno de curvas silenciosas.
Como una sábana yo abro mis ojos rectos y cantores
y abro este poema para acostarte
y abro este poema como la tierra y el día
para que la plegaria de las cosas halle tu oído
y para que se levanten siguiéndote de prisa hasta la semilla.
Pero qué son mis poemas sino musgo sobre el tiempo,
sobre la blanquísima pared de tu cuerpo;
qué soy sino semilla arrodillada con un poema y unos ojos que no te abandonan,
pero qué soy sino el constructor de ti misma, el sembrador de ti misma,
el desterrado de ti.
Mientras tú caminas hacia la destrucción yo riendo hacia ti camino.
Déjame mirarte antes de callar para siempre
Y este poema crezca sin brazos y sin ojos en la noche y lo quemen las horas.
Déjame levantarte la cabeza y ponerte un rostro distinto para señalarte,
déjame hacerte centro y vida, nudo y calcinada rueda sobre un muro
Por el que van los vivos caminando sin espaldas.
Déjame, mujer, creerte, inquietarme porque me faltes.
Déjame que te descrea también,
Que me olvide y divague ante la sumisa intemperie.
Yo no sé detenerme, no sé apresar mis manos
Y levantarte el rostro y seguir caminando por tu espalda.
Yo no sé detenerme, yo no sé detenerme.
Yo no sabré encontrarte cuando las cosas se rebelen
y la estatura te me haga extraña.
Yo no sabré encontrarte cuando te me confundas con la muerte,
yo no sabré encontrarte cuando no seas mía y caigas hasta lo informe y lo real.
Por eso dejaré este poema a la puerta de tu vientre,
por eso velaré por que la tierra no te despierte
y me veas prófugo sobre las venas del mundo,
sobre la íntima raíz ya sin corazón ni misterio.
Lo dejaré todo para que nunca calles,
lo dejaré todo
y saldré por las cosas con la voz de tu orilla,
de tu piel callada;
poema, cuerpo,
para que tú crezcas lo dejaré todo,
palabra y vida, esperanza y cosecha.
Quien grita desde ti debe hacerse grito.
Quien entra a las cosas, a las malditas cosas arrodilladas,
siempre irá desnudo por el mundo.
VI
Yo me vestí con la sangre y dejé las venas desnudas.
Yo te llamé orilla y venían todas las cosas
como olas cabizbajas a vestirte.
Hay espacios en el hombre donde solo se siente el ruido del corazón
como una carreta que carga con la vida.
Yo me hundo en las cosas y te encuentro,
yo salgo de la orilla con un ave en los ojos
y a veces fustigo a las olas para que sean la cama
donde te engendras distinta cada día.
Eres la orilla a la que va a dar el naufragio del mundo
Y mi sangre escapa llena de hijos hacia la demorada calma de tu cuerpo.
Ven a desnudarme, mujer,
sé la marea que descubre todos los ahogados que llevo en la ropa.
Hagamos una isla en el mediodía de nuestros cuerpos.
Hablemos despacio para que las olas sean nuestras lenguas.
Yo me ato a la marea, yo sigo una dirección hacia ti
y llegando soy apenas tu sombra y tu vegetación destrozada.
Yo me quedo desnudo en la superficie de todas las cosas
esperando por destrozarme contra algo.
Yo me vestí con la sangre y salí de un desfile de difuntos,
un oleaje indefinido.
Yo me quedo desnudo con la humanidad que avanza hacia ti,
me quedo detenido en el centro
donde nada es mi comienzo ni nunca acabo.
Hacia ti me destruyo y me voy entregando.
Mujer, orilla, llama mojada a la puerta del deseo.
Orilla, acantilado siempre entre lo otro y lo incierto.
Ven, mujer, acércate,
ven con tu orilla y mis manos como olas sobre tu orilla;
ven, mujer, te espero,
orilla en vilo bajo el agua de tu cuerpo;
ven, lentamente ven.
Todo permanecerá desnudo en mi corazón
Para que tú lo vistas con tu nombre.
ORACIÓN POR EL POETA EN LA MUERTE
El hombre debería avergonzarse por respirar,
Debería inclinarse despacio ante tu nombre
Porque el poeta que ahora habita la tierra tuvo miedo.
El tiempo perdona a los muertos
Para que sufran los vivos,
El tiempo es una nana que mece a la humanidad hasta que duerma destrozada.
Qué lugar nos queda, que espacio para habitar
Si la tierra te ha matado, si el hombre te ha silenciado
Tan bárbaramente
Como si nosotros naciéramos de tus pulmones destrozados
Y el futuro fuera la sangre de todas tus heridas.
Los ríos de la muerte hinchan tus venas de piedra y llegan murmurando,
Llegan más humanos que tus asesinos.
Quédate quieto sobre la mesa destrozada de tus órganos
Para escuchar la sangre de los verdugos caer por tus ojos.
Quien pudiera callar de la emoción y vivir gritando del dolor,
Quien puede detener la muerte que llega sonámbula
Por los nombres y los deja mudo sobre las cosas.
Dios arranca la espalda de los caminos
Y manda un potro de sombra que teme a la muerte,
Manda un nido de ojos,
Un ave abierta con una brújula en el corazón.
Entrarás cantando al fondo de los olivos,
Entrarás al tiempo con el tambor en el pecho
Y el sonido de las balas que nunca tocan la eternidad
Porque de ti viene lentamente un duro signo de senos dormidos,
Una persistencia inútil en una piedra que sangra,
el beso dormido de las madres eternas,
Viene la voz cadenciosa de una gitana durmiendo a un niño sin brazos,
España sin cuerpo y el cuerpo del Generalísimo,
de ti se aproxima una inexorable revelación de punzones desvelados,
una cadencia extenuada y llena de risa,
las altas ciudades del dolor,
las duras adelfas, el silencioso piano de la memoria,
la Residencia de estudiantes,
La Barraca,
el toro de la sangre que te hablaba
cuando la madrugada te henchía el alma,
A ti vienen todas las cosas, cabizbajas, eternas, arrepentidas,
Para que las perdones para siempre.
ORACIÓN MATUTINA
Decididamente voy trotando hacia la pérdida,
hacia el metal enemigo que arde en el crecimiento,
voy a mi encuentro con una cabalgadura de humo y de sangre encendida.
Voy con la casa abandonada y unos rostros que no me abandonan,
con mi memoria que es un pájaro sin alas sorbiendo el comienzo de todas
las puertas,
con la eternidad llevándome de la mano como un herido hacia la venda de
la muerte.
Llevo detrás de mí un manto de sangre como una sombra,
un pozo deshojándose en nacimientos,
una palabra inútil sobre todas las palabras
como una aguja tejiéndome con furia
en el pecho de las cosas que perderé.
Y un camino polvoriento que me recorre los ojos,
con una mujer sin sombra, sentada en la sepultura de todos los vivos,
girando el brocal de su vientre,
hilando con su vida todas las vidas.
Esperándome.



