Sobre Almacén Nueva York, de Abraham Abraham Greege. Prólogo de Dinapiera Di Donato.

Leemos el prólogo escrito por Dinapiera Di Donato que acompaña Almacén Nueva York, libro más reciente del poeta, médico y artista plástico venezolano Abraham Abraham Greege. Este libro fue publicado por Fundación Abraham Salloum Bitar.

 

 

 

 

 

 

 

Pórtico

 

 

 

Por Dinapiera Di Donato

Un legado

 

Una crepitación impone el ritmo exacto que nos entrega a la tierra, la transmisión del ritmo de la poesía viva aceptada. Abraham Abraham Greige vuelve a poner en marcha un mecanismo de veladuras y despliegues extraído del depósito de la imaginación donde reelabora el tejido de instantes capturados por la poesía.

Esta vez es el cuerpo de una tienda llena de escenas que arden. Se trata de la herencia. El tiempo es el fuego que consume al ser mientras lo hace. Qué potencian los muertos en nosotros.

En cada sesión del libro dividido en Inventario, Mostrador, Vitrina, Anaquel y Santamaría los poemas asoman claves de la vida material que carga de significado la experiencia erótica de la creación. El cuerpo del almacén fundido con el del progenitor con hábitos de escritura y declamación baila la música traída consigo en sus desplazamientos forzados y ofrece un festejo de géneros sensuales que marcan la coreografía de los suyos y de la comunidad de acogida: es el génesis hecho de metrajes de telas entretejiendo a la madre y a los hijos hasta que un siniestro destruye el palacio de los nombres que estaban en el corazón del padre.

Las voces emprenden formas de reparación en el relato de lo recobrado.

Con los restos, los refugiados abren una nueva tienda convertida muy pronto en el resonador del vecindario, con su educación sentimental penetrada de la industria apabullante de la cultura popular, los sabores de la gastronomía desconocida, los mitos de la calle y los grecolatinos de las láminas de historia del arte de la escuela. El agua de lluvia y la trementina para la pintura al óleo de un niño, la nueva luz de intenso verdor, van limpiando destrozos. Un hombre vuelve a cantar y a recitar, a abrir y cerrar su misteriosa maleta turca ofreciendo cortes por los caminos de aroma intenso, pero en el almacén del poema, al hijo le parece ver en el reflejo de las vitrinas a un poeta escribiendo enjaulado en el cuaderno de su destierro.

El almacén Nueva York hizo de las vidas una pintura, leemos. Había que tomar nota sobre la materia de cuidado, la volátil memoria, para revivir tejidos humanos del tiempo eterno y perecedero, y procurar desde la trastienda la mirada doble del que crecía en una familia de escritores de origen sirio-libanés. Alta cocina del fondo; pintar, estudiar medicina, ensayar recetas, comenzar de nuevo, así el cuerpo familiar hecho de tierras dispersas de donde había transmigrado aprendió su paso de ida y vuelta a partir de recomposiciones de lugares desaparecidos.

Un autor

 

Abraham Greige recala en Caracas a comienzos de los años noventa en un taller literario dictado en la sede de la editorial Monte Ávila por Rafael Arráiz Lucca y cuyos participantes integrarían el grupo literario Eclepsidra que inicia un proyecto editorial. La primera edición es una antología de poetas, Vitrales de Alejandría (1994) de la que formará parte.

Ese mismo año es la publicación de su libro Sultani, en el que espacios y seres mostrarían formas de imaginarse en la finitud y la violencia de las empresas vitales, tamizados por la mirada furtiva y no menos compasiva de un escriba que entra y sale de escenas fugaces llevando pruebas y buscando remedio. Ya se muestran los procedimientos de desdoblamiento de su autor y oferta del propio cuerpo para acoger al otro.

​​ El libro iniciaba con el descubrimiento de los escritos que pudieran identificar y volver a la vida de los hechos a una mujer convertida en rumor de calle, envuelta en un crimen de violencia de género que nadie denuncia. Sultani era la pregunta y también la respuesta por lo femenino inquietante, por la parte sacrificada, por la sombra de aquellas infancias vigiladas; el poeta le escribe a ella su propio libro donde la invita a reunirse a sí misma en sí misma: Un fetiche/desmarca a la luna. /Un árbol sin ramas se eleva/hasta el estío de una aldea sin dinastía;/esconde bajo sus raíces/una hogaza de escrituras... Los textos harán las pesquisas del levantamiento de un cuerpo que no descansa en su reclamo desatendido, restituyéndole el derecho de palabra. Se forma en el libro un boca a boca de respiraciones, en el ritmo del poeta que se funde en ella en una metamorfosis con ella. Al final, el poeta de Sultani, el testigo escritor que ha velado por ella, completa, por la poesía, la recuperación del ánima: Se entrelazan las frases, las de Sultani humana e imaginada, con las del cuerpo del poeta que la dice y es hablado por ella: Hoy la descubro en el fondo/de una taza de café…, concluían las líneas de cierre.

El autor es el malabarista de su propia vida mientras mira por otro; viaja en sí mismo para encontrarse mejor consigo y con todos. Sujeto a formas de clandestinidad, de simulaciones imprevistas o muy elaboradas, de anonimatos y riesgos de la mutación defensiva constante, es empujado a una reinvención común de la manera de ser poeta en un horizonte donde se cumplía el destino de despertar otra clase de memoria sin resiliencias edulcoradas. De ignorar menos y reconocer más las formas de captura y avasallamiento, de reconocer nuestros propios símbolos aglutinadores de la defensa, el festejo, el duelo, abrasados en la potencia de echados al camino.

 

En El Almacén New York

 

Mostrar y ocultar la verdad de la poesía nos sorprende a través de la función poeta que transmuta entre las voces textuales moviendo piezas caleidoscópicas de un arquetipo de testigo memorioso. La imagen seminal que reanima al poeta de este libro es el fuego de donde sale la vida de lo no creado. El yo escritor de cada pieza se desplazará entre murmuraciones atravesadas por la elocuencia mayor de una quema y la mano que dicta será la misma del escriba con conciencia irónica.

Despertado entre quemaduras, asiste al hechizo de horror que abre al inframundo abierto momentáneamente entre llamaradas y se transformará en el portador de la noticia llevada en el propio cuerpo sin palabras. Para armar las partes que faltan de las experiencias arquetípicas, los poemas van a hablar. ​​ Juntarán indicios que cada mirada va dispersando al avanzar en la lectura, buscando a dónde nos llevaron los ojos llenos de humo, en qué orilla los descansamos.

Reparar escenas deshechas, contemplar y capturar con el lector huellas develadas de su verdad es la invitación. A partir de la combustión, las figuras de destino regresarán como apariciones instantáneas, diseminadas en las pinturas de las llamas del padre y que un niño retiene, primero en ensayos de pintor, y que el poeta adulto recupera en sus hábitos de vida contemplativa, entre libros y galerías de las vicisitudes de su vida futura. ​​ El autor de Almacén New York cocinará para los suyos y cuidará de sus pacientes, el baile de su propio misterio devolverá la escena germinal que enmarca las voces del poeta del libro: el retrato del padre que supo ser feliz con su destino y escribió y amó en otros idiomas, convertido en su autorretrato.

En el último texto de Almacén New York, hemos aprendido a navegar por el trauma de las cenizas. El lector puede acompañar al contemplador para completar lo ausente, suturar los fragmentos del cuerpo amado y lo invisible de la vida que ponemos y perdemos. Recobrado el tiempo, materializa la forma de la existencia efímera y desnuda de angustia de la obra El tañedor de laúd de Caravaggio que interpreta ante nosotros la canción de amor que no cesa.

En estas líneas finales las cabezas del pintor que se pinta a sí mismo separando las cabezas de sus cuerpos flotó antes en otro poema que nombra a Medusa que a su vez evoca la decapitación de Juan Bautista con su propia cara, motivos de la pintura, la ferocidad del deseo que es la vida pasada, presente y futura: No era precisamente una lágrima de mar la Medusa/que jugaba sobre la terraza del ocaso/del paso Caruachi /sino las caras que junto a la mía/se atrevieron a acechar torsos de amor ardiente/algún cuerpo/exilado. La carnalidad vital y su obsolescencia, la aceptación amorosa de la condición perecedera y fluctuante de la vida mental y física. Así la mirada que cierra el Almacén New York recobra en la llamarada eréctil del andrógino músico el cuerpo entero bello y decrépito de los autorretratos cercenados desunidos de su tronco, carne que el tiempo transforma. ​​ 

Quemados o renacidos, trasvasados de una generación a otra en el tiempo pasado y futuro del ser que vamos siendo, la poesía nos recobra en los retales de palabras intercambiables antes y después de nosotros: misteriosas notas de laúd / que introduzco en el pecho/ de la fibra más deseada/ y me voy descalzo/ hasta el punto de encuentro/ del ángulo de oro/ incierto/ de la/ fortuna.

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

 

Hoy me han vuelto a hablar de ti

y regresas como brillante silueta

que levanta un baile 

al entonar Ron con Coca-Cola 

el calipso de las hermanas Andrews

junto a la banda de Bing Crosby 

 

Aunque tarde

supe que era la resonancia de tu pasaje

por Trinidad

el eco de la gracia de tus pasos

para borrar adversidades

mientras te miraba junto a mis hermanos 

contenidos a la fuente

de una ternura inagotable 

 

Me han vuelto a hablar de ti 

y estos dedos que son extensión

de los tuyos 

escriben para sostener que tus canas

eran contrarias a tu espíritu

lleno de resplandores y murmullos

 

Esos versos que sembraste al azar

se esparcen en una voz que hoy

fortuitamente

me habla bien de ti

papá

y veo al viejo Isak Borg de Bergman recogiendo fresas salvajes

para salvar su alma

mientras elevas las puertas de tus amigos

para salvar la tuya 

y me extiendes 

tu antebrazo de acero

para colgarme

como antes

de un lado a otro 

al compás de tu oración

purísima

exacta

 

***

 

 

 

 

 

En la fuente de soda Lucetti

una pareja baila siguiendo el compás de la música

hacia atrás

 

Ellos viven muy juntos

en mi entrecejo

él toma la cintura de ella

y marca la danza

mientras ella lo sigue

mira sus pasos para no equivocarse

en una pista de cemento verde 

muy pulido

entre mesas y tragos de guarapita

hacia atrás

 

Brillaban la señora y el señor

ella de gran falda con cinto de vaivén

él de lino y sombrero pelo de guama

siempre juntos

hacia atrás

 

Su vuelo

jamás se ha interrumpido en mi frente

y como no tengo registro exacto de la música

que los hizo eternos

bailo a solas oyendo melodías de estación

hacia atrás

en homenaje a los que en adelante

fueron mis amigos y no lo sabían

Yo los registré

con ojos de niño que escapa de su casa

y contempla la ternura de espaldas al mundo

deslumbrantes

sobre una cuerda de cemento

en la Lucetti

hacia atrás

 

***

 

 

 

 

 

En el desenlace 

del pozo que fue deseo

quedó el ruido

colores que trazaron 

el camino en medio de la

niebla

espesa

 

El copo del almendro

protegía

su joya más preciada

un fruto dorado

en el centro del patio

con surcos

de escobillón

una pequeña grieta 

que sigue incrustada 

hasta mi tórax 

para conocer

oficios mansos

                 sin

orientación

 

Ahí siguen las cuencas

de los ojos que amé

el tiempo silencioso

de las enciclopedias

las visitas a hurtadillas

en los zaguanes

que ahora sostienen

la apacible venganza 

del ensueño

 

Los verbos siguen

conjugándose 

se vierten 

en el estanque repleto

de hojas laceradas donde quedaron 

los metales

que toman de nuevo las falanges 

del púlpito amarillo

cadmio

y suplican

                   vuelvan

otra vez

como ungüento 

de antiguas señales

desgranadas 

sobre papel de cuaderno

con alivio

            de alba radiante 

 

***

 

 

 

 

 

Mil novecientos cincuenta y ocho

Mil novecientos cincuenta y nueve

Mil novecientos sesenta y dos

tres arterias 

una carta de amor

un poema escrito con signos

antiguos

               de Ugarit

una sed se desliza

debajo de la puerta de la doncella

excluida

recién llegada

al río

profundo

                temible

un almacén 

 

El Almacén Nueva York hizo de las vidas

una pintura

la de mi padre que daba por perdida 

la de los timbres que me ocupan

y colman  

los resquicios

              el esplendor 

              que se hizo ruina

 

Allí se concentró la brisa de las entrañas 

el caldo letal de la historia de los umbrales

el metraje

de los géneros 

el canto

desprendidos de los párpados 

que divisaron a oscuras

el rumor de la libertad vencida

 

Detrás de la puerta

                             todas las puertas 

dieron paso a la quietud

de la danza 

Las maderas del aire de la luna

iluminaron 

la vuelta 

de los metales

mostrando el reverso de su cara

                                                             al sur

 

***

 

 

 

 

 

Alcanzó la quietud

de los reflejos que una vez pisé

y ahora me abrazan

 

Acerco mi oído poco afinado

encuentro la verdad 

en forma de garúa 

que bautiza a un pueblo antes de llover a cántaros 

como flauta 

que resuena fiel a sí misma 

y apoya 

la evidencia de atrapar la belleza 

más cercana

 

El timbre que levantó espejismos

fue accidente en la boca que desprende 

vapor 

           estridencia y ruego

como discreta sonrisa de ventana

que abre su propio ​​ 

calabozo

 

Atrapo historias

que aún flotan

en el corredor del iniciado

derraman perfume de óleo 

euforia de colores anidando la tarde

querubines y dioses 

danzan sin rigor ni recato

en un concierto de 

gajos 

         de madera

                            regados

para no extraviar el camino

 

Como el Caravaggio

encuentro misteriosas notas de laúd 

que introduzco en el pecho 

de la fibra más deseada

y me voy descalzo

hasta el punto de encuentro 

del ángulo de oro

incierto 

de la 

         fortuna 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abraham Abraham Greige (Ciudad Bolívar, 1958) Artista plástico. Médico. Participó el el taller de realización literaria del CONAC coordinado por Rafael Arráiz Lucca 1991 - 1993. Sus poemas han figurado en las antologías Colinas y Colindantes de Editorial Predios, y en Vitrales de Alejandría de Editorial Eclepsidra.

 

Dinapiera Di Donato (Upata, Venezuela, 1957). En Venezuela fue profesora de la Universidad de Oriente e instructora de escritura creativa en el Centro de Actividades Literarias José Antonio Ramos Sucre (1990-1998). Entre 1977 y 1986 residió en París, donde cursó estudios de literatura. Desde 1999 vive en Nueva York, donde ha enseñado lenguas y escritura creativa. Colabora regularmente con ViceVersa Magazine.

Es autora de El Libro de Alicia (2024), Mención de Honor en los USA International Latino Book Awards 2025; Relatos (2016); Contar Aristeguieta (2013), subvención del The Northern Manhattan Arts Alliance (NoMAA), Colaterales / Collateral (2013), galardonado con el Paz Poetry Prize 2012;La Sorda (2011); Libro de Rachid, Avenida Paul Doumer (1996), ganador del Premio Bienal de Poesía Tomás Alfaro Calatrava; La sonrisa de Bernardo Atxaga (1995), reconocido con el Premio de Narrativa Alfredo Armas Alfonso; y Noche con nieve y amantes (1991), merecedor del Premio Bienal Internacional de Narrativa José Antonio Ramos Sucre.

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