La canción de los árboles
por Daniel D. Díaz
Sobre Radio infinito y gris del amarillo, de Carina Sedevich
Copas de pino
en la noche azul
niebla helada, el cielo brilla
con la luna
copas de los pinos
se inclinan azul-nieve, se difuminan
en el cielo, escarcha, bajo la luz de las estrellas.
el crujido de botas.
rastro de conejo, rastro de ciervo,
qué sabemos.
Gary Snyder1
La dendrología es una rama de la botánica que se dedica a estudiar los árboles y las plantas leñosas, es decir plantas con tronco o madera. Le pregunto a ChatGPT y la etimología viene del griego: “dendro” significa árbol y “logía” significa estudio.
¿Por qué me detengo en este término? Por la razón de que Carina Sedevich trabaja desde la atención, diría Padeletti (amante por cierto de los ideogramas y de los hexagramas) para demorarse en la forma de las hojas de los árboles, sus frutos, la textura de la corteza, a veces sensible al tacto y a veces ásperas como si rechazaran el contacto con cualquier forma de vida.
Hay un radio que es infinito que podría coincidir con las edades inscriptas en los troncos de los árboles donde se narran los ciclos de las estaciones: invierno, verano, otoño, primavera, una y otra vez como en un espiral indefinido.
La poeta considera el paso de las edades geológicas como si los árboles tuvieran un idioma, un lenguaje desde sus raíces hasta el último destello de sus hojas. Snyder ya lo dijo alguna vez y otros varias más: una semiosis donde los signos no son otra cosa más que las figuras y la materia de un bosque.
El crecimiento de los árboles a veces es discontinuado, disperso, curvo, como lo que ocurre con los tiempos vitales: ¿a quién se le ocurre colocarles nombres a los árboles? “La tierra todavía está húmeda. Goran sobrevivió a los vientos y tomó forma de horquilla. Únuka y Jesen reciben pájaros que los dejan temblando. Brotaron las semillas de zapallo que arrojé en el patio/ sin fe. Vuelvo de comprar comida/ por el barro. Pongo un pie frente a otro y pienso/ en mi hermano. Pongo una letra tras otra y pienso en/ mi hermano.” Lo mismo que ocurre con la salud y las condiciones existenciales. Todo ecosistema sucede con la salud y la existencia de nuestros seres queridos.
Ahora, ya, de nuevo: al ciclo de las estaciones y al ciclo de las edades geológicas le sigue su juego de espejos con la trama y la memoria familiar: la poeta materna a su madre, a su hijo, a su nieta, a su hermano convaleciente, es el corazón latiendo a través de los vocablos de cada hoja suspendida casi diría yo en modo zen en la plenitud del vacío.
Las constelaciones también realizan sus ciclos y encuentran un diálogo con el mundo de la poeta. Ya no es un jardín, recordemos eso, la punta de un pino señala una constelación, la punta de otro señala un astro y así: “La aparición solar lo trilla todo. En el instante elástico, la mente/ se encharca porque baja a mi pecho como a un pozo. El agua sube unas estrellas muertas. Pececitos, aves que se mueven/ me distraen como a un bebé en la cuna. Aquello blanco, ¿es una isoca o una pluma? Después de tantos años/ soy el paisaje y no me acostumbro. O sí. También el yuyo acostumbrado/ tiembla.” El reino vegetal convive con la bóveda celeste, las piedras del bosque reflejan la luz de las otras piedras cruzando el cielo así sea de noche o así sea de día, desde la luna hasta un meteorito si yo quisiera imaginar cayendo del mismo modo en que caen las gotas de lluvia en la superficie terrestre.
El aprendizaje del idioma de los árboles implica una escucha activa: “Me escucho hablar con la gata: el sol le duele a las plantas y bajo el pasto/ la mugre sigue viviendo. Ellos/ siguen contándose las historias/ en las que fueron buenos, fuimos felices, sacan la carta/ de aquella foto en que sonreíamos. Detrás/ el árbol de Navidad seña mis once/ años de nena gorda, de nena fea, de nena estúpida, de nena rara, de/ gritos todos los días, todas las noches. Así y todo/ cada árbol de mi patio honra a mis padres. Una mariposa negra se acerca al vidrio. A veces/ saco un recuerdo para mi hijo y él me devuelve/ fotos, fotos de cosas y una foto/ de la oreja de su gato.” La palabra ayuda a sanar, reparar el daño, desde el momento en que se le da un nombre a cada herida: el lenguaje es un punto de apoyo en el mundo donde podemos hacer pie en la soledad y silenciar el ruido mental de la aceleración de los días.
Entiendo que si hay palabras para decir y nombrar habrá vocablos para entonar canciones y entiendo que, si hay un extraño correlato entre los seres vivos y nosotros, también debería existir una canción, o varias canciones, para los árboles. O quién dice que, en su idioma secreto, una suerte de ejercicio de confianza en el futuro antes que de fe, apenas rozándose en la oscuridad más oscura cada árbol, no entone su propia canción para recordarnos que estamos aquí y seguimos respirando.
***
Radio infinito y gris del amarillo
(Vuelo de Quimera, Argentina, 2024)
I. Qué importa si Jesen es un fresno dorado
A mi hermano Federico
A mis árboles Únuka, Goran, Shivot y Jesen
De todas las muertes/ escoge la tuya propia
que será la más breve y ocurrirá en todas partes.
Mario Montalbetti
1
Ahora a todos les pienso el corazón. Por la calle vigilo a través de gestos, de pupilas. Todos enlazados débilmente/ a la posible siguiente inhalación. Lamparitas de un barco que precisa del viento que las va a agotar. Ahora a todos les pienso el corazón, como maceta/ llena de tierra violácea atravesada, yuyos e insectos que no puedo ver. Ahora a todos les pienso el corazón y el cerebro,
víscera de grasa magnética que nos arma en el espejo/ que nos construye un derredor/ que inventa un cuerpo. Una sola célula que dude, se descentre. Una sola célula que mueva/ la aguja en un ángulo diverso. Mojones de focos se funden de repente, chispean/ por última vez/ como un juguete/ que no debía ser alcanzado por la lluvia.
*
Un tubérculo, quizás un boniato, porque la sangre/ al fin y al cabo es dulce. Un escuerzo esperando la luna. A simple vista, milagro, moléculas/ en orden divino que se va gastando/ que sigue las figuras sin pensar. Si se piensa/ el corazón se para.
*
Lo inesperado es apenas un signo/ puesto delante de otro/ cuando no estábamos mirando. Bemol, becuadro, sostenido: cierto/ intervalo absurdo/ en que la música sigue.
2
La tierra todavía está húmeda. Goran sobrevivió a los vientos y tomó forma de horquilla. Únuka y Jesen reciben pájaros que los dejan temblando. Brotaron las semillas de zapallo que arrojé en el patio/ sin fe. Vuelvo de comprar comida/ por el barro. Pongo un pie frente a otro y pienso/ en mi hermano. Pongo una letra tras otra y pienso en/ mi hermano.
*
Entrar en coma. También hay palabras para eso.
*
¿Y si sólo está cansado y no puede darse cuenta?
Todos lo esperan de vuelta como superhombre, como continuo existencial, como producto/ de fuerzas distintas a él, que no puede controlar.
Hoy mueve una sola mano.
*
Hay palabras, tantas/ que me da furia. No rezo ni quisiera rezar. Pero
si alguien me escucha, si las células/ del cerebro de mi hermano son ceniza/
que se quemó bien, brasa tersada/ por las voces de sus hijos/ si alguien me escucha/
basta, si alguien me escucha/ piedad.
*
Lo miro a los ojos cuando los tiene abiertos. Las pupilas que cambian
de tamaño a destiempo. Los ojos del abuelo que no conocimos.
*
Goran bifurcó sus ramas y le di un nombre nuevo.
Pero quizás lo ha salvado/ este verano benigno. Hojas, ojos/
hermano: hoy voy a usar todas las palabras. Siendo inútil
te honro. Siendo incrédula te invoco.
4
Cuánto del miedo/ a la muerte es sentir y cuánto/ dejar un cuerpo que será encontrado.
*
Las hojas de zapallo se repiten. Jesen ya es más alto que la tapia. Únuka proyecta una pequeña sombra. Goran y Shivot se amontonan. Las lluvias son estrías en el verde/ grumos en las patas de los pájaros. ¿Verás por la ventana lo que puede ser visto?
Quiero tener la fe de un carnicero/ y soy un gato.
En tu quietud me muevo como el agua. No me pregunto/ si estás igual que ayer o que mañana. Te veo siempre como a un ser encantado. Miro tus ojos, lámina por lámina. Llegamos acá/ con marcas en la cara, con bieses extraños en las vísceras. Sobrevivimos. La vigilancia sobre nuestros cuerpos no sirvió. Estrías, grumos. Bieses, láminas.
Ahora seré yo la que se mueva. El gato que corre/ tras el hermano pequeño.
6
Todo esto nos dice adiós/ de una vez para siempre. Tengo los ojos cerrados/ dentro del auto que avanza. Vamos a ver a mi hermano/ que sigue en silla de ruedas, que espera su mano izquierda/ y mi padre habla de árboles frutales. Aún no ha helado, dice/ las naranjas/ no están lo suficientemente buenas. La helada trae naranjas que quizás jamás he visto. Ni mi padre, ni mi hermano. Una naranja escarchada que se parte/ en un cerebro que la huele.
Abro los ojos a las formas habituales, eucaliptos, plumerillos, álamos, y tantas/ otras vistas muchas veces que/ sigo sin poder nombrar y no me importa. Querría/ poder decir algo final/ y algo infinito: que la naranja/ imposible/ congele de una vez este continuo.
***
Carina Sedevich nació en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina, en 1972. Su obra poética ha sido publicada en diversos países de Europa, Asia, Norteamérica y Latinoamérica, así como traducida al inglés, al chino, al portugués, al italiano, al polaco y al catalán. Entre otras distinciones, recibió el Premio de Poesía José Pedroni 2022 (Ministerio de Cultura de Santa Fe, Argentina) por su libro Un pez en un cauce que mengua. Entre sus obras destacan Rosados cuerpos de pinos (Chile, 2021), Un cardo ruso (Argentina|Brasil, 2016), Klimt (Argentina|España, 2015), Incombustible (Argentina|España, 2013). Se graduó en Ciencias de la Comunicación y se especializó en Semiótica. Traduce poesía y escribe también narrativa breve. Dirige Revista Ardea, publicación de arte, ciencia y cultura de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba, Argentina.
Marcelo D. Díaz ha publicado los libros La sombrilla de Wittgenstein (Cartografías, 2007), Newton y yo (Nudista, 2011), El fin del realismo (Viajero insomne, 2014), Bosque chico (Club Hem, 2015), El arquero real (Borde pedido, 2016), Los cuadernos de Mishima (Deshielo, 2017) Bildungsroman (Gog y Magog, 2018), La mitad del cielo (El Vendedor de Tierra, 2023), Oscura llamarada de otra luz (Salta el pez, 2024). Obtuvo el segundo premio nacional del Fondo Nacional de las Artes en poesía y el primer premio de poesía federal Arte Joven en la Universidad Nacional de Litoral. Su libro La formación de la lírica fue finalista del concurso nacional de ensayo literario organizado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Textos suyos aparecen en las revistas ADN, poesíaargentina, Veintitrés, no-retornable, Página 12, Hablar de poesía, Otra Parte, Indie Hoy, Op.Cit., Paradoxa y Ñ, entre otras.
Traducción José Luis Regojo




